Nuestro lema

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jueves, 9 de octubre de 2014

PERDÍ MI VIRGINIDAD. SALÍ A HACERME UN TATUAJE

Somos seres civilizados, —aunque siento que esta afirmación debería convertirla en una pregunta— gracias a que en algún momento de nuestra evolución como especie, a nuestros antepasados se les ocurrió hacer de lo profano, de lo común, algo sagrado a través de los rituales.

Bien, algunos de aquellos que conservamos aún son ejecutados por la mayoría de nosotros con aire solemne y respetuoso como ir a misa, celebrar fechas especiales o salir a darle la vuelta a la manzana el 31 de diciembre a las doce de la noche; otros simplemente desaparecieron desplazados por la tecnología como escuchar historias contadas por el abuelo antes de ir a dormir, o porque su connotación se torna bárbara y contraproducente con ese concepto mismo de “civilización” que nos cobija, como por ejemplo sacrificar animales para leer el futuro en sus entrañas, o celebrar matrimonios entre niños de la familia para conservar un linaje. Unos sin embargo se convirtieron en actividades privilegiadas a las que sólo algunos pueden acceder de manera secreta, como los ejercidos por sectas religiosas o logías fraternales, o que simplemente son practicadas por personas que sin pertenecer a un grupo específico, si se pueden clasificar como pertenecientes a un sector social determinado.

Todo esto lo he traído a modo de introducción simplemente porque hay algunas prácticas que vienen de algo tan sagrado, tan profundo en el pasado y que sin embargo hoy en día se han vuelto tan comunes, tan profanas, tan faltas de significado, que han perdido todo valor ante la mayoría de nosotros y han llegado a ser hasta satanizadas y estigmatizadas. Una de esas prácticas que se amolda perfectamente a esto de lo que les hablo es el tatuaje. Muchos estigmas le rodean, malos y buenos, ciertos y falsos.

Es un arte para algunos, es cosa de bandidos dicen otros. Lo que sí es cierto y no se puede negar es que es una forma de expresión, es un grito que llama la atención, es un llamado a ser o sentirse diferente. Este tema nos parece muy interesante y que puede llamar la atención tanto a los que los aman como a los que los odian o no lo entienden.

Yo quiero confesar que hace poco en una salida con amigos a reforzar el montañero que llevamos dentro, de la que ya les contaré, juré y rejuré que me iba a morir virgen… —como estamos hablando de tatuajes sinceramente espero que la sonrisa incrédula del rostro de mi lector ya se haya borrado— Les dije que pensaba llegar invicto de tatuajes a la hora suprema, con la piel tan limpia como la de un bebé. Todos en la mesa me apoyaron en la moción, menos mi esposa que ya tiene dos tatuajes, y que además me conoce en pelotas, lo digo por lo de la piel de bebé, eso es pura retórica, y creo que tampoco tenía que explicarlo mucho. En fin, con esto estoy tratando de explicarles que la decisión que tomé fue algo intempestiva, o al menos eso pareció.

Fotografía tomada de
www.arts-wallpapers.com
Sin embargo ahora que miro todo en retrospectiva, me he dado cuenta de que la idea de hacerme un tatuaje no fue ni tan inesperada ni tan loca. Desde épocas adolescentes, rebeldes, en las que practicaba un arte marcial llamado jeet kune do, movimiento fundado por Bruce Lee, ya se me había plantado la idea en la cabeza.
 Mi ídolo, el dragón, nació en el año chino del dragón de fuego y toda su vida giró en torno a esta circunstancia mística de haber nacido en un año tan especial. Me puse a averiguar y descubrí que yo también había nacido en un año muy especial en el mismo calendario, así que alguna vez me dije a mí mismo: mí mismo, algún día nos tatuaremos una serpiente de fuego…

Una mañana cualquiera, varios añitos después, simplemente desperté con la idea impregnada en la cabeza y con unos deseos locos de impregnármela en alguna parte del cuerpo. Ahora bien, muchas cosas hicieron que todo llegara a este punto y un acelerador del tema fue que mi esposa hubiese decidido hacerse sus tatuajes. Envidia, de la buena tal vez, pero en realidad me gustó que la reacción de muchos a los que les mostraba sus tatuajes la consideraran una “loca arrojada”.

Expresé mi decisión y la primera reacción de mi esposa fue de incredulidad… aquí viene otra confesión, aquí entre nos, eso me dio una “rabiecita” invitadora a salirme con la mía con más ahínco, porque doña Marcela no me creía capaz de un acto tan audaz. Aun así, al ver mi determinación se terminó convirtiendo en mi mecenas y convirtió mi deseo en realidad, dándome el tatuaje como regalo de cumpleaños. Así que sí, mi esposa, la generala, Marcela Carrasquilla ha sido de nuevo, la persona que ha logrado hacer en mí, los cambios más representativos, importantes e imborrables de mi vida.

