Nuestro lema

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lunes, 28 de noviembre de 2016

COMÍ ARISH, TRÍPOLI Y YABRAK - SALÍ A SHAWARMA

La cultura árabe tiene un encanto muy particular, quizás pocos lo reconozcan pero la influencia que tiene en la vida diaria es tremenda. Su aporte en el mundo de las matemáticas, sólo empezando con los números, es decir, con la forma en la que los escribimos hoy podría ser suficiente; pero enamorados de la perfección de la naturaleza lograron con su estudio profundo a través del cálculo, el álgebra y la física a aclarar y entender muchas cosas del universo. Los árabes se enamoraron del cielo y las estrellas y estudiaron los astros juiciosamente, se apasionaron por la física hasta el punto de que el primer hombre que intentó volar fue un árabe que luego imitara Leonardo Da Vinci; se enamoraron de las letras y escribieron hermosos poemas e historias que todavía escuchamos y con los que soñamos. Su música y danza perviven en el hoy en sus tonalidades originales en instrumentos de percusión y de vientos, pero también en las notas de culturas más modernas como el flamenco y de cantantes actuales como David Visbal y Shakira. Nuestro idioma está lleno de aportes de esta cultura, más de cuatro mil palabras tienen su origen en él: albóndiga, alcohol, alcachofa, bellota, elixir, escabeche, guitarra, hola, jabalí, jarabe, limón, máscara, naranja, sandía, toronja, toronjil, zanahoria… esto sólo por enunciar unas cuantas y ni siquiera son las más comunes. Pero el aporte que más me gusta, y que ya han de sospechar cuál es, es el de la comida.
Empanada…  ¡polémica! Pues he escuchado varias veces que su origen árabe es un mito, al menos el de la palabra y resulta que sí, y que no, porque eso de envolver la comida en pan, es tan antiguo y propio de infinidad de culturas y los árabes tienen su propia versión, que evolucionó y viajó hasta Europa y que luego llegó a las Américas.

El quibbe, la pita, el pan arracimo, sin levadura o árabe, los fríjoles que son más orientales pero que por su cercanía también tuvo su aceptación en el medio oriente antes que en nosotros los occidentales, las habas, los garbanzos, los yogures… mejor dicho, esta aldea global de la que estamos disfrutando hoy en día y que nos ha convertido en habitantes de un mundo más pequeño por decirlo de alguna forma, está bañado por innumerables posibilidades de disfrutar de estas delicias propuestas por esa cultura tan rica e importante.
Recuerdo que en mi época de estudiante universitario, hace unos añitos ya, en algún momento de esos en los que había que estudiar largas horas en la casa de un compañero, se nos dio por esa mala costumbre de tener hambre. Se venía una noche larga y había que comer algo. Le encomendamos la misión a una compañera para que buscara algo de comer en la calle mientras los demás avanzábamos con las labores académicas. Cuando llegó la comida, recuerdo, me entró una pequeña duda: la compañera fue a comprar unos envueltos de pan que traían carne y vegetales por dentro y que se veían especialmente pequeñitos, bueno, para un universitario tragaldabas como yo; traía además unas bolitas de carne apanadas y unas salsas raras de ajo y de cilantro. Me comí mi porción de esa comida que no conocía con un gusto anormal, pues olían y sabían delicioso. Lo único con lo que lo pude comparar para esa época en la que no estábamos tan abiertos gastronómicamente hablando fue con la comida mejicana, pues parecían unas fajitas y a la vez no lo eran, porque su concepción era distinta. Pregunté por el nombre de lo que habíamos comido y sinceramente, era tan extraño para mí que no fui capaz de guardármelo en la memoria y aun así, le agradecí a mi compañera por haberme dejado descubrir algo de la comida árabe, pues venía de un restaurante que ella conocía porque quedaba cerca de su casa, por ahí en el Mall de la Visitación en el Poblado.

