Nuestro lema

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martes, 29 de julio de 2014

SALÍ A CUMPLIR UN SUEÑO, EN UN LUGAR DE ENSUEÑO. SALÍ AL HOTEL ALMIRANTE

Hace poco tuve la fortuna de encontrarme con un buen amigo que estudió conmigo en la universidad. Por esas cosas de la vida, Julio Casadiego gracias a la publicidad terminó encontrando su camino en el turismo y ahora su vida gira en torno a su empresa Colombia Travel Operator. Palabras más palabras menos, desatrasando cuaderno, me contó que era seguidor de Salí y yo que estaba pensando en realizar un sueño que tenía desde pequeño, conocer a la ciudad amurallada. Lo que siguió fue la acomodación de los factores para que la ecuación diera como resultado un viaje perfectamente planeado, operado por expertos y disfrutado por este pechito y la media naranja de principio a fin.

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http://colombiatraveloperator.com/
Julio, cual director de una sinfónica, orquestó paso por paso los tres días y las dos noches que duró la pieza magistral de mis vacaciones, a un precio que más que justo, me pareció increíble.
Todo se planeó días antes para hacerse un domingo; así que los tiquetes se compraron para Salir del aeropuerto de Rionegro en la mañana, pasar la tarde conociendo la ciudad, disfrutar todo el lunes desde temprano hasta lo más tarde posible y el martes en la mañana aprovechar hasta enloquecernos de las instalaciones del hotel, para partir hacia el aeropuerto Rafael Nuñez al medio día. No sé si me crean pero la ansiedad por hacer el viaje no me dejó dormir mucho. Las pocas horas de sueño que concilié estuve en Cartagena, tocando las paredes del Castillo de San Felipe, caminando por la ciudad amurallada, podría decirse que antes de ir sólo en sueños ya había estado allá, no veía la hora.

En el aeropuerto José María Córdova estaba como un niño chiquito, le sonreía a cuanta persona veía y con la que tenía contacto visual, y hasta me atreví a sugerir que desayunáramos en un lugar en el que con cabeza fría jamás me atrevería a hacerlo. Entramos al puente de salidas nacionales, al registrarnos nos dieron media hora de espera y entonces sentimos la primera señal de que estábamos despiertos en medio del cumplimiento del sueño, un “gorogoro” en el estómago. Miramos alrededor y por un impulso del que no estoy muy seguro de dónde salió le sugerí a mi esposa comer en Burguer King. 
Se preguntarán el porqué de mi escéptica precisión, pues bien, esa herencia de montañero paisa que me compone me dice a gritos que a la hora de desayunar, los gringos no tienen el toque. Lo siento por quienes difieren conmigo, pero hasta ahora en lo único que comparto su gastronomía mañanera, es en los huevos con tocino, siempre y cuando los huevos no sean en polvo.
 En fin, estaba tan contento que no tuve tiempo de que me afectara mucho el pobre concepto de desayuno que ingerimos esa mañana: Un café con leche acompañado por un sánduche de jamón y queso, hecho con pan de hamburguesa armado de manera “súper ingeniosa”: al revés, es decir, con el ajonjolí para adentro. Sin embargo había un detalle que calificaré de “pertumbador”, perdón, perturbador, y es que el mío lo pedí más suculento; se llamaba desayuno napolitano, que por supuesto era un tanto más costoso y que se diferenciaba del de mi esposa, porque traía una rodaja de tomate de unos cinco milímetros de grosor. Quiero que me entiendan, serán los reyes de las hamburguesas, hay algunas deliciosas por supuesto, pero el desayuno, ahora que lo veo en retrospectiva, me produce tristeza.

