Nuestro lema

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sábado, 1 de julio de 2017

DE SALTO EN SALTO, SALÍ A CUMPLIR UN SUEÑO – SALÍ AL PARQUE CANAIMA

Desde que tenía ocho o nueve años, abrigué el sueño de conocer y mojarme en las aguas del salto más alto de todo el planeta. Lo vi en un libro de los Guinness Records mundiales y me prometí a mí mismo verlo con mis propios ojos. Unos treinta años después, le pude cumplir la promesa a ese niño y todo, gracias a una alegre coincidencia que cada vez se me parece menos a eso, y más a una jugada maestra del juego de ajedrez de Dios que es nuestras vidas.

Para finales del año 2015 me invitaron a un evento turístico en la ciudad de Pereira, estuve allí con un grupo de agentes de viajes, periodistas y blogueros para realizar un Famtrip, en el que tuve la fortuna de conocer a Marilyn Moscoso, una venzolana que tiene su agencia de turismo en Medellín y que ¡Oh coincidencia! Promueve, organiza y ejecuta, viajes a conocer el Parque Nacional Canaima, lugar que tiene como uno de sus principales atractivos “El Salto Ángel”. No necesité más señales, desde que la conocí, puse en marcha la realización de mi sueño. Un año después me estaba embarcando en un avión para Venezuela. La “Puerta al cielo” se llama Ciudad Guayana, así es conocida por ser el puerto al que se llega para salir a conocer los lugares más bellos del oriente venezolano.

En esta ciudad tuve algunos días de espera para poder viajar en avioneta al resguardo. Me hospedé en la Posada Merú, lugar que les recomiendo visitar si lo que quieren es ser tratados como si estuvieran en casa y disfrutar de la gastronomía local, hecha por las maravillosas manos de dos mujeres que gozan de la sabiduría y sazón ancestrales de estas tierras para cocinar.

(Para saber más sobre las aventuras y experiencias vividas en este viaje, lee más de este blog)

La aeronave que me llevó al Parque Nacional Canaima fue un Jetstream de dos hélices con capacidad para 20 pasajeros. El vuelo se tarda unos treinta y cinco minutos y se sobrevuela una selva tupida llena de ríos de todos los tamaños, y un cuerpo de agua inmenso que se tarda casi la mitad del tiempo sobrepasar que se llama el lago de Guri, que hace parte del proyecto hidroeléctrico de esta parte del país. Al llegar al parque a eso del mediodía, pasé por un control de la Guardia Nacional para revisar mi equipaje y por un puesto de los indígenas Pemones, nativos de la región, quienes tienen el control, derecho y reconocimiento de la protección y preservación del parque, para pagar un “impuesto” de $1.800 Bvs. y que para los extranjeros no latinoamericanos es de $2.000 Bvs. Allí me dieron la bienvenida y los representantes del campamento Excursiones Kavak me subieron a su transporte para llevare al complejo. Me instalaron en una habitación muy amplia con tres camas, baño independiente y un ventilador tipo “hélice de avioneta” para refrescarme del inclemente clima, cuyo servicio ensordecedor fue muy necesario y reconfortante. Cuando llegué estaba solo, no había ms huéspedes que yo, por tanto, esa tarde completa me la dieron para disfrutar a mi antojo y por mi cuenta, pues al día siguiente llegarían las personas que me acompañarían en mis aventuras en el parque.

Me refresqué, me puse mi ropa de río y pasé al comedor para almorzar. Allí llegué a varias conclusiones importantes: la primera, que la comida que me dieron me era reconocida a un cien por cien, mi plato constaba de arroz, ensalada de tomate, lechuga, pepino y cebolla, carne de res, asada. La segunda conclusión es que a las personas de esta región les gusta comer mucho, porque las porciones eran realmente generosas. Otra conclusión es que el encargado de la cocina, sabe lo que hace, es un cocinero pemón que siempre estuvo pendiente de si me gustaba todo o de si quería más de algo; y la última y más importante conclusión es que yo tenía hambre, porque no dejé ni un granito siquiera. Lo que mejoró la experiencia sin duda alguna es que como estaba solo en el hotel, una empleada, la encargada de logística, se sentó conmigo a comer y me acompañó siempre sonriente, amable y me acogió desde ese momento, hasta que me fui, de una forma absolutamente entrañable, su nombre; Begonia Pinares.

