Nuestro lema

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lunes, 6 de marzo de 2017

CACHAPA, QUESO GUAYANÉS Y PAPELÓN, TREMENDO COMILÓN – SALÍ A LA TOMASA

Muchas expectativas eran las que me acompañaban al momento de sentarme en la mesa del primer restaurante típico venezolano que visitaba en mi vida. No tenía ni veinticuatro horas de estar en este maravilloso país y ya iba a tener mi primera experiencia gastronómica de este tipo. A modo de antesala, don Marcelino, el conductor y guía turístico designado para que me llevara y trajera por los sitios a conocer en Ciudad Guayana, un ingeniero constructor peruano, con más de cuarenta años de experiencia en construcciones civiles, dueño de una importante empresa constructora que en años pasados había tenido bajo sus designios liderar parte del diseño, planeación y construcción de gran parte de la ciudad y sus represas, y que por cosas del destino y por manejo de la política económica de un país tan próspero y lleno de oportunidades, talento humano y recursos naturales, hoy por hoy, conduce su auto por las calles que él mismo ayudó a construir, cargado de turistas que se hospedan en la Posada Merú; este carismático, amable, educado y buen señor, me había emocionado al decirme que me iba a llevar a almorzar a uno de los mejores lugares de la ciudad para probar los sabores característicos de esta región de Venezuela. Me habló de lo que iba a disfrutar con propiedad, como un venezolano más, con esa mezcla extraña de acentos reconocidos por mí de manera individual, pero que jamás había escuchado combinados —no sé si me entiendan— ese acento propio del sur con el del oriente de mi país: a ver, es un peruano que dice “cónchale vale”, “chamo no seas gafo”…   es decir, es como, para que se imaginen algo más cercano, como escuchar a un pastusito diciendo: “Qué viva el cantar del llano camarita”.

La Tomasa es como lo dije antes, un restaurante típico venezolano, y por típico me refiero a que su línea gastronómica es la de los ancestros de la región; su decoración y mueblería es muy familiar para mí, pues se compone de colores vivos combinados patrióticamente: amarillos, azules y rojos se ven en casi todas partes, y no me malentiendan, no es en la bandera, sino en líneas de diseño, bandas, pinturas y plumas de las guacamayas, ave emblemática adoptada como imagen del restaurante. Las mesas y sillas son de madera clara, desnuda y barnizada, lo que hace que el ambiente sea muy cálido y por su puesto esa calidez se apoya en el servicio y buen trato de los camareros.
En tanto me senté me atendió un señor muy amable y servicial que me entregó la carta y que al saber que yo era colombiano y que estaba de visita por su terruño, no lo pensó dos veces y me ofreció lo que me podría dar el espectro más amplio de sabores propios. El pedido pues que llegó en poco tiempo a mi mesa consistió de un plato don carne de res y de cerdo asados en vara, cachapa, queso guayanés y para pasar, un papelón:

La carne asada en vara, por supuesto propia del país hermano, es la que conocemos como “Carne a la llanera” que se asa en varas de hierro dispuestas en cono. Este tipo de asado es muy eficiente, se come a un solo término, el único que existe para los que saben de carnes en Latinoamérica, los argentinos, los uruguayos y ahora sé que los venezolanos: “Bien asado”. La carne estaba muy sabrosa, jugosa y eso es por, como les digo, la forma en la que se asa, pues al estar dispuesta en ese “árbol de hierro”, la gravedad se encarga de que los jugos bañen de arriba hacia abajo la carne. Estaba pues, ¡Deliciosa! en especial, la costilla de cerdo.