Pero como ya había dicho, la alegría de viajar a un lugar con el que soñaba desde pequeño no me dejó reflexionar sobre el desayuno hasta ahora que lo revivo para contarles. Ya en el avión, sentado en mi ventana para no perderme ni una sola sensación la vida se veía más sabrosa y las personas cómo hormigas… bueno, eso le dije a Marcelita quien con mirada compasiva, tuvo la decencia de corregirme porque en realidad eran hormigas, todavía no habíamos despegado. 
El vuelo fue tranquilo y perfecto, la geografía de mí país es sorprendente y se encargó de hacer que me apropiara más de mí país con cada kilómetro recorrido, hasta que apareció el mar, ahí el corazón da un vuelco y las ansias no dan tregua. Cuando salí del ambiente fresco y reciclado del avión y el vaho tibio y abrazador de Cartagena me golpeó en la cara, no pude evitar recordar al maestro Gabriel García Márquez, que decía que siempre que volvía a Colombia, era este y no otro el gesto natural que lo hacía recordar, que aunque vivía en otro país, y sin importar la cantidad de tiempo que hubiera estado ausente, amaba a Colombia y que lo hacía sentir bienvenido a su patria.
Así me recibió Cartagena y me dio la bienvenida, bueno, aunque la bienvenida fue un regaño de una funcionaria del aeropuerto que casi me come de un berrido porque me vio grabando mis primeras impresiones al final de las escaleras de desabordaje, pero no importa, ya estaba en donde quería y lo que se venía era disfrutármela hasta el cansancio.

Del aeropuerto Rafael Núñez al Hotel Almirante hay unos quince minutos de recorrido. El camino es casi recto hasta la península de Bocagrande, un sector muy exclusivo de Cartagena en el que se ven edificaciones modernas y atrevidas, y no hablo solo de los hoteles que salpican el entorno, sino también a una que otra mansión muy al estilo de otras ciudades costeras del mundo como Miami. El Hotel está en la avenida principal San Martín, impactante por muchos aspectos, el más trascendente es que claramente es el eje económico del sector. Es por mucho un boulevard que atiende toda clase de gustos y presupuestos en gastronomía, entretenimiento y alojamiento. Este pechito y su media naranja tuvimos la fortuna de alojarnos en nada más y nada menos que en un hotel cinco estrellas, reconocido ahora no sólo por mí, sino por miles de personas incluyendo una que otro personaje de talla mundial, como uno de los mejores de toda Cartagena.

La fachada imponente al llegar me dejó perplejo y sentí que el batir al viento de unas diez, tal vez más, banderas de Colombia fue la primera bienvenida al Hotel. Están en un antejardín con palmeras y arbustos florales, lo que le da un toque natural y refrescante a la imponente edificación que por decirlo sin miedo a equivocarme, resalta sobre las otras hasta convertirse en un referente arquitectónico de Bocagrande. Con poner el primer pie dentro del hall de entrada sabíamos que habíamos llegado a una especie de paraíso, uno de esos lugares que sin ser tu casa, te hace sentir en tu hogar. Desde esa primera, y cada una de las veces que atravesé esa puerta de entrada, se me grabó en una parte muy especial de la memoria, el aroma; a lo que huele el Hotel Almirante será uno de esos recuerdos que se anhelan hasta el último día de la vida. Es algo que le ponen al aire acondicionado —Esta es una inferencia y no lo he comprobado—. La fragancia no se las puedo describir aunque lo tengo presente en este momento al recordarlo; es cítrico, es suave, es dulce, es fresco, es ¡delicioso!

El hall de recepción está diseñado para impresionar. La roca que eligieron para el piso brilla como un espejo y a mitad de camino hay una mesa también en piedra con un arreglo floral precioso. La recepción está en el costado izquierdo al final del espacio, esto te hace caminar varios metros en los que como lo dije, tienes el tiempo suficiente para impresionarte con la exquisitez del decorado, de los muebles y de la distribución de los espacios. 
Además de la recepción verás dos salas de estar muy cómodas que te ofrecen un espacio para descansar, pero también hay un corredor que te lleva a un bonito casino, un salón de belleza del que doy fe, es muy bueno. —Para los que se han dado la libertad de imaginarme preparándome los crespos en ella, les aclaro que doy fe porque en mi estadía tuve la fortuna de ver uno de sus trabajos en el máximo esplendor, pues estaban trabajando en la imagen de una de las candidatas al reinado de Cartagena, un mujeronón al final de cuentas que salió como una princesa del salón de belleza (ver foto)—. 
Esta es la belleza cartagenera en todo
su esplendor
En el corredor también encuentras una tienda de artesanías llena de curiosidades perfectas para llevarse un recuerdo y uno que otro regalo para los que se quedaron en casa, y justo al frente del almacén hay una agencia de viajes, como para salir de vacaciones en medio de las vacaciones, ¡perfecto¡

