Nuestro lema

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lunes, 10 de agosto de 2015

SALÍ A COMER LANGOSTA Y ME DIERON "DE LANCHA" – SALÍ A TOLÚ

Cuando a uno le gusta comer, cuando siente que tiene una relación especial con la comida como yo, es normal que haya platos que causen una cierta obsesión por probarlos alguna vez en la vida. Unos son muy sofisticados y por eso llaman la atención, otros son muy raros, exóticos, difíciles de conseguir porque sólo se dan en lugares específicos del mundo, otros tal vez son tabú en tu cultura, en fin. No sé sí me vayan a entender cuando digo que mi alma de “fooder” o “comilón” sintió una especie de paz extraña cuando probé por primera vez el jamón serrano; su suavidad en el paladar, sentir que se derretía en la lengua, su color, su olor fuerte y sutil a la vez... Algo así también aunque un poco más traumática, lo confieso, fue la sensación que tuve cuando comí queso azul en un coctel en un Club Social de la ciudad. Cuando lo vi no entendí por qué le gustaba tanto a la gente ese lácteo baboso y maloliente; lo probé con curiosidad y me impactó negativamente, me supo amargo, fuerte, feo, pero me atreví a volver a probar, y luego otra vez, y otra y hoy, lo disfruto de una forma casi orgásmica. Así espero mi primer encuentro con otros platos del mundo que sin mentirles, me causan casi que una obsesión malsana. Por ejemplo, quiero comer jamón de Cerdo Pata Negra Español, el más costoso y sabroso del mundo y ojala del más famoso, del que cría la familia Domeq, la del brandy, y sinceramente espero poder comérmelo allá, en la península Ibérica. Me sueño comiendo trufas Italianas, de las que son buscadas y encontradas por jabalíes entrenados para tal fin. No veo la hora de comer “caviar almas” del esturión beluga albino del mar Caspio que aquí entre nos, supe que lo empacan en un frasco de vidrio con una tapa de oro. ¿Cuándo será que me como un cangrejo real o de las nieves del mar de Bering? Pero como se lo comen los Canadienses, que para terminarse el plato entero hacen falta unas dos horas, por todas las cosas deliciosas y grasosas que trae de acompañamiento. 
Vaca Wagyu, marmolado del trozo de carne
Imagen tomada de:
http://tourismmiejapan.com/recommend/beef.html
Y para darles otro ejemplo de los no sé cuántos cientos que tengo: espero algún día poder saborear un trozo de carne de una de las vacas más mimadas del planeta, las Wagyu de Kobe, cuyos mitos sobre la textura y sabor han trascendido todas las fronteras, aunque también los de su precio, unos trescientos dólares por un corte de ciento setenta y ocho gramos, del que dicen, probablemente no seas capaz de comértelo todo por lo sabroso que es, y a sabroso me refiero a que tiene mucho sabor, tanto, que te satura el paladar casi de inmediato. ¿Cómo será eso? No me lo imagino siquiera.

Aunque estoy atribuyendo a una relación especial esta condición antes mencionada, estoy seguro de que no es exclusiva sólo para quienes vivimos por la comida. Me voy a atrever a decir sin temor a equivocarme que todos hemos tenido la sensación de antojo por algo específico o especial que nunca hemos comido. Sí bien algunos tienen más arrojo o un espíritu más curioso y se atreven a experimentar con comidas extrañas, hay alimentos poco comunes que sí pueden gozar de una popularidad mayor y por causa de la exposición en los medios, crear una sensación casi que de necesidad de consumo. Uno de estos platos es la langosta.

La televisión y el cine se encargaron de posicionar en mi mente como algo muy especial, codiciado e incluso hasta prohibitivo comer langosta. Siempre la vi como algo lejano, para ser consumido en un tipo de restaurantes de esos en los que hay que ir vestido como James Bond; ya saben, de frack o de esmoking, ¡pilas! de chaqueta blanca pero sin el arma en el bolsillo interno; tu acompañante en traje de noche, música de violín o de piano de fondo, champagne para pasar el apreciado crustáceo y con un rictus facial pedante, algo así como una sonrisa de “mediozengue” y una ceja levantada desde que se le entregan las llaves del Porche al Valet parking, hasta que se le reclaman para irse. ¿Será que me exageré?

