Nuestro lema

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sábado, 18 de agosto de 2012

SALÍ Y ME COMÍ UNA CASCADA DE COSTILLAS DE BÚFALO


Mi primer apellido siempre me ha gustado; tiene carácter, peso, es más, a veces hasta intimida. Me ha precedido en muchas ocasiones y me precede en muchos aspectos personales; ya algunas veces he escuchado frases como: “ese Torito es todo un toro”. Modestia aparte —No creo que sea necesario aclarar que eso lo escuché cuando jugaba baloncesto—. Cuando era niño sin embargo me causó algunas molestias por cuenta de un personaje de tiras cómicas. Me molestaba porque Torombolo era el tonto de un grupo de muchachos que tenían una banda de Rock que se llamaba “Los Archies”, y la mera referencia comparativa con alguien medio estúpido me desencajaba. Pero eso se superó. Claro, aún hoy en día, no falta el “Torombolo” que al leer mi nombre en una lista le sume la palabra “vaca” inmediatamente después, pero eso, ¡bah! No amerita nada más allá de esperar un descuido para rayarle la lonchera y listo, prueba superada.

Los Búfalos Mojados
Picapiedras - Hanna y Barbera
Y para seguir con referencias de la tierna edad, recuerdo que en otra tira cómica los personajes principales adoraban jugar a los bolos y pertenecían a una logia que tenía un nombre muy particular, que me llamaba la atención porque de cierta manera, lo sentía totalmente vinculante a mi apellido. Pedro Picapiedra y Pablo Mármol eran miembros de “Los búfalos mojados”, club del que me sentía miembro por derecho propio. La palabra búfalo siempre la relacioné con la imagen de los bisontes y la interpretaba como la imagen de los toros de Norteamérica, me encantaba y así me sentía cuando tenía que enfrentar un reto, como un toro peludo y corpulento al que no se le podía interponer nada. Pensándolo bien ahora me veo como uno, bueno, en una versión algo más… chibchombiana. 

En fin, los toros, los bisontes, los yaks, los búfalos, me parecen fascinantes, por cómo se ven, por lo que representan para las culturas a las que pertenecen y además por su importancia en la gastronomía, es decir, por lo que saben, o mejor dicho, a lo que saben. No puedo ni siquiera describir la eufórica sensación que tuve al saber que el queso mozzarella estaba hecho con leche de búfalo… esteeeeee, creo que mejor aclaro; con leche de búfala. Para qué les digo que no, si sí, el queso mozzarella o queso para partir, es una delicia en cualquier presentación, seco, duro, semiduro, fundido, rallado. Y resulta que este queso se puede hacer con leche de vaca o de oveja, pero el mejor es el de búfala, porque contiene un mayor contenido de grasa, lo que lo hace más cremoso.

Chiva del Peñol
transporte público muy colorido
Es decir, lo que viene del búfalo, es bueno, muy bueno, así que no imaginan lo que pensé cuándo una vez, viajando hacia el oriente antioqueño, vi un anuncio que de inmediato me cautivó y me dejó soñando con sucumbir a la promesa de su mensaje: “Estadero La Cascada, nuestra especialidad, costillas de búfalo”. En realidad, tuve que pasar dos o tres veces más para llegar a obsesionarme con la idea. Hasta que un día, luego de planear un viaje a San Carlos, le propuse a Marcela no comer nada antes de salir para llegar a La Cascada bien hambreados. Fue un viernes, Marcela salió temprano de la oficina y, para que se hagan una idea de cuán obsesionado estaba con la idea, al recogerla, mi saludo fue: ¿estás lista para comer costillas de búfalo?
El restaurante La Cascada, es un estadero de carretera que se encuentra en el kilómetro 10 de la vía Marinilla – El Peñol. Apostado en una curva pronunciada, es imposible no verlo pues el terreo es generoso y tiene avisos para ser vistos sin importar la dirección en la que se viaje. Es más, el lugar ofrece el servicio de piscina, y tiene un mini parque de diversiones para niños con cama elástica, túneles y deslizaderos. Es decir, brinda plan completo para la familia.

El sitio tiene varios ambientes. Uno bajo techo en la construcción con sillas y mesas para comer, esto hace la experiencia un poco más íntima. Otro es el área de la piscina, separado por una reja controlada por los empleados del restaurante, allí hay unas pocas mesas también. Otro es el parque de atracciones para los niños, con juegos gratis como los columpios, pasamanos y juegos por los que hay que pagar cómo la cama elástica. Hay un ambiente que tiene un techo de madera sin paredes que han dispuesto para las parrillas de asado y las mesas de preparación, allí sólo hay espacio para los empleados. Y hay un ambiente, que fue el que nosotros escogimos para poder tener a Gertrudis cerca de nosotros a la hora de comer, que está bajo unas carpas grandes, lo que te da la sensación de comer al aire libre, pero protegido del sol o el agua.