Hoy, unos quince años o más, sé a ciencia cierta qué fue lo que comí porque ya lo reconozco, el envuelto de carne y vegetales que comimos era un Shawarma, y las bolas de carne apanadas, eran quibbes. ¿Y por qué lo sé tan a ciencia cierta?  Pues porque este año se celebraron los 20 años de uno de los restaurantes pioneros en este tipo de comida en Medellín y me invitaron a la celebración. Mientras miraba a lado y lado y conversaba con mis compañeros de mesa, otros representantes de periódicos y blogs gastronómicos de la ciudad simplemente fui recordando cosas de esa experiencia efímera, pero luego, cuando tuve la oportunidad de entrevistar a la dueña del restaurante, a la pionera Tata Abisaad Hanna, di con la neurona que me faltaba; tuve un momento de flash back.
En el evento tuve la oportunidad de comer muchas cosas deliciosas, pero como estábamos en medio de una experiencia de tipo informativo, en el que la interacción con los compañeros y con los exponentes me mantuvieron algo distraído de los sabores y sensaciones, pues tuve que armar plan para unos días después con el fin de esta vez sí, vivirla con toda.

Así pues que en esta ocasión quise abarcar varias cosas del menú que me habían gustado y otras que no había tenido la oportunidad de probar. Al final, la mesa estaba abarrotada con un festín digno de los relatos que me hicieron soñar alguna vez, narrados en las mil y una noches. Había pues pan árabe para poder tomar los alimentos, pues esto se come con la mano, queso arish que es una bola de queso conservado en aceite de oliva y que según me contó Tata, cuando están bien hechos logran conservarse por incluso, hasta cincuenta años. Ya saben, esa es una respuesta a la conservación de los alimentos en el desierto. Este queso es como un yogurt salado y viene en dos presentaciones una solito y otra con unas especias que lo cargan de sabor y de olor.
En otro plato había Tabule que es una ensalada que sirve muy bien para limpiar el paladar entre plato y plato. Sus elementos están muy bien picados lo que la hace muy liviana y deliciosa, tiene tomate, cebolla, perejil, pepino, pimentón, zanhoria, jugo de limón y aceite de oliva.

El otro plato trahía varios tahines que se llama “tripoli”, el tahine es una especie de puré y es de garbanzos y dependiendo de los otros ingredientes que traiga se le llama humus. Uno trahía ajo, ajonjolí y aceite de oliva, el otro pimentón y el otro berenjena. Son espectaculares, bien combinados con el tabule…  se me hace agua la boca.
Para seguir, en otro plato había quibbes que son unas bolitas fritas de trigo con carne o con otros ingredientes como ahuyama por ejemplo… son espectaculares.
Y para terminar un plato con varios Yabrak, que son los padres de los conocidos “indios de repollo” que existen en muchas regiones del país. Estos son unos “tamalitos” cuyo envuelto se puede comer y que se hace con hojas de parra; están rellenos de arroz y carne unos, y arroz con lentejas los otros. Son cocinados y vienen en un caldo que es mezcla del líquido que soltaron al cocinarse con un poco de aceite de oliva y especias. No me hagan acordar lo deliciosos que estaban porque me dan ganas de irme ya mismo por una buena porción de esas.


La experiencia podría ser más redonda si tuvieras  que defenderte sólo con tu pan árabe para comerte todas estas delicias, lo que me recuerda que por lo general hay que pedir siempre más pan porque la idea es limpiar los platos y hay que pedir más sí o sí, pero por supuesto, en Shawarma te entregan cubiertos para que puedas comer cómo te gusta, cómo estás acostumbrado. La comida es excepcional, tanto que muchos comensales que vienen precisamente de la tierra que la inventó han felicitado a la dueña y es más, me contó Tata que alguna vez, incluso hasta se han enamorado de ella y le han pedido la mano para casarse y llevársela para Libia ¿Qué tal?  Así que ahí tienen una razón más para ir y probar si es que nunca lo han hecho, comida árabe, vale toda la pena del mundo, es ¡Deliciosa! Yo ya Salí, recordé lo que es, lo disfruté al máximo y te lo recomiendo de verdad: #SalíAComer a Shawarma.

