Nuestro lema

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jueves, 27 de diciembre de 2012

KOKORIRECUERDOS. SALÍ A KOKORIKO


Qué raro, uno de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia gira en torno a la comida. Lo puedo vivir en imágenes muy nítidas… tendría yo unos ocho años, estudiaba en un colegio de monjas “Nuestra Señora de Chiquinquirá”, un buen colegio, buenos recuerdos, buenas profesoras, en fin. Un día cualquiera, mi mamá nos recogió al medio día a mi hermanita y a mí, hasta ahí nada anormal, lo extraño era que mi papá también nos esperaba, en el carro, una tartanita que se tenía por nombre “Caliche”, porque mi progenitor tiene la costumbre de nombrar los muchos vehículos que han hecho parte de la familia. Lo que realmente era raro en todo esto, es que no nos dirigimos hacia la casa, sino que comenzamos a atravesar la ciudad. ¿A dónde vamos? Le preguntábamos y con una sonrisa, mi papá nos decía que era una sorpresa, mientras que mi mamá, que cargaba a Camilo, mi hermanito menor que para ese entonces contaba con unos dos años de edad, levantaba los hombros y lo acolitaba en su actitud. 
Recuerdo que hicimos una estación, nos quedamos esperando todos en el carro, mientras él compraba algo… ese algo, es tal vez el producto que más marcó mi infancia, porque siempre que nos quería consentir, don Carlos nos compraba un pollo Kokoriko. El sabor, el olor del mejor pollo asado del mundo están marcados a fuego en mi memoria; muchas fueron las oportunidades en las que por sorpresa se aparecía con el empaque más maravilloso que jamás he visto, una caja de cartón cuya forma me hacía querer guardarla, de hecho eso hacía y mi mamá las terminaba botando a escondidas. 
Era hermosa, tenía más cintura que una reina, y con tremendas curvas adelante y atrás. El logo era una K con cabeza de gallo, con un gorro de chef, los colores amarillo, rojo y blanco la adornaban y la hacían parecer la caja de un juguete, ¡absolutamente maravillosa!, lástima que ya no venga así. En fin, mi padre subió de nuevo a “Caliche” y traía dos cajas y además dos Coca colas de un litro, que para ese entonces solamente venían en envase de vidrio. Continuamos el viaje y terminamos almorzando al borde de la carretera que conduce a un pueblito llamado Belmira. Era una tarde muy fría, tanto que recuerdo sentir miedo porque no se veía a más de cinco o seis metros por la neblina. Aun así encontramos un buen lugar en el que mi mamá tendió un mantel debajo de un árbol. Nos sirvió gaseosa en vasos desechables, puso los dos pollos todavía calientes en el centro del mantel con las papas saladas y las arepas redondas, y comimos pollo Kokoriko con Coca cola, que se me antoja una combinación perfecta e infaltable. Sin duda uno de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia, una tarde perfecta, con viaje sorpresa, la mejor comida para mí en esos días que podía tener, reunido en familia y sin tener que hacer tareas.

Hoy en día, cada vez que veo o escucho la marca Kokoriko evoco esos recuerdos; una neurona muy vieja allá en mi cabeza se activa y me hace salivar como si tuviera en frente uno de esos pollos maravillosos y lo pudiera oler y degustar. Reconozco que no lo como tan seguido como quisiera, y es porque en cierta forma me tocó vivir una especie de involución en la marca y en el producto. Kokoriko no es hoy lo que fue, el producto sigue siendo bueno, sin embargo varios años de competencia que ellos catalogaron como desleal y poco competitiva, melló su imagen y su participación en el mercado. Se tomaron mucho tiempo en reaccionar y ese tipo de errores de mercadeo no se perdonan en un mercado tan dinámico como el de las comidas rápidas. Se preguntarán por qué hablo con tanta propiedad del tema, pues bien, en la universidad, le dediqué un año de investigación a la marca, generamos con algunos compañeros un documento muy valioso que terminamos exponiendo a las directivas y que no quisieron tomar en cuenta, probablemente porque éramos apenas unos estudiantes, y aun así, hoy veo que todo lo que les dijimos, todo lo que nuestra investigación arrojó, estaba completamente acertado y terminaron acatándolo, diez años después y por sugerencia de alguien que seguramente ya no era estudiante y les cobró como profesional.

Gertru es el Arlequin
En fin, esta experiencia comienza con una actividad familiar en la que la figura principal es Gertrudis. La llevamos al centro comercial San Diego a una reunión solo de perritos bulldog, organizada por un club llamado Bulldog Medellín. La idea era llevar a los amiguitos peludos a interactuar con otros de sus congéneres, pero disfrazados. 
Por el solo gusto de verlos humanizados y disfrutar de su aparente “no incomodidad”. Luego de reírnos un rato, caminar por el centro comercial en una masa de perritos, unos tiernamente disfrazados otros graciosamente, otros no tanto, terminamos con, ¿cómo lo explico?  Hambre. Sin embargo teníamos la aparente desventaja de estar caminando con la Gertru, lo que nos disminuía las opciones de comida, así que camino del parqueadero vi el nombre del que tanto les he hablado en la zona de comidas del segundo piso del centro comercial. 
Marcelita ni corta ni perezosa, al verme “los ojitos cargados del ayer”, aunque en realidad fue más por el “goro goro” que emitió mi barriga, se acercó a un vigilante y le preguntó si podríamos acceder a la zona de comidas con la Gertru incluida, y el hombre nos dio la grandiosa noticia de que en las mesas que se encuentran en las afueras de la zona es posible sentarse con la mascota.

Bien, como tenía algunos días con el “antojo” de probar uno de los nuevos productos de Kokoriko, los “Big Pollo Snack”, se presentó la oportunidad perfecta. Elegimos una mesa y fui a pedir una cajita para cada uno, pero mi instinto me advirtió de algo, aunque debería de atribuirle todo a la neuronita vieja amiga mía, que me hizo caer en cuenta de que había que aprovechar la oportunidad para “hincarle el diente” a un muslito de pollo. Y así fue.
Los recuerdos volvieron, el pollo estaba tal y como lo recordaba… bueno, tal vez no, porque antes me parecía que las presas eran más grandes, quizá porque antes era un niño y todo era más grande, o bueno, yo era más pequeño, En fin. Hasta la papá estaba donde tenía que estar, delicioso.

Le llegó el turno al nuevo producto, los trocitos de pechuga apanada con las “famosas” nuevas papas apanadas de Kokoriko, que hasta ahora probaba. Estaba rico, no obstante no me gustaron lo suficiente como para crear un nuevo recuerdo imborrable, es más, si quisiera comer trocitos de pollo apanados y por un lado estuviera éste producto y por el otro tuviera la oportunidad de comprar unos “Pop Corns” de Kentuky Fried Chicken, no lo dudaría, me iría con el viejo Coronel.

Salí pues a llevar a mi pequeña Gertru a conocer amiguitos peludos disfrazados y terminé sucumbiendo a la tentación de comer pollo que me creó una vieja neurona, recuerdo de sabor y olor que tengo desde chiquillo. Le hinqué el diente a un muslo de pollo Kokoriko y me quité el antojo de unos Big pollo Snack. Me gustó, los disfruté pero no me encantaron, aunque son una buena opción para comer pollo apanado en pequeñas proporciones. Te invito a vos entonces, Salí, comete un pollo Kokoriko, recordá, si te tocó como a mí la época divina de la marca, si no, de todas maneras estoy seguro de que estarás conmigo en que el producto es muy bueno.

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