Nuestro lema

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jueves, 15 de enero de 2015

UNA AREPA DE QUESO CON AMEBIASIS Y LECHERITA POR FAVOR. SALÍ A VER LOS ALUMBRADOS

“Más paisa que la arepa mijitico”, esa señores míos es la frase que tenemos los medellinenses a flor de piel para contestarle a cualquiera que nos pregunte si somos paisas. Pero, ¡ojo!, el simple hecho de decirlo no es suficiente, para decirlo hay que hacerlo con la “s” arrastradita y el gesto en el rostro es clave también, los ojos se entrecierran y la boca hace un arco hacia abajo. Sin embargo todavía te faltarían unas cuantas cositas para poder hacer creíble esa frase. La primera es ser un comefríjoles sin compasión, mejor dicho, un paisa cuando es paisa, come con regularidad fríjoles, lastimosamente ya no como los abuelos que comían todos los días, pero sí como mínimo una vez al mes; pero esa vez al mes se puede estar traduciendo como una semana entera, porque cuando se hacen fríjoles en la casa, si no se invita a la familia entera pa’ que venga a comer, se corre el riesgo de comer fríjoles varios días. Me explico. En la casa de un paisa que se respete hay olla pitadora  ̶ olla a presión, o también conocida como olla atómica ̶ , y esa verraca tiene que ser de cinco litros para arriba. La razón obvia: “pa’ hacer frijolitos, negrito”. Entonces cuando se hacen, que normalmente es en fines de semana, es para dar y convidar y aun así, teniendo una familia como la mía que son cuarenta y seis y la mama (perdón, ya somos cuarenta y siete porque hace poco llegó una nueva integrante a la familia, Emma Holguín Betancur) por más que se convide, por más que reparta a diestra y siniestra, y pilas que les voy a revelar uno de los misterios más entrañables del universo, los benditos fríjoles no se acaban. 
Ojala le pudiera poner música a esto, porque debería de estar sonando la de los archivos secretos X o la de la dimensión desconocida; va uno todo barrigón, repleto de “jartar”, y así están los cuarenta y tantos invitados que ya se comieron su buena porción, y la olla está apenas por la mitad…  los fríjoles se reproducen, ¡pa’ chucho bendito!  Por eso al otro día, va a haber “calentao pal desayuno”. Por eso también el almuerzo va a ser fríjoles “sequitos” con hogao, tajadas de papa, arroz y carne. Y así se repite hasta el jueves más o menos, si no es que simplemente se decide guardar en una coca plástica en el congelador para el calentao del domingo. ¿Serán mentiras? ¿O estaré exagerando?

Bien, aunque hay un montón más de indicios de ser paisas que por cuestiones de espacio y tiempo no les podré relatar en esta misma entrada, les diré que otra de las cosas que hay que hacer para ser un verdadero paisa, es armar paseo para ver los alumbrados a fin de año. Y si se va en gavilla, mejor. Por eso no es raro ver por la avenida del río, en medio de la fila de carros, un Renault 12  ̶ Por lo general son rojos o naranjados, no me pregunten por qué, ese es otro misterio para ponerle musiquita ̶  en el que se ve a leguas que el único que viaja medio cómodo es el conductor, porque en la silla del copiloto va la que por descarte debe ser la esposa del señor, quien lleva a los tres retoños que le ha regalado la vida, no sé cómo, cargados; en la silla de atrás vienen dos hermanos del señor o de la señora, las cuñadas con un bebé, una niña de chulitos que viene comiendo algodón dulce asomada por la ventana, y la suegra, que como no la podía dejar sola, se trajo a Fifí, la french poodle, que también trae moñitos en las orejas y va asomada por la ventanilla contraria a la de la sobrina. 
Sin embargo y como si fuera poco, la puerta de la maleta viene abierta, porque ahí es dónde vienen los otros tres sobrinos, comiendo crispetas. Dirá el lector que estoy exagerando con el fin de divertirlo, pero la realidad supera a la ficción, y lastimosamente no pude tomarle la foto al carro que les estoy describiendo. Aun así estoy seguro de que muchos habrán visto varios de éstos vehículos navideños y lo pueden certificar.

En fin, como yo soy un paisa de raca y mandaca, no me falta la salidita con la generala a ver alumbrados  sagradamente. ¿Y cómo no? Si esta actividad tiene sus encantos. Yo soy malo para los tumultos, flojito para el contacto humano en masa, de poca tolerancia para los olores corporales ajenos multiplicados por mil y revueltos con el fragante aroma de una buena chunchurria y un delicioso chuzo de gato. Pero si le quitamos eso, y una que otra cosita más, a la final es una buena excusa para salir de la casa.

Las EEPP de Medellín se han encargado de lograr que la iluminación con la que se decora la ciudad cada diciembre, se haya posicionado como una de las más bonitas en el mundo y la más monumental de toda Latinoamérica, según artículos recientes publicados por el periódico Herald de Nueva York y la revista National Geographic. Si bien no conozco los de otros lugares en el mundo de forma personal, y cómo hay un dicho que dice que a la gente hay que creerle, pues entonces así ha de ser y me siento halagado de pertenecer a Medellín.