lunes, 21 de noviembre de 2016

SALÍ CON EL HABITANTE MAYOR

La mamá de mi papá era conocida como la “mona Lucero”; era rumbera, le gustaba el aguardientico, fumaba desde que se levantaba hasta que se acostaba, sabía leer el tarot, le encantaba la música; recuerdo que tenía una afinidad especial con el flamenco español y sabía hacer con la lengua un chasquido muy parecido al de las castañuelas; cocinaba delicioso, todavía me acuerdo de los diciembres con ella porque era de la que preparaba dulces de todos los habidos para que en la mesa del comedor siempre hubiera donde meter el dedo, y cuando hacía natilla, la hacía en fogón de leña y con mecedor, de esa que se demoraba unas cuatro horas en estar; también se le medía a hacer la morcilla ella misma…  todavía la recuerdo sentada en la cocina, con las piernas abiertas y una olla inmensa entre ellas, llena de sangre, arroz, empella, cebolla y empujando todo eso en una tripa de cerdo con las manos rojas y brillantes, como las de un asesino serial…  la recuerdo con esos ojos vivarachos, sonriendo o contando chistes mientras hacía la rellena y pedía a gritos que alguien le pusiera un cigarrillo en los labios y se lo quitara cuando ya había dado unas cuantas caladas, y que luego le mandaran una copa llenita de aguardiente para ponerse más sabrosa mientras hacía lo suyo. Si, la abuela Lucero me dejó marcado en muchos aspectos y hasta le podemos echar la culpa de muchos de mis amores y desamores por la comida y por el trago. Otra característica que tenía y que la definía era que vivía en “horario Tokio”, es decir, era más trasnochadora que un verraco y dormía hasta tarde.
Algunas veces, en las vacaciones, me invitaba a quedarme con ella un par de días para vivir una que otra aventura entre abuela y nieto y bueno, recuerdo muchas cosas que hacíamos: enseñarme a cocinar fue una, ella fue quien me enseñó a hacer empanadas por ejemplo, otra actividad era llevarme a las maquinitas a jugar pacman o invasores espaciales, o a comer helado, pero la que me trae a escribir esta entrada de hoy en realidad es una que tiene que ver con trasnochar, y de lo lindo. Ella era muy activa y “más rebuscadora que un diablo”, siempre se inventaba varias para levantarse el billetico, como les dije, leía el tarot, así que a veces uno la veía prendiendo velas y quemando incienso y luego me decía que me fuera a ver televisión y que no me apareciera por la sala porque iba a atender a unos clientes, o empezábamos desde temprano a moler maíz, a amasar, a hacer hogao y a armar empanadas, porque a las seis de la tarde se sacaba la freidora para atender a los clientes que siempre, por más empanadas que se sacaran, quedaban insatisfechos, les quedaba haciendo falta más. Eran famosas las empanaditas de San Juan con la 76. En ese rebusque del que les hablaba, mi abuela se consiguió por un tiempo, un contrato con una empresa que hacía ropa interior que ya se estaba empezando a dar a conocer que hoy se llama Leonisa, que necesitaba unas cajitas de cartón con una ventanita de acetato para que se pudiera ver la prenda empacada sin necesidad de abrir la caja; pues bien, el trabajo de mi abuelita era pegar con colbón las ventanitas de acetato, y le entregaban cinco mil, diez mil o más para entregar en un tiempo determinado. Mi abuela Lucero y mi tía Claudia se sentaban en las noches, a eso de las diez, más o menos, no les gustaba antes, a hacer el trabajo y les gustaba a esa hora porque empezaba un programa de radio que las acompañaba en su labor hasta las tres o cuatro de la mañana. Como les dije antes, a mí me invitaron algunas veces a hacer parte de la línea de producción, seleccionaba, pegaba y organizaba en muebles, mesas, camas y cualquier superficie que encontrara las cajas que ya tenían su ventanita pegada, para que se secaran y luego las organizaba y empacaba en una caja contenedora por decenas, centenas y millares.

