Nuestro lema

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viernes, 12 de junio de 2015

BUENAVISTA, BUEN GUSTO, BUENA VIDA ¡GRAN SALIDA! - SALÍ A LÁCTEOS BUENAVISTA

“Madre no hay sino una…  y justo viene a tocarme a mí”.
Esta frase se la escuché a mi dilecto Facundo Cabral y me causó mucha gracia; claro, me reí, pero no me identifiqué con ella porque la verdad, no aplica en mi caso. Es decir, yo no tengo nada por qué lamentarme de la mujer que elegí para que fuera mi madre pues cuando lo hice, lo hice por las mismas razones por las que ella me eligió como hijo. Esa también es de Facundo.

Me causa gracia esta frase porque por alguna razón del destino, energías del universo, causalidades de la vida, siempre he tenido buena suerte con encontrar protección femenina del tipo maternal al lugar que llego; alguien que conozco diría: “El que es lindo, es lindo”, pero claro, sólo hace falta verme para saber que la cosa no va por ahí… yo creo, si me lo preguntan, que es más por lo tierno, apapachable, por esta carita de ternero degollado, de mascotica huérfana que invita a querer protegerla… ¿No?

En fin, esta entrada tiene que ver con este concepto más que nunca. Verán, no sé qué tan normal sea que al ir algún restaurante, se pueda salir diciendo que se sintió como estar en casa, y esto puede pasar porque la comida tuvo un sabor muy casero, o porque el servicio fue algo personalizado; sin embargo y de esto sí estoy seguro, pues me baso en mi experiencia que no es poca, modestia aparte, es que casi nunca se termina diciendo que lo que sentimos fue haber estado comiendo en la casa de la mamá, o mejor de unas tías en este caso en particular; de las tías más amorosas y consentidoras que pueda tener sobrino alguno.

Entra a su página web
http://lacteosbuenavista.com/
Hace algún tiempo vi una historia en televisión sobre unas mujeres antioqueñas que tomaron un día cualquiera, la decisión de ser felices. Dejaron de ser y de hacer lo que habían sido y hecho siempre y sin más, se fueron a vivir al campo a hacer quesos y a causarle envidia a todos aquellos que no hemos tenido la valentía de tomar ese tipo de decisiones que nos van a cambiar de un todo y por todo la vida. La historia tiene sus matices por supuesto, y hay que agregar unas cosas por aquí y otras por allá para ser leales a la verdad, pero en cuentas resumidas, eso fue lo que pasó. Hoy en día esa felicidad la transmiten estas mujeres en todo, se les sale por los poros y la entregan a borbotones en cada producto, en cada servicio que ofrecen a sus clientes y comensales.

Gloria dándome un poco de uno de sus productos
Esta crónica que vi en televisión en la que me pusieron a soñar, más allá de contar la historia de estas mujeres que llegaron a transformar no sólo sus vidas y las de sus familias, sino la de una comunidad completa en la vereda Buenavista del municipio de la Unión, me abrió una ventana al mundo de la producción de derivados lácteos novedosos y arrojados hechos aquí, con calidad de exportación, incluso admirados por expertos de diferentes partes del mundo. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que la nota periodística cerró con una invitación por parte de Gloria, una de las mujeres de las que les hablo, a ir a degustar sus productos lácteos ya fuera puros, fríos, calientes, procesados, de a poquitos, o muchos, acompañados con una buena copa de vino, sentados en una de las mesas de su restaurante o sobre un mantel a cuadros en el terreno del mismo dispuesto para picnics, mirando hacia el oriente antioqueño desde una posición privilegiada. A partir de ahí, se inició una cuenta regresiva de un suceso que sabía que tenía que vivir, más temprano que tarde. Para acabar de ajustar un amigo, "Álvaro Ríos - Álvaro Ríos", conociéndome como me conoce, desde hacía días atrás venía diciéndome que tenía que ir a conocer un lugar que quedaba en el camino a su casa, que ya había visitado y que sabía que me iba a gustar. Álvaro Ríos - Álvaro Ríos, se tiene que escribir así porque él es de Sonsón, trabaja en Envigado y viaja todos los fines de semana a su pueblo; ya ha ido algunas veces y su opinión es que todos los que lo conocemos a él, tenemos que ir a las fiestas del maíz en agosto, fiestas de Sonsón y que tenemos que ir a Lácteos Buenavista. Juicioso, se le hizo una parte de la tarea, ya vendrá la oportunidad para la otra parte.

