Nuestro lema

Nuestro lema

viernes, 19 de abril de 2013

LA ESPANTABLE Y JAMÁS IMAGINADA AVENTURA CON LOS MOLINOS DE VIENTO - SALÍ A SANCHO PAISA


El libro más importante de la lengua española inicia con una frase que se me antoja que ni pintada para iniciar esta entrada, claro con una leve modificación que espero no le moleste al honorable Manco de Lepanto. “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…” es la frase original; y cuentan los que cuentos cuentan, porque cuentos yo no sé contar, que Cervantes al referirse a “La Mancha”, lugar que no existe en la España de ahora ni en la de hace cuatrocientos años, se refería a cualquier lugar para hacer “el cuento” más universal, para que cualquiera creyera que Don Alonso Quijano, es decir, Don Quijote, podría ser su vecino.

Ya sin rodeos aquí va la frase modificada que se acomoda al inicio de mi entrada: En un lugar de la tierra paisa, de cuyo nombre no quiero acordarme… y es que por la naturaleza de este Blog, afortunada o desafortunadamente, siento que mi obligación es registrar todas mis experiencias. Algunas veces, por lo general todas, mis aventuras gastronómicas son muy placenteras y positivas, pero una que otra vez, como ésta, es poco lo bueno que hay para contar.

Todo comienza con un bonito día para celebrar en familia. La idea era llevar a mi Suegra a comer rico, pero me salió el cuento al revés. Ya saben, los cuentos graciosos y los chistes hablan de suegras odiosas a las que el yerno, ¿o es el “nuera”?  nuera el que yo quería para mi hija, en fin, se aborrecen, pero yo adoro a mi suegra y terminé apenado con ella porque terminamos abominando la comida.

Para hacer el cuento corto, fuimos a un lugar en el alto de la vía Las Palmas que se llama Sancho Paisa. Lugar al que había ido antes pero a comer “mecato” de carretera, es decir, chorizo con arepa, arepa de choclo con quesito, empanaditas con ají, ese tipo de comida ligera. Sin embargo nunca había entrado con intención de almorzar como esta vez a la que hago referencia. Este sitio cuenta con un marcado prestigio entre los restaurantes típicos de Medellín y confieso que las tres o cuatro veces anteriores que había ido no encontré nada de qué quejarme; sin embargo, esta vez, no fue una buena. 
Tal vez fui un mal día, en un momento en el que el cocinero tenía problemas en la casa, o en el que los ingredientes frescos ya no estaban tan frescos; pero es que ni siquiera el servicio estuvo bien. Todo fue lento, molesto, maluco, aburrido, y para acabar de ajustar costoso, porque cuando uno queda insatisfecho, termina pensando que lo que le cobraron por una mala experiencia es demasiado, carísimo. En total, una de las peores experiencias que he tenido, y lo mejor o lo peor de todo, es que de seis personas que compartimos, ninguno salió contento.

En la mesa estábamos sentados seis comensales que para lograr un espectro más amplio del menú pedimos todos, un plato distinto. Mi suegra se pidió unas costillas a la B.B.Q. No las probé, pero no estuvieron bien, pues mi suegra asegura que cuando se las sirvieron ya llevaban un buen rato por fuera del fogón, tanto así que pidió llevarse más de la mitad de lo que le sirvieron para dárselo al nietecito chiquito que mide dos metros con cuarenta y cinco centímetros.

Alejo, el nietecito grande, “el cultivo de cachetes de unas agüelitas” se pidió un solomo con papa al vapor, plato que no logró satisfacerlo porque el término que pidió no fue el que le trajeron y además tuvo que cubrirlo de salsa de tomate, que en mi concepto es un crimen, para según él, mejorar el sabor que no era el adecuado.

Marcelita se pidió un baby beef a tres cuartos, que estaba tan frío como un “peo de ánima”, frase desagradable que cito letra por letra usada por ella misma…  mentiras, esa es mía, pero es que ella dijo que estaba como “pipí de muerto”, y me pareció más adecuada mi frase. Me dio a probar un pedacito y no sabía a absolutamente a nada.

Mi cuñis, Paula, fue la única que comió bien ese día, pues se pidió una cazuelita de fríjoles. Yo siempre critico el hecho de que los antioqueños nos comportamos como montañeros porque siempre que salimos pedimos lo mismo, frijoles, pero es que Paula muy bien lo dijo al salir y escucharnos a todos quejarnos de la comida: “con los frijolitos siempre se va a la fija”. Lo confirmo porque como yo fui el que más sufrió, el que se ganó el premio al peor plato de todos, Paula me regaló el sobradito para quitarme el mal sabor de boca.

Yo, en esta oportunidad quise tirármelas de vivo y pedí un róbalo de origen, a la milanesa. Lo que me trajeron fue un cartón apanado. Lo lamento pero estaba horrible al tacto y horrible al gusto. Estaba frío, no sabía a nada, ni siquiera a pescado, pues se nota que había pasado un muy buen rato en el congelador antes de servírmelo y que lo descongelaron a la brava. Fuera de eso no tenía ningún tipo de condimento, ni siquiera la milanesa, me refiero al apanado, que me atrevo a decir, también estaba congelado con el pescado y se descongelaron juntos en el aceite. 
La textura estaba monstruosa, trataba de crujir al cortarlo pero al llevarlo a la boca se deshacía, pero no de la manera agradable que uno espera se deshaga la carne en la boca, me refiero a ese tipo de carne babosa que se resbala por la garganta con dificultad. Le adicioné sal y no funcionó. Para ajustar, tuve que pedirle al mesero, que me trajera la salsa tártara unas tres veces y siempre me hizo esperar. Cuando llegó ya iba en la mitad y luego de agregar la salsa no se logró nada. Como lo dije antes, sabía a cartón con salsa tártara. Ni siquiera la ensalada me agradó, y el arroz con que me lo sirvieron, estaba helado. Lo lamento, pero fue una de las experiencias más aburridas que he tenido en restaurante alguno.

Salí a comer a Sancho Paisa y me fue como a Don Quijote con los molinos de viento; creyendo encontrarme con unos gigantes de la comida, me levantaron las aspas del mal gusto de una cocina sin pasión. Los platos no estuvieron bien, casi ninguno, porque lo único que se salvaron fueron los fríjoles, que cómo la mamá, hacen todo lo posible por no decepcionarlo a uno. Tuve una mala experiencia que les aseguro no quiero volver a repetir. Por lo menos hasta que se me olvide no pienso aparecerme por allá. Como lo dije antes, probablemente fui un día en que las cosas no estaban funcionando como debían, un día en el que como decía mi abuelita, “no convenía mijo”, pero entiéndanme que prefiero arriesgarme a conocer un lugar nuevo que volver a arriesgarme a pasarla mal. Por eso te puedo decir, Salí vos también a Sancho Paisa, cométe un mecatico, o arriesgáte a almorzar o a comer, a lo mejor te va bien y me podés confirmar que a la final, yo tenía la razón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario