Nuestro lema

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domingo, 15 de septiembre de 2013

METIDO EN LA OLLA. SALÍ A LA OLLA CRIOLLA

Siempre he sido el primero…  Un momento, eso sonó un tanto pretencioso, volveré a empezar.
Cuando nací, fui el primer hijo, el primer nieto, el primer sobrino, es decir, hoy soy el más viejo…  creo que con eso recompuse la cosa. A lo que me refiero es a que en realidad siempre tuve algunos privilegios por haber sido el hijo de los mayores de las familias de mis padres; eso redundó en que algunos de los catorce tíos que tengo, una que otra vez se pelearan por hacerse con el cariño del sobrinito invitándome a cine, a helado o a comprarme “cositas” en la tienda.

Recuerdo de aquellos días de antaño como si fuera ayer, que esperaba con ciertas ansias a que el tío de turno hiciera la compra que nos había llevado hasta el típico negocio de esquina de barrio, ese que siempre maneja un “don Jorge” o un “don Manuel”; entre tanto con la mirada recorría las estanterías de las paredes y buscaba entre los productos que se exponían en cada rincón el más llamativo, el más delicioso, porque sabía que en algún momento, vendría la tan anhelada pregunta: “¿qué quiere que le compre Andrés? pida lo que quiera”. Qué graciosos somos los seres humanos, cuando nos dicen algo como eso normalmente el cerebrito se nos frita, nos bloqueamos porque tenemos la opción de escoger lo que queramos, lo que se nos antoje y entonces no somos capaces de elegir pronto porque nos ataca una duda: ¿y si luego de escoger me arrepiento? 

Bueno, tal vez esté hablando sólo por mí. En cualquier caso, siempre me demoré en tomar la decisión, aunque lo más gracioso es que por lo general, también siempre elegía lo mismo…  Un yogurt. No sé qué haya sido, pero creo que el hecho de que los productos estén metidos en un enfriador, iluminados, tal vez me hacía pensar que eran más costosos y por tanto, mejores.
Pero bueno, como este blog no trata sobre hablar de cómo cuando era pequeñito trataba de abusar de mis tíos, que finalmente tampoco era un abuso, si no de mis experiencias gastronómicas en diferentes lugares de la ciudad, pues esta entrada no va a ser la excepción.

Esta vez voy a contarles de un experimento que hice, y lo denomino experimento porque fue uno de esos lugares a los que llegué sin querer queriendo y sin tener idea o referencia alguna. Yo, al igual que a ustedes, como es normal entre aquellos seres humanos asalariados de cuello amarillo, los días de semana los tengo que consagrar a realizar aquellas labores por las cuales nos pagan, y los fines de semana, en especial el día sábado, entiendo que se tiene que consagrar por lo general, a aquellas actividades en las que se va como por entre un tubo, integro, completico y sin miramientos, el salario.

Por esas cosas de la vida terminamos con Marcela, en la Central Mayorista buscando algo para comer, en el nuevo complejo que le adicionaron en la última remodelación. Fuimos hasta el segundo piso en donde nos prometían una gran variedad de opciones para elegir, el problema es que encontramos solo tres o cuatro, porque fuimos muy temprano; y no me refiero a la hora, porque eran casi las tres de la tarde, sino a que, la mayoría de los restaurantes apenas estaban en adecuación de locales y sólo unos cuantos estaban operando. Así que elegir no fue tan difícil, por lo menos no por tener muchas opciones.

Marcela estaba antojada de un plato típico y yo, para que me entiendan el por qué inicié esta entrada con el cuento de cuando era niño y me demoraba eligiendo cuando me decían, “pida lo que quiera”, no sabía bien a qué apuntarle y dispararle.  Miramos pues las opciones y terminamos en un restaurante de cadena que se llama La Olla Criolla. Jamás lo había tenido en cuenta y esta fue la ocasión precisa para darle la oportunidad. Marcela pues, luego de mirar la carta escogió un mondongo, quería ir a la fija. Yo, no me podía decidir, porque les voy a ser sincero, desde que escribo en este blog, ya no trato de ir tan seguido a “la fija”, que es por lo general una bandejita paisa por ejemplo, sino que, se me antoja ser más arrojado y trato de buscar platos distintos.
 
Y entonces aquí viene la relación directa con el principio de la entrada, de tanto mirar y mirar, luego de que me acosaron para elegir, no seguí la regla de oro en estas situaciones…  lo mismo mijo, lo mismo de siempre, la bandejita, no, elegí algo que me hizo sentir más temerario, pedí una sierra frita con patacón.

