Nuestro lema

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lunes, 29 de junio de 2015

ME TOMÉ LAS CERVEZAS MÁS REFRESCANTES DE MI VIDA - SALÍ A SALSA DONDE FIDEL EN CARTAGENA

¡Soy el ser más aburrido del planeta!
No es una broma, es en serio, lo puede comprobar todo el que me conoce, particularmente ese ser especial que lleva diez años conmigo y aún es capaz de defenderme y decir que me ama. Ahora entiendo a esos viejitos a los que les preguntan por su esposa y dicen que tienen a la mejor al lado, — ¿Y eso por qué? —Les preguntan—, ¿es buena cocinera, es la mejor amante?…  —No, —responden—, porque ha logrado aguantarme todo este tiempo.  Eso me pasa a mí, claro, también tengo mis cosas buenas, mis momentos divertidos, pero es que yo soy muy “fregao” ¡Eh ave maría!

Para satisfacer una que otra curiosidad voy a contarles al menos de un solo aspecto que va a servir muy bien de ejemplo y va a justificar, en especial para las mujeres, esa afirmación con la que abrí esta entrada: a mí no me gusta bailar. Me parece un acto tribal y trivial; una expresión primitiva por la que no siento ninguna atracción y que me causa incluso gracia, al verlo ser practicado por otros —lease la palabra “gracia” como “risa”—. A modo de charla a veces le he dicho a mi esposa que si un día cualquiera me quiere sacar algún tipo de información y necesita torturarme, no tiene que pensar en  algo así como bambú debajo de las uñas, qué cuentos de la toalla en la cara y el balde de agua, no necesita la gota a ritmo constante en la frente, ¡nooo que vaaa!, lo único que tiene que hacer es obligarme a ver un programa de televisión en el que bailen, como Bailando por un sueño, So you think you can dance, o el baile de los cisnes en Film and Arts; así, le canto como un canario, le digo hasta misa.
¡Ah! Típico de aquellos que no saben bailar, justifican el hecho de que probablemente tenga más ritmo una nevera coja que ellos, creando una aversión en contra del baile. ¿Lo pensaste, verdad? Pues como te parece que no, no y no, yo sí sé bailar, es más, la generala hasta me defiende ante los que me acusan de eso mismo y dice, estas son palabra suyas, no mías, dice: “Él baila rico, delicioso, yo no sé por qué no le gusta”.
¡Ah! Es que está enamorada, esas palabras son producto del cariño… pues no, no y no, porque no es la única que lo dice.
¿A qué viene todo esto?, pues que les voy a hablar de “música bailable”, de salsa y que les voy a decir que me gusta y lo que es peor, o mejor aún, que es junto con el merengue, la única música que me hace sentir una cierta necesidad de mover los hombros, que de vez en cuando me genera corrientazos rítmicos en los pies. Y la explicación que tengo para esto es que fue precisamente con salsa, con la que aprendí a bailar.

Era un preadolescente de unos doce años y ya había notado que para socializar con niñas era necesario aprender a bailar; ese sería un aspecto que me pondría en alto en el ranking de selección de presas deseables en los bailes de garaje a los que estaba comenzando a ser invitado. Para aprender necesitaba practicar y para practicar necesitaba un prospecto, una víctima de carne y hueso, porque el maniquí de aire, la pareja fantasma, no me había funcionado muy bien. Ahí entra mi compañera y en muchos casos maestra Carolina Toro Carvalho; tres años menor que yo, pero por su condición de ser mujer, creo yo, adelantada en esas lides de la danza social unos… ¿Qué? ¿Veinte años? En fin, muchas veces, varios fines de semana, mi hermanita y yo armábamos a modo de juego, una maratón de baile en la que bailábamos como poseídos por un demonio llamado salsa, aunque el merengue también me animaba y para que no se me aburriera la pareja, uno que otro porro y por supuesto, vallenato, del que prefiero no expresar mis profundos pensamientos para evitar herir susceptibilidades y ganarme uno que otro enemigo.

Por aquella época, principios de los noventa, a esa música, a la salsa, se le tenía estigmatizada porque era la preferida de un tipo de personas de estratos bajos a las que conocíamos como “chirretes”. Recuerdo que cuando se escuchaban los primeros acordes de “Sonido Bestial” o peor aún, de “El Preso”, se lanzaban al aire expresiones como: ¡Uy! ¿Estás escuchando música para lavar buses? U otras más agresivas como: ¿Te gusta la música para robar motos? Hoy no se piensa igual por supuesto, eso fue cuestión de moda generacional afortunadamente, porque en la actualidad se sabe y se reconoce la importancia histórica de la música caribeña y su invaluable aporte al mundo musical. Además, suena muy bien.

Una bonita tarde de verano mi esposa me invitó a caminar tomados de la mano. Eso es muy raro, no que nos tomemos de la mano sino que ella quiera caminar, porque el ejercicio a ella le gusta es en pastillas, por tanto le dije que sí, tenía que aprovechar. Bueno, la verdad es que además de eso estábamos en Cartagena, la ciudad más romántica del mundo para esta actividad. Eran las tres o cuatro de la tarde de un día de verano en la Heróica, llevábamos caminando por lo menos unas tres horas por el corralito de piedra y como un par de novios no nos soltábamos de la mano, por tanto ese cuento de la “manita sudada” aplicaba perfectamente y no solo en la manito, cosa que podrán juzgar de manera clara al ver las fotos. Extasiados por la arquitectura, enajenados con la historia que se respira en cada piedra de la muralla, inspirados con la idea de imaginarnos esos cañones rugiendo en defensa de la ciudad por parte de los españoles en contra del Imperio Británico en 1741, el cuerpo, en especial los pies ya nos pedían un descanso, un momento para refrescarnos.