La cachapa, elemento del plato que más ansia y curiosidad tenía por conocer. Doblada a la mitad, como una empanada me dio una idea de qué era; me acerqué a olerla y todo se puso confuso, pues el olor me era familiar pero no atinaba a reconocerlo. La palpé con los cubiertos y me di cuenta de lo suave de su consistencia, se hundía y recuperaba su forma inicial fácilmente, así que llegó la hora de llevármela a la boca y entonces todo fue claro para mí, el olor se unió al concepto; maíz dulce tierno, hecho masa y asado sobre una plancha…  ya saben cómo funciona esto, el cerebro busca referentes inmediatos, relaciona la información y entonces lanzas conjeturas que pueden ser no muy apropiadas para los conocedores, pero que al igual te ayudan a procesar la información para partir desde un punto conocido. ¿A qué me supo? A arepa de choclo. Pero no lo es, pues su presentación y su consistencia no son parecidas. La cachapa es más similar a una panqueca; es grande, húmeda, delgada, esponjosa y suave, su sabor es equilibrado entre lo dulce y lo salado de una manera sutil, es deliciosa y combinada con el queso guayanés, pues bueno, juntos hacen el “casao” perfecto, es un maridaje como el de nuestra arepa de choclo con quesito.

El queso guayanés es una de esas exquisiteces que descubrí y que voy a llevar en mi corazón de comilón para toda la vida. Esta no fue la primera vez que lo comí, pues ese mismo día, al desayuno, en la Posada Merú, Grey me había dado un buen pedazo para el desayuno, por eso cuando lo vi, no hice más que sentir alegría de poder encontrarme otra vez con ese nuevo “mejor amigo”. Este queso es propio de la región oriental de Venezuela, por eso su nombre. Es un queso delicado, graso, sabroso cuya consistencia es un misterio que creo es digno de ser estudiado por la física porque no es sólido, ni tampoco líquido, es algo así como una especie de plasma deliciosa. Yo no soy experto pero no me explico cómo es que lo pueden contener en esa forma redondeada y mucho menos, como hacen para porcionarlo en tajadas, porque ustedes lo pueden ver ahí en el plato, una tajada perfecta, pero no es si no tratar de cortarlo, o ponerlo como hice en este caso dentro de mi cachapa para entender lo que acabo de tratar de explicar. A ver, yo no lo puse en mi cachapa, lo esparcí con el cuchillo como si untara mantequilla, y jamás se rompió…  se me hace agua la boca al escribir esto… ¿cuándo será que puedo volver a verte viejo amigo? Voy a ponerles un ejemplo cercano para que se lo imaginen: sabe y se parece a ese queso bogotano, el que viene en “bolita” que uno siempre compra en la terminal o en el aeropuerto para traerle a la familia del viaje; sólo que la consistencia es como cuando sumerges el queso bogotano en una taza de chocolate hirviendo…  ¿recuerdan lo que es tratar de sacarlo con una cuchara del líquido caliente?  Pues bueno, ahí tienen el queso guayanés.

Y por último, para redondear la experiencia, la bebida para pasar mi comida fue un par —porque no me conformé sólo con uno— de vasos de refrescante papelón. Esta bebida es mi favorita aquí en Colombia, sólo que la conocemos como “Güandolo”. Es simplemente panela, que los venezolanos llaman “papelón” porque al cocinar y cuajar el jugo de caña, la ponen a secar en unas hojas grandes en las que los envuelven luego, como el quesito nuestro, y de ahí viene el nombre. La panela es rayada y luego se disuelve en agua, a esto le agregan zumo de limón, combinando y equilibrando el sabor agrio con el dulce y que frío, se convierte en la bebida más energizante y refrescante del mundo. ¡Qué tremenda experiencia gastronómica! ¡QUÉ DELICIA!

Yo #Salí a almorzar a la Tomasa restaurante en Ciudad Guayana Puerto Ordaz y tuve la más profunda, sincera y deliciosa experiencia gastronómica venezolana. Yo te lo recomiendo con toda la seguridad de que si lo visitás, vas a obtener lo mismo o más que yo. Yo Salí, ahora te toca a vos, salir a comer, a viajar, a vivir.

Mira el video de mi experiencia en La Tomasa:

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