Un domingo cualquiera, pero de esos que son muy especiales, a eso del mediodía mi familia y yo agarramos unos sacos —abrigos para que me entiendan los lectores no colombianos— y nos abrimos camino por la serpenteante carretera que conduce de Medellín hacia el sur oriente antioqueño. Buscamos el aviso de Lácteos Buenavista que nos habían dicho, quedaba a mano derecha saliendo de la Unión a unos pocos kilómetros, por la carretera que conduce hacia el pueblo que tiene gente que son dos veces, es decir, Sonsón. —Chiste regional que no todos entienden de primera—. El viaje es corto y muy agradable, pues el aire puro, el verde de las montañas, las formas caprichosas que tiene la geografía de la cordillera central de los Andes, hacen que la hora y veinte minutos que tarda más o menos, sea una delicia.

El clima templado, el sol de media tarde filtrado por unas pocas nubes, la arquitectura propia de la región y un extrañísimo ambiente familiar, y por esto quiero decir, conocido aunque era la primera vez que íbamos, nos hizo sonreír de confort en tanto elegimos la mesa para sentarnos. El lugar estaba a dos mesas más, además de la nuestra para estar completamente lleno y además había dos o tres familias disfrutando de la zona del picnic. Lo que noté de inmediato es que este es un restaurante para grupos familiares, pues todas las mesas son grandes y todas, tenían de ocho a doce comensales, la más pequeña y me refiero en número, era la nuestra que contaba sólo con cuatro personas. La verdad pensé que nosotros habíamos llegado tal vez a importunar en una fiesta familiar grande, porque había una interacción cómplice entre las mesas, pero estaba equivocado, porque poco a poco, nosotros comenzamos a hacer lo mismo, poseídos por no sé qué tipo de magia, nos empezamos a ver involucrados en conversaciones generales y terminamos uniéndonos a ese increíble ambiente del que les hablé antes, en el que te sentías extrañamente familiar… claro, terminamos siendo una familia gigante unidos por la alegría que emanan estas mujeres hermosas y felices.

En poco tiempo se nos acercó Gladys, una de las tías, la mamá de todo este cuento que les estoy echando. Ella fue nuestra mesera, aunque confieso que usar esa palabra me causa problemas en este momento al tratar de calificarla, pues siento que no le encaja bien; porque la amabilidad, la sonrisa, el brillo de esos ojos claros, el amor con el que nos explicó cada momento gastronómico que íbamos a vivir, me hizo, nos hizo sentir como lo dije antes, como si fuéramos de la familia y hubiéramos ido a hacerle la visita.

La carta de menú es muy bonita, parece un catálogo; es simple, elegante, limpia, colorida, de un papel de primera, con acabados mates, en fin, lo que quiero llegar a concluir es que es de muy buen gusto. Para iniciar nuestra experiencia gastronómica nos dejamos asesorar por Gladys, porque queríamos pedir de todo y no nos habíamos decidido por nada. La sugerencia en vista de que queríamos probar los productos de los que tanto habíamos escuchado, fue comernos una tabla de quesos madurados que incluye tres pasos gastronómicos. 
En poco tiempo nos mandó a la mesa a modo de entrada una tripleta de dips, una suerte de quesos salados y dulces para untar con una canasta adornada con una servilleta de tela a cuadros verdes llena de “nachos”, me refiero a estas tortillas de maíz triangulares y unas galletas de sal para comernos estas mantequillas maduradas. Dictamen: deliciosos los salados, en especial la que tenía gusto a albahaca, es más, se nos quedaron cortos para tanto nacho y tanta galleta; sin embargo, y esta es una apreciación netamente personal, la morada, es dulce, demasiado dulce para mi gusto, por tanto se las dejé a los otros que son más hormigas que yo, para que la disfrutaran.