Mientras trabajábamos conversábamos, nos reíamos, y nos entreteníamos con la forma tan particular de hacer radio de un señor que se hacía llamar el habitante mayor, pues es quien dirigía el programa “Los Habitantes de la noche”. Alonso Arcila Monsalve un señor locutor con un vozarrón poderoso y agudo que con su particular humor, su carísma y con la ayuda de una corneta no permitía que la trasnochada trabajando fuera ni un solo minuto aburrida. ¡Tremendos recuerdos tengo! Me acuerdo del trabajo duro, la sensación de sentirme importante por estar ayudando a mi abuela, tendría yo unos seis o siete años, lo entretenido que era pasar ese tiempo, las historias que escuchaba en la radio y claro, las meriendas parveadas que se hacía mi abuela para no pasar hambre.

De eso hace ya unos añitos, no les voy a decir cuántos para que no hagan cuentas, pero resulta y sucede que en estos días, esos recuerdos se me vinieron a la cabeza de una manera tan potente, que tuve que escribir esta entrada. Resulta que hice un programa de radio con una exaluma que es bloguera y que tiene una historia muy bonita e impactante de superación para contar. Tata Gómez creó hace poco un blog que se llama “no más sopa mamá”, en él cuenta las historias diarias de su labor de ser mamá, todo lo bueno, lo gracioso, lo difícil que le pasa con Valeria, su hija de dos años y medio, y en especial, o duro que fue su experiencia con el cáncer y tener que se guir siendo mamá. La invité pues a Salí en radio para que nos contara sobre su experiencia y fue un éxito, pues tuvimos muchos oyentes que se interesaron por su historias y su forma de ver la vida.
Al terminar el programa recibí la sorpresa de la vida, pues entre los muchos comentarios a las fotos que hacen los oyentes del programa para con mis invitados o con Salí, encontré uno en el que le decían a Tata, que la habían escuchado en el programa de radio Salý, que la felicitaba por su historia, por su fuerza y por la manera tan bonita y valiente de enfrentar la vida, y en el que la invitaba a su vez a hacer parte de su programa de radio “Los Habitantes de la noche”; comentario enviado por Alonso Arcila Monsalve. Sí, el señor que yo escuchaba con mi abuela por las noches cuando era niño, una leyenda viva de la radio antioqueña, director y locutor de uno de los programas más tradicionales y antiguos de la radio colombiana, escuchó mi programa y comentó una de mis publicaciones.

Y eso no es lo mejor, lo verdaderamente chévere de este asunto es que por medio de la invitación de Tata, me hizo llegar a mí, la invitación para hacer parte del programa también. Así pues que ese viernes yo, Andrés Toro, hice parte de los 41 años de historia que tiene el programa “Los habitantes de la noche”, ya no como oyente, sino como invitado. No se imaginan el orgullo y la sensación de felicidad indescriptible que me invadieron durante la trasnochada con “el habitante mayor” en su programa. Tuvimos una charla amable sobre lo que significa Salí, hacer radio, construir contenido para la internet, compartir la pasión por la radio y varias cosas más, entre ellas comer picada invitada por uno de los oyentes del programa. Eso me recordó lo que significa hacer radio nocturna cuando tuve mi programa “el nochero de Veracruz” en la emisora Veracruz Estéreo.
Le doy gracias a Salí, a la vida, a Dios, al universo, y en especial a todos ustedes los seguidores de este sueño que poco a poco, va pasando de ser un hobbie, para convertirse en lo más importante de mi vida. Yo Salí en radio, en el programa del Habitante mayor, yo, ya puedo decir, Salí en Habitantes de la noche.