Ya teníamos una idea del lugar en el que queríamos descansar. Por indicaciones y recomendaciones precisas de nuestro amigo Julio Casadiego de Colombia TravelOperator, teníamos que buscar la Torre del reloj, y justo donde empieza la Plaza de los Coches, en una esquina reconocida por la venta de dulces tradicionales conocida como el portal de los dulces, ahí debíamos buscar un modesto aviso que diría, “Salsa, Dónde Fidel”.
—Tómense una cerveza ahí y les prometo que no se arrepienten.

Entramos un poco tímidos, el lugar estaba vacío, era temprano y apenas calentaba los motores, con decirles que estaban surtiendo de cervezas el local cuando entramos. A buen volumen se escuchaba “mujer divina” de Joe Cuba, pero en una versión grabada en un concierto, fue un bálsamo para el espíritu escuchar música suave y poder sentarnos a la sombra para pedir un par de cervezas bien heladas. 
El choque inicial fue asombroso porque el establecimiento a la par con la ciudad, está poseído por el espíritu de la historia; cada rincón grita cosas por contar. Verán, lo primero que llama la atención son las paredes que están repletas de fotografías o recuadros interesantes; y eso que me quedé en el espacio pequeño, lugar en el que está la barra de atención, porque hay otro más amplio en el que hay mesas e incluso, una pista de baile, con más fotografías y más historia sí se puede.
Sin embargo lo que realmente me impresionó y me dejó mirando al cielo, literalmente hablando, es que el techo es una vitrina musical. Está lleno de instrumentos exhibidos como en un museo. Están en perfectas condiciones, como si ese fuera el lugar en el que los guardan y de ahí fueran sacados cada noche para los toques. Ahora que escribo esto siento que me faltó arrojo para preguntar por ellos, estoy seguro de que están ahí por alguna razón especial y han de tener una bonita historia detrás. —Nota mental: tarea para la próxima vez que vaya, preguntar por aquellos instrumentos en el techo de Salsa Dónde Fidel.

Mientras nos bebíamos las cervezas más refrescantes que nos hemos tomado en la vida, escuchábamos jazz latino, algo de son cubano, incluso hasta a Mark Anthony con vivir mi vida, se nos fue un buen tiempo mirando fotografías e instrumentos. Como no suelo vivir sin una cámara en la mano, se me ocurrió la gran idea de grabarme haciendo un in para el video del viaje: con sólo encender la cámara de video y ponérmela de frente, logré que  se me abalanzaran dos empleados del lugar, quienes amablemente me pidieron que no hiciera eso. Me señalaron un aviso que no había reparado por la enorme cantidad de cuadros y recuadros que adornaban la pared, en el que se prohibía cualquier tipo de grabación adentro del recinto. Pregunté por qué y no obtuve respuesta, sólo un encogimiento de hombros y una mirada furtiva a una esquina del lugar, lo que me hizo percibir la universalidad de aquel dicho que dice: Donde manda capitán no manda marinero, pues Don Fidel, el dueño y creo que no me equivoco al referirme a él como ícono de Cartagena, estaba supervisando algunas cosas justo en la entrada del lugar. No le gusta, punto, y sus razones tendrá.

Ya con haber identificado a don Fidel, cobró sentido para mí entonces la información que hay en las paredes. En todas aparece él, abrazado, dando la mano o posando con alguien importante, conocido o reconocido del mundo de la música, la política, el arte o el deporte. Fotos con el Pibe, con expresidentes, con Gabo, con El Gran Combo, recuadros de reportajes de todo tipo de publicaciones locales y extranjeras en las que lo ensalzan y lo reconocen como alguien importante para la ciudad. Me tomé el tiempo de leer un documento en el que un periodista muy importante del Heraldo, lo llamaba “un dictador de la Salsa”, pero en un buen sentido por su mano firme al defender este tipo de música; Además, en el mismo reportaje el periodista reconocía que gracias a él, a don Fidel se había democratizado la accesibilidad de cualquier persona a la buena música, buen ambiente y precios razonables de la bebida dentro del corralito de piedra, desafiando un sistema que están imponiendo las grandes marcas y los grande hoteles, que está quitándoles a los propios, a los cartageneros de a pie, lo que es suyo, lo que les pertenece, su Cartagena, al establecer precios ridículos a cualquier cosa que quieren vender y que pueden pagar sólo a aquellos que tienen el dinero para hacerlo.

Nos pedimos otras dos cervezas felices, recompuestos, cargados de buena energía y con el espíritu bailando, entonces pasó algo que me dio la estocada final, lo que me terminó de enamorar de ese lugar, de ese señor y de sus empleados. Resulta que en la puerta apareció un perrito muy majo a quien todos saludaron muy alegremente. Este pequeño pillo peludo, entró al local, nos miró a modo de saludo a mi esposa y a mí, dio una vuelta por ahí y luego sin más ni menos, se subió a una de las sillas del local y se echó como si fuera el mandamás en ese lugar. Con una sonrisa en los labios miré a mi esposa y mentalmente me puse a contar el tiempo que tardaría para que alguien lo bajase de ahí, y con lo que nos encontramos, fue con que todo el que pasaba por su lado, lo saludaba amablemente y le sobaba la cabeza…  Sí señor, todo cambió para mí, Salsa Dónde Fidel se convirtió en mi favorito, porque allá tienen dos Capitanes. ¡Bien por todos ellos!

Salí a caminar por Cartagena y como recompensa me fui a Salsa Dónde Fidel. No más entré me transporté a otro lugar; la música que sonaba me encendió el alma y me vigorizó la existencia; me tomé las cervezas más refrescantes de mí vida; viajé  foto por foto en las paredes del local; visité un museo, porque en el techo tiene en una especie de vitrinas varios instrumentos que sin que nadie los toque, suenan una música preciosa, y conocí al dueño de todo el cuento, que para sorpresa de muchos, no es quien se imaginan. Y eso que no fui de noche, cuando la gente no cabe ni adentro ni afuera, cuando es difícil encontrar un lugar porque según me contaron, no hay espacio ni siquiera en la calle por donde caminar de la cantidad de personas que te podés encontrar bailando.
A la hora de irme pude comprobar aquello de lo que habló el periodista aquel, porque pagué por cuatro cervezas menos de lo que en la playa le tuve que dar  a un vendedor ambulante por casi lo mismo.
Por eso te puedo decir a vos, Salí a Salsa Dónde Fidel, un lugar en el que como mínimo te vas a encontrar con un pedazo de Cartagena, de esos de los que uno de verdad se quiere encontrar: un lugar sincero, lleno de historia y con mucho más que ofrecer de lo que uno está esperando. No te vas a arrepentir. Salí a Cartagena, Salí a Dónde Fidel, porque a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir.