Pero como el Hotel Almirante está hecho para sorprender, a falta de uno hay dos Halls. Al segundo se llega con subir unas cortas escalas o por un ascensor muy apropiado para personas con movilidad reducida. Aquí encuentras el acceso a una sala de estar en la que te puedes sentar a ver 
televisión, acceso a los salones de eventos, de cuya alta calidad y confort puede dar fe mi esposa ahí sí con todas las de la ley, porque ella ha asistido en algunas ocasiones al Congreso de Abogados Conciliadores que se realiza regularmente en el Almirante —¿Entendieron lo de “la ley y Abogados”?—. En fin, en este segundo hall también está el acceso a los restaurantes Corales y Alcatraz, famosos en la ciudad por la comida y que vaya que se merecen la fama y también se encuentra el bar, lugar en el que nos dieron la bienvenida oficial con una deliciosísima limonada de coco.

La habitación que en suerte nos dieron, no voy a olvidar el número nunca porque es como para jugarlo en chance: nueve veintitrés, es de tipo ejecutivo. Bien, en un hotel cinco estrellas como el Almirante “ejecutivo” suena a combate, esta es una apreciación personal por supuesto, y si así es, las suites deben ser una completa fantasía. Desde la 923 se puede ver el mar, pues queda en la torre nororiental y la ventana da hacia la fachada norte; así que al levantarte y correr los black outs, los buenos días te los dan el sol saliendo de detrás de las murallas de la ciudad vieja, y el vaivén de las olas lamiendo la playa de Bocagrande. Sin miramientos y sin miedo a que descubran mi puntaje en el carné del SISBEN, les voy a decir que la cama es varias veces más confortable que la que tengo en casa, sin contar con que es de casi el doble del tamaño. Las cuatro almohadas son hipoalergénicas e hipercómodas. Usamos las sábanas, sobre sábanas y cobija porque siempre estuvo funcionando el aire acondicionado, que mantenía la temperatura a unos referescantes dieciocho grados centígrados. El baño tiene tina y disposición de agua fría y caliente. Se preguntarán ¿agua caliente en Cartagena?, pues sí, y es una maravilla, porque ustedes no se imaginan lo que es darse un buen baño de tina en agua caliente a media noche antes de dormir, luego de una caminata de cuatro horas a la luz de los faroles en la ciudad vieja. 
Un televisor de treinta y dos pulgadas está ahí para amenizar los ratitos de ocio que a bien te quieras dar, sin embargo en una estadía tan corta y en un lugar tan interesante, es un desperdicio ver televisión. No obstante, para quienes no pueden conciliar el sueño sin la tele encendida, ahí están más de cien canales a su disposición. El escritorio, una mesa de noche, un nochero, un espejo de cuerpo entero, dos lámparas de mesa, una de pie, un cómodo sillón, el minibar y un bonito cuadro sobre el lecho completan el decorado de la habitación. Hay un detalle arquitectónico que vale la pena resaltar, el piso de todas las habitaciones es un piso con apariencia de barro rojizo, lo que le da un toque nostálgico y que enlaza lo moderno con lo viejo; este detalle liga completamente al hotel con la Cartagena antigua al usar el tipo de piso que tienen las casas de la ciudad vieja, eso nos encantó.

