Nuestro lema

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sábado, 9 de junio de 2012

SALÍ POR NUEVOS MEJORES RECUERDOS, VOLVÍ A SALENTO

ALBERT EINSTEIN 
Un señor muy cabezón hace algunos añitos ya, cien pasaditos, propuso una teoría física que hoy aplican hasta las viejitas chismosas en las conversaciones coloquiales: ¡ay mija, todo depende de dónde se le mire, eso es muy relativo!
Y aunque no podamos viajar a la velocidad de la luz para comprobar que el tiempo no es constante, si nos podemos dar cuenta de qué dependiendo del punto de vista que tengamos de algo, todo es muy bueno, muy malo, muy rápido, muy lento, es decir: “todo es relativo mono”. Es más, podemos comprobar que el tiempo se hace largo para el que sufre y corto para el que goza –con esa me hubieran dado el Nobel a mí-  Los que saben de física me deben de estar odiando por ignorante, pero denme crédito, la frase está buena, aunque tampoco es mía…  bueno, la idea es esa.

Mi punto, apoyado en el pensamiento de Einstein, es que, repetir viaje, volver a dónde ya se había ido puede parecer aburrido, una bobada, un desperdicio, sabiendo que se pueden conocer lugares nuevos. Pero no, y es que todo viaje así se haga al mismo lugar, siempre va a ser diferente. ¿Por qué? Porque todo depende… de la época, de la compañía, de la edad. La construcción de nuevos recuerdos en un lugar conocido va a estar atenido a la medida del tiempo. Me explico, cuándo se termina un viaje de éste tipo, el concepto que se tenga de éste, ya saben, de si fue un buen o un mal viaje, depende de la cantidad de tiempo que se fue consciente de que pasaba el tiempo.

Y no se puede estar más consciente del tiempo que cuando se sufre, o cuando se está aburrido. Por eso me parece que puedo comenzar este relato por esa parte, por la cuota de sufrimiento qué  está ligado a un tormento también antes descrito, pero esta vez compartido. ¿Les suena la palabra SOROCHE?, porque a mí sí, y me suena retumbándome en la cabeza, y revolviéndome la tripamenta… claro que a mí solito, NO.
Para resumir el cuento, fuimos al nevado del Ruíz los cinco, muy bien abrigados, incluso la Gertru que lució más arropada que nunca. La nena, que para ser un Bulldog inglés es más bien malita para el frío, sólo subió hasta los cuatro mil cien (4.100) metros de altura. Se quedó en el refugio muy bien cuidada por el personal del parque que ya están acostumbrados a estas situaciones y tienen guacales para proteger a las mascotas de aquellos que no concebimos los viajes en familia sin un miembro tan importante.
Encima de las nubes
El ascenso estuvo bueno, calmado, hasta que las minúsculas venas que irrigan los “dos kilogramos de estopa” que tengo en la cabeza, me recordaron que eso de la subida a los cinco mil trescientos (5.300) no es para “nenitas mantequeras” y me obligaron a quedarme en el “Valle de los Muertos”. 
Tocando nieve
Ahora que lo pienso, qué nombre tan apropiado, porque así era como me estaba sintiendo, sobre todo porque tomamos la decisión de dejar que los muchachos terminaran de subir y cumplieran su sueño de latino tropical promedio “tocar nieve”, mientras que Marce y yo nos quedábamos “retozando” a cuatro mil seiscientos (4.600) metros sobre el nivel del mar. Lugar en el que me tuve que despedir de mi dignidad y de mis gafas Ray ban, porque cuando se está en un estado tan deplorable y con tan poquito oxígeno para respirar, se olvidan fácil las cosas y todo lo dejé en la carpa de uno de los guardaparques.
¡Qué bonito!, ellos felices de la moña
y nosotros muriéndonos con Soroche
En fin. Luego de veinte minutos de espera por los muchachos, Marcelita ya no estaba en condiciones tampoco. Ambos sentimos en lo profundo de nuestras almas que las casi dos horas  mientras bajábamos de la montaña hasta Manizales, fueron una tortura que nos dejó, con un dolor de cabeza “ni el macho”, algo mareaditos, con el tracto digestivo limpiecito, los abdominales cómo los de un modelo de pantalonetas narigonas, bueno, tal vez no se veían así, pero les juro que sentía cada uno de los “musculitos” del abdomen, la garganta adolorida y un saborcito de boca, más bien “maluquito”, por lo demás, bien, bien, gracias.

