Nuestro lema

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domingo, 16 de febrero de 2014

CAMARÓN QUE SE DUERME, SE LO COMEN EN CORRIENTES. SALÍ A CORRIENTES

Hay momentos en la vida en los que uno tiene que ser humilde y perdonar, acoger al que te hizo cualquier mal y demostrar que se es más grande que el daño causado. Por eso cuando supimos que Germán Pablos, el sacerdote que nos casó, vino a la ciudad luego de una larga temporada de vivir en Valledupar, mi esposa y yo pensamos que era la mejor oportunidad de hacer lo que dice la biblia como buenos cristianos, y entonces lo invitamos a almorzar.

Bueno, aunque ya creo que me excomulgaron nada más por el primer párrafo de esta entrada, voy a ser valiente y a seguir escribiendo sobre esta experiencia en un restaurante del barrio Jardín de Envigado. Este sector desde hace poco tiempo, se ha venido convirtiendo en una de las mejores opciones para ahondar en el mundo de la buena mesa en el Valle del Aburrá; cuenta con múltiples opciones de todos los tipos que completan un espectro gastronómico que va desde la panadería más sofisticada hasta una cocina internacional que seguramente usted ni siquiera sabía que existía.

Para enlazar la idea del primer párrafo con la segunda, he de aclarar que Germán Pablos en realidad si nos casó, pero que contrario a lo que pareciera y debiera, todavía le hablamos con cariño y lo consideramos nuestro amigo… ¡¿extraño verdad?! Lo importante aquí es que queríamos llevarlo a un buen lugar que no conociéramos, pero del que tuviéramos unas cuantas buenas referencias, y entonces llegamos al complejo PaloGrande de Calle Jardín. La idea era darle en la vena del gusto a nuestro españolete amigo, porque ahí donde lo ven, es más o menos “fregadito” para la comida, y queríamos un lugar que nos ofreciera una opción carnívora, cosa que sabemos le gusta bastante.

Llegamos al complejo a eso de las doce y media del día de un viernes. Me parece importante anotar que como casi todos los buenos lugares en la ciudad, el espacio para parqueaderos en el barrio es muy limitado y a veces se puede convertir en un problema, pero si vas a este lugar, este es un inconveniente mínimo porque cuenta con un parqueadero privado. El restaurante es muy sobrio y de los tres que componen “La Calle Jardín”, es el que agrega por decirlo de alguna forma  la cuota de elegancia, los otros dos: Palogrande, pone la de comida típica y parrilla y Gasrtopub, la nota informal, esa que trae la comida rápida.

El servicio es de primera línea. Un muy amable y atento mesero nos acogió desde que cruzamos la puerta y no nos desamparó ni un minuto hasta que nos fuimos del lugar. Dejamos que Marcelita, por ser la niña del grupo, eligiera el lugar para sentarnos, y aunque había bastantes mesas ocupadas, el restaurante es lo suficientemente amplio para darnos la posibilidad de escoger el lugar que más nos gustara. Terminamos en una mesa que nos conquistó por estar en una esquina que nos brindaba la acogedora sensación de no tener a nadie alrededor.

Entre chiste y chanza nos trajeron el menú y el invitado nos sorprendió con el pedido, porque yo ya estaba esperando que se pidiera un filetón de un par de kilogramos de carne y nos salió con que quería una ensaladita no más, que tenía que cuidar la figura, que porque ya que estaba cogiendo forma… de marrano, pues que se comería entonces una buena porción de hierbas del lugar. Con la sorpresa que nos dio Germán no nos quedó más de otra a nosotros dos, que reivindicarnos con el omnívoro que llevamos adentro y nos pedimos sendos pedazos de carne.

A la mesa nos llegó mientras nos traían las bebidas, unas deliciosas limonadas naturales,  un plato con el aperitivo que lucía sencillamente lindo. El plato de formato rectangular contenía tres cúmulos hechos con trocitos de pera caramelizada en azúcar, con una crema dulce de moras y coronados con una pequeña morita en almíbar. El viejo truco del dulce para abrir el apetito, funcionó muy bien.