#SalíAViajar
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viernes, 26 de junio de 2015

SALÍ, CON LUCERO VILCHEZ - PROGRAMA DE RADIO

Que sería del mundo sin ustedes, mujeres, oh mujeres tan divinas, no queda otro camino que adorarlas. Además de darle más gracia al mundo, de embellecerlo con sus atributos físicos, espirituales e intelectuales, es imposible imaginarse un mundo sin los aportes desde cualquier punto de vista de las mujeres. Sin el ánimo de iniciar una discusión sexista, hoy en día, aunque se ha ganado mucho terreno en la importancia de la participación de la mujer en los engranajes del mundo, se debe reconocer que todavía falta mucho camino por recorrer. Nada más por estos días, en Colombia nos hemos estado preguntado por la participación femenina en la política del país, tema en el cual, les confieso a modo personal, creo que del hecho de que haya más mujeres al mando, depende el éxito, la participación, los programas de inclusión y la disminución en la corrupción de muchas instituciones, no sólo gubernamentales. 
No nos digamos mentiras, nada más hace falta ver lo que una mujer exitosa de hoy, es capaz de hacer. Primero, ser mujer, lo que implica en muchos casos, ser, sentirse o estar hermosa, lo que implica una buena cantidad de tiempo dedicado al embellecimiento. Además destacarse intelectualmente en el mundo académico, si está estudiando y / o en el laboral. Ser esposa, mamá, hermana, amiga; Además de, y que es lo màs importante, ser feliz. Lo más destacable de todo es que la mayoría son capaces de triunfar en todos los aspectos y aunque lo hacen con un enorme sacrificio, no se les escucha ni una sola queja…  una que otra cantaleta… bueno mucha, pero con justa razón, porque yo, y esto de nuevo es mi opinión personal, escasamente soy capaz de concentrarme en una o dos de las cosas antes mencionadas, y me siento orgulloso cuando me sale almenos una bien. Esta introducción, sin querer dar rodeos, está inspirada en una mujer que lo tiene todo. Es muy bella, exitosa profesionalmente, inteligente, divertida, trabajadora como la que más, emprendedora, una empresaria reconocida en la comunidad y que además, es feliz, muy feliz, porque tiene una familia hermosa a la que se le entrega sin miramientos ni contemplaciones. Esta mujer es un ejemplo de lo que implica ser una mujer moderna, tiene tres gracias… que digo, tres, las tiene todas, pero presenta las tres gracias un programa de Teleantioquia y La sartén por el mango. Con ustedes, hoy Salí con Lucero Vilchez. 

¡Qué gran programa el de hoy!, una mujer ejemplo que aceptó nuestra invitación y nos dejó ver ese aspecto que estoy seguro, muchos de ustedes no habían tenido el honor y el placer de conocer, así como nosotros. Lucero Vilchez, divertida, bonita, inteligente, apasionada, emprendedora, y muy cálida, en resumidas cuentas una mujer ejemplo y de armas tomar. Gracias Lucero por salir con nosotros. Porque a todos nos gusta salir, a comer a viajar a vivir.

Para escuchar el programa con esta maravillosa mujer, sólo dale click a la imagen:

Si no puedes escuchar el programa dando click a la anterior imagen, copia el siguiente enlace y pégalo en tu ventana del navegador: https://soundcloud.com/frecuenciau/sali-2014-01-20-con-lucero-vilchez

martes, 23 de junio de 2015

NO ME CONTUVE Y ME FUI PARA LOS CONTENEDORES DE ENVIGADO - SALÍ A “EL VILLERO”

¡Un yogurt!
Esa era mi respuesta cada vez que salía con alguno de mis tíos a hacer algún “mandado” a la tienda cuando estaba pequeñito y me decían que podía pedir lo que quisiera. ¿Qué les puedo decir? Había que sacar provecho y en medio de lo abrumado que me sentía al ver tantas “cositas” por ahí colgadas y exhibidas, tantos colores, texturas y sabores para elegir, en lo que siempre terminaba cayendo mi atención, era en lo que había en el enfriador: Yogurt o kumis. ¿Por qué? Pues son dulces, los empaques parecen un juguete, estaban fríos y eran caros. Con esto tenía siempre la sensación de haberme salido con la mía y déjenme decirles, varias veces goleaba, en especial con las tías, cuando se quedaban viéndome esta, aún tierna carita de ternero degollado y me decían que pidiera otra cosa para acompañar…  añañay, ¿Qué me dijeron? Deme un Chocorramo pues.

Ya de adulto, esa sensación lejana y perdida entre las nieblas del tiempo, la he podido revivir en pocas ocasiones, por ejemplo cuando me dicen que el desayuno es tipo buffet en el hotel en el que me estoy quedando… esas palabras, esas dulces palabras son como música para mis oídos y por lo general, cosa curiosa hay yogurt y no lo pido. Sin embargo, algo se puede alcanzar a sentir cuando me dicen que pida lo que quiera en un restaurante en el que estoy invitado. Me tiemblan las manos, sudorosa la frente, me comienzan a bailar los ojos por el menú buscando esa pieza que le falta al rompecabezas del placer para ser completado, por lo menos por esa ocasión.

En esta entrada que hoy les relato me pasó lo mismo, y lo primero que se me vino a la mente fue: Salmón…  y todo, en un restaurante de asados argentinos ¿Cómo la ven?