Agotados después de un largo día
Ese día llegamos a la hostería Las Nubes en Salento, ya entrada la tarde; nos recibieron como a unos familiares que llegan a la finca del abuelo Botero. Don Fernando y Pepa Pombo se encargaron de hacernos sentir así, incluso la Gertru tuvo su bienvenida perruna. Por el malestar en el que nos encontrábamos Marce y yo, decidimos tomar un baño comer ligero y acostarnos a dormir, para estar preparados e iniciar nuevas aventuras al día siguiente.  
Salento en atardecer
Me declaro un enamorado del Quindío, ¡qué tierra tan linda!, ¡qué gente tan amable! ¿Qué buena opción para ir de vacaciones! ¡Qué rica comida la que se encuentra!
El primer día en Salento salimos a almorzar sin ninguna pretensión. Sin embargo sí nos guiamos por los consejos de don Fernando, quien nos dijo que nos recomendaba un restaurante de la plaza del pueblo, propiedad de una mujer con manos de oro, que trabajó con él en la hostería. Ni cortos, ni perezosos, corriendo un poquito de la lluvia, terminamos sentados en el restaurante de Somy.

En restaurante SOMY
Este sitio es uno de esos típicos que se encuentran en cualquier calle colombiana. Alguna vez fue una casa habitada por alguien importante del pueblo eso sí, pero que por el auge turístico o cualquier otra circunstancia, dejó de ser un hogar habitable para convertirse en un local comercial. Está  bajo el nivel de la calle, por tanto el acceso es “dificilongo” pero se le perdona todo, el espacio interior es muy pequeño, pero así es más sencillo notar que la gente sonríe en todas las mesas, y eso es garantía de calidad.  Como no cabíamos en el interior nos sentamos en una mesa que tenían instalada bajo una carpa en la calle, justo al frente.

Arepa frita con hogao
Con la carta, nos trajeron unas arepitas fritas con hogao. ¡Qué buen recibimiento! No joda, así es como me gusta que me reciban, con la arepa caliente, bien aceitosa y lista para echarle algo encima. Bueno, en realidad no fue un regalo de la casa, pero ustedes me entienden, este tipo de analogías no las puedo dejar escapar.
Cañón a la plancha y papitas
Hicimos un pedido acorde con las hambres y el tamaño de los comensales, la niña de la mesa se pidió un cañón de cerdo asado con papas a la francesa. La carne, deliciosa, suave y de muy buen sabor. A la final, Marce se fue a la fija.
Trucha gratinada
Alejandro, pidió una trucha con champiñones en salsa de queso, gratinada. No la probé, pero según el aspecto del plato, el olor que despedía y el silencio sepulcral del muchachón éste, contando con que habla hasta por los codos, pues bueno, no creo que haya mejor referencia al respecto.
Bandeja Paisa
Daniel y yo nos fuimos por la montañerada y pedimos una bandejita, pero ojo, una por cada uno. Me parece importante aclarar porque aunque probablemente nos debemos de ver muy tiernos dándonos cucharaditas el uno al otro, ese no fue el caso. ¡Cómo se te ocurre!

La bandeja Estaba muy buena, y la pedí, en lo personal, porque fue don Fernando el que me dijo que no dejara de medirle la sazón a Somy con los fríjoles, que cómo comprobé, son sublimes. Y nada que decir acerca del huevito, el aguacate, el chorizo, el chicharrón, la carnita molida, la tajadita de plátano maduro, el arrocito…  deje así más bien. Totalmente recomendable.

Salento es un pueblito que se nos clavó en el corazón. Caminar por sus calles es encontrarse con cualquier tipo de sorpresa. Lo mejor de todo es que soy capaz de asegurar que la mayoría de la gente anda con una sonrisa en el rostro, o por lo menos así lo recuerdo porque así es cómo me siento, cuando pienso en este poblado quindiano.

