Nuestro lema

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lunes, 29 de junio de 2015

ME TOMÉ LAS CERVEZAS MÁS REFRESCANTES DE MI VIDA - SALÍ A SALSA DONDE FIDEL EN CARTAGENA

¡Soy el ser más aburrido del planeta!
No es una broma, es en serio, lo puede comprobar todo el que me conoce, particularmente ese ser especial que lleva diez años conmigo y aún es capaz de defenderme y decir que me ama. Ahora entiendo a esos viejitos a los que les preguntan por su esposa y dicen que tienen a la mejor al lado, — ¿Y eso por qué? —Les preguntan—, ¿es buena cocinera, es la mejor amante?…  —No, —responden—, porque ha logrado aguantarme todo este tiempo.  Eso me pasa a mí, claro, también tengo mis cosas buenas, mis momentos divertidos, pero es que yo soy muy “fregao” ¡Eh ave maría!

Para satisfacer una que otra curiosidad voy a contarles al menos de un solo aspecto que va a servir muy bien de ejemplo y va a justificar, en especial para las mujeres, esa afirmación con la que abrí esta entrada: a mí no me gusta bailar. Me parece un acto tribal y trivial; una expresión primitiva por la que no siento ninguna atracción y que me causa incluso gracia, al verlo ser practicado por otros —lease la palabra “gracia” como “risa”—. A modo de charla a veces le he dicho a mi esposa que si un día cualquiera me quiere sacar algún tipo de información y necesita torturarme, no tiene que pensar en  algo así como bambú debajo de las uñas, qué cuentos de la toalla en la cara y el balde de agua, no necesita la gota a ritmo constante en la frente, ¡nooo que vaaa!, lo único que tiene que hacer es obligarme a ver un programa de televisión en el que bailen, como Bailando por un sueño, So you think you can dance, o el baile de los cisnes en Film and Arts; así, le canto como un canario, le digo hasta misa.
¡Ah! Típico de aquellos que no saben bailar, justifican el hecho de que probablemente tenga más ritmo una nevera coja que ellos, creando una aversión en contra del baile. ¿Lo pensaste, verdad? Pues como te parece que no, no y no, yo sí sé bailar, es más, la generala hasta me defiende ante los que me acusan de eso mismo y dice, estas son palabra suyas, no mías, dice: “Él baila rico, delicioso, yo no sé por qué no le gusta”.
¡Ah! Es que está enamorada, esas palabras son producto del cariño… pues no, no y no, porque no es la única que lo dice.
¿A qué viene todo esto?, pues que les voy a hablar de “música bailable”, de salsa y que les voy a decir que me gusta y lo que es peor, o mejor aún, que es junto con el merengue, la única música que me hace sentir una cierta necesidad de mover los hombros, que de vez en cuando me genera corrientazos rítmicos en los pies. Y la explicación que tengo para esto es que fue precisamente con salsa, con la que aprendí a bailar.

Era un preadolescente de unos doce años y ya había notado que para socializar con niñas era necesario aprender a bailar; ese sería un aspecto que me pondría en alto en el ranking de selección de presas deseables en los bailes de garaje a los que estaba comenzando a ser invitado. Para aprender necesitaba practicar y para practicar necesitaba un prospecto, una víctima de carne y hueso, porque el maniquí de aire, la pareja fantasma, no me había funcionado muy bien. Ahí entra mi compañera y en muchos casos maestra Carolina Toro Carvalho; tres años menor que yo, pero por su condición de ser mujer, creo yo, adelantada en esas lides de la danza social unos… ¿Qué? ¿Veinte años? En fin, muchas veces, varios fines de semana, mi hermanita y yo armábamos a modo de juego, una maratón de baile en la que bailábamos como poseídos por un demonio llamado salsa, aunque el merengue también me animaba y para que no se me aburriera la pareja, uno que otro porro y por supuesto, vallenato, del que prefiero no expresar mis profundos pensamientos para evitar herir susceptibilidades y ganarme uno que otro enemigo.

