Nuestro lema

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miércoles, 16 de septiembre de 2015

SALÍ A VIVIR LA EXPERIENCIA MÁS ROMÁNTICA DE MI VIDA - SALÍ AL HOTEL EL TESORO

No sé cómo serán los hombres en el futuro, cómo la generación de los niños de hoy estarán construyendo su personalidad; me refiero a que, no sé ustedes, pero yo debo a la televisión muchos de mis rasgos personales, o por lo menos, mucho de la forma en la que concibo el mundo. Sí, yo soy un hijo de la caja boba y ésta por supuesto me marcó. Me pregunto por las generaciones futuras porque lo que veo que está influyendo en la formación de los nenes de hoy son las tabletas y los teléfonos inteligentes; estos medios los hace más ciudadanos del mundo, más conectados con el planeta entero, más interactivos, pero menos sociales, más alejados del presente, del aquí y del ahora. Pero bueno, eso es harina de otro costal.

Bien, mi concepción del mundo obviamente no se debe nada más a la televisión por supuesto, pero hay ciertas cosas que no puedo evitar relacionar de inmediato con series, personajes y/o situaciones que vi. Por ejemplo cuando escucho las palabras romance, romanticismo o romántico no puedo evitar imaginarme de manera inmediata a un personaje que hizo parte de mi infancia y que me enseñó lo que significan de la manera más gráfica que existe:
Imagen extraída de la página de Warner Bros



“Vuelve a mis bgrazos quegrida, Oh mon amour, ven aquí mi zogrillita apestosau, mua, mua, mua, mua”





¿Ya saben a quién me refiero?  Es decir, cómo sería posible que no influyera en un niño apuesto e inteligente como yo, la historia de Penélope, la sensual gatita negra que se las arreglaba siempre para pintarse accidentalmente una raya blanca en el lomo y Pepe le Pew, el enamorado más romántico e insistente del mundo. Aún recuerdo que al jugar a “La mamacita” con mis amiguitas de la cuadra o con las niñas del colegio, de una manera mágica me poseía el espíritu del viejo Pepe y las tomaba de la mano y comenzaba a decirles: “Ven aquí mamacita, egres muy joven y no entiendes lo que es el vegrdadegro amogr” y comenzaba a darles besos desde la muñeca hasta el hombro. Luego venía la típica reacción de Penélope, una bofetada o un arañetazo, porque si bien, yo aprendí que el amor era expresar el cariño con frases empalagosas y besos, las niñas tenían el referente contrario y el cariño se le expresaba a los niños, a golpes. ¡Ay! Cómo dolía el amor.

Crecí y entendí que para ser romántico había que ser un poco como Pepe y un poco como Fast el de Los Magníficos, que debía aprenderme unos cuantos versos de Neruda y que también ayudaría un poco de humor, eso sí, ayuda más el humor inocente y de doble intención, algo así como el de Benny Hill. Mejor dicho, aprendí que ser romántico implica usar una enorme y agotadora cantidad de energía y que no se podía ser romántico todo el tiempo o con todas las chicas que se conocían. Sí, ser romántico no es fácil y por eso, creo que se está perdiendo mucho esa bonita costumbre entre los enamorados. No sé si cometa un error al afirmar que hoy en día ser romántico es casi un sinónimo de enfermedad, o de antigüedad; atreverse a ser romántico es exponerse para que te tilden de cursi. Habrá que acercarse a los que se dedican al negocio de la venta de flores, a los comerciantes de negocios como “la tienda del amor”, y preguntarles por la venta de arreglos de rosas, peluches, credenciales de Giordano y de Ziggi, de esquelas de amor, para saber más certeramente cómo vamos en esa materia del romanticismo, de las dedicatorias, de las cartas perfumadas, en fin.

Me gusta el romance, me parece lindo, chévere ser romántico; no todo el tiempo, no del tipo empalagoso como el del zorrillito apestoso, pero creo que es delicioso de vez en cuando ponerse en un tono amoroso y detener la cotidiana vida agitada para darse un rato de paz, de cariño, de besos y abrazos con la pareja a la luz de unas velas, con vino, con una comida estimulante que te haga sentir que somos los únicos seres humanos en el planeta.