Esta fotografía la tomé hace cuatro años
en un restaurante muy reconocido de la ciudad,
precio por la cola de langosta: $70.000
Exagerado o no en mi posición, una o dos veces he intentado mandar el “envión” en restaurantes de Medellín y para ser sincero nunca tomé la decisión porque el precio por una cola de langosta de unos cien o ciento ochenta gramos en un lugar medianamente bueno de la ciudad, en el que la comida de mar sea su especialidad y del que sabes que el producto va a estar bien preparado, cuesta entre ochenta y ciento cincuenta mil pesos, es decir, un solo plato tiene el valor de lo que podría costar la cuenta de tres y de hasta cuatro comensales. Y no les cuento hasta dónde puede llegar en un restaurante de cuatro o cinco estrellas. Simplemente no me sentí lo suficientemente atrevido, es decir, por lo general no me fijo en el precio cuando voy detrás de una experiencia pero con ese preciado plato, nunca me sentí seguro para vivir aquella que tanto deseaba y estaba esperando.

Esta manía mía de contar sobre mis experiencias gastronómicas hace que una cosa tan sencilla como comer se convierta en algo diferente, especial; y lo mejor de todo es que ésta de la que les cuento hoy no tiene nada de especial, pero en realidad lo tiene todo, porque es sobre un día cualquiera en un paseo cualquiera en el que cumplí mi sueño gastronómico de comer langosta.
Todo comienza con el cumplimiento de otro ítem de esos que todo paisa tiene que haber tachado en su lista de cosas hechas o por conocer antes de morir: ir a Tolú y/o a Coveñas. Treinta y tantos años pasaron para que yo lo lograra y sucedió como casi siempre me suceden este tipo de cosas; como una maravillosa idea que se le metió en la cabeza al ser más terco y paseador que conozco, Marcelita Carrasquilla. Un buen día me dijo que tenía ganas de playa, brisa y mar y que ya había hablado con el amigo de un amigo que es dueño de un hostal en Tolú. En tanto me vio abrir los ojos como huevos estrellados y titubear un poco me dijo:
Tranquilo, pregunté si nos recibían con los “chiquis” y me dijo que sí. Mi respuesta fue:
¿A qué hora salimos?

El hotel es uno de esos sencillos, en los que se cumplen las necesidades más básicas de un viajero: un par de camas traqueadoras, un baño individual para el cuarto, un “abanico” de techo para disipar el aire caliente, un aire acondicionado de los que usó Pedro Picapiedra, pero aire acondicionado al fin y al cabo… ¡ah! Y el cual sólo se podía encender mientras se estuviera en el cuarto, y una cosa más, en las noches se debía decidir si dejarlo encendido y aguantarse el ruido que producía, que no era poco, o cocerte lentamente en tus propios jugos. Por mi parte como no íbamos sino a dormir, llegábamos tan cansados que sinceramente no fue problema. Otro buen detalle del hotel es que queda en la calle 1, la que va paralela al mar, así que no es sino salir del lugar, pasar la calle y se está en la playa de Tolú. 
Este carrocasa no es mio, ¡ya quisiera yo! era de unos
italianos que le están dando la vuelta a latinoamérica
con su pequeño hijo...  Me la sueño.
Y por último y no menos importante, podía guardar el carro justo al frente de la puerta de la habitación, porque la configuración del hotel es alargada con un patio interno, lo que me pareció buen detalle. No me estoy quejando, de verdad, la pasamos bien y nos atendieron, por parte del padre del dueño del lugar, muy bien atendidos; yo solo estoy contando la verdad y de nuevo reitero, mientras me reciban con los “chiqui-peludos”: Gertrudis y Jacobo, tenga donde dormir y me sienta bien atendido, lo demás pasa a un segundo plano.

