Nuestro lema

Nuestro lema

domingo, 8 de noviembre de 2015

PARTE 1 - SALÍ A CONOCER A PUERTO RICO… EN SANTA FE DE ANTIOQUIA

¿Qué tal son ustedes para las frases de cajón? Apuesto a que muchos las aborrecen, les parecen falsas, que no terminan de expresar lo que realmente está sintiendo quien las pronuncia. Sin embargo si se llaman así es porque son usadas de manera muy general justo en circunstancias que son comunes y, finalmente se terminan usando porque tratar de precisar de una manera diferente o novedosa, algo que ya está más que definido no parece necesario. De entre miles que existen hay unas que son campeonas, por ejemplo, una que es muy normal escuchar en radio es: “Gracias por invitarme a tu programa, es un honor estar aquí contigo, les mando un saludo a todos tus oyentes y por supuesto a la mesa de trabajo”. —Aquí es dónde me permito la primera bobada del día— ¿Cómo así que a la “mesa de trabajo”? ¿Por qué no saludan mejor a los micrófonos que tienen más que ver con la comunicación? ¿No?

Otra frase de estas y que clasifica como una de las que preferiríamos no escuchar, es aquella que pronunciaría el encargado de una entrevista de trabajo para la que nos hemos preparado y en la que tenemos todas nuestras esperanzas puestas, cuando ésta termina: “Muchas gracias por venir, ya nos comunicaremos con usted… por favor no nos llame, nosotros lo llamamos”. No joda, ¿no me digan que es más bien desesperanzadorcita la frasecita?

Pero les tengo otra que no sólo desesperanza sino que hasta duele escucharla. Esta frase de cajón es para ese tipo de situación en la que se ha elegido un bonito lugar, o en su defecto uno alejado para que los gritos desgarradores de la víctima no se escuchen; todo está tranquilo, se siente una tensa calma, esa típica antes de que se desate la tormenta, el victimario toma las manos de quien debe escucharla para hacerle sentir que no tiene nada que temer y entonces se deja venir la frase: “Créeme, no eres tú, soy yo…”   ¡Aggggghhhhrrrrhrrhrhrhrh! Déjenme aquí quietico no más.

Total, frases de cajón hay muchas y como dije al principio es probable que no suenen muy sinceras, pero hay ocasiones en las que es uno mismo el que se ve obligado a usarlas porque es lo más sincero que puede decir. Yo mismo me estoy viendo en la obligación de usar algunas que terminarán de expresar justo lo que quiero para esta entrada. Y es que por invitación de Julio Casadiego de ColombiaTravel Operator tuve la oportunidad de hacer un interesantísimo viaje con un grupo de “personas maravillosas”: ocho puertorriqueños a cuál más amable, divertido y “buena gente”, que vinieron a Medellín en representación de varias agencias de viaje y operadores de turismo de su país, a conocer una nueva propuesta ideada por Julio para que sus compatriotas, que cada vez más están prefiriendo a Colombia como destino, vengan a conocer no sólo la ciudad, sino varios de los hermosos pueblos antioqueños de los que nos podemos sentir orgullosos y debemos complaceros en mostrarle al mundo.

Este grupo de Boricuas tenía menos de una semana para hacer un delicioso pero agotador recorrido por los sitios turísticos de Medellín y algunos pueblos cercanos; irían al pueblito paisa a conocer esta réplica de un típico pueblo de Antioquia construido en el Cerro Nutibara que está en medio de la ciudad; conocerían el Parque de Los Pies Descalzos, pasearían en la Línea J del Metrocable, se extasiarían con las obras del maestro Fernando Botero en la Plaza que lleva su nombre y vivirían el arte urbano y la transformación social en la comuna 13, con sus graffitis para la vida y sus escaleras eléctricas comunitarias. Después de esa intensa jornada citadina conocerían a Santa Fe de Antioquia, su historia, su cultura, sus calles empedradas y sus casas coloniales, para empatar después con una experiencia en la que vivirían en carne propia la cultura cafetera en Jericó, famoso por poseer los mejores cafés especiales del mundo y por último viajarían a Guatapé a empacharse del color de sus zócalos, de la cultura alrededor de uno de los cuerpos de agua más importantes del país y por supuesto vivir la aventura de subir a la piedra a mirar desde su tope cómo se ve una de las tierras más fértiles y bellas de la región.

Salí, fue invitado a acompañarlos en la jornada dos, la de Santa Fe de Antioquia y Jericó. No fue poco lo que esperé a que llegara el día, y con esto me refiero a que si igual me hicieron la invitación con una semana de anterioridad, la verdad la ansiedad hizo que me parecieran dos. Con decirles que la noche anterior al día de salida casi no duermo, así como cuando eras pequeño y tenías paseo del colegio. Finalmente llegó el día y los conocí una mañana fresca al bajarse de la “Guagua”, como llaman ellos al transporte que nosotros conocemos como busetas (microbús); por cierto, a los amigos brasileros que leen mi blog, miren que aquí la escribimos con “S” no con “C”, así que no es una grosería.