Cuando paso por la avenida Las Vegas en Envigado siempre volteo a mirar con una mezcla de envidia, nostalgia y emoción hacia un sector que otrora fuera un terreno baldío de una industria, y que hoy es conocido como “Los contenedores de Envigado”; porque siempre parece haber una fiesta ahí, casi siempre, está lleno. Este sector dio un giro tan drástico gracias a este concepto, que lo puso en la mira de nuevo de los citadinos, que se lo devolvió a los envigadeños, pues antes, era oscuro, sombrío, daba hasta miedo pasar por ahí. Muchos no estarán de acuerdo conmigo pues dirán que antes de los contenedores, en ese sector comenzaron a funcionar un par de negocios que atraían a cientos de personas a sus canchas sintéticas para jugar fútbol, pero lo siento, el fútbol no mueve la misma cantidad de personas que la comida, y tampoco a las mismas horas, que en el caso de los contenedores, pareciera que son todas.

Esta invitación a comer rico, fue un día domingo en el que como cosa rara tenía mucha hambre. Nos fuimos temprano para los contenedores porque siempre los he visto llenos y no quería que fuéramos a perder la oportunidad del desquite, y como estaba invitado, me estaba soñando un plato que me dejara “nocaut”. Inteligente decisión, aunque a cualquier hora parecen tener buen movimiento, las tardes y noches son las más apetecidas y es cuando se hace difícil encontrar un buen lugar. Cuando llegamos había gente, pero no la suficiente como para no poder dar un par de vueltas, tranquilos, para revisar las opciones que tiene el conglomerado.

Verán, el concepto arquitectónico del lugar es muy novedoso y logra un impacto significativo entre los comensales al llegar porque genera mucho dinamismo e invita a la  circulación, pero creo que lo que más gusta, por lo menos al subconsciente de los visitantes, es que al ser unos contenedores de carga, de esos en los que se transporta mercancía en buques a través de los mares, dispuestos armónicamente de una manera muy inteligente y nada al azar, logra un perfecto pandemónium, y han de entender este concepto, como un lugar ruidoso, caótico, pero divertido y perfecto para ver y ser visto.
El área que compone el complejo es muy amplia y como la infraestructura es relativamente simple, nada robusta, te da una sensación de “Aire libre” y libertad muy especial. Me sentí casi en un parque de diversiones. Tiene una buena cantidad de parqueaderos, pero como lo he dicho varias veces, se llena rápido y es normal ver una enorme fila de vehículos a la entrada un viernes en la noche, esperando por un espacio.

En los contenedores de Envigado vas a encontrar por oferta, un restaurante de sushi; otro que te ofrece comida muy sana, desde vegetariana hasta panne cooks; uno de hamburguesas, del que les hablaré en otra entrada; uno que te ofrece pastas y pizzas; otro que te da una experiencia mexicana y El Villero, del que les hablaré hoy, que te ofrece parrilla argentina.

Dimos pues una vueltecita y entre los tres que íbamos a comer, decidimos que la tarde era apropiada para una buena proteinosis por carne. Elegimos una buena mesa bajo techo pero con la iluminación natural perfecta para sentirse al aire libre, además de que no hay paredes y la brisa de la tarde nos acariciaba con el ánimo de amañarnos y no dejarnos ir. 
La atención fue inmediata, nos dejaron la carta y nos tomaron la orden de las bebidas. Dos cervezas y una limonada de yerbabuena. ¿Adivinen para quién conductor elegido de siempre era la limonada? Aunque no me puedo quejar, estaba deliciosa.

Al rato hicimos el pedido, del que ya les hablaré, pero mientras esperábamos, la Generala que estaba pitando del hambre tuvo una gran idea, pedir una ensalada de la barra a modo de entrada. Así fue. Te entregan un bowl y te das un paseo por una barra que contiene entre catorce y quince ingredientes frescos. Podés tomar los que querás y eso luego te lo suman a la cuenta. 
Hay tomates de dos clases, lechugas, aceitunas, zanahoria rallada, pepinillos, cebolla, aceitunas deshuesadas, queso, pimienta, algunos aderezos, en fin, una primavera completa para dar y convidar. Marcela la puso en la mesa y no dio ni un brinco. Deliciosa como estaba, así de rápido se fue.

Entonces, como el caso era de hambre, se me prendió una idea en la cabeza   ̶ ¿Y qué tal si nos comemos otra cosita mientras tanto? Pero que no sea ensalada  ̶ . Tuve que hacer la aclaración, porque sí, yo me estaba quejando, pero con la ilusión de comerme otra cosita, algo más…  sustancioso. Bueno, ya entrado en gastos me voy a confesar, desde que vi en la carta que había “provoleta”, mi alma no iba a estar en paz hasta tenerla y como estaba de invitado no me podía poner de pedigüeño, por eso di brincos de alegría cuando Alejandro, el hijo mayor, dijo que la ensalada le había abierto el apetito y que quería algo más. Sugerencia hecha por este pechito sin que se notara mucho… 
  ̶  Mijo, pida una provoleta­ ̶  Y a la mesa llegó con premura, y con más premura atacamos.
Aquí si no hay pierde, o sí lo hay porque partido para tres, toca más poquito. Este plato más que antojador consta de un buen pedazo de queso provolone asado, que queda como una galleta salada crocante por fuera y con el centro derretido…  se me hace agua la boca. Te lo ponen en la mesa con pan baguete, aceitunas y ¡Voilá!

Al tiempo llegó el plato principal a la mesa. El pedido fue el siguiente. Un solomito para la Doña. Este corte tierno de carne de res es tan jugoso que se deshace con solo mirarlo. A Marce le gusta en especial porque es muy magro, no le gusta encontrarse con un mínimo “gordito” porque le da de todo, por tanto, éste estaba perfecto para ella. Me dio a probar, claro y con ver que al ponerle el cuchillo para cortar no había que hacerle fuerza, presentí lo que era obvio… para ellos que pidieron carne: va a estar tan bueno, que me puedo arrepentir de lo que pedí. Pues bien, masticar era tan innecesario como hacerlo cuando te comes un algodón de azúcar. Los jugos generosos me estallaron en la boca y me hicieron feliz…  también dudar, pero yo seguía firme. El sabor no podía ser más auténtico, era carne, de res y de excelente calidad, asada con amor, con gusto, con respeto. Es un muy buen plato.