Las áreas comunes y que siempre vas a querer utilizar no dejan de ser perfectas para lo que están diseñadas. Una de ellas es la piscina. Aunque no soy un amante de los cursos para marisco que tanto adoran hacer algunos, en especial las niñas, no puedo dejar de aceptar que tumbarse en una buena silla de sol y tomarse un coctel es un placer, pero si a eso le añades que puedas sentir la brisa y ver el mar desde tu posición… pues bueno. 
Pero verán, gracias a mi experiencia en el hotel, sinceramente me considero un amante de sumergirme en el agua al finalizar la tarde. Porque tomé por costumbre —Esto suena gracioso porque sólo estuve dos días—, el llegar de los toures por la ciudad en las tardes, subir a cambiarme, y darme un baño en la piscina hasta la hora de la comida. Afirmo pues que si lo haces en la mañana ir a la piscina es un placer, pero en las primeras horas de la noche es casi orgásmico.

Para los que no pueden vivir sin ejercitarse, el hotel tiene un gimnasio a disposición de sus huéspedes y si terminas agotado de una buena sesión de actividad física, puedes pasar al SPA para que te hagan un buen masaje relajante y te dejen como nuevo. Definitivamente ese sabio y conocido filósofo cartagenero tenía toda la razón “es mejor vivir bueno que maluco”, ¿Era así? Si no, acháquenme esa frase a mí entonces.
 
La playa está a pocos pasos del hotel si quieren ir a bañarse al mar, sin embargo a mí ese es el plan que menos me llama la atención de Cartagena. Me fascina el mar, me encanta la idea de jugar con las olas y caminar descalzo en la playa, pero el mar de esta ciudad no está posicionado en mi mente de manera favorable porque es oscuro, violento y tiene la costumbre de cobrarse varias vidas por temporada. 
Así que nos dimos un paseo por la playa por supuesto, sentí por un rato la arena con los pies desnudos, nos mojamos con las olas, jugamos con un pescado muerto a picarlo con un palo e incluso me atacaron dos tiburones; se llamaban Pepe y Pedro, uno me pegó un mordisco en el bolsillo derecho y el otro uno casi igual de grande en el bolsillo izquierdo y aunque querían terminar de engullirse mi billetera completa, se me salió el turco que tengo en las venas y los alejé de nosotros. Quedé entonces con par mordiscos y el aliento con sabor a ostras y muelitas de cangrejo, las más caras que me he comido en mi vida, pero valió la pena la experiencia.

En este viaje dormir no era una prioridad, aunque como les conté, por la calidad de la habitación, las horas de sueño fueron más que reparadoras. Así que nos acostamos siempre casi a media noche y nos levantamos temprano, a más tardar siete de la mañana, para aprovechar al máximo el tiempo. Una de las cosas que más aprecio de esta experiencia en el Hotel Almirante, es que ellos comprenden muy, pero muy bien aquel concepto de que el desayuno es la comida más importante del día, así que las dos mañanas que fuimos al restaurante Corales a cumplir con el sagrado deber de desayunar, nos dimos gusto hasta un poquito más allá de la satisfacción total. Al entrar en el restaurante eres bienvenido por dos mujeres hermosas que te indican el procedimiento. Simplemente se va a la mesa del bufet en el que vas a encontrar opciones para todos los gustos, te sirves, elijes una mesa y a comer.  

En una mesa hermosamente dispuesta encuentras desde un caldo de costilla caliente, pasando por arepas de huevo, carimañolas de carne o de queso, nugetts de pollo, arepitas redondas, patacones con suero, hasta un estante con canastas llenas de panes de todos los olores, colores, texturas y sabores que se te ofrezcan y como si fuera poco, para aquellos que son un tanto más sanos a la hora de comer, hay una isla con frutas trozadas, jugos naturales, yogures de varios sabores, cereales, quesos, jamón de cerdo, de pollo y de pavo… en pocas palabras, todo un banquete digno de un rey. ¡Ah! y cuando te sientas a la mesa, un empleado se te acerca para preguntarte si quieres una bebida caliente con tu desayuno y te ofrece chocolate o café. Al que quieran más, que le piquen caña.