Pues bien, en ese orden de ideas hace poco se me ocurrió darle una sorpresa romántica a mi esposa. Hablé con alguien a quien tuve la oportunidad de conocer en mi vida pasada como publicista; un cliente que tiene un hermoso hotel en San Jerónimo Antioquia. Le dije que tenía la idea de pasar un fin de semana especial con Marcelita y le pregunté si podían hacer que la habitación se viera especial, como para pasar una velada romántica; mi idea era llevar yo mismo una botella de vino e invitar a mi esposa a caminar por las instalaciones del hotel y encontrar un lugar apartado para tomárnosla solos, a la luz de las estrellas. Pero ¡Oh sorpresa Me di! cuando me dijeron que el Hotel tiene un plan romántico especial en el que todo está solucionado, es decir, usted lo único que tiene que llevar es a la res amarrada…  perdón, perdón, qué poco romántico, uno en lo que tiene que pensar es en cómo alejar a las abejas de lo dulce y romanticón que se va a poner la situación.

Llegamos al hotel en la tarde, nos registramos y nos dieron las llaves de la habitación. Era la habitación Junior Suite que tiene el número 10, no hay pierde porque es dónde termina un bonito sendero lleno de flores y árboles frondosos que hacen que todo parezca un cuento de hadas. Cuando metí la cabeza al abrir la puerta entendí que no podía dejar entrar a mi esposa así como así, me tocaba cargarla, a lo película y es que se lo debía… me va tocar confesarme… resulta que la noche de bodas, ella fue la que me entró cargado a mí… sí, porque llegué maluquito, esa noche si me hacían un examen, se darían cuenta de que había unas cuantas gotas de sangre en el torrente alcohólico… ¡eh!, ese paso de la soltería al matrimonio no se da así como así, olvídense, por lo menos yo lo di metiéndome una botella de vodca por la cara.

El caso es que la entré en brazos porque la situación lo ameritaba totalmente. La cama estaba decorada de una manera hermosa. Pétalos de rosa flotaban por las sábanas, un juego de toallas formaban un corazón tridimensional en la mitad la cama y junto a esta escultura efímera reposaban una botella de vino con dos copas y una caja de bombones para estimular la producción de serotonina, la hormona del amor. Un par de refrescantes limonadas de cereza descansaban en uno de los muebles junto al ramo de rosas que decoraban la habitación para dar una fresca y necesaria bienvenida a ese clima cálido del occidente de Antioquia.
Eso más el hecho de que la habitación está pensada para dar placer desde su concepción arquitectónica, más una exquisita decoración, todo junto hace que la cabeza te de vueltas y quieras comenzar con el romance de manera inmediata, ¿no sé si me entiendan? y sin embargo es mejor aguantarse un momentico, mientras se revisa todo y te das cuenta de que tenés a tu disposición un deck privado en madera, con su propio jacuzzi y un turco. ¡Ah! Cuántas cosas locas se te pasan por la cabeza de un sopetón.

Nos refrescamos un poco, nos extasiamos más sin querer caer de la nube en la que nos habíamos embarcado para vivir nuestra historia de amor recorriendo la habitación y sus comodidades y decidimos ponernos los trajes de baño para disfrutar de las instalaciones del hotel. La noche pintaba muy bien, alocada… necesitaríamos mucha energía y era mejor recargarla relajándonos un rato en la piscina… ya habría tiempo para ese jacuzzi. El sol brillaba libre y potente en un cielo increíblemente azul; pocas nubes de un blanco inmaculado, desflecadas por el viento adornaban el lienzo como para recordarnos que había algo entre nosotros y la bóveda celeste. Un merengue sonaba en los parlantes del hotel y nos alegraba el alma. 
El agua fresca de la maravillosa piscina nos bajó la temperatura como anticipando que lo necesitaríamos porque si no nos encenderíamos en fuego más tarde… de eso estoy seguro. ¿Qué más podríamos necesitar? Sí, ya sé, unas salchipapas y unas cervezas, llevadas hasta las sillas para sol por uno de los empleados del Tesoro; en resumen, una mejor tarde previa a la noche más romántica de la vida, imposible.

A eso de las siete y media estábamos listos para cenar. En el transcurso de esa tarde maravillosa nos tomaron el pedido y nos dieron a escoger de tres opciones aquello que queríamos; platos tan ricos que fue difícil decidirse. Así que sólo debíamos llegar al comedor y dejarnos atender. Pero aquí vino la primera sorpresa: al llegar al comedor un empleado nos pidió que lo siguiéramos. Comenzamos a caminar hacia uno de los jardines en el que desde lejos vimos un perímetro demarcado por antorchas que iluminaban una mesa, y ésta estaba a su vez en medio de un corazón hecho con velas en el suelo. A mi esposa, que me apretó involuntariamente más fuerte la mano, le brillaban los ojos con más intensidad que las antorchas y yo, confieso, no podía dejar de sonreír como un idiota.