El pedido de Alejandro fue más avezado si se puede decir, se pidió un “bifé de chorizo”, que es grueso y por eso requiere de un proceso de asado diferente al solomito. Este corte en todo el mundo lo conocen como entrecot (del francés entrecote - entre costillas), ya que éste es un músculo que viene entre las costillas de la res; pero en el país de Messi le llaman así, porque tiene de ancho el tamaño ideal de lo que para ellos debe tener un chorizo casero, unos cuatro dedos. Se conoce así en Argentina, como bifé de chorizo y poco a poco se ha ido aceptando el nombre por toda Latinoamérica. Este chisme se los cuento, porque se lo oí a un experto argentino que tiene un delicioso programa de asados en el canal Gourmet, que se llama Ariel Rodríguez.
Este corte de carne es menos tierno que el solomito, por eso requiere de más cuidado al madurarse y un mayor tiempo al asarse, para garantizar sabor y textura. Estaba delicioso, a un término bajito, porque a Alejo le gusta la carne casi en sello azul, mejor dicho, le gusta que chille cuando le meta el tenedor, pero esto garantiza que va a tener mucho jugo y mucho sabor.

Mi plato pues fue un “salmón a la parrilla”. Ya sé que muchos han de estar meneando la cabeza a lado y lado con una mueca de desaprobación para con este servidor…   ̶ ¿va a un restaurante de asados argentinos y se pide un salmón? ̶  Pero para su información en este país, en la Argentina, se pesca uno de los mejores salmones del mundo, y comérselo asado a la parrilla es uno de los mejores planes que se pueden hacer en Mar del Plata, luego de un buen viaje turístico de pesca…  ¿Cómo les quedó el ojito?
La saqué barata, yo la que no pierdo la empato, eso del que anda entre la miel, algo se le pega me aplica perfecto. En fin, mi plato estuvo delicioso, yo sabía que iba a probar las carnes que mis compañeros comensales pidieran, y no quise pedir lo mismo, así que me atreví un poco y la verdad me alegro de haberlo hecho. El pescado es asado con la piel y me imagino que a muy baja temperatura porque no estaba seco, por el contrario; tampoco fue necesario usar el cuchillo, el tenedor se hundía como si fuera mantequilla y estaba adobado con especias, que si no me engaña la memoria gustativa tenía entre otras, algo de romero y también limón. Me comí hasta la piel, que por lo general se queda en el plato y lo acompañé con una papa al vapor con crema blanca. Todos los platos se pueden acompañar con este tipo de papa, o con papa rústica, es decir, en cascos.
 

Salí y Salí ganando por todos los lados, pues me comí un muy buen plato de salmón a la parrilla, comí carne porque la Generala no se comió todo lo suyo y me dejó el “sobradito”, así que completé el círculo, me deleité con la buena comida que sirven en El Villero, en los Contenedores de Envigado, disfruté de la compañía, comí queso… mejor dicho, fue una tarde perfecta. Por eso te puedo decir a vos con toda confianza, Salí vos a buscar aventuras gastronómicas en los Contenedores, antojate de una experiencia que te haga viajar al país de Maradona y date un gustico de esos que valen la pena, seguro que no te vas a arrepentir… porque a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir.


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sábado, 20 de junio de 2015

SALÍ A RECONOCER QUE MEDELLÍN SÍ SABE - Programa de Radio

Se sabe que para conocer una cultura hay que interactuar con ella y la mejor forma de profundizar en este conocimiento es a través de su comida. Un paisa es un paisa porque habla cantadito, porque es echado pa`lante, porque es entrador, dicharachero, burletero, pero sobretodo, lo es por lo que se come. De manera desacertada muchos creen que la única comida que nos puede representar como cultura es la bandeja paisa y desafortunadamente, muchos de los que creen eso, somos los mismos paisas; pero piénsenlo bien ¿en verdad nos reducimos a eso? ¿Eso es lo que comemos todos los días? ¿Somos sólo fríjoles? La respuesta es: NO, un no rotundo; somos más que eso, mucho más. 
Por alguna razón la vista se nos ha quedado corta y no hemos proyectado más que ese delicioso y único plato para vendernos y nos hemos quedado atrás con respecto a otras regiones del país. Probablemente hemos convertido en paisaje lo que nos comemos a diario y por eso nos parece insignificante y nada mostrable y por el contrario eso es lo que nos hace lo que somos ¿qué antioqueño puede negar a la madre, la santa madre de todo paisa? La arepa. ¿Y a su compañero delicioso e inseparable el quesito? ¿Dónde quedan la empanada, el buñuelo, la papa rellena, las sopas y los caldos que nos hace la mamá y que aprendió de nuestras abuelas? ¿Eso no es paisa? Si no lo es entonces no sé qué lo será. 
El rollo liberal, el pastel de guayaba y queso, el siempre esperado y adorado tinto… no señores, nosotros somos mucho más y tenemos que hacernos conscientes de eso, apropiarnos de eso y tenemos que contárselo al mundo. Por eso quédate aquí con nosotros, porque hoy vamos a antojarnos como niños chiquitos de nuestros dulces, nos vamos a refrescar con los mejores jugos de las más variadas y dulces frutas del mundo; vamos a enloquecernos con el chorizo, el chicharrón, los mecatos más espectaculares del planeta y todo, metido gracias a una gran idea que estábamos necesitando, que los unió a todos, que nos unió a los paisas en una ruta gastronómica. En este programa vamos a salir a conocer a qué sabe Medellín. Todos luego de este programa van a saber que Medellín sí sabe.

