Nuestro lema

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lunes, 11 de noviembre de 2013

ESTOY PICAO, PICAO, PORQUE SALÍ A PIQUEO, PIQUEO

Recuerdo que cuando era apenas un párvulo, un hermoso retoño…  ¿dije, era? En fin, antes de que mi abuelo me dijera “piernipeludo”, en el colegio teníamos un término para definir a los niños que se creían de mejor familia, a esos que sufrían de complejo de Quico; ya saben, aquellos que “no se juntaban con esa chusma”: la expresión era “picao”:
—¿Has visto a Torombolo?
—No, yo no le hablo a ese “man” porque es un picao.

Ahh pero ahora que recuerdo hay otra palabra que era mi favorita, “aliñao”:
—Andrés ¿me prestás el triciclo?
—¿Oigan a éste?¿Se embobó? Además mi papá no me deja.
­—¿Éste? Éste tiene nombre mijito. ¿Sabe qué?, métase el triciclo por donde le quepa, ¡bobo aliñao!
Aliñao, ese término me encanta, porque me recuerda un chiste pendejo pero igual muy bueno de un pan aliñado y de unas tostadas muy creídas…  dejemos así. Picao, aliñao, creido, engreído, petulante, inflado, el vocablo varía, la sensación que me da haber ido al restaurante del que les quiero hablar hoy no. Es decir, así de bueno fue.

El lugar del que les hablo es un restaurante cuya especialidad es la comida peruana, se llama Piqueo Piqueo. Queda en el poblado, por la calle 10B. Es muy agradable en la noche, tengo que verlo de día pues imagino que la percepción ha de cambiar sustancialmente, para mejorar por supuesto. Tiene una muy buena zona de parqueo, es privada, y con eso creo que ya no hay que decir nada más pues los que conocen la zona rosa de Medellín, es decir, el parque Lleras, el barrio Provenza y los alrededores, saben que es un suplicio encontrar un lugar para dejar el vehículo a casi cualquier hora.
  
Como la experiencia la tuve en horas de la noche, se me antojó muy romántico el lugar. Para empezar es una de esas casonas que hicieron famoso al Poblado antaño. Muy bella, palaciega con un acceso en escaleras que la hace imponente y que me hace preguntarme si no habrá otro para personas que no puedan subir tantas escaleras. 
El hall de la entrada es muy elegante y está, podría decirse, dividido en dos partes, una exterior con un domo del que cuelga una lámpara en araña y unas sillas de madera grandes, muy cómodas y uno interior, que cuenta con una iluminación en red más moderna; éste reparte hacia dos salas, una al lado derecho que puede funcionar como un apartado para reuniones privadas y la sala principal, muy amplia y bien decorada, en donde está el resto de las mesas. Aunque no vi más, tengo entendido que hay una especie de terraza en la que se puede disfrutar en mesas al aire libre.

El lugar en que estuve sentado fue en una mesa para cuatro personas en el salón principal, muy cerca de la barra que me impactó por lo bonita y sencilla. En total la decoración es muy sobria y por tanto encantadora. La iluminación era tenue pero precisa, las mesas no traen mantel, cosa que me gusta, una cosa menos para ensuciar, los torpes como yo me entenderán. Las sillas son en madera pero muy cómodas, es decir, bien diseñadas.

El servicio es bueno; me refiero a que la persona encargada de darnos la bienvenida nos acompañó hasta la mesa y nos asignó un mesero, un muchacho muy atento que se encargó de que en ningún momento nos sintiéramos abandonados o desatendidos a pesar  de que su zona estaba concurrida esa noche. 
Al entregarnos la carta nos puso para picarnos la tripa un recipiente que contenía un tipo de maíz que nunca había comido. Al principio no se ven muy atractivos porque les confieso que lo primero que pensé fue que de aperitivo nos habían llevado unas crispetas, pero que por los complicados movimientos de la cocina o alguna otra extraña razón nos había traído un recipiente con lo que quedaba después de una crispeteada de otra mesa, pero no. Este maíz es crocante, salado y graso,  confieso que son unos granitos cebadores.

Se hizo la tarea y se miró concienzudamente la carta, me asombré con las opciones, escogí con ilusión y centré mis esperanzas en que los precios concordaran con el nivel de satisfacción. Los precios no son muy altos, tampoco bajos, todo depende de la elección y por supuesto del presupuesto. Me refiero a que siempre he sido claro en mi posición de que a la hora de pagar las cosas pueden ser caras o costosas. Caro es aquello que se paga por algo que no te satisface, que te da esa sensación de que estás entregando mucho por lo “muy poco” recibido. Costoso en cambio, es aquello que se connota como una cantidad alta pero razonable de dinero, que sin embargo por el nivel de satisfacción, se considera justo. La experiencia en este restaurante se ajusta en mi humilde concepto a la segunda opción. Para esperar un tiempo justo mientras llegaban los platos, pedimos una deliciosa sangría en vino rosado. Suave, refrescante y muy buena.