Luego de ese buen recibimiento, con la calma y paz que se siente en el alma cuando estás de vacaciones en un lugar remoto y natural, me fui a conocer los alrededores del lugar. Así que caminé y disfruté de la laguna Canaima con toda su exuberancia. Su agua proviene principalmente del río Caroní, y llega a la laguna descendiendo por una cantidad enorme de caídas de agua. El sapo, el sapito, el Hacha, Golondrinas, Salcantai y un sinfín más de las que apenas recuerdo el nombre. Las arenas de sus playas son de color salmón y siempre me llamó la atención esto. Por observación concluí, luego de caminar por los alrededores el porqué de este color. Verán el parque hace parte de un enorme monolito conocido como el macizo guayanés; por tanto, todo lo que ves es roca, lo tepuyes, el lecho del río, el suelo es de un tipo de roca que al erosionarse, se convierte en un polvo blanco grisáceo. Esa arena al tener contacto con el agua de los ríos, que es rojiza por los taninos producto de la descomposición de la materia vegetal, tiñen la arena y por eso se ve rosada. El efecto visual es absolutamente precioso. Caminé, me bañé, leí, escribí, escuché música y hasta dormí en la ribera del lago.

Al día siguiente debía esperar a que llegaran mis supuestos compañeros de excursión; lo harían al igual que yo a eso de las once de la mañana, por tanto, luego de mi desayuno tenía un par de horas para recorrer el asentamiento y descubrir nuevos tesoros del lugar;  y así fue. Caminé a la parte más alta del asentamiento, hacia el lugar en el que queda el embarcadero en donde se inicia el remonte del río para llegar al Auyantepuy, el tepuy del Salto Ángel. Lo que me encontré fue un lugar en el que un fotógrafo profesional se enloquecería; para donde se mirara había un paisaje digno de una postal. A mí derecha el sol brillaba en un cielo azul profundo, las nubes blancas como de algodón, el río creaba un remanso en el que se reflejaba el cielo, la sabana en donde se filmó parte de Jurassic Park al fondo; el remanso se forma justo antes de violentarse gradualmente, en una caída escalonada hasta llegar a convertirse a unos pocos metros en el salto Saicaima, esa hermosa caída que se ve desde la playa de la laguna y que crea ese ambiente único y característico.

Los locales me contaron que cuando el río está más bajo, con un verano un poco más avanzado al día en el que estuve, se puede pasar por las piedras hasta un atrio natural desde el que se puede obtener una visión sin igual de la laguna y por supuesto de las caídas del agua. Subí un poco más hasta el embarcadero y logré un par de buenas fotografías de las curiaras. Estas embarcaciones son hechas de un solo tronco de árbol de laurel. Me contaron que son, han sido y seguirán siendo así, porque esta madera es la única lo suficientemente resistente para recibir los golpes del lecho rocoso del río al navegarlo. Han intentado llevar lanchas de otros materiales sintéticos, y ni siquiera el comprobado como el más resistente, ha logrado soportar un solo viaje completo.

Regresé justo al medio día para almorzar y conocer a quien se convertiría en mi compañero de aventuras: Marco Pasini, un joven italiano de tan solo veintiséis años, cuya sed de aventura lo ha llevado a conocer unos cuarenta países del mundo. Marco salió de su natal Italia a los 14 años para hacerse profesional en administración de negocios turísticos en Canadá. Trabajó casi un año en una compañía turística encargada de crear planes exclusivamente de buceo en toda Latinoamérica, así que guiando a personas de todo el mundo, pero en especial europeos y medio orientales, se hizo un mapa mental de América Central y del Sur. Apenas hubo recolectado suficiente dinero, renunció y comenzó un viaje de seis meses primero en el norte de Italia en las Dolomitas, luego pasó a España y saltó de ahí al Caribe para recorrer Dominica, Martinica, Guyanas, Brasil y me lo vine a encontrar en Venezuela, donde planeaba conocer la Gran Sabana de Roraima, de ahí pasó a Canaima a conocer el Salto Ángel junto conmigo, y de ahí, se iría a conseguir un barco a Boa Vista Brasil, que lo llevaría por el río Amazonas hasta Iquitos Ecuador, pasando por supuesto por Leticia, Colombia, para luego ir a Quito, Montañitas, Bogotá, Santa Marta, Cartegena, Medellín, Turbo, de ahí pasar a Panamá, Guatemala, Nicaragua, México, sur de Estados Unidos y ahí sí, volver a Vancouver, Canadá, donde vive actualmente, con la idea de buscar un trabajo, que le dé de nuevo dinero suficiente para emprender su próxima aventura. Así ha conocido parte de Europa, Asia, Oceanía y Norteamérica.

¡Qué gran filosofía de vida! Qué extraña – para mi mente latinoamericana- pero maravillosa forma de pensar y de ver la vida. Qué diferentes somos, qué rico sería ser así, bueno, haber sido así y haber comenzado hace veinte años a hacer lo mismo que él. Igual, allí estábamos, conociéndonos, preparándonos para esa gran aventura.