Con el pecho henchido de orgullo y felicitándome a mí mismo me senté a esperar a que nos llamaran. Unos quince minutos después nos pusieron al frente los platos. A primera vista me gustó lo que vi, aunque confieso que también sentí que el plato me vio a mí, por aquello de los ojitos del pescado…   en fin, pero a lo que me refiero es a que a simple vista prometían al menos el cumplimiento de la promesa básica.

El mondongo estaba muy bien presentado, en un bowl metálico venía la sopa en una cantidad perfecta, en un plato a parte una porción de arroz blanco, con aguacate y una arepita redonda, en otro plato una porción de ensalada, que para serles sincero, no sé si vendría con el mondongo o con la sierra frita, pero eso no importa, estaba en la mesa y la verdad siempre me la termino comiendo yo. Olía bien, ya no faltaba si no hacer la prueba de sabor, llevarse a la boca la primera cucharada…  así fue, y entonces…  decepción total. Qué lástima pero para ser comida criolla, que se caracteriza normalmente por tener sabor criollo, en este caso le faltó mucho de las dos cosas, nada de criollo y menos de sabor. Nada, cada cucharada era como meterse unos trozos de nada en la boca y masticar el mondongo era una versión insabora de un chiqule que se desgarra y es difícil de tragar. Por más que buscamos no encontramos otro trozo de carne distinto en el caldo, y me refiero a esto porque creo que esa puede ser una de las claves de sabor, o mejor dicho del no sabor del plato, en resumidas cuentas, el mondongo de la Olla Criolla de la Plaza Mayorista es muy aseado, porque no tiene ni una mugre de carne.  Marcela no pudo con algo más de unas cuantas cucharadas.

La sierra frita, mi plato, estuvo un poquito mejor en cuanto a sabor, aunque estaba muy seca para mi gusto. La experiencia en todo caso no fue del todo placentera porque los cubiertos eran desechables, y para serles sincero, este tipo de tenedores no duran mucho en las manos de un hombre que ha sido conocido en varias esferas como “tiger hands”  o “manos de tigre” por aquello de lo delicadito que soy. Así que terminé con el primer tenedor en los primeros dos o tres minutos de enfrentamiento con la carne un tantito de más frita, y tuve que utilizar el de Marcela, que terminó sin dos dientes también. El pescado pues como dije estaba más o menos bien, pero es que el conjunto no me funcionó del todo. Las papitas fritas hicieron algo, pues les eché salsa de tomate y cambié un poquito el color de todo el plato. Todo estaba frito, todo era amarillo tostado y me lo sirvieron en una plancha sobre una tabla. Las cosas entran por los ojos y llámenme cansón pero era monocromático a la vista. Por eso le dije anteriormente que la ensalada podría haber cambiado algo esa percepción, pero me queda la duda de si viene con el pescado o con el mondongo porque no lo recuerdo. El patacón necesitaba psicólogo porque venía completamente solo, es decir, no traía una salsa, o suero costeño para humedecerlo un poco, ni siquiera hogao, por tanto, se me hizo incomible.


Ese día pues Salí a experimentar y me salió mal el intento. Marcela quedó con hambre y yo no quedé satisfecho, porque para comer colita, aletas o cabeza y mucho menos ojitos, sirvo, así que me disfruté la carne que le pude arrancar a las espinas, un trocito de patacón y las papitas nada más. El mondongo fue un total fracaso y en general la experiencia no fue positiva, es decir, terminé metido en la olla. Por eso me siento con el derecho para decirte a vos también, Salí, a experimentar si querés, porque  de eso se trata la vida, arriesgar para ver que se puede ganar y a veces perder, pero no importa, lo que importa es salir, a comer, a viajar, a vivir.

2 comentarios:

  1. Yo siempre le atribuyo el sabor al amor con que se hace la comida, ¿has visto una película de (no recuerdo bien) una mujer que cocinaba, y lo que estaba sintiendo en el momento de cocinar se le transmitía a los comensales?... Seguramente, quien cocinaba en la Olla Criolla cargaba con un sin sabor, era monocromático y muy seguramente no era costeño porque un patacón sin nada es un atentado contra la salud física y moral de un ser humano; no hay tanta saliva pa digerir eso.
    Att: Pepe

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  2. Pepito Locuaz, ¿habrá sido eso? demás, porque la idea no era hablar mal del lugar, no, simplemente ese día quien cocina no estaba en su día... eso es lo que pienso yo.

    El libro del que hablás se llama "Cómo agua para chocolate" de la mexicana Laura Esquivel, ese es el libro en el que se basaron para hacer la película. Y sí, la protagonista le daba a la comida el sabor-sentimiento dependiendo del estado de ánimo con el que cocinaba.

    Gracias por leerme Pepe, de verdad eso lo aprecio mucho y aprecio más que me hayas hecho un comentario.
    Gracias hermano.

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