Nuestro lema

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miércoles, 11 de febrero de 2015

ATAQUE DE TIBURÓN EN PLAYAS DE BOCA GRANDE. SALÍ A CARTAGENA.

Cartagena está grabada en mi corazón de viajero con tinta indeleble. Me enamoré de esta ciudad perdidamente y la añoro con ansias, quiero volver, una y otra vez a enamorarme en sus calles coloniales, detrás del corralito de piedra, de su gastronomía, de su gente.

Experiencias como las que viví allí harán que jamás la pueda olvidar, como por ejemplo el día que estaba en plan romántico con mi esposa, caminando por la playa con los pies desnudos, dejando en la arena nuestras huellas, hasta que ¡Zuaz!, nos atacó un tiburón.

Se llamaba Pepe, un cartagenero que se gana la vida recorriéndose la playa da abajo a arriba, buscando presas para pegarles su buen mordisco.

Al saludar deducen de qué parte del país o del mundo sos; apenas Pepe se dio cuenta de que eramos paisas, intentó imitar el acento para darnos la bienvenida a su ciudad. Inmediatamente nos ofreció su producto, ostras. Con la mirada cómplice de Marce le dije que sí me quería comer una, y le pregunté el precio. Y entonces inició la venta. Ya que le había dado el quiebre, se dejó venir con sus argumentos de venta y me dijo:
 ̶ Mira, a los gringos yo se las vendo a cinco dólares, pero a tí te las dejo a cuatro mil barritas.

Y entonces apareció ese ancestro que llevo en la venas y que aparece sólo en este tipo de situaciones, el turco, el negociante, el que regatea, y le pedí la rebajita. Sin darme cuenta ya tenía una ostra en la mano con sumo de limón. Y así, ya me había comido varias porque sin saber cómo, me aparecía otra en las manos. Varias veces advertí, "Pepe, yo no tengo plata, te puedo comprar unas pocas, porque si no te vas a tener que enojar conmigo" y él me contestaba con ese acento sabroso, "Hombe amigo, qué va, plata se necesita es para comprar un apartamento". 

Se preguntarán porqué le puse este nombre a la entrada, pues, porque cualquier parecido con la realidad, no es pura coincidencia, estos muchachos saben hacer su trabajo muy bien, son unos vendedores de raca y mandaca, muerde el primero y como los tiburones, cuando sienten olor a sangre, un segundo y hasta un tercero van a por su pedazo y ¡zuas!
Aquí no hay paisa que valga, eso es un cuento, ¡pa vendedores y enredadores éste par de tiburones!, mientras uno me distrae, el otro me sigue mordiendo, y la cuenta va subiendo, esto es en serio, hay que estar cuatro ojos y llevando la cuenta, porque son buenos conversadores, hacen chistes, son divertidos, pero están trabajando.

Aquí no hay paisa que valga, eso es un cuento, ¡pa vendedores y enredadores éste par de tiburones!, mientras uno me distrae, el otro me sigue mordiendo, y la cuenta va subiendo, esto es en serio, hay que estar cuatro ojos y llevando la cuenta, porque son buenos conversadores, hacen chistes, son divertidos, pero están trabajando. Finalmente es una muy buena experiencia, una de la que no salís lleno, pero sí te pueden dejar el bolsillo vacío. Este par de tiburones son unos bacanes, Pepe y Pedro se ganan la vida gracias al mar, y son uno de esos tesoros con los que uno se encuentra en toda la ciudad. 

Me divertí mucho, comiendo y luego regateando, porque les cuento que me salvó que estábamos grabando y lo teníamos todo en video. Bueno eso presumo, porque ellos cuentan distinto cuando van a cobrar, su evidencia es cada concha, y cuentan por dos, tapa y contratapa; el de las jaibas cobra por pata, pero a la hora de cobrar, cuenta las articulaciones individualmente… en fin, el regateo hace parte del juego y a la final, terminé dándoles unos doce dólares para que se repartieran entre los dos. Me abrazaron y me dijeron: "Tu eres paisa, tu eres negociante" y se fueron nadando hacia el horizonte, en busca de otra presa.

Salí pues a Cartagena, gracias a Colombia Travel Operator que me organizó el viaje con todos los juguetes, Así que Salí a caminar por las playas de Bocagrande, justo al frente del Hotel Almirante y fui atacado por un par de tiburones que aunque hicieron su mejor esfuerzo por arrancarme un buen pedazo del bolsillo, me dieron un mordisco apenas justo, hicieron lo suyo, quedaron contentos y yo más. Me atreví y me encantó y por eso te puedo decir a vos: Salí a Cartagena, a vivir experiencias como esta en la que un pequeño riesgo vale mucho la pena, porque es una historia más para contar, a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir. 

Disfruten el video de esta experiencia, que sin más, está espectacular y divertido:

1 comentario:

  1. Encantador relato, con muy buen sentido del humor y al mismo tiempo hace que a uno le provoque ir o regresar a esa maravillosa ciudad. Me hiciste recordar la primera vez que comi ostras, fue alla, a la orilla del mar, tenia 14 y me demore 5 lustros para que me gustaran realmente. Felicitaciones!

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