En un tiempo que tal vez por la charla nos dio la sensación de que fue perfecto, ni muy largo como para sentirnos tan hambrientos como para echarle la culpa a alguien, o tan rápido como para sospechar de la eficiencia de la cocina, nos llegó a la mesa el pedido que a simple vista nos dejó con el estómago contento.

Como ya lo había mencionado nuestro españolete querido se pidió una jugosa “Ensalada Camarones”. El plato es generoso, es decir grande y con abundante cantidad de producto. Como su mismo nombre lo dice trae camarones salteados, hongos portobello, lechuga crespa, tomates cherry, zanahorias baby y algunos otros vegetales que no logré identificar; la bañan con una vinagreta y sirven muy fresca. El comensal no dejó una sola hojita, y no se lamió el plato porque le tuvimos que decir que aunque esa es una costumbre en su León natal, aquí sería mal visto. (Ahora sí me excomulgaron fijo) Estaba pues según sus palabras, “delidciosa eh”.

Marcelita se pidió un Baby Beaf. Este plato viene en corte grueso y para permitir el asado perfecto en tronco, es atravesado con el tallo de un vegetal que no pude identificar y que mi esposa confirmó no es comestible por lo amargo…  sí, cortó un pedacito y se lo llevó a la boca, pero confieso que yo también lo habría hecho, de puro ocio. El término con el que lo pidió fue tres cuartos y estaba jugoso y muy sabroso; lo probé y me dio la sensación, luego de haber comido del mío, de que el de ella, era el mejor plato de los tres. Sin embargo el acompañamiento con el que pidió mi esposa su trozo de carne fue lo que me hizo tener esa sensación y compartirla de esta manera con ustedes: un rissoto de hongos y queso en vino que versus las papas fritas que pedí con el mío, se llevó el premio a lo mejor de lo mejor de toda la mesa, así solito, incluso sin carne.

Mi plato, muy satisfactorio también, se llama T-bone steak. Es un trozo de carne pegado de un hueso parecido a una T. Cuando me pidieron el término, dije que medio, pero creo que debí pedirlo a tres cuartos porque, tal vez por el hueso, tal vez por otra razón que desconozco, se me enfrió bastante rápido y la sensación al llegar a la carne unida al hueso, no fue tan agradable, pues estaba “así tantito cruda”, y al llevarla a la boca no fue del todo feliz. Sin embargo, tengo que decir que estaba deliciosa y que el noventa por ciento de la carne estaba genial, muy sabrosa, muy jugosa y preciosa a la vista por las cuidadas marcas de la parrilla en el exterior. El acompañamiento, que debió ser un rissoto como el de mi esposa, fueron unas papas en cascos, fritas.


Salí pues a Corrientes, un restaurante de la calle Jardín en Envigado a cumplir con un par de mis labores como buen cristiano; darle de comer al hambriento y poner la otra mejilla, porque es que no nos digamos mentiras, sacar a almorzar al hombre que me casó, es apenas para que me den un puestico a la diestra de papito Dios ¿o qué?, me fue bien, conversé delicioso, tuve una compañía inmejorable y comí delicioso, además de descubrir un buen lugar para visitar y conocer mejor. Por eso te puedo decir a vos, Salí a Corrientes en la calle Jardín, pedite un buen pedazo de carne, una ensalada deliciosa, o un pescado bien hecho, eso sí, no te durmás como el camarón, porque podés terminar en un plato de Corrientes. Salí a Corrientes.

P.D. Germán Pablos goza de un excelente buen humor y por eso me atreví a gastarle una que otra broma en esta entrada, con el ánimo de desquitarme de dos o tres. Sin embargo quiero aclarar que lo amamos como ser humano porque mejor no podría ser y que todo lo que se dijo de él, que pudiera parecer ofensivo, ha sido dedicado con mucho amor y no con el ánimo de dejarlo mal.

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