Medellín sí sabe, “Es un proyecto que tiene por vía la cocina para preservar la memoria colectiva de nuestra ciudad, construyendo un presente cimentado en las propias tradiciones que nos permiten reconocer nuestro pasado para explicar lo que somos y avizorar un esperanzador futuro”

Claudia Marquez, primera dama de Medellín.


Medellín es la ciudad de “la eterna primavera” así nos reconocen en el país, incluso en el mundo, por las flores que engalanan los balcones y jardines de sus calles; otrora también la llamaban “la tacita de plata” por su belleza y limpieza reconocida por propios y extraños. 
Hace poco nos ganamos otro apelativo que nos llena de orgullo “Medellín es la ciudad más innovadora del mundo todos saben qué es Medellín y ahora todos van a saber a qué sabe Medellín. Imposible si no te antojaste con nosotros hoy, si no se te hizo agua la boca con sólo recordar lo que te comés todos los días. Si sos paisa, eso es lo que te compone, eso es lo que tenemos que mostrarle al mundo: nosotros sabemos a muchas cosas ricas, Medellín sí sabe, a bueno, a sabroso. No hay excusas, Salí a comerte a Medellín, porque a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir.

Escucha el programa dando click a la siguiente imagen:



Si tienes algún problema con la imagen, copia y pega el siguiente link en tú barra de navegador: 
https://soundcloud.com/frecuenciau/sali-2015-05-14-a-reconocer-que-medellin-si-sabe 

Tengo pasaportes de Medellín sí sabe para regalar, ¿Quieres uno? Entra a la página de Facebook y dale un "me gusta" a la página, busca la fotografía en la que estoy con el pase en la mano y comenta porqué quieres tener uno. Tenemos sólo cinco para entregar, ojo, sólo en Medellín. Animate, porque ahora te toca a vos, Salir a comer, a viajar, a vivir.

viernes, 12 de junio de 2015

BUENAVISTA, BUEN GUSTO, BUENA VIDA ¡GRAN SALIDA! - SALÍ A LÁCTEOS BUENAVISTA

“Madre no hay sino una…  y justo viene a tocarme a mí”.
Esta frase se la escuché a mi dilecto Facundo Cabral y me causó mucha gracia; claro, me reí, pero no me identifiqué con ella porque la verdad, no aplica en mi caso. Es decir, yo no tengo nada por qué lamentarme de la mujer que elegí para que fuera mi madre pues cuando lo hice, lo hice por las mismas razones por las que ella me eligió como hijo. Esa también es de Facundo.

Me causa gracia esta frase porque por alguna razón del destino, energías del universo, causalidades de la vida, siempre he tenido buena suerte con encontrar protección femenina del tipo maternal al lugar que llego; alguien que conozco diría: “El que es lindo, es lindo”, pero claro, sólo hace falta verme para saber que la cosa no va por ahí… yo creo, si me lo preguntan, que es más por lo tierno, apapachable, por esta carita de ternero degollado, de mascotica huérfana que invita a querer protegerla… ¿No?

En fin, esta entrada tiene que ver con este concepto más que nunca. Verán, no sé qué tan normal sea que al ir algún restaurante, se pueda salir diciendo que se sintió como estar en casa, y esto puede pasar porque la comida tuvo un sabor muy casero, o porque el servicio fue algo personalizado; sin embargo y de esto sí estoy seguro, pues me baso en mi experiencia que no es poca, modestia aparte, es que casi nunca se termina diciendo que lo que sentimos fue haber estado comiendo en la casa de la mamá, o mejor de unas tías en este caso en particular; de las tías más amorosas y consentidoras que pueda tener sobrino alguno.

Entra a su página web
http://lacteosbuenavista.com/
Hace algún tiempo vi una historia en televisión sobre unas mujeres antioqueñas que tomaron un día cualquiera, la decisión de ser felices. Dejaron de ser y de hacer lo que habían sido y hecho siempre y sin más, se fueron a vivir al campo a hacer quesos y a causarle envidia a todos aquellos que no hemos tenido la valentía de tomar ese tipo de decisiones que nos van a cambiar de un todo y por todo la vida. La historia tiene sus matices por supuesto, y hay que agregar unas cosas por aquí y otras por allá para ser leales a la verdad, pero en cuentas resumidas, eso fue lo que pasó. Hoy en día esa felicidad la transmiten estas mujeres en todo, se les sale por los poros y la entregan a borbotones en cada producto, en cada servicio que ofrecen a sus clientes y comensales.

Gloria dándome un poco de uno de sus productos
Esta crónica que vi en televisión en la que me pusieron a soñar, más allá de contar la historia de estas mujeres que llegaron a transformar no sólo sus vidas y las de sus familias, sino la de una comunidad completa en la vereda Buenavista del municipio de la Unión, me abrió una ventana al mundo de la producción de derivados lácteos novedosos y arrojados hechos aquí, con calidad de exportación, incluso admirados por expertos de diferentes partes del mundo. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que la nota periodística cerró con una invitación por parte de Gloria, una de las mujeres de las que les hablo, a ir a degustar sus productos lácteos ya fuera puros, fríos, calientes, procesados, de a poquitos, o muchos, acompañados con una buena copa de vino, sentados en una de las mesas de su restaurante o sobre un mantel a cuadros en el terreno del mismo dispuesto para picnics, mirando hacia el oriente antioqueño desde una posición privilegiada. A partir de ahí, se inició una cuenta regresiva de un suceso que sabía que tenía que vivir, más temprano que tarde. Para acabar de ajustar un amigo, "Álvaro Ríos - Álvaro Ríos", conociéndome como me conoce, desde hacía días atrás venía diciéndome que tenía que ir a conocer un lugar que quedaba en el camino a su casa, que ya había visitado y que sabía que me iba a gustar. Álvaro Ríos - Álvaro Ríos, se tiene que escribir así porque él es de Sonsón, trabaja en Envigado y viaja todos los fines de semana a su pueblo; ya ha ido algunas veces y su opinión es que todos los que lo conocemos a él, tenemos que ir a las fiestas del maíz en agosto, fiestas de Sonsón y que tenemos que ir a Lácteos Buenavista. Juicioso, se le hizo una parte de la tarea, ya vendrá la oportunidad para la otra parte.