Paloma, la protagonista
La última versión fue muy particular pues es la primera vez se ha pedido participación creativa de la comunidad y ganó la historia de Paloma, una niña que busca la paz a través de los valores en la sociedad. Así pues qué por toda la ciudad, vimos al personaje principal, una niña rubia y sus amigos animales sumergidos en un mar de tolerancia, amor y esperanza. Aunque la ciudad estaba invadida de luces, más de treinta millones, repartidas ya no sólo en los lugares tradicionales, sino que también en los parques principales de varios de los barrios, Marcelita y yo optamos por la ruta tradicional, Parque de Bolívar, Avenida la Playa desde el teatro Pablo Tobón hasta la Oriental y Avenida paralela al río. En total, fueron unas tres horas y media de recorrido a pie,  ̶ porque en carro se pierde toda la gracia, en mi concepto ̶  caminando sin afanes, tomados de las manos y dispuestos a comer chucherías hasta sentirnos enfermos…  sin embargo, parece que nos tomamos esta última parte muy apecho.

Mapping sobre la Catedral Metropolitana de Medellín
El año pasado me perdí el nuevo concepto en iluminación conocido como mapping que estrenaron sobre la fachada de la Catedral Metropolitana, así que esta vez iba muy entusiasmado por conocerlo. Salimos temprano, tomamos el Metro, nos bajamos en el Parque de Berrío y caminamos por Junín hasta el parque de Bolívar, todo esto bajo una “llovizna mojabobos”, lo que les hará deducir por qué en las fotos la Marce está sequita y yo me veo “ensopado”. No se veía movimiento de gente en la plaza, pensamos que por la lluvia, así que caminamos hasta la fachada y averiguamos que en realidad todo comenzaba a las ocho de la noche.

El Mapping es una técnica de proyección de video que consiste en apuntar varios proyectores de alto poder de iluminación  ̶ alcancé a contar dieciocho ̶  desde diferentes ángulos y alturas, lo que da como resultado una visualización de ensueño, con muchos colores vivos y de una resolución abrumadora. Cuando por fin comenzó me transportaron a un mundo irreal. Fue un viaje fantástico acompañado de música y de sonidos envolventes que sin más, me hicieron sentir como un niño chiquito.
 La calidad del show es máxima, tengo entendido que todo se realizó aquí en Medellín, guión, animación, musicalización, montaje, en fin, de verdad que quedé sorprendido del producto que son capaces de hacer los productores audiovisuales de aquí. Me quito el sombrero y ahora entiendo por qué esta ciudad se está proyectando como una meca de la producción audiovisual de Latinoamérica.

El espectáculo dura unos quince minutos y se proyecta de nuevo cada media hora. Así que al terminar, comenzamos a caminar hacia el teatro Pablo Tobón Uribe para hacer el recorrido de la avenida la playa. ¿Qué puedo decir?, ya para ese momento en el centro se notaba que estábamos de fiesta y que quedarse en la casa era un error. El ambiente festivo se respiraba por todas partes y con cada respiración se mezclaban los olores típicos del centro…  olor a crispetas dulces, a mazorca asada al carbón y bañada con aceite y agua, a chuzo de “milqui” (mil quinientos pesos), a papitas fritas, a churro bañado en azúcar. Chucherías con las que es inconcebible el centro y que se exacerba en oferta los diciembres. 
Así pues que mientras caminábamos por la avenida la playa, que este año se les ocurrió convertir en una playa “de verdad” agregando toneladas de arena, que terminó compactándose y convirtiéndose en un lodazal por aquí por la lluvia, y en unas rocas semiduras por allá; dos o tres sillas de sol y unos cuantos baldes con palitas le terminaron de dar el toque playero. Sucumbimos finalmente al mecato que no puede faltar: un paquetico de churros, que son una mezcla de harina, sal y mantequilla, que se fríe y luego se baña en azúcar, no concibo viaje al centro sin unos, y luego un paquete de papitas criollas fritas con sal y salsa rosada –salsa hecha con kétchup y mayonesa-.  Con eso, más las luces, más la música en vivo, más el arte callejero que se respira en este paseo, ya era un niño feliz.