No sé si me alcance a explicar, si sean suficientes las palabras que use para darles a entender lo que se siente estar en esa situación. Voy a sonar muy cursi tal vez, pero no hay forma “no melosa” de describirlo. La mesa está en medio de un jardín que olía a flores frescas, vivas. El cielo seguía despejado como lo describí antes, sólo que era de noche y estábamos en el campo, por tanto, no había espacio para una estrella más. La luz de las llamas de las antorchas más las de las velas le daban al ambiente ese tipo de media luz cambiante que no se puede lograr nunca con una bombilla. Sobre la mesa elegantemente servida, había flores y unos chocolates con forma de corazón, que por cierto, estaban deliciosos. Dos meseros cual guardianes se nos pusieron a disposición y desde una distancia discreta no nos desampararon y estuvieron siempre pendientes de lo que se nos ofreciera. Éramos los dueños del mundo, o por lo menos de la noche y el romance era algo que simplemente estábamos respirando, se nos estaba saliendo por los poros y ya no había remedio, no habría forma de detenernos.

Nos trajeron la entrada, un ceviche de chicharrón con leche de tigre, apio y zanahoria. Suena extraño, sabe delicioso. El chicharrón viene cortado en lonjas muy delgadas, parece tocineta sin serlo y al morderlo croca y te hace temblar de emoción. Humedecerlo en la leche de tigre antes de llevarlo a la boca hace que todo cambie, porque la sensación crocante unida al ácido de esta salsa maravillosa, hacen que haya una fiesta en el paladar, literal, porque todo el cráneo retumba y las papilas gustativas bailan entre el limón, el sabor a pescado, la cebolla, el pimentón… se me hace agua la boca con solo recordarlo.

El momento era muy especial, el ambiente nos hacía mirarnos a los ojos y sonreír con cara de “ponqué”, cualquier cosa era una excusa para decirnos que nos amamos y no queríamos más que estar juntos y que se paralizara el tiempo. Entonces llegó el segundo momento de la cena, una deliciosa crema de champiñones con un fondo de pollo. Era reconfortante, cálida, sabrosa, bajaba por la garganta suavemente y se sentía como una caricia. Estaba deliciosa, no hay nada más qué decir.

El tercer momento fue una refrescante ensalada de lechuga, fresa, mango, queso y ajonjolí, a mi esposa le gustó mucho, a mí no tanto, y voy a ser sincero, el dulce en la comida no me gusta, es uno de esos problemas que tengo, por eso peleo hasta con la salsa bbq, así que la verdad, de la ensalada me comí un poco de la lechuga y el queso.

Pasamos pues al plato principal. Los ojos se ponen grandes al ver aparecer tremendos platos en frente. Marcelita se pidió un cañón Romanelli; es decir, un par de medallones de carne de cerdo sellados, de contextura jugosa, tierna, en una salsa con pimentones de colores, con base de vino y que traía hasta trocitos de jamón; como guarnición traía una suerte de puré en forma de corazón. ¿Lo probé?, por supuesto, aquí se pueden imaginar el típico acto romántico de cortar un trocito con ternura y darle al otro en la boquita…  lindos ellos, la miel chorreando por todas partes, ¿qué le vamos a hacer? Mi plato fue un Róbalo Imperial y lo que les puedo decir es que con solo verlo entendí por qué le llaman así, pues es digno de un emperador. 
El pescado estaba muy suave, se deshacía con ponerle el cuchillo encima casi sin presión. Pero la salsa lo hacía mejor, le agregaba ese sabor fino e inolvidable; contenía camarones y estaban hechos en una crema deliciosa. El plato es muy elaborado porque cuando está casi listo, lo gratinan hasta que el queso de la salsa se dora y se hace provocativo, luego lo montan en una cama de platanitos verdes tostados y lo acompañan con un par de palitos de yuca fritos. Tenedorcito va, tenedorcito viene. Caricia por aquí, miradita por allá, coqueteo simple, otro directo y el corazoncito latiendo como un loco porque me lo crean o no, la comida te da placer y a la vez te incita al amor.

El momento número cinco de la cena es el postre. Dos pequeños pedacitos de alegría en forma de corazón con un sabor que no se me puede antojar más apropiado: maracuyá, reconocido como la fruta de la pasión. ¡Delicioso!, y se preguntarán por qué me lo pareció, si ya había dicho que no me gusta el dulce en la comida…  pues bien, la clave está, creo yo en el equilibrio entre el agrio y el dulce de la fruta. Nada empalagoso, muy sutil, además de lo bien presentado que siempre será un bonito detalle.

