Nuestro lema

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miércoles, 3 de octubre de 2012

NO ME FALTÓ SINO CONOCER A OBAMA… PERO NADA. SALÍ A LA CASABLANCA


¿Han oído hablar de las cabañuelas? Ya saben, esa costumbre ancestral que dicta que dependiendo del clima que haga en los primeros doce días de enero, así será el clima del mes que le corresponde por orden. Es decir, que si el quinto día llueve por la tarde, entonces en mayo, después del día quince, va a llover. Ahí tienen, hablando de misticismo, y aún son muchos los que creen en esta costumbre. En fin, basándome en este concepto, el día del cumpleaños dependiendo de cómo pase el día, creo que así va a ser el año.

Según las cabañuelas de este año, voy a comer más bueno que un verraco, o mejor dicho, a almorzar, porque este cumpleaños Marcelita desde temprano me amenazó con llevarme a un lugar que me iba a dejar “loquito”. Y así fue. Ya están advertidos, este año va a haber material para este Blog por cargas industriales y para acabar de ajustar, me voy a enloquecer… bueno, otro poquito.

El lugar que escogió mi esposa para celebrar almorzando mi cumpleaños este 2012 fue la Casa Blanca. Pero calma, calma, probablemente ustedes piensen que gracias a este Blog yo ya soy tan importante y famoso como para almorzar con Barack y Michelle, y se los agradezco de corazón,  pero no, no, lamento tener que aterrizarlos a una realidad un tanto más… “realista”. La Casa Blanca a la que me refiero es al restaurante que queda en la variante al aeropuerto José María Córdoba.

Ya hablando en serio, este restaurante está ubicado en un Mall comercial que se llama Indiana, que está justo en la glorieta de la vía Las Palmas que reparte el tráfico para el aeropuerto y el Retiro. Esto es a unos diecisiete kilómetros desde San Diego. Este restaurante es lo que en el mundo del mercadeo se conoce como una “extensión de línea” de la marca Casa Blanca; nombre posicionado en la mente de los consumidores de Medellín, como una excelente carnicería. 
Este negocio ha avanzado en varios aspectos, hoy por hoy ya no es sólo un lugar en el que se puede comprar carne fresca, eso sí, tipo gourmet, sino que ampliaron su concepto hacia los embutidos, con una marca propia conocida como “Carnelly”; las charcuterías, lugares para disfrutar al calor de un buen vino de carnes maduradas y/o ahumadas, quesos y embutidos; y el restaurante del que les hablo hoy, en el que se puede disfrutar de los mejores productos que tiene la marca, preparados por expertos chefs y cocineros.

El restaurante es de un nivel medio alto. Los comensales habituales son por lo generaly esta es una hipótesis personal­  familias que sin duda viven en la parte alta de las lomas de Envigado y El Poblado, y de las casa-fincas de El Retiro. Claro, contando con los que transitan hacia o desde el aeropuerto para brindar una despedida o una llegada “de lujo” a los viajeros y, a aquellos sibaritas que van en busca de una buena dosis de placer gastronómico.

La experiencia, que tendré que calificar de maravillosa desde el punto de vista gastronómico, comienza con nuestra llegada al restaurante a eso de las dos y media de la tarde de un domingo. La entrada por la que accedimos es la que ofrece el Mall desde su interior. Me refiero a que el restaurante tiene dos, tal vez tres entradas. Dos laterales, a las que accedes desde el primer piso en el que dispusieron una charcutería y para ingresar, debes hacerlo por la fachada imponente que te ofrece el Mall hacia la glorieta. Estas entradas se hacen por unas escalas que desde la tienda te hacen llegar a dos puntos centrales del restaurante, pero, hay una más que es la que consideraría como la principal, por esa ingresamos nosotros, que te da acceso bajando unas escaleras desde el parqueadero interno.

En esta entrada han dispuesto un grupo de niñas muy bonitas, todas con radioteléfonos para darte la bienvenida. Ellas se encargan de saber el número de comensales que deben atender y de acuerdo a la disponibilidad de mesas, te hacen pasar o aguardar en una muy cómoda sala de espera dispuesta a la derecha de la puerta de entrada y junto al bar. El lugar estaba a reventar cuando llegamos y nos tocó esperar unos minutos, los que aprovechamos para “asombrarnos” de las instalaciones: bellas, de buen gusto, agradables, refinadas; para “admirar” el ejército de empleados que hacen que todo ese barullo marche ordenado y fluido; y para “aumentar” la ansiedad por que te den una mesa pronto para comenzar a disfrutar de las delicias que ofrecen en el lugar.