Si quieres escuchar el programa, te invito no solo a escucharlo sino también a verlo por este link de Youtube:


miércoles, 9 de noviembre de 2016

SALÍ A SER EL PRIMERO EN TOMARME UN CAFÉ, EN LA PRIMERA TIENDA STARBUCKS DE MEDELLÍN

Salí cada día que pasa le da a esta carnita y a estos huesitos nuevas satisfacciones. Eso de ser sorprendido de manera constante y desde puntos de los cuales no te lo imaginas creo, es la esencia de la vida para ser feliz. La forma en la que entra la luz por la ventana un día cualquiera, un ataque de amor de tu mascota, un triunfo en la cocina cuando tu experimento culinario resulta tal como te lo imaginaste o mejor aún, una llamada de alguien que extrañas, una mirada de un desconocido(a) que te atraviesa de lado a lado, es a lo que me refiero, sólo hay que estar atento y entonces te das cuenta de que la vida, como dice la canción, es bonita y es bonita. Yo en lo personal tengo a Salí, un hobbie que poco a poco se ha ido convirtiendo en algo más, por ejemplo en una fuente de sorpresas chéveres.
Esta entrada está dedicada precisamente a una de esas, porque hace poco, simplemente, me ha llegado una invitación a ver cómo se hacía historia en la ciudad; lo único que recuerdo es que vi mi nombre al lado de un logo que es famoso en todo el mundo y que siempre me ha causado mucha curiosidad como publicista, pues es una sirena que tiene dos colas y está relacionada al café. ¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? Mis ansias de saber me llevaron a varias historias que lo justifican y todas llevan a una ilustración normanda del siglo XV, que sin más, le pareció chévere a su creador por allá en 1971 y que luego, al ser comprada por el actual dueño, un hombre de negocios llamado Howard Shutz, migró a una historia más mística en la que se pensó en esta ilustración intentando capturar la tradición de navegación de los antiguos comerciantes de café, y terminó relacionado de alguna manera con los antiguos vikingos normandos. Si pudieran verme en este momento, verían mi sonrisa de incredulidad, pero bueno, lo que sí hay que reconocer es el trabajo intenso que ha hecho la marca por posicionarse en la mente de consumidores de café en todo el mundo, hasta el punto que incluso nosotros, que no hemos tenido más contacto con ella que en un par, si no es un ciento de películas de Hollywood, la reconozcamos y en cierta forma la apreciemos…

Y voy a retomar estos puntos suspensivos porque tal vez sea todo lo contrario. Encontré mucha resistencia y reticencia en ciertos sectores al hablar de la marca, y hasta cierto punto logré contaminarme de algo por ahí, pues algunos de los argumentos en contra, era que nos iban a poner a tomar café de otras partes del mundo, sabiendo que vivimos en un país cafetero; otro argumento que me dolía era que las marcas nuestras, se verían afectadas porque el café colombiano tiene muchas desventajas en el mercado y al yo venir de una familia que otrora fuera cafetera, pues la verdad veía con desdén que en Bogotá por ejemplo, cuando se abrió la primera tienda, se hubieran hecho filas enormes de consumidores deseosos de arrasar con todo lo que tuvieran, mientras que a Juan Valdez o a Oma, o a otras menos conocidas pero tan buenas o incluso mejores que las mencionadas, es más, que la marca de la sirena, no tuviera tanto reconocimiento por parte de nosotros los colombianos.

Pues bien, ansioso y con la mente abierta me fui a cumplir mi cita, a hace efectiva esa invitación que me llegara, al lanzamiento de apertura de la primera tienda de Starbucks en Medellín. Y entonces los ojos se me abrieron más y los oídos más y la boca más, pues empecé a encontrar un montón de cosas que en vez de dolerme o molestarme más, hicieron todo lo contrario, gustarme mucho y mucho más.