Por aquella época, principios de los noventa, a esa música, a la salsa, se le tenía estigmatizada porque era la preferida de un tipo de personas de estratos bajos a las que conocíamos como “chirretes”. Recuerdo que cuando se escuchaban los primeros acordes de “Sonido Bestial” o peor aún, de “El Preso”, se lanzaban al aire expresiones como: ¡Uy! ¿Estás escuchando música para lavar buses? U otras más agresivas como: ¿Te gusta la música para robar motos? Hoy no se piensa igual por supuesto, eso fue cuestión de moda generacional afortunadamente, porque en la actualidad se sabe y se reconoce la importancia histórica de la música caribeña y su invaluable aporte al mundo musical. Además, suena muy bien.

Una bonita tarde de verano mi esposa me invitó a caminar tomados de la mano. Eso es muy raro, no que nos tomemos de la mano sino que ella quiera caminar, porque el ejercicio a ella le gusta es en pastillas, por tanto le dije que sí, tenía que aprovechar. Bueno, la verdad es que además de eso estábamos en Cartagena, la ciudad más romántica del mundo para esta actividad. Eran las tres o cuatro de la tarde de un día de verano en la Heróica, llevábamos caminando por lo menos unas tres horas por el corralito de piedra y como un par de novios no nos soltábamos de la mano, por tanto ese cuento de la “manita sudada” aplicaba perfectamente y no solo en la manito, cosa que podrán juzgar de manera clara al ver las fotos. Extasiados por la arquitectura, enajenados con la historia que se respira en cada piedra de la muralla, inspirados con la idea de imaginarnos esos cañones rugiendo en defensa de la ciudad por parte de los españoles en contra del Imperio Británico en 1741, el cuerpo, en especial los pies ya nos pedían un descanso, un momento para refrescarnos.

Ya teníamos una idea del lugar en el que queríamos descansar. Por indicaciones y recomendaciones precisas de nuestro amigo Julio Casadiego de Colombia TravelOperator, teníamos que buscar la Torre del reloj, y justo donde empieza la Plaza de los Coches, en una esquina reconocida por la venta de dulces tradicionales conocida como el portal de los dulces, ahí debíamos buscar un modesto aviso que diría, “Salsa, Dónde Fidel”.
—Tómense una cerveza ahí y les prometo que no se arrepienten.

Entramos un poco tímidos, el lugar estaba vacío, era temprano y apenas calentaba los motores, con decirles que estaban surtiendo de cervezas el local cuando entramos. A buen volumen se escuchaba “mujer divina” de Joe Cuba, pero en una versión grabada en un concierto, fue un bálsamo para el espíritu escuchar música suave y poder sentarnos a la sombra para pedir un par de cervezas bien heladas. 
El choque inicial fue asombroso porque el establecimiento a la par con la ciudad, está poseído por el espíritu de la historia; cada rincón grita cosas por contar. Verán, lo primero que llama la atención son las paredes que están repletas de fotografías o recuadros interesantes; y eso que me quedé en el espacio pequeño, lugar en el que está la barra de atención, porque hay otro más amplio en el que hay mesas e incluso, una pista de baile, con más fotografías y más historia sí se puede.
Sin embargo lo que realmente me impresionó y me dejó mirando al cielo, literalmente hablando, es que el techo es una vitrina musical. Está lleno de instrumentos exhibidos como en un museo. Están en perfectas condiciones, como si ese fuera el lugar en el que los guardan y de ahí fueran sacados cada noche para los toques. Ahora que escribo esto siento que me faltó arrojo para preguntar por ellos, estoy seguro de que están ahí por alguna razón especial y han de tener una bonita historia detrás. —Nota mental: tarea para la próxima vez que vaya, preguntar por aquellos instrumentos en el techo de Salsa Dónde Fidel.

Mientras nos bebíamos las cervezas más refrescantes que nos hemos tomado en la vida, escuchábamos jazz latino, algo de son cubano, incluso hasta a Mark Anthony con vivir mi vida, se nos fue un buen tiempo mirando fotografías e instrumentos. Como no suelo vivir sin una cámara en la mano, se me ocurrió la gran idea de grabarme haciendo un in para el video del viaje: con sólo encender la cámara de video y ponérmela de frente, logré que  se me abalanzaran dos empleados del lugar, quienes amablemente me pidieron que no hiciera eso. Me señalaron un aviso que no había reparado por la enorme cantidad de cuadros y recuadros que adornaban la pared, en el que se prohibía cualquier tipo de grabación adentro del recinto. Pregunté por qué y no obtuve respuesta, sólo un encogimiento de hombros y una mirada furtiva a una esquina del lugar, lo que me hizo percibir la universalidad de aquel dicho que dice: Donde manda capitán no manda marinero, pues Don Fidel, el dueño y creo que no me equivoco al referirme a él como ícono de Cartagena, estaba supervisando algunas cosas justo en la entrada del lugar. No le gusta, punto, y sus razones tendrá.