En pos de la investigación que me atañe, esa que me permite contarles a ustedes qué sabores hay en un buen desayuno sin importar de qué región del país sea, yo decidí sacrificarme por ustedes y pasar la vergüenza de llevar hasta mi mesa el plato con forma de montañita, eso sí, por favor entiendan que fue por ustedes y nada más que por ustedes que me atreví a lesionar así mi buen nombre. 
Finalmente luego de un estudio minucioso y juicioso, los resultados se pueden resumir en una sencilla frase: “Barriga llena y corazón contento”. Todo es de primera calidad y sabe delicioso. Resaltaré aquellas delicias propias de la región caribe, la arepa e’huevo exquisita, las carimañolas mortales pal pecho y los patacones con suero, como para morirse de la dicha. Concluye aquí mi investigación con una sonrisa de oreja a oreja.

La mejor limonada de coco del mundo
Hasta ahora les he contado acerca de las instalaciones del Hotel que son en definitiva impactantes. Pero quiero hablarles de algo que tuve la posibilidad de conocer e incluso de profundizar porque es en lo que más me fijo a la hora de viajar a un lugar. Yo sé que uno de los ítems que más importa a la hora de calificar con estrellas un hotel son la ubicación, las instalaciones, la piscina, la comida que ofrece, los espacios comunes, la comodidad de las habitaciones y por supuesto la calidad del servicio, y ahí es, creo yo, en donde radica el mayor porcentaje a la hora de la calificación personal. El servicio es una cultura que se impone en un establecimiento, se entrena y se le hace énfasis en cada una de las instancias para que se refleje de una manera más o menos común. Sin embargo hay algunas cosas que no se pueden enseñar a los empleados, cosas que tienen que venir desde muy profundo del ser y que se incentivan con la convivencia en un ambiente en el que se respira lo mismo de los otros seres que trabajan en conjunto. No sé si me entiendan, porque la capacitación constante ayuda a crear un clima apropiado, pero la necesidad de servir y de hacerlo bien, es innata en el individuo. Pues bien, como yo soy un “Juanito preguntón” hallé la forma de que me dieran acceso a lugares que un huésped común no tiene acceso; las oficinas de administración, los corredores de servicio, la lavandería, la cocina, el restaurante y la zona de descanso de los empleados, pero aun así, logré llegar más adentro, alcancé a entrar al corazón de varios de los empleados del hotel.

Así conocí a Ginnela Medina, la Directora Comercial del hotel. Una Guajira hermosa digna representante de su cultura, cuya historia de vida es fascinante y está llena de giros insospechados. Con ese acento delicioso me abrió su corazón y en una conversación me contó historias que me hicieron darme cuenta de que para poder comandar el área comercial del mejor hotel de Cartagena hay que estar más preparado que un kumis, pero sobre todo, ser una bonita persona.
Luego caminé por las entrañas del hotel y llegué hasta la lavandería y me encontré con una belleza de mujer llamada Betty Marrujo, encargada de la lavandería, lencería del hotel y uniformes de los empleados. La historia de Betty me impactó porque lleva catorce años como empleada del Almirante. Adora a los niños y por eso decidió estudiar, apoyada por el hotel, licenciatura en lengua materna y su sueño es tener su propia escuela para los niños de su comunidad. 
Luego conocí a Leidy que estudió Hotelería y Turismo y hoy en día es una de las recepcionistas del hotel, tiene la dentadura más bonita de todas y por eso es la campeona de las sonrisas sinceras y amables. Es una mamá consagrada y adora a su empresa porque dice que es su segundo hogar.
Durante nuestra estadía tuvimos un angelito cuidándonos, se llama Maria Patricia Pitre, ella es la dependiente encargada de atención al cliente. Es pasante, es decir, está terminando su carrera y está haciendo su práctica en el Almirante. Para justificar el adjetivo con el que la califiqué, voy a decirles que nunca me había sentido tan bien atendido, siempre pendiente de nosotros, preocupada por nuestro bienestar durante la estadía.
No puedo dejar por fuera de este recuento de mi entrada al corazón del hotel sin mencionar a Enebys. Él fue el encargado de recibirnos, es el representante de la administración los fines de semana y fue quien luego de hacer nuestro chek in al hotel, nos dio la bienvenida invitándonos a una deliciosa, la más rica que me he tomado en la vida, limonada de coco coronada con una cereza madura. Otro recuerdo asociativo para toda la vida.
Conocí también al jefe de seguridad, jefe de ama de llaves y jefe de actividades y recreación del hotel. Carlos Paz. Un exmilitar que luego de servir al país, decidió dedicarse a la seguridad privada. Nos sentamos a hablar y el tiempo voló entre chiste, historia personal y chanza, porque es un ser humano excepcional. Carlos ama a los animales y los animales lo aman a él. Nos contó historias de su trabajo como jefe de seguridad en Panaca y de cómo su mejor amigo en esa temporada de su vida fue un Toro de más de mil kilogramos que lo seguía a todas partes por el parque. En el Almirante tiene a dos Golden Retriever a su cargo que simplemente lo consideran su papá.