Se vino el primer día en el que luego de un desayuno no muy grato; necesitábamos desquitarnos con un buen almuerzo, el cual por estar al frente del mar, obvio tendría que tener pescado. Caminamos por la avenida principal de Tolú esperando descubrir un lugar al cual ir para almorzar, que cumpliera con la no sencilla misión de tener mesas al aire como mínimo para poder comer con dos perros medianos al lado… ni modo que los dejáramos solitos encerrados en el hotel. Marcela le echó el ojo a un modesto restaurante con un par de avisos sencillos pero atractivos en la puerta. Yo le expresé mis dudas desde un principio pues en primer lugar queda sobre una acera elevada por lo menos un metro por encima del suelo, es decir, por encima del nivel del mar, y que no tenía mesas afuera. Eso no le importó a “misiá” y sin más reparos se fue a preguntar si nos dejaban entrar a almorzar con los perritos. ¡Oh sorpresa!, la dueña del establecimiento, una de esas matronas costeñas a las que les corre la sazón por las venas no le vio ningún inconveniente y nos dejó entrar bajo la mirada atónita y de desaprobación de una comensal, que no se disfrutó la deliciosa comida que había pedido por estar criticándonos por ser tan atrevidos y haber entrado con ese par de animales al lugar.

La Tinaja es un restaurante sencillo, de esos que se nota se armaron a fuerza de lidias, mucho sudor y lágrimas. Cada detalle, utensilio, adorno, tiene una historia que contar sobre el amor con que se consiguió y sobre la necesidad de satisfacer a los bienaventurados comensales. La carta del lugar está sobre la mesa, debajo del vidrio, por eso la señora que nos atendió nos tomó el pedido de las bebidas, un par de gaseosas y nos dejó solos un rato para que tomáramos la decisión de qué queríamos comer. El lugar estaba casi lleno, y lo primero que hice apenas acomodé a la Gertru y al Jaco muy juiciosos debajo de la mesa fue lo que hago por lo general al ir a cualquier lugar: buscar gestos en las mesas a mi alrededor, por eso me di cuenta de la señora aquella que tuvo que pedir un alka seltzer para bajarle a la sensación de pesadez que le produjo comer con dos perros al lado. Pero lo que reinaba en el lugar eran las sonrisas de satisfacción, los dedos sucios de jugos y grasas deliciosos, muy bailarines del plato a la boca, y el buen humor. Yo ya estaba feliz y deseoso. Lo primero que se logra ver en la carta es “Langosta”, pero viene sin precio. Ni siquiera lo contemplé, no me quise desgastar; busqué camarones, decía arroz y eso fue todo lo que necesité. Marcelita quería pescado, preguntó cómo venía, le dijeron que apanado, con ensalada y papas fritas y fuimos felices.

El pescado apanado que se comió la Quilla estaba de locos. Yo no sé si sea pura sugestión, por estar sentados en una mesa que nos permitía mirar hacia afuera y ver el mar justo ahí, a pocos metros, pero sabía distinto, muy diferente a todos los que nos hemos comido en el interior. 
El arroz con camarones fue una delicia, una bomba de sabor, tenía sazón costeña por todos los lados, cada cucharada era viajar por esa historia de fogones africanos, españoles e indígenas. Era una mezcla perfecta en la que no dominaba ningún sabor en particular, tenía sal, algo dulce, algo picante, pimentón, cebolla, a eso sumado el sabor del pescado en trozos, los deliciosos camarones… ¡Me encantó! Salimos satisfechos, felices, con toda la costa navegándonos en la boca y sin embargo, una idea me rondaba en la cabeza y no me dejaba tranquilo. Se la expresé a mi esposa y me apoyó. Mañana preguntaríamos por la langosta, sólo por preguntar, sólo por soñar con el: ¿Cómo fuera parce? ¿Vos te imaginás YO comiendo langosta? ¡Ah qué caja!

