Nuestro lema

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domingo, 28 de octubre de 2012

“MAJITOS QUERIDOS”, SALÍ A TABÚN Y ME FUE MÁS BIEN QUE UN “BABUTAS”


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Mientras escribía el título, no me lo van a creer, me reía y mucho, porque me acordé de un chiste de infancia ¿se lo saben? El de ¡ay babutas! ¿No?, se los cuento: Un árabe regresa a su tierra luego de un viaje por Colombia. Sus amigos, reunidos, le piden que les cuente de su experiencia y él, luego de los pormenores, les dice que lo mejor del viaje, fue cuando lo llevaron a jugar “babutas”. Emocionados los amigos le piden que les cuente más sobre el juego. Él les explica así:  “ay majitus queridus, el joego se hace en unas salones con muchas, muchas bersonas, tudas tienen unas cartuncitos con letras y números. Un baisano con un megáfonos gomienza a decir un letras y un números y todos deben revisar si en sus cartunes están esos mismos. Entonces se van tabando los números con otros cartunes más bequeñitos. El que los tabe toditus es el que gana majitus queridos. Entonces de un momento a otros alguien grita como un loco ¡bingo! Y todu el mundos tira los cartones bara arriba y grita ¡ayyyy Babutas!

Ahí está la justificación del título, ahora la justificación de esta entrada; la experiencia gastronómica más completa, gustosa, llenadora –entiéndase desde el plano espiritual, no del estomacal– deliciosa, exitante… podría darle muchos más adjetivos pero no quiero cansarlos y sin embargo no puedo dejar de darle el último, ¡la más esperada! 
Hace mucho rato me hablaron del restaurante Tabún, y este año especialmente, me he encontrado con más personas, blogs, páginas web especializadas, programas de televisión y reportajes de prensa, que me indicaban insistentemente que mi cita con ese destino, no se podía aplazar más.

Mi cuñada Paula en septiembre me llevó para mi cumpleaños a un muy buen lugar anteriormente relacionado en este Blog, Sushi light, así que tenía la obligación gastronómica/moral de llevarla a uno igual de bueno para celebrar el suyo en octubre; sin embargo, creo que la superé, porque no sólo fuimos a consumir comida étnica, sino que pareció como si hubiésemos viajado al mismísimo Medio Oriente, o mejor aún, como si hubiésemos estado en el pasado, disfrutando de una de esas cenas que se recrean en las historias de los libros o las películas, de reyes, emperadores o conquistadores en las que plato a plato van desfilando una enorme cantidad de delicias exóticas, mientras un grupo de mujeres vestidas con velos y faldones de monedas clinclineantes se agitan en sus generosas caderas.

Tabun es un restaurante de comida árabe e hindú que tiene dos sitios en Medellín. Uno en el centro comercial El Tesoro y al que fuimos esta vez que queda en el Poblado, en la carrera 33 con la calle 7, detrás del hotel Plaza Rosa. Tabún es el nombre que recibe el tipo de horno de ladrillos en el que cocinan en el medio oriente, de ahí el nombre para este bonito lugar. Para ir, me recomendaron que hiciera reservación porque goza de una muy buena y merecida popularidad y no quería correr el riesgo de no encontrar mesa. Fuimos un sábado, llegamos a las ocho de la noche y pudimos escoger una mesa en la segunda planta. Sin embargo, yo me imaginaba comiendo sentado en el suelo en una sección que ofrece esa posibilidad, con mesas bajitas y cojines mullidos dispuestos sobre una alfombra. Pero no, no me lo permitieron y confieso que eso me decepcionó un poco, sin embargo, la decepción no me duró mucho porque el lugar que nos dieron estaba bien y con la atención que recibimos, más la comida, más el baile colorido y sensual… bueno.

El ambiente es mágico, todo estaba a media luz y los colores de las paredes con sus tonos cálidos, rojos y naranjas nos hicieron olvidar que era una noche lluviosa. La música que se escuchaba cuando entramos era del medio oriente, no sabría decirles si era árabe o de Israel, pero eso sí, era moderna. Luego de un rato, la música se tornó más hindú y los bailes que nos regalaron cada media hora, tal vez cada cuarenta minutos, eran de esa parte del mundo.

El menú ofrece una variedad de platos muy interesante, por eso esta vez quise ir preparado y escogí lo que quería comer desde antes. Ya mis dos compañeras de aventura estaban advertidas, yo quería comer lo que comieron en la película “Indiana Jones en el templo de la perdición” ¿lo recuerdan? De entrada caldo con ojos, luego una boa rellena de sanguijuelas vivas, escarabajos rellenos de crema verde y de postre sesos helados de mono capuchino ¡hummm delicioso! La respuesta de Marcela y de Paula… bueno ya se la imaginarán.