Fotografía de Manuel Alberto Jiménez
Tomada de su perfil de Facebook.
Saludé tímido, con una sonrisa en los labios, las expectativas vivas y unas ganas enormes por empatizar pronto con ellos. Agarramos carretera y supe que todo eso iba a convertirse en una experiencia inolvidable. Para explicarme les cuento que desde que el vehículo arrancó a rodar, comenzó a sonar la música que les gusta. Se preguntarán ¿qué escuchaban ocho Boricuas y tres paisas a buen volumen durante un paseo en una guagua? Apuesto a que se imaginan algo un tanto estereotipado como: Merengue a full, Salsa, tal vez reggaetón…  pues bien, se cantaban a viva voz las canciones de Fonseca y cuando terminaba una decían que querían el CD, luego se escuchaba una de Carlos Vives y hasta yo las palmeaba con ellos, después un vallenato de Jorge Oñate, en fin, sinceramente se conquistaron mi corazón colombiano al enaltecer la música de acá, oímos mucha otra y de variado género, incluida por supuesto la de su país, pero la verdad fue muy bonito sentirlos tan cerca a través de la música.

Mientras andábamos por la carretera que conduce al occidente, preguntaron y escucharon atentos todo lo que se tenía para contarles acerca de cómo se construyen y mutan los barrios periféricos de la ciudad. Aprendieron de historia, consultaron sobre política pues se maravillaron con el Parque Biblioteca Fernando Botero de San Cristobal; en el túnel de Occidente como se les fue la señal para escuchar música, decidieron que lo mejor era cantar, la verdad el corazón me vibraba con tanta energía y alegría.

Encuentro con un Arriero, o Vaquiano en carretera
Poco a poco mientras hablaban entre ellos me fueron incluyendo en la conversación, ¿y adivinen cuál fue el tema para romper el hielo? Pues mis crespos. Agarré confianza y entonces como buena Wikipedia comencé a lanzar datos y me le metí al rancho a Julio que era quien hacía el papel de guía. —Perdón por eso Julius—. Ahora quiero anotar algo que a este corazón colombiano y mal educado no se le pudo escapar…  resulta que cada vez que nuestro conductor, Alejandro, quien conduce muy bien y especialmente de manera muy responsable, tenía que adelantar en carretera, y vuelvo a recalcar, sólo en lugares en los que se puede hacer y de la manera más responsable y respetuosa posible, todos nuestros amigos de Puerto Rico gritaban a todo pulmón y de manera auténtica.

Se me ha quedado en la memoria algo muy particular que nunca voy a olvidar, con todo cariño, y lo recuerdo con esa pronunciación tan dulce de los nativos de Puerto Rico, esa que es cantada a ritmo caribeño y con la pronunciación de la letra “r” como si fuera una “L”; Pedro Cuevas, uno de ellos, decía una frase muy particular: “Cristo redentor, Jesús Sacramentado” —Y señalaba a Edna, una de sus compatriotas que estaba sentada en la silla del copiloto junto a su compañero de viaje Manuel—  “Edna, Edna, pregúntame tú ahí que hay que hacer para gestionar este negocio”; con esto se refería a hablar con el conductor para que le bajara al afán y evitara adelantar a otros vehículos. Tal vez se me escapen las palabras precisas, pero vuelvo e insisto, este corazón colombiano maleducado en la vías de Colombia, acostumbrado a recorrer largas distancias en las manos de uno que otro animalito vial, muy diferente y para nada tan respetuoso y responsable como Alejandro, no podía dejar de recalcar esos momentos que rememoro con una sonrisa.

Santa Fe de Antioquia nos abrazó con su clima cálido a modo de recibimiento a eso de las nueve y media de la mañana. En cuanto pusieron los pies sobre el empedrado de la plaza mayor de uno de los pueblos más bonitos y emblemáticos del país, mis nuevos amigos hicieron lo que mejor saben hacer, disfrutar y dejarse sorprender. 
Con cámaras en mano y una sonrisa en el rostro iniciaron su recorrido apoyados en la guianza de Julio, quien nos llevó a tener el primer contacto cultural de impacto: tomarse un jugo de tamarindo. No todos se atrevieron a pedirse uno completo, eso sí, de los pocos que lo hicieron, todos quisieron probar al menos un sorbo. Su opinión en general fue positiva, les gustó, eso me pareció.

En la fotografía Arlene, Lola y Enid.
Luego de refrescarnos caminamos por la callecita de acceso a la Plaza Menor desde la Mayor. Sus casas coloniales, con esas fachadas de portalones grandes y ventanas enmarcadas no fueron indiferentes para los lentes de sus cámaras; se quisieron tomar fotografías en cada esquina interesante y estuvieron atentos a leer las placas conmemorativas e informativas que se encuentran en casi toda pared del pueblo, ¿cómo no hacerlo en el pueblo donde nació Medellín, el que contiene toda la historia de lo fuimos, de lo que somos, si allí hasta las piedras tienen algo que contar?