Al otro día se me había olvidado el asunto. Les cuento que a la hora de comer en las noches la cosa no fue tan clara. Las opciones se nos cerraron un poco. Nos fuimos igual a caminar y lo único que se veía eran perros calientes, hamburguesas, butifarras, en fin, nada distinto y por el contrario muy poco apetitoso. Terminamos comiendo sanduche de atún con papitas de pollo y gaseosa del fondo de emergencias. Verán, este es un tip de viajes que les recomiendo para evitar sufrimientos innecesarios. Para todo viaje que realizamos, en especial si es por carretera, mi esposa y yo llevamos un fondo de emergencias consistente en enlatados, pan, chips y jugos o gaseosas. Esa noche, la pasamos así y la verdad, ninguna de las siguientes cuatro noches comimos en ningún lugar de Tolú; gran idea que nos permitió gozárnosla más a la hora de desayunar y almorzar dándonos un gustico.

Y eso fue lo que se vino al siguiente día, un gustico de esos que jamás se me va a olvidar. Como a las cuatro de la tarde nos fuimos de nuevo para La Tinaja, entramos como “Pedro por su casa” con los chiqui-peludos, nos sentamos en la misma mesa y tras vencer el miedo Infundado, o tal vez no lo primero que hice fue preguntarle a la matrona del restaurante: ¿Cuánto cuesta la langosta mi señora? Y ¿Por qué la carta no trae el precio? La señora me contestó simple y llanamente: 
Porque eso depende del tamaño, espere un momento yo miro si me quedan y le digo el precio. Todo fue suspenso, no podía apartar mis ojos de toda su robusta y amable humanidad. La vi caminar en cámara lenta hasta el congelador que estaba en el mismo salón del comedor, abrió la puerta corrediza, miró al interior, hizo un gesto que me intranquilizó porque no lo pude descifrar; era dubitativo, metió la mano y revolvió algo, meneó la cabeza, sufrí… sufrí más cuando alguien la llamó y la hizo desconcentrar, le preguntaron algo, la alejaron, maldecí, resolvió algo más para alguien más y yo no le quité los ojos de encima, por fin volvió al enfriador, metió la mano y por fin la sacó… suena “Aleluya” de Haendel en mi cabeza. La señora se acercó a mí y con una cara de decepción me dijo:
—No me queda sino esa que está ahí —hizo de nuevo un gesto de desánimo­— Esa pequeñita te vale veinticinco mil.  Sube volumen de la música de Haendel. Se me encharcan los ojos, que lucen más grandes, casi salidos de las órbitas y le digo que me la sirva por favor. Antes de que se la llevara me acerqué para tomarle unas fotografías, tenía que tener un recuerdo de ese momento. No sé si me entiendan, pero el animalito que me iban a vender por veinticinco mil pesos, cocinado al ajillo por las manos expertas de mujeres que saben lo que hacen porque lo han hecho toda la vida, en Medellín vale cuatro veces ese valor, tal vez más, y sólo te sirven la cola, por aquello de lo engorroso que resulta comerse entero el crustáceo. La ansiedad y la felicidad no me cabían en esta diminuta humanidad.

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Unos veinte minutos después llegaron a la mesa los dos platos más costosos de la carta: unos langostinos al ajillo para Marcelita, de veinticinco mil pesos y la langosta al ajillo para este pechito. ¿Cómo hago para explicarles lo que estaba pasando por mi mente y en mi alma en ese momento? El olor, ese bendito olor ingresaba por las fosas nasales y sentía como se adueñaba de mi cerebro como un par de manos poderosas pero sutiles que me masajeaban desde atrás hacía adelante. Ambos platos humeaban y aunque sé que para muchos no puede parecer un gran plato por su presentación, para mí era lo que en escritura de guiones se llama un “punto de giro, o de inflexión”, es decir, es ese momento en una historia en el que pasa algo que hace que todo cambie y no permite un retorno. Salivaba y tragaba con ansiedad, lo miraba todo, lo analizaba todo, lo guardaba en un lugar especial de mi mente.