El plato principal se tiene que esperar un poco, para que con calma, como ella misma nos dijo, en la cocina nos pudieran preparar con todo el amor que implica lo que queríamos. Sin embargo no me pareció mucha la espera, pues en menos de veinte minutos teníamos el plato servido. Mientras tanto nos trajeron las bebidas. Una botella de vino merlot de Santa Helena, tenía que aprovechar porque esta vez no me tocaba conducir, y un batido para el conductor elegido. Lo probé y déjenme decirles que llegué hasta a lamentar que no me tocaba conducir…  ¡Síiiii claro, coooomo nooo! Pero en realidad estaba muy rico, la cara de Alejandro lo dice todo.

Llegó por fin el plato principal a la mesa. Este plato figura en la carta para dos personas, pero la “tía” Gladys nos “agrandó el combo” para cuatro. Su llegada desató la locura, y no estoy exagerando, las papilas gustativas se dispararon y se nos hizo agua la boca al ver tanta cosa sabrosa junta, pero no por eso todo fue locura, sino que de un momento a otro, unos tres o cuatro miembros de las diferentes mesas que nos rodeaban, se levantaron y se fueron con cámaras y celulares en mano y comenzaron a tomarle fotos y más fotos a nuestra comida. 
Un señor muy divertido y amable comenzó a hacernos bromas; nos decía que no debíamos comernos eso, que era muy malo para la salud, que nos podíamos enfermar, que en la mesa de él ya se habían comido uno así y que se habían enfermado, excepto él, y que por eso era el más indicado para deshacerse de eso tan dañino, en fin. Risas, bromas entre comensales, como les dije como una comida familiar.

La tabla trae diez variedades de quesos madurados hechos por ellas mismas. Hay quesos de vaca, de búfala y de cabra, unos madurados, frescos, puros, otros con especias como albahaca, aceitunas, hongos, ají jalapeño. El que viene en un platito está caliente, cocinado con tomates, pimentón, pimienta, aceite de oliva y no sé qué otras especias deliciosas. Como si fuera poco, vienen acompañados de salami, aceitunas verdes deshuesadas, jamón, fresas, uchuvas, hojas de albahaca frescas, pan francés en rodajas para humedecer en aceite de oliva y vinagre balsámico… mientras escribo y veo la fotografía, se me estimulan las neuronas en las que guardé los recuerdos gustativos de ese día y comienzo a salivar como si fuera Jacobo mi perrito Bulldog. Cada bocado fue un gusto, cada sabor un viaje, cada queso, especia, carne curada o migaja de pan, aportó su grano de arena para que la experiencia se volviera cada vez más inolvidable y placentera.

Luego se vino el postre, el tercer momento que por lo general dejo pasar; ¿qué puedo decir?, no me gustan los dulces en la comida, ni antes, ni después, siento que me hace perder el gusto de las delicias anteriores. Sin embargo cuando lo pusieron en la mesa, juro que se me aguaron los ojitos porque me hicieron recordar la infancia. Desde hace días vengo con unas ideas en la cabeza con las que justifico ahora eso del poco gusto por los postres ofrecidos en los restaurantes; dicha idea me la inoculó un conocido cocinero antioqueño que sigo por las redes sociales y en programas de televisión que se llama Álvaro Molina, un defensor a carta cabal de la cultura gastronómica de nuestros ancestros; según él, le ha declarado una guerra a muerte al neo tiramisú paisa y a todo dulce traído de otras partes, porque, y tiene toda la razón, con la enorme cantidad de frutas y dulces propios de nuestra región, es increíble que se le esté apostando a esos adefesios. 

Así pues que me justifico en esto, porque sobre la mesa me pusieron tres dulces que mi abuelita Lucero hacía en las festividades navideñas, y que ponía sobre la mesa del comedor para que nos hartáramos o nos diera un coma diabético: Dulce de mora, arequipe, manjar blanco, leche condensada, todo esto al lado o encima de trocitos de cuajada…  ¡me morí y volví a resucitar! Ahora sí quería llorar pero de la felicidad. Si van, no se lo vayan a perder, y si después de eso, piensan que es mejor un “neo tiramisú”, los saco del llavero, les voleo el pelo y no les vuelvo a hablar.