La disposición arquitectónica del lugar es en sí un “descreste” porque ofrece un ambiente que impacta cada uno de los sentidos. Al entrar ves a tu izquierda una terraza en la que dispusieron varias mesas para comer al aire libre, obviamente protegidas del sol y del agua por sendos parasoles; pero lo llamativo es que si sigues hacia la derecha, es decir hacia el interior, vas a ver un gran hoyo en el centro del restaurante protegido con barandas que te permite mirar hacia abajo, hacia la charcutería, y en medio del hoyo, en una isla flotante, hay un piano de cola espectacular que estoy seguro, ha de hacer las delicias de los comensales en las noches de vino, quesos y carnes. Las mesas entonces están distribuidas en torno al gran hoyo y una de las mesas que está junto a las barandas nos tocó a nosotros.

La organización del restaurante es realmente buena. Todos los engranajes del servicio parecen muy bien aceitados porque a unos minutos de llegar, ya nos tenían una mesa asignada y con tan sólo sentarnos se nos acercó un mesero muy amable, de esos que sonríen no porque le hayan dicho que lo tiene que hacer, si no porque le nace, y nos pidió un segundo para traernos la carta.
El librillo por supuesto está a la altura del lugar. Verlo inspira elegancia y buen gusto, parece más un catálogo de una galería que una carta de menú, es más, osada pero acertadamente, en la tapa reza una frase que compromete la filosofía del restaurante, comparando su oficio con el arte: “En Casablanca pensamos que la buena mesa es todo un ritual estético en el que se comprometen los cinco sentidos, y es esto lo que la convierte en arte…” Cuando me llevé el primer bocado a la boca, lo confirmé.

Elegir no fue fácil, pero tampoco difícil. Me demoré con la carta en las manos y le pedí un poco más de tiempo al amable mesero, sólo porque el menú me pedía a gritos que lo mirara, lo leyera, lo disfrutara, porque cada página trae una o dos “perlas” literarias de regalo, todas apartes de libros o poemas conocidos inspirados en la comida o en el acto de comer. El pedido lo hicimos convencidos de no ser decepcionados y créanme, tan solo con recordar, justo en este momento, mientras escribo de estos recuerdos, se me hace agua la boca y el estómago se me retuerce en sonoros “gorogoros”. Borborigmos pues para los entendidos.  

Antes de hacer el pedido del plato fuerte, pedimos que nos trajeran una jarra de deliciosa sangría en vino tinto. Fría, reconfortante, sabrosa, refrescante, con frutas frescas recién cortadas. Ya juzgaran por las expresiones faciales de absoluta felicidad nuestro dictamen al respecto.  

Filet Mignon
De plato fuerte Marcelita se pidió un jugoso Filet Mignon al término tres cuartos, que viene acompañado de una ensalada compuesta por una hoja de lechuga crespa, romana o Batavia, y unas rodajas de tomate. Papas, las cuales te las ofrecen en tres presentaciones, fritas en cascos, al vapor con crema agría o en puré. 
Ella las quiso en cascos. La presentación: sobria, elegante. Dos cortes de unos doscientos gramos cada uno, a un término que creo puede ser el único punto reprochable en el servicio, pues al parecer al pedido de Marce le dieron término medio, el término que pedí para el mío y a mí me lo trajeron tres cuartos. Sin embargo, la carne es de tal calidad y la cocción tan mesurada, que ella no quiso hacer el pedido de la cocción hasta los tres cuartos. El Filet Mignon es la mezcla perfecta entre la res y el cerdo, porque la carne viene envuelta en unos deliciosos trozos de panceta ahumada de la casa. Los jugos que suelta la carne en tanto entra en contacto con la boca, son maravillosos, evocadores. La suavidad de la carne es increíble. El sabor, auténtico, delicioso, pues la carne de cerdo ahumada combinada con la textura y sabor de la carne de res solamente salpimentada es… excelso.