Hablando en serio, al llegar, Lady nuestra mesera se encargó de darnos la bienvenida y de explicarnos muy amablemente el concepto del restaurante en el que nos encontrábamos y nos ofreció el menú para que eligiéramos primero unas bebidas y luego nuestro plato fuerte, que tuvimos la precaución de elegir en casa antes de salir, visitando su página web.

Límonada árabe y Mejaseq
El exotismo es el principal ingrediente del concepto del lugar. Las bebidas que escogimos así lo confirman, porque hasta la limonada que pedimos tenía especias deliciosas. Si no, juzguen ustedes: Para Marcela una Limonada Árabe, que traía zumo de limón, con su cáscara rallada, mezclado con hierba buena. El sabor es fuerte por el ácido del limón y suave, hasta sensual por el sabor de la hierba buena. La dulzura es perfecta y la sensación de frescura que proporciona a cada sorbo, especial. Para mí pedí un Mejaseq, que es un jugo hecho de Maracuyá, banano, mango, mezclados en jugo de melón. ¡Jummm! Es increíble, la mezcla que me pareció en un principio atractiva por lo exagerada, resultó ser perfecta, y para Paula, una Manzana… Postobón, que en este caso resultó exótica porque ella cuando la pidió dijo que quería una “manzana potobón”.

El plato fuerte que habíamos visualizado desde antes era un Mixto Hindú Grande para cuatro personas, lo pedimos porque en realidad yo quería comer cordero, pues este tipo de carne que hace parte del plato aún no la había probado y consideré que esta era la oportunidad perfecta para hacerlo.

Pues bien, cuando empezaron a llegar las cosas a la mesa, comenzó la diversión. En un plato gigante te ponen un pan naan, un tipo de pan hindú que tiene el aspecto de una hojuela gigante con un sabor muy agradable a harina sin levadura. Este pan lo cocinan pegándolo a las paredes del horno hasta que se infla y se dora. Alrededor del pan te ponen ocho platos pequeños cada uno con ensaladas y salsas distintas para comer con el naan. Las combinaciones son alocadas y exquisitas, hay cebollas, tomates, hierba buena, menta, pepino, zanahoria, jengibre, queso crema, perejil, chilis picantes, cilantro, papaya, curry, berenjenas, pimentón, crema de leche, pimienta y quien sabe cuántas cosas más que se me escaparán de la memoria y del gusto. Se supone que el plato es para cuatro personas pero, y esta no es sólo mi apreciación personal, porque las otras dos brujas fueron las que le pusieron voz a mis pensamientos, ¡eso es muy poquito pan para tanta delicia!
Samosas, Makkas con carambolo

Cuando ya habíamos determinado pedir otro pan para terminar con lo que quedaba de las ocho ensaladas, nuestra servicial Lady nos trajo a la mesa otras delicias. Quiero comentar que siempre que nos traían algo esta niña nos explicaba el origen del plato, la forma en la que se come o algún dato importante a tener en cuenta con los sabores. Así que en esta ocasión nos explicó que nos traía tres samosas de verduras, que son unas especie de empanadas hindúes triangulares con un relleno suave vegetariano. 
Son crujientes, la masa parece hojaldre y el interior es blando y muy sabroso, un sueño para los que no comen carne. El plato trae otras tres samosas de pollo, kurma muttan, que son unas empanadas de pollo con vegetales en una masa más consistente, como de empanada chilena, deliciosas y delicadas en el sabor. Las otras tres empanadas se llaman makkas, que son empanadas vegetarianas de masa de maíz, muy parecidas a las nuestras. El plato se completa con las salsas llamadas chutney de mango y menta. Les confieso que eso de empanada con mango me sonaba a arepa con arequipe, sin embargo, estos hindúes para combinar sabores están solos y me encantó, porque la salsa es dulce y picante a la vez y la de menta es todo, menos refrescante, es… magnífica.

Faltaba el plato fuerte, qué para mis compañeras comensales llegaba tarde porque ya estaban casi satisfechas, mientras que yo no veía la hora de enfrentarme a más locuras de sabor. Y entonces nuestra guía, nos trajo el grosso de la locura, cuatro platos más: curry de cordero, el que tanto estaba esperando… bien, creo que mis expectativas eran otras, pues, creo que esperaba que la carne me supiera a algo distinto, me soñaba un sabor a… pero no. Voy a explicarme siendo justo. El plato es bueno, muy bueno, la salsa tiene canela como especia dominante, tiene pimienta seguramente porque también era picante, y la carne estaba jugosa y tierna; sabía bien, muy bien, pero me supo a carne… es decir, pudieron ser de vaca y me hubieran sabido igual ¿no sé si me explico?