En el mirador del Valle del Cocora
No me canso, y creo que volveré, por supuesto que sí. No me aburro de la calle real, de sus propuestas artesanales, de sus balcones, de sus bancas para descansar o comerse un helado, del mirador, de las ciento “no sé cuántas” escaleras del viacrusis, del Valle del Cocora, de las palmeras de Cera… ¡qué vuelvo, vuelvo! Se los prometo.

Salí de nuevo a la Mojitería
Para despedir esta entrada quiero contarles qué no me quedé con las ganas, de desquitarme de una que me quedé debiendo de mi primera visita. Yo no me quedo con nada, lo que prometo lo cumplo.

Tomando Mojito
Y es que volví a La Mojitería y esta vez, sí me tomé un mojito; mi veredicto: “COSA MÁS GRANDE CABALLERO”. Delicioso, la hierba buena, estaba más buena que otra más buena, el azúcar más dulce que el melao de caña y bueno, el palito de RON, era tremendo tronco. Ah y me lo adornaron con un carambolo, ¡carambolas!

Otra de las novedades, por lo menos para mí, fue que se nos apareció Duffman, el de los Simpson y nos ofreció una cerveza Duff. Es gracioso, yo no sabía que ya se podía usar esa marca, bueno, todavía no lo sé, pero ¿adivinen de dónde es?: made in Medallo papá. Ya me imagino este link en el Facebook de Matt Groening con un “Me gusta”  ¡yyy,  uffff!

Para esperar la comida pedimos una entrada deliciosa que cumplió muy bien con su cometido, abrirnos más el apetito. Unos deliciosos crostinnis de tomate, queso fundido, pimienta, orégano, bañados en aceite de oliva. Juzguen ustedes. ¿Y saben qué? Hace poco atendí una visita inspirado en este plato y quedé cómo un príncipe.

Ensalada César
La Mojitería cuenta con una cheff muy buena –por favor entiéndase este comentario en el ámbito gastronómico, por aquello de que voy bien, todavía no me he calentado con la coronela- y la comida es muy gustosa y de muy buena calidad. Sólo para comentarles, el pedido esta vez fue una deliciosa ensalada César para Marcelita. Fresca, sabrosa, con queso y pollo en su punto.
Crepé Oriental

Alejandro se pidió un crepé tentación, del que ya les había hablado en una entrada anterior (ver entrada LaMojiteria
Crepé Tentación
Daniel se pidió un crepé oriental que se llevó un buen puntaje en sabor y presentación, aunque para el gusto de Daniel, estaba algo picante, pero eso sí, no dejó ni la lechuga con la que lo decoraron.
Medallones de cerdo
Para mí, pedí unos medallones de cerdo con cebolla caramelizada y queso fundido. Apetitosos, bien presentados, olían espectacular y sabían mucho mejor. La carne de cerdo estaba tierna, jugosa, el queso estaba simplemente maravilloso y la pimienta que trae por encima le da un toque… internacional, porque es de pimienta gruesa molida sobre el plato. El acompañamiento fueron unas crujientes papas a la francesa y ya. ¿Qué más quieren?

¡qué vidita!
Salí en familia a Salento, repetí viaje, pero con la confianza y seguridad que da volver a donde lo cuidan a uno cómo si fuera de la casa. Fui consciente del tiempo, poco tiempo, es decir, que de un viaje de varios días, estar consciente unas cuantas horas, significa qué “relativamente” ¡pasé más bueno que un verraco! Y todavía no les he terminado de contar todo sobre el viaje, porque tengo dos entradas especiales de experiencias que valieron mucho la pena y que ya les contaré. 
Con patas de Monstruo, un recuerdito
Por eso, te puedo decir a vos con toda tranquilidad: Salí, visitá el nevado del Ruiz, porque quien sabe por cuánto tiempo se podrá disfrutar de esa belleza natural, si no conocés a Salento, ¿qué estás esperando? Y si ya lo conocés, hay que volver, siempre se pueden tener nuevos mejores recuerdos.

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