Un domingo cualquiera, pero de esos que son muy especiales, a eso del mediodía mi familia y yo agarramos unos sacos —abrigos para que me entiendan los lectores no colombianos— y nos abrimos camino por la serpenteante carretera que conduce de Medellín hacia el sur oriente antioqueño. Buscamos el aviso de Lácteos Buenavista que nos habían dicho, quedaba a mano derecha saliendo de la Unión a unos pocos kilómetros, por la carretera que conduce hacia el pueblo que tiene gente que son dos veces, es decir, Sonsón. —Chiste regional que no todos entienden de primera—. El viaje es corto y muy agradable, pues el aire puro, el verde de las montañas, las formas caprichosas que tiene la geografía de la cordillera central de los Andes, hacen que la hora y veinte minutos que tarda más o menos, sea una delicia.

El clima templado, el sol de media tarde filtrado por unas pocas nubes, la arquitectura propia de la región y un extrañísimo ambiente familiar, y por esto quiero decir, conocido aunque era la primera vez que íbamos, nos hizo sonreír de confort en tanto elegimos la mesa para sentarnos. El lugar estaba a dos mesas más, además de la nuestra para estar completamente lleno y además había dos o tres familias disfrutando de la zona del picnic. Lo que noté de inmediato es que este es un restaurante para grupos familiares, pues todas las mesas son grandes y todas, tenían de ocho a doce comensales, la más pequeña y me refiero en número, era la nuestra que contaba sólo con cuatro personas. La verdad pensé que nosotros habíamos llegado tal vez a importunar en una fiesta familiar grande, porque había una interacción cómplice entre las mesas, pero estaba equivocado, porque poco a poco, nosotros comenzamos a hacer lo mismo, poseídos por no sé qué tipo de magia, nos empezamos a ver involucrados en conversaciones generales y terminamos uniéndonos a ese increíble ambiente del que les hablé antes, en el que te sentías extrañamente familiar… claro, terminamos siendo una familia gigante unidos por la alegría que emanan estas mujeres hermosas y felices.

En poco tiempo se nos acercó Gladys, una de las tías, la mamá de todo este cuento que les estoy echando. Ella fue nuestra mesera, aunque confieso que usar esa palabra me causa problemas en este momento al tratar de calificarla, pues siento que no le encaja bien; porque la amabilidad, la sonrisa, el brillo de esos ojos claros, el amor con el que nos explicó cada momento gastronómico que íbamos a vivir, me hizo, nos hizo sentir como lo dije antes, como si fuéramos de la familia y hubiéramos ido a hacerle la visita.

La carta de menú es muy bonita, parece un catálogo; es simple, elegante, limpia, colorida, de un papel de primera, con acabados mates, en fin, lo que quiero llegar a concluir es que es de muy buen gusto. Para iniciar nuestra experiencia gastronómica nos dejamos asesorar por Gladys, porque queríamos pedir de todo y no nos habíamos decidido por nada. La sugerencia en vista de que queríamos probar los productos de los que tanto habíamos escuchado, fue comernos una tabla de quesos madurados que incluye tres pasos gastronómicos. 
En poco tiempo nos mandó a la mesa a modo de entrada una tripleta de dips, una suerte de quesos salados y dulces para untar con una canasta adornada con una servilleta de tela a cuadros verdes llena de “nachos”, me refiero a estas tortillas de maíz triangulares y unas galletas de sal para comernos estas mantequillas maduradas. Dictamen: deliciosos los salados, en especial la que tenía gusto a albahaca, es más, se nos quedaron cortos para tanto nacho y tanta galleta; sin embargo, y esta es una apreciación netamente personal, la morada, es dulce, demasiado dulce para mi gusto, por tanto se las dejé a los otros que son más hormigas que yo, para que la disfrutaran.

El plato principal se tiene que esperar un poco, para que con calma, como ella misma nos dijo, en la cocina nos pudieran preparar con todo el amor que implica lo que queríamos. Sin embargo no me pareció mucha la espera, pues en menos de veinte minutos teníamos el plato servido. Mientras tanto nos trajeron las bebidas. Una botella de vino merlot de Santa Helena, tenía que aprovechar porque esta vez no me tocaba conducir, y un batido para el conductor elegido. Lo probé y déjenme decirles que llegué hasta a lamentar que no me tocaba conducir…  ¡Síiiii claro, coooomo nooo! Pero en realidad estaba muy rico, la cara de Alejandro lo dice todo.

Llegó por fin el plato principal a la mesa. Este plato figura en la carta para dos personas, pero la “tía” Gladys nos “agrandó el combo” para cuatro. Su llegada desató la locura, y no estoy exagerando, las papilas gustativas se dispararon y se nos hizo agua la boca al ver tanta cosa sabrosa junta, pero no por eso todo fue locura, sino que de un momento a otro, unos tres o cuatro miembros de las diferentes mesas que nos rodeaban, se levantaron y se fueron con cámaras y celulares en mano y comenzaron a tomarle fotos y más fotos a nuestra comida. 
Un señor muy divertido y amable comenzó a hacernos bromas; nos decía que no debíamos comernos eso, que era muy malo para la salud, que nos podíamos enfermar, que en la mesa de él ya se habían comido uno así y que se habían enfermado, excepto él, y que por eso era el más indicado para deshacerse de eso tan dañino, en fin. Risas, bromas entre comensales, como les dije como una comida familiar.