El segundo sabor se llama yaru curry de pollo en durazno, su contraste dulce y salado fuerte por el curry es óptimo. El pollo viene en bolitas y está envuelto en una masita. Estas bolitas deben ser fritas o cocidas antes de mezclarlas con la salsa. La combinación es magistral, el paladar se debate entre los dos tonos, un lado de la boca te dice que es dulce, el otro que es salado y tu cerebro te dice que te la goces.

El tercer plato es puro condimento, curry de pollo guara kiji, la impresión es que es fuerte, salado sin tener sal, porque eso si lo quiero dejar claro, ninguno de los platos parece tener sal. En su sabiduría, aquellos que crearon estos platos hace miles de años, no dependían de este mineral para cocinar, por eso fue tan importante y se disputaron tantos imperios la famosa “ruta de las especias”, porque te permitían darle sabor a las comidas sin tener que usar la sal, fuera de eso también servían para hacer perfumes, medicinas, pigmentos, en fin. Este tercer plato, en mi humilde opinión fue el sabor ganador. El más gustoso, el que me hizo viajar hasta lo más profundo de esta cultura medio oriental. Y no fui el único con esa percepción, coincidimos los tres. ¡Qué pollo tan gustoso y delicioso¡ nos encantó, nos dejó con ganas de más.

Para completar el cuadro el cuarto plato traía un acompañamiento de papas madarasi y arroz basmati. El arroz estaba suelto, pero se sentía distinto, entre blando y consistente entre ligero y pegajoso. Las papas estaban simples, pero entiéndase nos simplonas, sino, de sabor tímido, no tenían sal, se saborizaban con el curry tenue que también les daba color. Sin embargo, al combinar todo con los otros sabores, en especial con el curry de pollo, se complementaban y se convertían en eso que te hace asentir complacido con la cabeza con cada bocado.

Estos tres platos tienen una razón de ser, al venir juntos cumplen con una intención por parte del chef, y es ahí donde uno se da cuenta de que “el que sabe, sabe” y por eso es el que manda. El cordero aporta un sabor amargo, el curry de durazno, el sabor dulce, el curry de pollo guara kiji nos entrega el sabor salado y el arroz y las papas, un sabor neutro que limpia las papilas para volver a hacer la ronda. ¡Maestro, me le quito el sombrero!

Terminaré con contarles que al terminar con todo esto, nos dimos cuenta de que muchas de las ensaladas y salsas que nos habían puesto en la mesa, todavía estaban ahí, mirándonos desdeñosas desde sus platos, no invictas, pero si desafiantes, entonces, como si fuera poco, le pedí a Lady que me trajera otro pan naam para acabar de una vez con ese asunto. Yo con esa no me quedaba. Y así fue, “vino el pan, y las salsas que se van”.

Al final, le pedí a Lady que se tomara una foto conmigo, porque me encantó el servicio y quiero resaltar su disposición, amabilidad y sentido servicial, y también le pedí que nos trajera además tres tazas de té de frutas con hierbabuena, que me pareció un bajativo de lo más efectivo, porque no fue si no pagar la cuenta y dirigirme a la salida para que me dieran ganas, todavía sin salir, de volver.
¡Qué ojos tan bonitos! ¿No?

El lugar es muy especial, el ambiente, la música, la comida, la bailarina (que aquí entre nos, está como le da la gana) cuya manera de bailar es uno de sus mayores atractivos, y los ojos, eso sí, los ojos son muy bonitos y expresivos… en fin, el servicio, los mismos comensales que pareciera fueran en su mayoría extranjeros; todo, todo lo que compone Tabún, hace que esta experiencia gastronómica haya sido una de las más impresionantes y sensitivas de las que he realizado hasta ahora.

Así pues que Salí a celebrarle el cumpleaños a mi Cuñis en Tabún y encontré un lugar donde me sentía como un aventurero, como si estuviera viajando por tierras muy lejanas, porque sin dudar lo aseguro, eso logra este restaurante del que les hablo. Así era como me imaginaba todo, me sentí en las riveras del Bramaputra, al lado del río Ganges… se los dejo así, sentí el Kama Sutra en la boca: Una orgía milenaria de sabores contemplada en un plato. Quedé como un "principe" pero hindú, o como un Majaraja Árabe, por eso me siento con toda la propiedad de decirte a vos: Salí a Tabún, tenés que ir, no dejes de ir, porque si te gusta viajar, si te gusta que te sorprendan, éste es un lugar al que no podés dejar de ir. Te aseguro, te lo aseguro, que no te arrepentirás.


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