Ya con haber identificado a don Fidel, cobró sentido para mí entonces la información que hay en las paredes. En todas aparece él, abrazado, dando la mano o posando con alguien importante, conocido o reconocido del mundo de la música, la política, el arte o el deporte. Fotos con el Pibe, con expresidentes, con Gabo, con El Gran Combo, recuadros de reportajes de todo tipo de publicaciones locales y extranjeras en las que lo ensalzan y lo reconocen como alguien importante para la ciudad. Me tomé el tiempo de leer un documento en el que un periodista muy importante del Heraldo, lo llamaba “un dictador de la Salsa”, pero en un buen sentido por su mano firme al defender este tipo de música; Además, en el mismo reportaje el periodista reconocía que gracias a él, a don Fidel se había democratizado la accesibilidad de cualquier persona a la buena música, buen ambiente y precios razonables de la bebida dentro del corralito de piedra, desafiando un sistema que están imponiendo las grandes marcas y los grande hoteles, que está quitándoles a los propios, a los cartageneros de a pie, lo que es suyo, lo que les pertenece, su Cartagena, al establecer precios ridículos a cualquier cosa que quieren vender y que pueden pagar sólo a aquellos que tienen el dinero para hacerlo.

Nos pedimos otras dos cervezas felices, recompuestos, cargados de buena energía y con el espíritu bailando, entonces pasó algo que me dio la estocada final, lo que me terminó de enamorar de ese lugar, de ese señor y de sus empleados. Resulta que en la puerta apareció un perrito muy majo a quien todos saludaron muy alegremente. Este pequeño pillo peludo, entró al local, nos miró a modo de saludo a mi esposa y a mí, dio una vuelta por ahí y luego sin más ni menos, se subió a una de las sillas del local y se echó como si fuera el mandamás en ese lugar. Con una sonrisa en los labios miré a mi esposa y mentalmente me puse a contar el tiempo que tardaría para que alguien lo bajase de ahí, y con lo que nos encontramos, fue con que todo el que pasaba por su lado, lo saludaba amablemente y le sobaba la cabeza…  Sí señor, todo cambió para mí, Salsa Dónde Fidel se convirtió en mi favorito, porque allá tienen dos Capitanes. ¡Bien por todos ellos!

Salí a caminar por Cartagena y como recompensa me fui a Salsa Dónde Fidel. No más entré me transporté a otro lugar; la música que sonaba me encendió el alma y me vigorizó la existencia; me tomé las cervezas más refrescantes de mí vida; viajé  foto por foto en las paredes del local; visité un museo, porque en el techo tiene en una especie de vitrinas varios instrumentos que sin que nadie los toque, suenan una música preciosa, y conocí al dueño de todo el cuento, que para sorpresa de muchos, no es quien se imaginan. Y eso que no fui de noche, cuando la gente no cabe ni adentro ni afuera, cuando es difícil encontrar un lugar porque según me contaron, no hay espacio ni siquiera en la calle por donde caminar de la cantidad de personas que te podés encontrar bailando.
A la hora de irme pude comprobar aquello de lo que habló el periodista aquel, porque pagué por cuatro cervezas menos de lo que en la playa le tuve que dar  a un vendedor ambulante por casi lo mismo.
Por eso te puedo decir a vos, Salí a Salsa Dónde Fidel, un lugar en el que como mínimo te vas a encontrar con un pedazo de Cartagena, de esos de los que uno de verdad se quiere encontrar: un lugar sincero, lleno de historia y con mucho más que ofrecer de lo que uno está esperando. No te vas a arrepentir. Salí a Cartagena, Salí a Dónde Fidel, porque a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir.

#SalíAViajar
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