Mi pedido, unos medallones de solomito en salsa Roquefort. Nada más con el nombre ya ustedes pueden anticipar el goce que me produjo por la calidad misma de los ingredientes. El plato trae dos cortes gruesos, al término tres cuartos, aunque como ya les dije, los pedí al término medio por la naturaleza del corte, sin embargo, estaban asados a la perfección y no encontré reparo alguno. El plato viene acompañado de ensalada y las papas las pedí al vapor con crema agria. Es una delicia, no hay otras palabras para describirlo. 
Es carne, del mejor corte que tiene la res, asada por un “mago” que sabe de lo que hace, solo salpimentada, lo que le da esa propiedad auténtica, y para completar viene, no bañada, sino sobre una cama de salsa de queso Roquefort, que para contarles sólo algo, es uno de los quesos más costosos y apetecidos del mundo, porque es hecho con la leche de cuatro especies distintas de ovejas y no se puede madurar sino en un lugar específico del mundo, en unas cavernas de Francia, que reúne las condiciones de oxigenación y humedad perfectos y únicas para el hongo que madura el queso. No creo que tenga que decirles más. O bueno sí les voy a decir algo más, esa comida, esa carne, con esa salsa, logró impactarme tanto, que me ha creado un recuerdo gustativo imborrable, uno de esos con los que uno puede relacionar ciertos puntos de la vida, ya saben a qué me refiero, es un nuevo recuerdo para toda la vida.

Marcelita come algo más despacio que yo, por tanto cuando yo estaba ya casi terminando, ella apenas iba a comenzar su segundo corte, por tanto ya no tenía una temperatura agradable para el término en el que estaba, así que le pidió a nuestro amable mesero, que lo calentaran un poquito más y ¡qué buena estrategia! Le trajeron el corte con más ensalada y una papa al vapor con crema agria… estoy jugando, eso se llama servicio y te hace sentir que te dan más, por lo mismo. Me pareció un buen detalle para comentarlo.

Luego de dar cuenta de nuestra maravillosa comida, a Marcela le dio por dejar de ser princesa y convertirse en sapo y por gritar a los cuatro vientos que yo andaba de cumpleaños, así que el mesero nos dejó quietos cuando apareció con el postre, invitación de la casa, que consistía en dos trozos de torta negra envinada con frutas secas, bañadas en salsa de chocolate y con dos rojas, dulces y maduras cerezas. Fino detalle de coquetería.

Al terminar el almuerzo conmemorativo, unas dos horas después, porque el tiempo aunque parecía que estaba detenido por el placer de la comida y sobre todo por el de la compañía, rodaba sin clemencia, tuvimos el acierto de bajar por una de las escaleras laterales hacia la charcutería. 
¡Otra locura! Una "caverna" perfecta para la ejecución del sibaritismo más descarado, porque además de la exhibición de los productos de la marca hermosamente dispuestos en unas vitrinas de un gusto exquisito, de la cava climatizada en la que guardan las carnes curadas “consentidas”, hay un espacio en el que dispusieron de unas mesas y cómodas poltronas para sentirse como un césar primus maximus, para regodearse en los placeres más mundanos, para engordar el ego y alegrar el alma con una o 
unas de las botellas de vino que exponen las estanterías que te rodean y “atarugarse” de quesos, carnes curadas y embutidos de las mejores presentaciones. Se las pongo así: ya tengo el lugar en el que me gustaría quedarme atrapado el día del juicio final, ese en el que se acaba el mundo; ¿ustedes se imaginan? Que se venga lo que sea.

¿Por qué se murió el muertito?
por falta de... !Salud!
Salí con mi esposa a celebrar mis treinta y cinco años a la Casablanca, no conocí a Obama, pero ni falta que me hizo, no le habría parado bolas por andar masticándome la mejor carne del mundo. ¡Hombe!, que no es la Casablanca de Washington, sino  Casablanca el restaurante de las Palmas, y saben qué, tengo que darle gracias a Marcela por regalarme un delicioso recuerdo para toda la vida, porque me impactó la comida, la calidad en el servicio y el ambiente del lugar. Por eso te puedo decir a vos, Salí al restaurante Casablanca, date ese gusto, un gusto que todo sibarita debería de darse cuando quiera comer carne bien preparada. Salí para una ocasión especial o simplemente porque te querés dar el gusto de la vida y te aseguro que no te vas a arrepentir.

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