Julio nos guió hasta el Hotel Mariscal Robledo, muy reconocido en la región y pidió que nos dejaran entrar. Ya adentro uno de los empleados del hotel se nos puso a disposición y se encargó de hacernos una visita guiada llena de datos interesantes sobre la arquitectura, el diseño, algunos de los huéspedes ilustres que lo han visitado; nos mostró un espacio dedicado a rendirle homenaje al Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, uno de los más notables de Latinoamérica; nos llevó hasta la piscina y ahí nos contó una que otra historia sobre los antiguos habitantes del lugar. Este espacio tiene una magia especial que invita a descansar o por lo menos, a tomarse una buena fotografía grupal para llevarse un buen recuerdo.

Fotografía tomada en la piscina
del Hotel Mariscal Robledo

En Santa Fe el viaje duraría poco, pues la experiencia que se les había prometido a nuestros visitantes era la de tener contacto con la cultura cafetera y eso sería en Jericó Antioquia. Así pues que un par de fotografías más, una pequeña caminata por la plaza mayor y un poco de contacto con los vendedores de artesanías y dulces que hicieron las delicias de boricuas y colombianos con su mercancía colorida y sabrosa. Por cierto, no se imaginan la sensación que causaron, —especialmente en Manuel— unas panelitas de coco que se ha sabido comprar. Con decirles que era un tarro plástico que podría contener tranquilamente unas treinta o cuarenta embelesadoras  bolitas y duraron, lo que nos demoramos caminando desde el frente de la Catedral Basílica hasta la Iglesia Jesús Nazareno, que queda a tres cuadras abajo en línea recta… lugar al que los llevé buscando la Iglesia Jesuita de Santa Bárbara… Julio todavía se está burlando de mí por ese pequeño detalle.

De ahí, fuimos a uno de los lugares más simbólicos y que no se puede perder ningún visitante que venga a Santa Fe de Antioquia; el puente colgante de Occidente, una “maravilla” de la ingeniería antioqueña del finales del siglo XIX. ¿Por qué la catalogo como maravilla? Pues porque cumple este 2015 nada más y nada menos que 120 años de haber sido construido, desafiando además de a las fuerzas físicas del universo, a la creencia de muchos, si no eran todos en su época, de que no soportaría ni siquiera el primer paso de los habitantes de Olaya hacia Santa Fe o viceversa. La historia del puente es tan fascinante como el mismo. 

Fue diseñado y construido por el ingeniero José María Villa Villa, al que le gustaba bastante el “Güarilaque”, es decir, el aguardiente y a quien cargaron en hombros luego de pasar de lado a lado con su familia y cuarenta cabezas de ganado para demostrarle a los habitantes de ambos pueblos, que el puente sí resistiría. Cuando lo lanzaban hacia el aire lo vitoreaban y decían en coro: “¡Qué viva el ingeniero Villa! ¡Qué viva!” y él les contestaba a viva voz: “NO, qué viva NO, qué Beba el ingeniero Villa, ¡Qué beba!”

Este puente que se suspende sobre el -Por lo general y cuando no hay sequía generalizada en el pais- caudaloso río Cauca, les ofreció a mis nuevos amigos de Puerto Rico, un escenario fantástico para tomarse una buena selfie grupal. No alcanzo a recordar cuánto tiempo, ni cuantas veces le rogaron a Julio que los llevara hasta allá para recorrerlo por ellos mismos, pero ese reloj implacable marcaba casi el medio día y todavía faltaba atravesar de occidente a oriente el departamento para llevarlos a recolectar café a las montañas de Jericó. Así que nos empacaron en el microbús y agarramos camino hacia el suroeste antioqueño.

Eso quiere decir que hasta aquí este relato, por lo tanto, si quieren saber más sobre la experiencia de Salí con este grupo de boricuas, me toca ponerles ese mensajito que tanto se usa en estos casos, otra de esas frases de cajón que me veo obligado a usar, no se preocupen porque: “Esta historia, continuará”.

Saludos a mis amigos de Puerto Rico: Manuel Alberto Jiménez, Edna Joan Toro, Edna Edit Díaz, Pedro Alonso Cuevas, Luis M, Lucas Colón Colorado, Lola Mercado Mellado y a Arlene Mendez desde Colombia, ha sido un placer conocerlos y compartir con ustedes este grato día de aventuras…  y a mis lectores, si quieren saber por qué le puse ese título a esta entrada, es decir, si todavía no lo intuyen, pues no se pierdan la segunda parte, que va a estar mejor.


Yo ya lo hice, ahora te toca a vos, Salí a comer, a viajar, a vivir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario