Nuestro lema

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miércoles, 15 de enero de 2014

UNA CELEBRACIÓN ¡DE RECHUPETE! SALÍ A PARMESSANO

Si hay algo que en mi opinión es fascinante de la vida, es que no importa cuántas veces seas agradablemente sorprendido, siempre habrá posibilidad de que vuelva a suceder una vez más, y otra vez y otra. En esta aventura gastronómica en la que he decidido convertir mi vida, no importa el tamaño, la procedencia o el lugar, siempre cabe la posibilidad de encontrar algo que te impacte hasta tal punto que te haga sentir que has hallado el mejor lugar o la comida más deliciosa.

Ir a comer es una experiencia completa en la que el éxito o el fracaso no dependen únicamente del sabor de la comida, de la calidad del producto o de la comodidad del lugar; es una compleja ecuación en la que incluso el estado de ánimo de los comensales, o los hechos importantes que han compuesto tu día influyen, claro, no tanto cómo el servicio del lugar y la compañía.  

La salida de la que quiero hablarles es sin miedo a equivocarme y basándome en las teorías expuestas anteriormente, hasta hoy, la más deliciosa que he tenido. ¡Qué sorpresa!

Un día cualquiera que necesitaba que no lo fuera, porque era para celebrar, caminaba indiferente con mi esposa por uno de los pasillos del centro comercial Santa Fe. Ya he referenciado varias veces algunas aventuras en las que los centros comerciales me han ofrecido unas buenas vivencias, sin embargo, Marcelita había cumplido años un día antes y no habíamos podido celebrar cómo es debido, así que para ser sincero la indiferencia de la que hablé hace un rato se debía a que honestamente, creía que terminaríamos sentados celebrando alrededor de un par de arepas con todo, pues estaba entrada la noche y no había ánimos de salir a buscar en otro lugar de la ciudad un buen restaurante.
Pero, y aquí viene lo mejor, no había que ir muy lejos para encontrar uno muy bueno, tan bueno que sigo afirmando que hasta ahora está en el top de mi ranking. Cuando pasamos en frente estábamos enfrascados en una conversación así que no presté mucha atención a la fachada, hasta que vi el cartel de la entrada en el que con unas fotos muy bellas y sugestivas que ahora sé no le hacen justicia a la comida que allí se sirve. 
Entonces miré el nombre y con eso bastó para interesarme hasta un punto irresistible: Parmessano. Imagino que lo primero que se viene a la mente de la mayoría de las personas al oír este nombre, es ese queso de sabor y olor fuerte rallado que se consigue en bolsitas en el mercado y que se usa generalmente para gratinar; pero eso tan sólo es una mínima y triste ración de lo que ese apelativo significa.

El parmesano es por muchos considerado el rey de los quesos. En la región italiana a la que le debe su nombre, se hace el mejor del mundo, el Parmegiano Reggiano, y éste, como muchas otras marcas se hacen de la misma manera artesanal desde hace trescientos años, orgullosos de usar los mejores ingredientes, y ni un solo elemento que no sea natural. 
El culmen de este tipo de quesos se cura hasta por treinta meses y aunque rallado es la forma en la que conocemos que se consume, en Italia es común ver a las familias sentadas a la mesa comiéndolo por bocados grandes como el más exquisito manjar.

Así pues que al vernos interesados en el cartel de entrada, uno de los meseros se nos acercó para invitarnos a entrar y sin pensarlo mucho nos dejamos llevar a un buen sitio en el restaurante. El lugar estaba poco concurrido pues apenas empezaba la semana y estaba tarde, así que elegimos una buena mesa. El ambiente es íntimo, sofisticado y cálido, decorado de una manera muy especial, con barriles de madera, botellas de vino vacías con trasluces que atenúan y matizan de verde, el techo alto y con enredaderas en algunas paredes; simplemente exuda buen gusto. Al sentarnos inmediatamente nos llevaron la carta y comenzó la difícil tarea de elegir nuestros platos:

Nos trajeron dos copas de vino tinto a la mesa con un bowl lleno de trozos de pan de maíz hecho en la casa. Estaba fresco, tibio y absorbía maravillosamente la vinagreta de aceite de oliva y vinagre balsámico con la que nos los sirvieron. El sabor del pan del maíz, tan tosco, tan granulado, algo salado, hacía un festín en las papilas gustativas con el ácido del vinagre y la sensación oleosa del aceite se encargaba de embalsamar la lengua y la garganta al tragar…  como lo dije antes: ¡maravilloso!

De entrada pedimos una “Mozzarella en carroza”. Bello, es la palabra que me vino a la mente cuando vi el plato, tanto que daba lástima dañar la presentación, pero… ¿a quién engaño? No veía la hora de hincarle el diente y vaya que valió la pena. El plato trae unos deliciosos tomates frescos cortados a la mitad, los bañan en queso mozzarella y los gratinan al horno con queso parmesano. 
Al emplatar los bañan en aceite de oliva y adicionan hojas de albahaca que le da un tono de frescura y sabor amargoso, espolvorean con pimienta y decoran el centro del plato con una lámina de papaya verde caramelizada, qué, pasando el riesgo de pasar por “animalito”, no dejé incólume y me comí…  sí, hasta los adornos me comí en Parmessano, ¡pa’ que vean!

El plato de la ojimeniada parecía muy sencillo…  no, tal vez no… lo siento, estoy obedeciendo a un estigma que aún no he podido dejar. Sánduche me suena a pan tajado, queso, jamón y pan, y lo que trajeron a la mesa no podría estar más alejado de eso, porque en realidad, ni siquiera se veía como un sánduche tradicional. Marcelita pidió que le trajeran el “Sánduche cuatro carnes gourmet”. 
Un pan teja rectangular, delgado, partido en triángulos, que contiene una cantidad enorme de delicias: para empezar tiene pernil en lonjas, cañón, roast beaf en tiras y jamón de cerdo, rodajas de tomate y de champiñones con queso mozzarella, todo bañado con mayonesa y mostaza gourmet. Lo hornean y al emplatar lo decoran con una salsa caramelizada que le da un toque especial a cada bocado que se unta en ella. El sabor es sublime, la combinación de cada uno de los ingredientes y la temperatura a la que lo llevan a la mesa son perfectos. Mejor dicho, el papá de los sánduches.

Mi plato fue una delicia también y al verlo en la mesa no me quedó duda de que no es para principiantes…  eso sonó muy petulante.  Es un plato para campeones… todavía no lo logro… a ver, es un plato para niños fuertecitos como yo, porque no es por nada, el tamaño y la cantidad son intimidantes. Es uno de los especiales de la casa y vaya que lo es, se llama “Milanesa Parmesana” y se me hace agua la boca. Trae una milanesa de pescado con salsa pomodoro, y aquí quiero recalcar algo que me parece importante y que he señalado en algunas entradas anteriores, la salsa acompaña, no satura el producto, permite apreciar el sabor del pescado y combinarlo con el sabor de la salsa de tomate; sobre ésta le ponen queso parmesano. 
El pescado es fresco, suave pero firme, y apanado a la perfección porque croca al partirlo. Está acompañado por una ensalada deliciosa y fresca de lechuga, tomates cherry, hongos y queso, no dejé ni una sola hojita, y quiero que quede claro para que no me acusen de comer nada más la ración protéica. Sin embargo he dejado de último en referenciar, un acompañamiento más del plato, los espaguetis al burro.

Confieso que no soy amante de las pastas, porque me parece que son una comida aburrida, es decir, comer sólo pastas no me atrae para nada, así que al ser acompañantes en este plato, la idea cambia un poco en realidad. Pero, no sé qué me hicieron en Parmessano, no sé qué tipo de brujería hacen en la cocina, porque por momentos, los espaguetis al burro se robaron el protagonismo en esta comida. Estaban para decirlo de la mejor manera ¡DE RECHUPETE! Estaban tan ricos, que sería capaz de comerme un plato sólo de éstos. Créanme, tienen que estar realmente buenos, porque los espaguetis al burro son los más sencillos de todos, son perfectos para un vegetariano, no traen más que ajo, cebolla, algún tipo de hierba como el eneldo, la rúcula o la albahaca, mantequilla, aceite y queso parmesano. Así pues que si los espaguetis al burro de Parmessano son de esa calidad, no me imagino siquiera cómo serán aquellos más elaborados. Me les quito el sombrero.

Un guiño al mesero fue suficiente para que entendiera que estábamos celebrando algo y entonces se vino a la mesa con la cereza del pastel, un regalito para la cumpleañera, un postre compuesto por brownie de chocolate, salsa de chocolate y helado.

Salí un día cualquiera a celebrar una fecha especial y me encontré, como se encuentran las cosas importantes en la vida, por coincidencia, el restaurante Parmessano, un lugar en el que sin miedo a equivocarme, me dieron una de las mejores experiencias gastronómicas que hasta hoy he tenido. 
No creo que hubiera otro lugar más perfecto que ese para celebrar lo que quería festejar ese día; quedé feliz y la comida me pareció magnífica, por eso te digo a vos con total tranquilidad y convicción, Salí vos también, Salí a Parmessano y disfrutá de una muy buena propuesta gastronómica en Medellín. La comida inmejorable, el servicio excepcional, el lugar hermoso y los precios sencillamente increíbles, porque una experiencia de esa calidad, con entrada, platos para dos personas, copa de vino y postre no me costó más de setenta mil pesos. Salí, te prometo que no te vas a arrepentir porque a todos nos gusta salir, a comer, a viajar, a vivir.

domingo, 5 de enero de 2014

SALÍ A LA CENA DE NAVIDAD – HOMENAJE A MI FAMILIA

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Sí, la mejor manera de consentir a alguien es hacerle algo rico de comer. En este caso mi regalo de 2013 fue preparar para mi familia algo especial para la cena de noche buena. Así que con ayuda de mi mamá tomé un trozo de carne de res en bloque, de la que se conoce como posta, y la salpimentamos, luego la abrí y bañé con queso crema, le agregué unas uvas pasas, puse encima queso mozzarella y tocineta. 
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Después enrollamos, amarramos y la dejamos descansar en la nevera toda la noche en una salsa licuada hecha con cerveza, pimentón, ajo y sal. La horneamos a unos 180 grados por unas cinco horas, teniendo cuidado de bañarla cada veinte minutos con salsa fresca las primeras dos y hasta el final de la cocción con aquella que destiló. El resultado final se veía hermoso, pero olía mejor.

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Cuando se tiene una familia grande como la mía, compuesta por poco más de cuarenta miembros entre tíos, primos, hermanos, sobrinos, abuelos, papás, más los adoptados, llenarles la barriguita y hacerlos felices tiene sus dificultades, sobre todo por la cantidad de gustos, por eso la cena debe tener varios componentes, en este caso tuvo carne de cerdo a las finas hierbas, arroz blanco, papas en crema blanca, ensalada y por supuesto la carne de res a la Andrés. Sonrisas se vieron varias.

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Sin embargo y para no decir mentiras, el momento más esperado, por encima de la comida, es el de la rezada de la novena de aguinaldos. Esta tradición es una de las más deliciosas y esperadas por todos. Por nueve días, siendo una familia tan numerosa, se ha ido a diferentes hogares a rezarla, y por más católicos que seamos todos, yo creo que la devoción es alta, pero la curiosidad por saber qué va a haber de comida luego de los villancicos es mayor. En total comimos, tamales, fritanga de chorizo y morcilla, sánduches gratinados, salchipapas, asado, tapas o crostinis, en fin, una nueva tradición que se convirtió en una sana competencia por llenarle la barriga y los corazones a las personas que amamos.

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Al decir rezar todo el mundo se imagina un momento solemne en el que sólo hay espacio para la espiritualidad, no obstante les quiero recordar que importantes filósofos y hombres y mujeres de fe de la historia, han hablado de sobra de la espiritualidad que enmarcan la sonrisa y en especial la risa. Punto que se toma muy en serio en nuestro caso.

Luego de rezar la novena a eso de las once y media de la noche, un poco de villancicos, eso sí, al estilo de mi familia para calentar los ánimos y esperar la navidad del niño Jesús…  a quién engaño, para esperar los regalos.

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En cada familia hay un vocero, un campanero, una voz líder que se encarga de la entrega de los regalos, y no sé cómo será en otras, pero en la mía esta labor se la hemos entregado, se la ha ganado un tío… que tío… un chinche, porque no hay otro apelativo, que se encarga de que más que esperar un regalo, lo que hagamos sea anhelar el qué o el cómo nos los entrega…

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Aún así, ni siquiera él se escapa de lo que él mismo creó, una imperante necesidad de darle unas cucharadas de su propia medicina…   para este año estaba esperando que el niño Jesús le trajera una caja de herramientas, y eso precisamente fue lo que obtuvo…  pero la versión de Bob el constructor…


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Digan lo que digan y así mis respuestas suenen a frase de cajón, cuando me preguntan si me gusta la navidad, digo sonriente y de manera rotunda, que sí, y cuando me preguntan el porqué, no hay forma de que suene distinto, digo que  porque es una nueva oportunidad para estar con mi familia, para unirme a los que me enseñaron a amar la navidad, no por los regalos, si no por la intención de regalar, y no estoy hablando de un artículo lujoso o de un par de medias, si no de regalar… me y recibir… los. Gracias a la navidad, gracias a la vida, gracias familia…  Mi Familia.

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