Los guías decidieron entonces que al haber llegado sólo uno de los tres turistas que estaban esperando esa tarde, pues no iríamos al Salto, sino que haríamos la excursión a la laguna y a los saltos que forma el río al caer a la laguna. Así pues que nos pidieron que nos cambiáramos para ir a navegar y para bañarnos en el río. A esta aventura se sumaron dos nuevos amigos que al igual que nosotros, eran los únicos que se encontraban en el hotel al cual llegaron, así que por logística los cuatro: una ciudadana francesa, un caraqueño, un italiano y un colombiano, seríamos el grupo para hacer las excursiones.

El Tour por los saltos es una actividad de ensueño pues te suben en una curirara y te llevan por la laguna a conocer esas impresionantes caídas de agua que tienen la capacidad de maravillarte de manera escalonada. Por ser la más cercana, obviamente la primera que ves es el salto Saicaima, que es la que ves desde la playa, pero que cobra otra dimensión completamente distinta al tenerla de frente, en especial cuando el lanchero enfrenta la curiara y se va contra la furiosa caída, que pareciera la boca espumosa de un monstruo gigante que te quiere tragar. Confieso que en varias ocasiones, si no fueron todas, tuve bastante miedo, pues te acercan tanto que tienen que girar de manera brusca, lo que me hizo sentir varias veces en las “perdedoras”. Justo al lado hay dos caídas más, muy parecidas en tamaño y caudal que son conocidas como Las Golondrinas y una más pequeña llamada Wadaima.

Después nos llevaron a una isla rocosa para caminar por unos veinte minutos en ascenso, con el fin de llegar al Salto Sapo (Poporá vená o Poporá Merú) Alex, el guía me explicó que merú o vená significa “salto” y su pronunciación depende de la región Pemón que venga, pues algunas palabras varían en su lenguaje dependiendo de la tribu que venga.
El salto Sapo es hermoso, incluso en épocas de verano pues así se puede apreciar la increíble estructura que sustenta a una cascada tan poderosa en invierno, que incluso, ya sea por la impresión o por la imposibilidad de respirar normalmente por la enorme cantidad de agua que flota en partículas en el ambiente, muchas personas deciden no pasar por el corredor natural que se forma por debajo, o simplemente, se les olvida respirar y se desmayan. El tour consiste en pasar por debajo de la caída por un corredor natural y luego subir hasta el salto El Sapito para disfrutar de un refrescante baño en un pozo natural ideal para este fin. Luego por estar en verano, puedes caminar justo por encima del poporá merú. La belleza del paisaje es literalmente de otro planeta. El leco del río es de piedra maciza negra; el agua se encargado de pulirla con el paso de los siglos de tal forma que parece la superficie de marte o algo así. En serio, me maravilló la caprichosa manera en la que se ven las capas de roca, pues parecen piedras planas, de esas perfectas para jugar “sapitos” en la superficie del agua; se ven como si estuvieran ordenadas una sobre la otra, como para lanzarlas en orden, eso sí, hecho por un gigante, porque cada loseta es del tamaño de un carro y debe pesar el doble de lo que pesa una camioneta.

Para completar el paseo nos llevan en la curiara al salto Wakú merú o Salto Hacha, que tiene más o menos las mismas características del Sapo, sólo que esta caída tiene agua incluso en las épocas más secas, pues queda en más directa en el curso del río, mientras que el Sapo y el Sapito quedan en un recodo. Los guías turísticos tienen un dicho que aplicó para nosotros en esta época: “en verano, el Hacha, salva al Sapo”.

Lo que puedo decir para resumir la experiencia es que, en este lugar pude tomar las fotografías más “bacanas” de todo el viaje. Si así se ve en temporada seca, no me puedo imaginar cómo es en invierno con el caudal a máxima potencia. El sendero que se forma detrás de la cortina de agua parece hecho por humanos, y la verdad es completamente natural. Sólo se le han puesto unos pasamanos para disminuir la peligrosidad de una caída por lo resbaloso de las piedras. Aquí quiero hacer notar algo: las fotografías en este lugar, hay que tomarlas de tal forma que no se te vean los pies, porque todo el mundo tiene puestos calcetines o medias, y bueno, una mujer o un hombre, por atléticos y bellos que sean, por más costoso y bien diseñado que sea el traje de baño, pues bueno, no se ve muy estético que digamos con medias. La razón, es que estas prendas de vestir se hacen indispensables pues aumentan el coeficiente de fricción. Esta inteligente medida no la había visto en ninguna otra parte, fue la solución que encontraron los nativos para disminuir el número de caídas y cabezas rotas que se pueden presentar.

Agua, viento, sal, nuevos amigos de otras partes del mundo, aventura, estar en otro país y la satisfacción personal de sentir que había tomado la mejor decisión de mi vida al realizar este viaje a cumplir mi sueño de conocer al Salto Ángel, expedición que me esperaba al siguiente día, me da la potestad para decir: Salí a cumplir mi sueño, de salto en salto; ahora te toca vos, salir a comer, a viajar, a vivir.

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