Nos ofrecieron cafecito para bajar la comida, otro que rechazo por lo general, pero la generala sí se tomó uno, arriero, como debe ser, es decir amargo, oscuro y caliente. La “tía” Gladys se nos acercó para preguntarnos cómo nos había parecido todo, puro formalismo, porque la cara de éxtasis gastroreligioso que teníamos los cuatro debió revelarle todo antes de que se lo dijéramos sin guardarnos ni una sola merecida lisonja. 
Sin embargo yo le confesé que estaba inquieto todavía, le dije que tenía un huequito en la barriga y que me urgía llenarlo; con esa leve oscuridad que le opaca los ojos sólo a aquellas personas que nos quieren cuando les contamos un problema, me invitó a que le contara, así lo hice y aunque ya estaban cerrando la cocina y habían apagado los fogones, me puso a hacer los cinco deditos de mozzarella fritos que mi alma pedía a gritos para ser completamente feliz. Mermelada de uchuva para bañarlos y ¡Aleluya!

Foto: Gloria, Andrés, Gladys y Dora - Lácteos Buenavista
Como una tía, así se veía Gladys, le bailaban los ojos de felicidad porque nos veía felices, y así fue con todas las mesas por las que pasaba dando abrazos y palmaditas en la espalda, todos la conocían, o todos sentíamos que la conocíamos. Antes de irme le pedí que se tomara una fotografía conmigo, y le conté que había sabido de su historia y que las admiraba por lo que estaban haciendo y habían logrado. Le chisporrotearon los ojos, aunque así los mantiene porque son de un verde claro muy bonito y le brillan por naturaleza, me dijo que la foto me la tenía que tomar con Dora, Gloria y ella, y así fue, las buscó, les contó que las quería conocer y me hizo pasar a la tienda, en dónde exhiben y venden todos sus productos, y detrás de la cual tienen las oficinas y la planta de producción. 
Me contaron historias, nos reímos, me regalaron muestras de yogur de piña y coco, de agraz, de brevas y uno que los niños llaman yogurt de bocadillo, que está hecho de guayaba. Me invitaron a volver pero más temprano para conversar largo y tendido, para contarme de cómo tomaron la decisión de cambiar miles de vidas, de cómo se han ganado premios, reconocimientos y el amor de una comunidad que cada vez es más grande, las sigue, les agradece por hacer bien lo que hacen y por hacerlos, por hacernos felices.

Salí a Lácteos Buenavista, el restaurante que queda a tres kilómetros en la carretera que de la Unión lleva a Sonsón, el pueblo de los que son dos veces —sí, sí, el chiste está repetido, pero es por si alguien no lo cogió a la primera—, buscaba una experiencia gastronómica en la que mis expectativas eran comer mucho de lo que más me gusta, y terminé obteniendo una restauración completa a niveles más allá de los físicos, me tocaron el alma muy suavecito, me acariciaron desde el paladar hasta los recuerdos de mi infancia, me encantó la experiencia y creo que necesito ampliarla con los otros platos que no he probado, es más, para la próxima, quiero la experiencia picnic… y comienza de nuevo la cuenta regresiva. Por eso te puedo decir a vos, Salí a Lácteos Buenavista, es un gusto que vale la pena, que te va a encantar. Se pasea, se respira aire puro, se come delicioso y se puede disfrutar del amor que ponen estas maravillosas mujeres en lo que hacen, con seguridad te vas a ganar como mínimo, una “tía” para que te consienta.

Salí porque a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir.

Para saber más sobre Lácteos Buenavista, ingresa a http://lacteosbuenavista.com/

2 comentarios:

  1. Hola! No te habia escrito por este medio sino por la pagina de Tulio, pero saque un ratico no solo para hacerlo sino para reenviar tu ultimo mensaje a algunos de mis contactos mas cercanos, amigos de la buena mesa. Es delicioso leer tus cronicas y antojarse de "salir", de conocer mas de nuestros restaurantes, a probar nuevos platos y sino se antoja uno de cocinar, seguro si se antoja de conocer todos esos lugares. De nuevo felicitaciones por tu amena forma de escribir.

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  2. Fannito, tus letras, tus palabras son una alegría para mí. Gracias de verdad, tu apoyo es muy importante, me arrancaste como siempre una sonrisa y me pusiste a inflar pecho. Un día que puedas y quieras, deberías de aceptarme una invitación y salir con mi esposa a comer para que aparezcas en mi blog. Creo que no vives aquí en Colombia, o tal vez estoy equivocado, pero en serio, algún día, sería maravilloso poder conocerte y salir por ahí a comer y conversar contigo.

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