Se vino entonces la tercera parte del paseo urbano de navidad. Como no encontramos una conexión segura para hacer la caminata desde el centro hasta los alumbrados del río, tomamos el Metro para llegar hasta la estación Industriales. Desde que nos bajamos del vagón, nos vimos obligados a emplear la “técnica de recorrido para tumultos”: zambullirse en el flujo de personas y dejarse llevar. 
Aquí la cosa cambió mucho pues en mi caso dejó de ser tan divertido, porque hay que cuidarse más de lo que se disfruta, o por lo menos a mí se me dispara la alarma contra cosquilleros y comienzo a dudar de todo el mundo. Y eso no es gratuito, fíjense que en años pasados hicimos más o menos la misma actividad, así que a modo de preparación guardamos la plata en lugares diferentes, una parte Marce y otra parte yo, y aun así, en bolsillos distintos, es decir que yo me puse un poco en el bolsillo derecho, otro en el izquierdo y un billetico me lo metí entre las medias…  la Generala guardó un poco en un bolsillo y otro entre el escote; al terminar el recorrido, para llegar a la casa necesitábamos esa plata que estaba bien guardada entre las joyas de la familia, y entonces nos dimos cuenta de que la que supuestamente estaba segura entre las de ella, ya no estaba. 
Le pregunté si no se había dado cuenta de que le habían metido la mano por allá y me dijo para mi sorpresa que sí, ante mi asombro por la respuesta, ella muy campante me dijo que había sentido que le metieron la mano por allá, pero que no creía que lo estuvieran haciendo con malas intenciones. Mal chiste.

En fin, la actividad en cualquier caso vale la pena, entre tanta gente  ̶ Vi a una niña de tres ojos, lo juro ̶  , bulla, empujones, pisotones, olores corporales ajenos, mezclados con los olores del río, hay lucecitas, adornos interesantes, expresiones artísticas inspiradoras y por supuesto comida, de todo tipo, para todos los gustos y calidades y por supuesto no nos podíamos ir sin mecatear más. El primer paso fue tomarnos una cervecita cada uno, pero una no más y sobretodo “cita”, pequeñita, la idea era refrescarse y preparar el buche para una buena comida.

Caminamos a lo largo del paseo del río, pendientes de los alumbrados a la siniestra y la fila de estaciones de comida a la diestra para antojarnos y no dejar pasar la oportunidad de comernos alguna cosita, la más buena, la mejor. De la enorme cantidad de opciones, nos decidimos por una que han de juzgar los que saben, pero nos pareció la más acertada; aquella que preciso era atendida por las sabias manos de dos mujeres afrodescendientes, en mi opinión garantía de sabrosura asegurada. La vitrina curnoscópica me atrajo casi hipnóticamente, ¿Qué puedo hacer? Probablemente a muchos de ustedes les parezca grotesco y hasta poco invitador, pero para mí además de ser comida, me deja entrever toda una cultura, una historia detrás que tiene que ser contada, que el mundo tiene que conocer. Ahí, entre chorizos, morcillas, yucas, ñames, papas, chicharrones, salchichas con huevitos de codorniz, carne de pollo, de res y de cerdo en palito, maíz, arepas, tomates, lechugas y cualquier otra exquisitez que se me pase por alto, están mezcladas la conquista, la esclavitud, la emancipación, la mezcla intercultural entre blancos, indígenas y negros, zambos y mulatos, ahí están Europa, América y África, lo antiguo y lo moderno “encrisolado”, unido, asado, frito, tibio, listo para que me lo comiera, no sin gusto y con avidez. Así fue, así se hizo.

Me quedé con ganas de la revancha, me hubiera gustado comerme una de esas picadas que prometen enfermarte si bien, no por la proteinosis por comer tanta carne, si por la condimentación, o por la cantidad de grasa, de bendita y amada grasa con la que se cocinaron, o también porque se ha hecho al lado del río Medellín, cloaca de muchas industrias y una que otra población aledaña, o porque no nos hágamos tarugos, ya mucha de esa comida lleva horas de haber sido preparada, me atrevería a decir que incluso días, y me van a disculpar, en mi país, y en especial en mi cultura, tenemos un dicho que reza: “aquí nada se pierde”. Para seguir, esas personas están más de diez horas en ese lugar, casi que a la intemperie, sin baños adecuados, sin agua potable corriente, en fin, esas mil cosas y razones en las cuales no se debe pensar, si se quiere disfrutar y pasar bueno. Aquí como decía mi abuela, cuando los ojos no ven, el corazón no tiene porqué sentir.

Salí a ver alumbrados, los más monumentales de Latinoamérica según dos publicaciones extranjeras muy importantes. Me la gocé como un niño chiquito, me dejé sorprender y llevar a un mundo paralelo y mágico donde hay paz, tranquilidad, tolerancia, amor, esperanza, en fin, todas esas cosas que de por sí no se conocen mucho ni muy bien en la ciudad de este lado de la realidad. Comí cuanta chuchería se me atravesó y no toda de la que me antojé. Hice turismo urbano, me liberé de tensiones, caminé tomado de la mano de mi gran amor, y me traje todas estas cosas para contarles a ustedes. Y sí, Salí a comer en la calle, y sí, me enfermé, o mejor dicho nos enfermamos, porque la peor parte se la llevó la Generala a quien el virus gastrointestinal la pateó más fuerte que a mí, incapacitada tres días, los cuales aprovechó para descansar y finalmente terminó feliz, si le preguntan, no se arrepiente ni un poquito y ya está lista para la próxima, porque a la final, comer arepa de queso con amebiasis y lecherita, hace parte del paseo. 

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