El lugar estaba casi vacío, es lógico, era viernes y ya pasaban las dos de la tarde, pero he de contarles que por lo general, los fines de semana es bastante concurrido y luego de probar la comida, lo entiendo. Al llegar nos llevaron la carta y aunque ya sabíamos que era lo que queríamos, no dejé de tentarme con las propuestas del menú que son muy variadas y vienen con unas fotografías muy sugestivas. Además de las costillas, ofrecen lechona, cochinillo al horno, trucha a la marinera, lomo de cerdo en ciruelas o hawaiano, viudo de pescado, en fin, para todos los gustos.

Chigüiro, la que no tiene
palitos
Sin embargo mientras esperábamos la mesera nos llegó con un platito lleno de delicias, una muestra de carne asada a la llanera y unos trocitos de carne de chigüiro. Marcela, en tanto le pusieron la carne al frente, pidió que le identificaran de inmediato la carne del roedor más grande del mundo, la separó y ¿adivinen quien no pudo probar la carne a la llanera? Lo que les puedo decir, es que la carne de este animalito es absolutamente magra, la textura es sólida pero suave a la mordida, tiene un sabor ligeramente parecido al cerdo y me encantó. Para la próxima, me pido una porción completa porque me convenció. Se los recomiendo.

El restaurante tiene un potente sistema de sonido para cubrir todo el terreno y la música es algo festiva, del tipo que le gusta a la gente del campo, Giovanny Ayala, Darío Gómez, ya saben, todo hace parte de la experiencia. Mientras esperábamos nuestro pedido me fui a caminar, a conocer los ambientes del lugar acompañado de la Gertru que no se pierde la corrida de un catre y aproveché para admirar el proceso de asado de cerca. 
Claro que voy a confesar algo más inquietante si puede decirse, tenía ganas de ver cuál es la apariencia de la carne de chigüiro; me moría de ganas de ver si lo asaban completo, pero no, me quedé con las ganas de una garrita, y de ver cómo luce cruda. Sin embargo lo que más me gustó fue ver los trozos generosos de carne de res colgada en los pinchos de hierro al estilo llanero, chisporroteando en sus propios jugos y sudando su misma grasa, mientras despedía ese olor tan delicioso que estimula los jugos gástricos y te hace agua la boca.

Por fin trajeron a la mesa nuestro pedido y los ojos se me pusieron como un par de huevos estrellados. En una bandeja de barro de muy buen tamaño, en mi concepto apetitosamente presentado, sobre una cama de lechuga traen papas cocidas, plátano maduro también cocido, muy dulce, que hace un contraste de sabores muy bueno de verdad. 
Yuca cocida y un buen pedazo de aguacate maduro, todo acompañando a las protagonistas de este relato, las costillas de búfalo, qué confieso, en primera instancia me desilusionaron un poco, porque estaba esperando que superaran el tamaño del plato, a lo picapiedra; me soñaba agarrando tremendo hueso del que se desprendiera la carne mientras se me llenaban los cachetes y la cumbamba de grasa y salsa. Pero no, el cocinero incluso antes de asarlas, las corta en trozos pequeños para que sean fáciles de manejar, pero además, creo que para poder asar muy bien los generosos pedazos de carne que abrazan el hueso.
El sabor es delicioso, y sí, se siente distinto, es decir, es vacuno, pero se sabe que no es res. La textura de la carne es diferente, la fibra es más gruesa pero es muy suave. Tiende a ser más grasosa, y creo que es lógico, pues es un animal que vive en pantanos y se debe proteger del frío, por tanto es fácil encontrarse con uno que otro “gordito” en la mordida, pero es muy similar al “gordito” de la punta de anca, cosa que me encanta. La costra del asado es muy particular, la primera mordida me impactó, fue extrañamente agradable, tenía una combinación de dulce y salado. Me supo familiar pero no podía identificar el sabor, además cuando fui a “brujear” el proceso no noté que le adicionaran nada más a la carne, por tanto fue un misterio que Marcela me develó luego de las primeras mordidas. A la carne parece que la bañan en jugo de panela, lo que favorece la cocción, dora la carne y adiciona ese sabor tan especial.

En total, Salí a comer costillas de Búfalo a La Cascada y la experiencia fue un “éeeeexitooooo”. El lugar me gustó mucho, es perfecto para empezar un paseo de muy buena manera, con un almuerzo o comida antes de llegar al destino, como destino, o para terminarlo, de regreso a casa. Es muy recomendable y vale la pena experimentar comer un tipo de carne no tradicional, al menos para nosotros, además de que se tiene la opción de ingerir otras especies iguales o más interesantes. Por eso me siento con toda la propiedad para decirte a vos también, Salí a comer costillas de búfalo a la Cascada, son deliciosas, te proporcionarán una experiencia diferente, arriesgada para algunos, pero muy sabrosa, como mínimo aprovechás una cascada de opciones y Salís a pasarla rico.

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