La tabla trae diez variedades de quesos madurados hechos por ellas mismas. Hay quesos de vaca, de búfala y de cabra, unos madurados, frescos, puros, otros con especias como albahaca, aceitunas, hongos, ají jalapeño. El que viene en un platito está caliente, cocinado con tomates, pimentón, pimienta, aceite de oliva y no sé qué otras especias deliciosas. Como si fuera poco, vienen acompañados de salami, aceitunas verdes deshuesadas, jamón, fresas, uchuvas, hojas de albahaca frescas, pan francés en rodajas para humedecer en aceite de oliva y vinagre balsámico… mientras escribo y veo la fotografía, se me estimulan las neuronas en las que guardé los recuerdos gustativos de ese día y comienzo a salivar como si fuera Jacobo mi perrito Bulldog. Cada bocado fue un gusto, cada sabor un viaje, cada queso, especia, carne curada o migaja de pan, aportó su grano de arena para que la experiencia se volviera cada vez más inolvidable y placentera.

Luego se vino el postre, el tercer momento que por lo general dejo pasar; ¿qué puedo decir?, no me gustan los dulces en la comida, ni antes, ni después, siento que me hace perder el gusto de las delicias anteriores. Sin embargo cuando lo pusieron en la mesa, juro que se me aguaron los ojitos porque me hicieron recordar la infancia. Desde hace días vengo con unas ideas en la cabeza con las que justifico ahora eso del poco gusto por los postres ofrecidos en los restaurantes; dicha idea me la inoculó un conocido cocinero antioqueño que sigo por las redes sociales y en programas de televisión que se llama Álvaro Molina, un defensor a carta cabal de la cultura gastronómica de nuestros ancestros; según él, le ha declarado una guerra a muerte al neo tiramisú paisa y a todo dulce traído de otras partes, porque, y tiene toda la razón, con la enorme cantidad de frutas y dulces propios de nuestra región, es increíble que se le esté apostando a esos adefesios. 

Así pues que me justifico en esto, porque sobre la mesa me pusieron tres dulces que mi abuelita Lucero hacía en las festividades navideñas, y que ponía sobre la mesa del comedor para que nos hartáramos o nos diera un coma diabético: Dulce de mora, arequipe, manjar blanco, leche condensada, todo esto al lado o encima de trocitos de cuajada…  ¡me morí y volví a resucitar! Ahora sí quería llorar pero de la felicidad. Si van, no se lo vayan a perder, y si después de eso, piensan que es mejor un “neo tiramisú”, los saco del llavero, les voleo el pelo y no les vuelvo a hablar.

Nos ofrecieron cafecito para bajar la comida, otro que rechazo por lo general, pero la generala sí se tomó uno, arriero, como debe ser, es decir amargo, oscuro y caliente. La “tía” Gladys se nos acercó para preguntarnos cómo nos había parecido todo, puro formalismo, porque la cara de éxtasis gastroreligioso que teníamos los cuatro debió revelarle todo antes de que se lo dijéramos sin guardarnos ni una sola merecida lisonja. 
Sin embargo yo le confesé que estaba inquieto todavía, le dije que tenía un huequito en la barriga y que me urgía llenarlo; con esa leve oscuridad que le opaca los ojos sólo a aquellas personas que nos quieren cuando les contamos un problema, me invitó a que le contara, así lo hice y aunque ya estaban cerrando la cocina y habían apagado los fogones, me puso a hacer los cinco deditos de mozzarella fritos que mi alma pedía a gritos para ser completamente feliz. Mermelada de uchuva para bañarlos y ¡Aleluya!

Foto: Gloria, Andrés, Gladys y Dora - Lácteos Buenavista
Como una tía, así se veía Gladys, le bailaban los ojos de felicidad porque nos veía felices, y así fue con todas las mesas por las que pasaba dando abrazos y palmaditas en la espalda, todos la conocían, o todos sentíamos que la conocíamos. Antes de irme le pedí que se tomara una fotografía conmigo, y le conté que había sabido de su historia y que las admiraba por lo que estaban haciendo y habían logrado. Le chisporrotearon los ojos, aunque así los mantiene porque son de un verde claro muy bonito y le brillan por naturaleza, me dijo que la foto me la tenía que tomar con Dora, Gloria y ella, y así fue, las buscó, les contó que las quería conocer y me hizo pasar a la tienda, en dónde exhiben y venden todos sus productos, y detrás de la cual tienen las oficinas y la planta de producción. 
Me contaron historias, nos reímos, me regalaron muestras de yogur de piña y coco, de agraz, de brevas y uno que los niños llaman yogurt de bocadillo, que está hecho de guayaba. Me invitaron a volver pero más temprano para conversar largo y tendido, para contarme de cómo tomaron la decisión de cambiar miles de vidas, de cómo se han ganado premios, reconocimientos y el amor de una comunidad que cada vez es más grande, las sigue, les agradece por hacer bien lo que hacen y por hacerlos, por hacernos felices.

Salí a Lácteos Buenavista, el restaurante que queda a tres kilómetros en la carretera que de la Unión lleva a Sonsón, el pueblo de los que son dos veces —sí, sí, el chiste está repetido, pero es por si alguien no lo cogió a la primera—, buscaba una experiencia gastronómica en la que mis expectativas eran comer mucho de lo que más me gusta, y terminé obteniendo una restauración completa a niveles más allá de los físicos, me tocaron el alma muy suavecito, me acariciaron desde el paladar hasta los recuerdos de mi infancia, me encantó la experiencia y creo que necesito ampliarla con los otros platos que no he probado, es más, para la próxima, quiero la experiencia picnic… y comienza de nuevo la cuenta regresiva. Por eso te puedo decir a vos, Salí a Lácteos Buenavista, es un gusto que vale la pena, que te va a encantar. Se pasea, se respira aire puro, se come delicioso y se puede disfrutar del amor que ponen estas maravillosas mujeres en lo que hacen, con seguridad te vas a ganar como mínimo, una “tía” para que te consienta.

Salí porque a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir.

Para saber más sobre Lácteos Buenavista, ingresa a http://lacteosbuenavista.com/