Fuera de la gente bonita, bien vestida, mujeres bellas, hombres elegantes, periodistas distinguidos, uno que otro lagarto y más de un mamerto, el evento fue en pocas palabras “una verraquera”. Música en vivo, mucho café, mucha comida pero lo mejor de todo, fue que obtuve mucha información. Esta tienda, es la primera que se abre en Medellín, es la número once en el país, es a la vez la número mil que se abre en Latinoamérica y se inauguró el primero de septiembre. Starbucks nació en 1971 y hasta hoy, hace presencia en más de 70 países. El sesenta y cinco por ciento (65%) del café que conforma su stock de productos, es café colombiano, lo que la convierte en el principal comprador de café colombiano en el mundo. La marca está en Colombia mucho antes de abrir sus tiendas pues tiene un programa agrario, nos sé si se pueda expresar así, en el que instruye y facilita tecnología y tecnificación a un grupo de cafeteros, para que mejoren su producción y así garantizar la calidad que requieren en el producto que ofrecen; esto significa pues, que hay un montón de campesinos cafeteros y agricultores colombianos, que han estado creciendo como productores y como empresa gracias a esta alianza con la marca… esto lo escuché de los labios de doña Maria Elena, una cafetera de Concordia, Antioquia, quien expresó su felicidad y agradecimiento frente a todos los que estábamos en el evento.

Así pues que el primer fin de semana de septiembre, efectivamente vi largas filas de consumidores que querían conocer la marca, y vi cómo los criticaban, y cómo el desdén se sumaba en las redes sociales para con la marca, pero yo ya no lo vi así, mi mirada cambió por muchas razones, el hecho de que una marca de este tamaño se fije en Medellín como mercado, lejos de muchos prejuicios, habla de eso que tanto hemos escuchado últimamente, esta ciudad va en crecimiento, está dejando de ser provincia pues es más atractiva para hacer negocios y de los grandes. Otra es que una marca como está haciendo presencia en el mercado, obliga a la competencia a ponerse las pilas, a reaccionar, a proponer, a lucharse ese público consumidor y entonces, es ahí donde nos vemos beneficiados nosotros, los que queremos un buen producto, con un buen servicio, es decir, los que queremos experiencias de consumo. 
Tengo amigos en el mundo del café, marcas que producen, tuestan, y/o preparan, que hacen que todo lo que gire en torno a lo que hacen, sea precisamente eso, una delicia no sólo al paladar, sino a todos los sentidos y a ellos les doy mi parte de tranquilidad, lo que están haciendo, está bien, muy bien y hay que seguirlo haciendo, Starbucks llegó, sí, y lo hace como puede y lo sabe hacer, como un gigante, con enormes presupuestos en publicidad, pero ellos son los que tienen que conquistar el mercado, ustedes, lo tienen que cuidar, porque es suyo, y potencializar, como lo dije antes, lo bueno, es para nosotros los consumidores, que vamos a ir es a donde nos den un buen café, un buen servicio, una gran experiencia.

Salí al lanzamiento de Starbucks en Medellín, fui de los primeros, tuve el privilegio de tomarme varios cafecitos muy ricos, unos con aguardiente, bebida caliente deliciosa, otro con whisky, bebida fría, un frapuchino delcioso, un café con leche, canela y anís, comí de sus deliciosos sánduches de roastbeef, de cordon bleu, de queso y jamón, comí tartas de limón, de lima y de zanahoria y #Salí feliz, porque tenía la barriga llena, el corazón contento y la certeza de que este evento al que fui invitado, hace parte de la historia de esa Medellín de la que se va a hablar en el futuro, la que todos queremos, a la que le estamos aportando. Yo #SalíAStarbucks y me encantó, ahora te toca a vos, salir a comer, a viajar, a vivir.