Al ver los langostinos del plato de Marcelita entendí a la señora y su actitud; eran dos y para serles sincero tenían casi del tamaño de mi langosta. Al preparar los crustáceos, sean langosta o langostinos los abren por la mitad, los cocinan y luego toda esa carne deliciosa la sacan y la mezclan con ajo y quien sabe que otras delicias, imagino que leche de coco por la cremosidad, color y consistencia, y me atrevo a decir que hay cebolla también. Al plato de Marcelita le agregan unos suculentos y crujientes camarones que entran a la mezcla unos dos o tres minutos antes de salir del sartén. Luego los caparazones son rellenos con el cremoso guiso, se acompaña con lo que van todos los platos de aquel restaurante, papas fritas en cascos y ensalada de rodajas de tomate maduro con cebolla blanca en julianas y ¡Voilá!

Ahí estaba yo, ahí estaba ella y era el momento justo para esa cita cósmica. Tenedor adentro que profana ese relleno delicioso, mano derecha hacia la boca… y listo, una vuelta a la página de mi vida de aventuras gastronómicas. No importará la segunda vez, ni una tercera, sólo hay una primera y no se puede repetir. Podrá ser en el restaurante del Burj al Arab o del Hilton de París, pero no podrá ser más sublime. No les voy a describir el sabor, no puedo, no me creerán. Lo que puedo y quiero decirles es que siempre escuché que su carne es dulce, y si así hubiera sido no me hubiera gustado tanto, no me habría fascinado. El que me conozca sabe que no me gusta el dulce. Algo más que voy a decirles es que mi esposa me miraba y se sonreía contagiada de mi energía. Su plato estaba rico, tanto o más que el mío y sin embargo el entusiasmo con el que me devoré la primera langosta de mi vida, según me dijo, no tiene comparación, y eso que me ha visto comer más que cualquier otra persona en toda mi vida.

No acostumbro a mostrar el plato terminado en mis entradas, pero hice la excepción con éste porque es la evidencia de que me lo disfruté hasta la última patita. Tal vez esta sea otra razón por la que en ninguna otra parte me vaya a comer una como ésta; en un restaurante medianamente bueno sólo te ponen en el plato la cola, porque no querrán verte con los dedos grasosos y untado de langosta por todas partes. En cambio en La Tinaja de Tolú fui doblemente feliz porque sin miedo a nada me atreví a usar las manos, a arrancar cada partecita que se dejara y que amenazara con tener algo por dentro que pudiera morderse o chuparse hasta la saciedad. ¡Ah! Sí, comer langosta con las manos duele, porque el hecho de que sea un crustáceo significa que tiene exoesqueleto, es decir, es duro por fuera y la carne viene adentro, y como son tan sabrosas, otros depredadores tratarán de comérsela, así que además trae espinas y púas afiladas por todas partes. No me importó, salí con los dedos rajados, casi sangrantes, pero con una sonrisa en la boca que no se me podía quitar.

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Vuelvo a reiterarlo, tal vez no fue tan especial, quizás esta experiencia la has vivido vos u otros que conozcás y a la final, fue un plato más en un viaje más a la costa y sin embargo, tuviste que haber estado en mi piel para saber lo que ha representado sentarse allí, con mi esposa, con mi Gertru y mi Jacobo, para que fueras, para que fueran testigos de ese momento en el que la vida se me partió en dos. Salí al restaurante La Tinaja en Tolú y me comí tremenda langosta; ahora hay un antes y un después y no veo la hora de una segunda y una tercera vez, que no serán lo mismo, pero que igual anhelo, porque todo lo que vi, leí, me contaron, me imaginé sobre este platillo, fue verdad y se quedó corto a la vez. Por eso te invito, te puedo decir a vos, Salí a vivirte la vida, a comerte tus sueños, a realizar esas aventuras gastronómicas que te imaginás y que te merecés, este tipo de experiencias valen toda la pena del mundo; cuando se hace esto, no hay por qué arrepentirse. Ahora te toca a vos, porque a todos nos gusta salir a comer, a viajar, a vivir.

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