La cena es un momento sublime en torno a la cual gira la propuesta del Hotel El Tesoro para incitar al romance. Este plan está muy bien construido, fue pensado para que las parejas sientan que están solas en el planeta por aproximadamente dos horas y que todo lo que existe en el universo les pertenece, bueno, eso fue lo que sentimos nosotros. No podía ser más perfecta. En la cocina, eso lo supe y por eso se los cuento, la Chef trabaja con tanta pasión en la cocina para este tipo de cenas, con tanto amor que lo transmite a la comida y uno termina, sencillamente, enamorándose más.

Nos quedamos un rato en nuestro pedazo de planeta iluminado con velas, solos, luego de terminar la cena. Los meseros se desaparecieron y nos dejaron embriagarnos un tantito más con lo que estábamos sintiendo. Aunque hay que confesar que la comida estaba tan rica y tan abundante que en realidad necesitábamos quedarnos allí para iniciar la digestión. En tanto, planeamos con malicia y con delicia lo que seguía… unas copas de vino en el jacuzzi, quizás un poco del baño turco, mucho de esto, más de aquello. Así fue. No sé a qué hora nos dormimos, solo sé que despertamos con la sensación de haber ido al cielo y de estar bajando en una nube, porque querámoslo o no, ya la noche más romántica de nuestras vidas había terminado y mal que bien, teníamos que regresar a la realidad.

Nos bañamos, y con esto quiero que lo interpreten como, el uno al otro y nos arreglamos para ir a desayunar. Cuando estábamos listos, sonó el teléfono y nos avisaron que el desayuno iba en camino a la habitación. ¡Oh sorpresa!, una más, pues sinceramente creía que la aventura romántica había terminado y que desde ahí disfrutaríamos de los restos de las mieles obtenidas con la experiencia anterior. Pero no, el Hotel El Tesoro nos tenía un bocado más, y muy apetitoso. Dos empleadas pasaron hasta el deck privado de la habitación y nos organizaron divinamente la mesa con un desayuno que sin más, voy a definir como de ¡Raca y mandaca!

Sólo imagínense la experiencia; por primera vez en la vida estaba teniendo contacto con el concepto de un desayuno romántico, y era fantástico. Las empleadas nos dejaron solos, hacía una mañana preciosa, los pajaritos cantaban y saltaban de rama en rama en los árboles que nos rodeaban. Respirábamos amor, teníamos mucha hambre y la mesa se veía muy linda, con muchos colores apetitosos. Iniciamos con la fruta: unos trocitos de papaya fresca, luego fuimos por la arepa con mantequilla en bolita y quesito. Los huevos revueltos con tomate y cebolla estaban ricos, perfectos para comerlos con el pan y además, nos dieron a cada uno de a dos empanaditas de carne, que estaban tostaditas. Chocolate caliente para pasar el desayuno, jugo de naranjas recién exprimidas para refrescarnos… ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

Se reavivó el romance, no les puedo decir más, no es correcto. Nos quedó un poco de mañana para disfrutar más de las instalaciones. Caminamos, visitamos el lago, fuimos a acariciar a los animales de granja, nos sentamos a extasiarnos con la naturaleza pues en el hotel además de los caballos, cerdos, gansos, gallinas, ovejas y hasta una llama, también se tiene acceso a la diversa fauna silvestre del occidente antioqueño, imagínense que se pueden ver más de treinta especies de aves distintas, en fin, es el lugar perfecto para descansar en cualquier tipo de situación y compañía.

Salí al Hotel el Tesoro a vivir supuestamente un fin de semana romántico y lo que obtuve fue la experiencia más romántica de toda mi vida. No exagero, luego de este viaje nos sentimos mi esposa y yo como recién casados. Renovamos el amor, la forma en la que nos miramos, en la que nos concebíamos, nada volvió a ser igual, porque ya tenemos esos recuerdos grabados en el corazón y eso no nos lo va a quitar nadie, nunca. Si, Salí y fui feliz, soy muy feliz y lo mejor de todo es que todo eso lo podés vivir vos. Este plan es perfecto para pedir la mano de la mujer que amas, para celebrar una fecha especial, un aniversario, para revivir el amor…  estoy muy cursi, pero no me importa. Salí pues a vivir tu propia aventura romántica, Salí a vivir el amor, a hacerlo como nunca, no te vas a arrepentir, porque a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir.

mira el video:


Para saber más sobre el plan romántico en el Tesoro entra al siguiente enlace: http://www.hoteleltesoro.com.co/beta/index.php

Y sí dices que te enteraste por Salí de este plan, puedes reclamar un regalo de esos que nos gustan mucho cuando compramos algo.



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