Pero pasemos a lo que en realidad causó que hiciera este juicio. En un tiempo prudente llegaron a la mesa cuatro platos que lucían muy bien y de cuyo sabor y calidad puedo dar fe sólo de dos.

Comienzo con los que no probé pero que por el nivel de satisfacción expresado por los comensales sé que valieron mucho la pena: El lomito saltado sobre papas es una muy buena opción para aquellos que no gustan o simplemente no quieren comida de mar. 
Este plato es considerado típico en Perú. Fue llevado al país por los chinos y consiste en carne de res en trocitos, salteada con cebolla, tomate y cilantro. Viene con papas a la francesa y listo. Sencillo y sabroso según el comensal. Sin embargo para mí, ir a un restaurante de comida peruana y comer carne de res frita con hogao es un desperdicio…  Lo siento. Pero por algo es el plato con el precio más bajo de los que se llevaron esa noche a la mesa.
  
El segundo plato fue otro bailar. Me quedé con las ganas de saber a qué sabía. Pero como es relativamente tan “poquito” entiendo por qué no me dieron a probar, digo, yo tampoco le habría dado la probadita a nadie. El plato se llama langostinos melcocha.
Viene en dos platos, uno con una ensalada que nunca le vi tocar a quien lo pidió y uno rectangular con seis langostinos relativamente grandes, apanados. Dos con salsa melcocha, ese nombre es tan sonoro que se me hace agua la boca y ni siquiera sé si es dulce, salado o agrio, pero se ve muy bien. Otros dos vienen con salsa acevichada, ya estoy nadando en saliva y los dos últimos con salsa rocoto, que tengo entendido es una salsa picante, y muy picante por cierto.

El tercer plato, que tuve el gusto de saborear se llama majao de yuca. Rico, muy rico, es una combinación extraña pero deliciosa de yuca cocinada y amasada, con chicharrón de cerdo, carne de res, y langostinos en una salsa picante suave, aunque uno puede pedir el grado de pique. Es bueno el plato, bueno con ganas y combinado con el que pedí yo, ¡jummmmm! 

El mío es un plato que para mi gusto fue sencillamente espectacular: Arroz Roquefort. Se me volaron los ojos de las órbitas cuando vi que me lo traían dos meseros. Lo primero que pusieron fue una base que resultó ser un mechero al que le prendieron fuego, encima pusieron un perol parecido a los que tiene mi mamá en la cocina y luego me pusieron un plato vacío al frente.
 ¿Cómo hago para expresarles mis sentimientos? Imaginen lo que sentí cuando lo destapé y me acarició el aroma de un arroz con camarones, panceta, champiñones y nueces, bañado en salsa de queso Roquefort y cilantro, con cuatro trozos de pescado apanado encima. 
Se los puedo jurar, ha sido una de las experiencias más sublimes en el aspecto gastronómico que he experimentado. Cada bocado me hacía gemir involuntariamente y esto es verdad, en la mesa ya estaban aburridos conmigo, pues creían que estaba exagerando. La cantidad es exuberante; tranquilamente pueden comer dos, tal vez tres personas de este plato, porque yo llené el mío cuatro veces, una por cada pieza de pescado y quedé a reventar, pero esa era mi intención, desde que me llevé el primer bocado a la boca, supe que me iba a hacer matar. Fue un trabajo duro, pero alguien tenía que hacerlo y yo era el apropiado para eso.

Salí a Piqueo Piqueo en el Poblado y sin más palabras me encantó, me dejó picao, caminando orgulloso por haberme dado un gusto de los buenos. Se convirtió en una de mis mejores experiencias gastronómicas y lo digo sin temor a equivocarme. Me lo sueño de nuevo, no veo la hora de repetirlo, es uno de esos platos que logra la añoranza y el deseo de compartirlo, me refiero a la experiencia, porque del plato no le suelto nada a nadie. Por eso te lo puedo decir a vos, Salí a Piqueo Piqueo cuando podás, cuando querás, cuando tengás la oportunidad o la necesidad de hacerte un cariñito. Vale la pena, es lindo, es rico y es muy recomendable. Haceme caso, Salí a comer, a viajar a vivir.