El lugar elegido para hacerme el tatuaje fue Tattoo Alex, el estudio de tatuajes de la calle 10 en El Poblado. Allí se hizo ella los suyos y dio con ese lugar porque Alex Oquendo, el dueño y artista tatuador es hermano de una de sus amigas. Ese nombre, estoy seguro, le es muy familiar a muchos, porque Alex, es nada más y nada menos que el vocalista de la banda de Death Metal MASACRE, la más representativa de Medellín y es incluso reconocida en el mundo como una de las mejores de todo Latinoamerica. Así pues que la emoción fue doble, porque además de que Oquendo es reconocido como uno de los mejores tatuadores de Medellín, es una estrella de la música  colombiana.

El estudio es en pocas palabras, ¡una nota! Es inspirador, tiene una “buena energía” como Alex mismo lo asegura y está tan bien decorado y equipado para lo que fue concebido, que inspira inmediatamente la confianza suficiente y necesaria para saber que se está tratando con todos unos profesionales. Imágenes de tatuajes y de tatuadores reconocidos como la bella Kat Von Dee cuelgan por todo el lugar a modo de demostración del arte. 
Espadas, estatuas, muñecos y arte de un gusto especial e inspirador le dan también un motivo al que lo vista para amañarse recorriendo el lugar a modo de galería. Porque hay que aclararlo también, uno de los tatuadores, Jairo, es artista plástico y expone varias de sus obras que están disponibles para la compra.

La silla para tatuajes es muy cómoda, y para eso está diseñada, sólo imagínense, hay sesiones de tatuaje que se demoran veinte horas o hasta más, entiendan por supuesto que no es de un solo tirón, pero por sesión se pueden ir cuatro o cinco horas. La máquina para tatuarte se llama dermograbador y es un pincel mecánico con un grupo de agujas (tres o cinco) que vibran a varios miles de revoluciones por minuto. Estas agujas penetran pocos milímetros en la dermis y van “raspando” la piel mientras impregnan la tinta.

¿Duele? Es lo primero que pregunta quien no se ha atrevido nunca y la respuesta es…  sí, finalmente te están perforando la piel, sin embargo todo es cuestión del umbral de dolor que tenga cada persona. En lo personal lo que sentí fue como si me estuvieran aplicando electricidad. Es como un pellizquito y no es insoportable, es más, uno quiere que se acabe, pero no porque duela, si no por las ansias de ver el dibujo terminado.

Alex es un gran artista, es muy profesional, cumple con todas las normas de asepsia que se deben tomar. Agujas nuevas destapadas en frente tuyo, temperatura fría de ambiente para evitar la propagación de bacterias, tintas adecuadas y en perfecto estado, en fin, afirmo y confirmo lo que había dicho antes, es un profesional en lo que hace. Otra particularidad es que es un teso reteso en el arte porque diseña sobre la piel, es decir, mi diseño yo se lo llevé y lo quería exacto como lo escogí, así que antes de proceder, me lo calcó en el hombro y luego aplico el dermograbador, pero lo he visto trabajar en el tatuaje de un amigo suyo que es de todo el brazo, desde el hombro hasta la muñeca, y cada trazo es diseño propio, sin calcar, si trazar antes, lo hace como el que hace lo que sabe; me le quito el sombrero. Esto se debe a que Alex es diseñador gráfico, además diseña él mismo las carátulas de los CDs de su banda y además es tatuador. Sinceramente no se me ocurre alguien más idóneo para haberle entregado mi piel para intervenirla.

Hacerse un tatuaje es una decisión que se toma a conciencia, ya lo he dicho, es una decisión muy personal que se debe tomar con firmeza y entereza, con total disposición de enfrentar las reacciones que esta acción puedan acarrear en tu vida, en tu futuro. Que si se decide ha de ser consciente de que es un procedimiento invasivo que requiere de unas normas muy estrictas en cuanto a higiene, asepsia, responsabilidad, pues finalmente se va a modificar para siempre una parte de tu cuerpo. 
Aquellos a quienes no les gusta, no les llama la atención, no les interesa el tatuaje ni siquiera como una expresión de arte, los invito a verlo como se debe ver todo en la vida, con respeto y tolerancia, al fin y al cabo, el cuerpo es lo único que realmente nos pertenece, es con lo único con lo que venimos al mundo y con lo único que nos vamos que se puede asegurar que es nuestro y nadie nos puede quitar. Cada quien es libre de tomar sus decisiones y cada quien ha de saber respetar al otro, esa es la clave de la buena vida, esa y la de salir, a comer a viajar, incluso a vivir la experiencia de hacerse un tatuaje. Por eso yo te lo puedo decir, yo ya Salí y me hice un tatuaje y me encantó, ahora te toca a vos, si te gusta, si lo has pensado, Salí y te haces el que tanto has querido.

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