En este punto voy a aprovechar para contarles de nuestro encuentro con los mejores empleados del hotel, Rex y Vulcano. Estos chicos son los consentidos tanto por los empleados como por los huéspedes. En definitiva son el mejor comité de bienvenida, porque todo el que conoce bien a los perros, saben que son los dueños de la casa y este par de peludos consideran al hotel SU casa. Si hay algo importante que quiero destacar es que la bondad de las personas se puede medir en gran medida por su grado de respeto y cariño por los animales y si a eso vamos, en el hotel Almirante son “amigos de los perros”. Verán, hablando con Carlos Paz, nos contó que son los pioneros en Cartagena, en hacer publicidad directa para perros y gatos. Sí, así como lo oyen, el Hotel Almirante Cartagena invita a las mascotas a quedarse en sus instalaciones. Hay algunas restricciones de razas y tamaños por supuesto, pero son conscientes de que los peluditos son miembros de la familia y de que muchas personas se abstienen de viajar por no saber qué hacer con sus mascotas. Pues bueno, aquí hay un hotel de cinco estrellas dispuesto a recibir a la familia completa. Esto para mí, definitivamente, la saca del estadio, para ponerla en términos apropiados para la región, con ese detalle se anotan un “homerun con bases llenas”.
Mi viaje a Cartagena está lleno de aventuras que aún no les relato, eso será para otras entradas, pero es que no podía dejar de dedicar una entrada completa sólo al Hotel Almirante, porque en realidad hicieron de esta experiencia la más inolvidable, confortable, enriquecedora, amable, enamoradora de todas las que he vivido. Les hablé de sus instalaciones que son y como negarlo, cinco estrellas, pero eso sólo son cosas, que a pesar de ser bellas, son sólo cosas, lo que hace que todo eso se convierta en un hogar fuera del hogar, son las personas maravillosas que las hacen lucir aún más bellas. Salí al Hotel Almirante Cartagena y regresé enamorado hasta los tuétanos de la ciudad, de su gente, por su amabilidad, atención y calidez. Colombia Travel Operator hizo que esta experiencia fuera lo que fue, un sueño hecho realidad, ya les relataré que otras aventuras me organizó Julio para que quisiera volver y antojarlos de replicar este viaje. 
Yo ya lo viví y quiero volver a hacerlo cuantas veces sea posible, por eso te puedo decir a vos Salí al Hotel Almirante Cartagena, no hay mejor opción para pasar unas buenas vacaciones en la ciudad más bonita de Colombia. Lo mejor, se merece lo mejor y ahí es donde entra el hotel en tu vida, cinco estrellas para la memoria, cinco estrellas para le experiencia, cinco estrellas que me hicieron sentir que fui a cumplir un sueño, conocer a Cartagena, en un lugar de ensueño, el Hotel Almirante Cartagena.

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