Nuestro lema

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domingo, 17 de junio de 2012

SALÍ AL PARQUE DEL CAFÉ Y NO ME TOMÉ NI UN TINTO, NI DOS…


Recuerdo que alguna vez, el “amigo” de una tía —imagino que tratando de conquistarla— quiso ganarse unos puntos demostrando que era bueno con los niños. Contaba yo con unos ocho años, andaba armando un rompecabezas de quinientas piezas en el suelo de la sala de la casa de mi abuela. El hombre de mostacho generoso, moda muy acostumbrada por los jóvenes de la década de los ochenta, se sentó en el suelo conmigo y mientras cogía una de las piezas del rompecabezas para buscar su lugar en el armado, empezó una conversación haciendo las acostumbradas preguntas estúpidas con las que un adulto siempre intenta acercarse a un niño: “Y… ¿te gustan mucho los rompecabezas? Y… ¿si vas a ser capaz de armarlo solito? Y… ¿tú sabes sí tu tía tiene novio?  A todas estas preguntas, recuerdo, le contesté con la misma claridad y capacidad intelectual con las que las formuló: “claro”, “Obvio” y “no sé”, pero cuándo se dejó venir con la siguiente, yo ya estaba desesperado y con ganas de que se fuera a hacerle mejor las preguntas a mi tía, así que tenía que tratar de aburrirlo para que me dejara como me quería, solito.
Y entonces se dejó venir con la peor: “Y… ¿Qué quieres ser cuando seas grande?" Lo pensé un poco, y me dejé ir con la siguiente respuesta: “Pues… cuando sea grande, voy a querer volver a ser pequeño”. Todavía recuerdo la expresión del galán de pueblo ese; una risita pendeja, un nuevo intento fallido por poner la pieza del rompecabezas, misma que le quité para ponerla en el lugar correcto y un “bueno Andrés, espero que termines tu proyecto”. Con esa lo reventé por dentro.

Base del Teleférico para bajar
Ahora en retrospectiva, me doy cuenta de que tenía toda la razón, hoy, quisiera volver a ser pequeño. ¿Usted no? No me extenderé en razones personales y obvias, pero cuando se tiene una niñez bonita, se puede asegurar que esa es la mejor etapa de la vida. Pues bien, de eso se trata esta entrada, de volverse niño otra vez, pues el Quindío tiene una de las mejores opciones que he conocido para regresar a la tierna edad, sin importar con cuántas canas, arrugas, kilos o complejos demás se tengan: “El parque Nacional del Café”.

Desde Salento, base de nuestro viaje, hasta el parque hay unos cuarenta minutos de recorrido. El mejor consejo que puedo darles es que hay que llegar lo más temprano posible. Éste abre a las nueve de la mañana y a esa hora ya hay una fila de cuadras.

El municipio en que se construyó este divertido lugar se llama Montenegro; es un pueblo grande, de calles desordenadas y construcciones informes. Llama la atención el hecho de que bulle de gente desde temprano, sin duda porque el parque atrae una enorme cantidad de turistas y eso hace que la actividad comercial de Montenegro sea una locura desde horas tempranas. Sin embargo hay una actividad muy particular, que me conmovió y hasta me disgustó. Quindío cómo siempre lo he dicho cuenta con una muy buena señalización vial; si se está atento se puede llegar a dónde se quiera con los avisos informativos viales. Pero en este municipio se comienza a notar un vandalismo selectivo en contra de dichos avisos. La respuesta está en cada esquina en la que se gira. Un ejército de niños en bicicleta se te interpone en el camino, literalmente, mientras que uno o dos se te acercan a la ventana y se pegan del carro arriesgando su integridad física y hasta su vida. “paisa, sígame que yo lo llevo al Parque del Café”, me decían, mientras evitaban a toda costa que los adelantara. Me tuve que enojar, y como esos niños nunca han visto a “un indio crespo” me tuvieron que dejar tranquilo.

Estación del Tren del café
El negocio es sencillo, los habitantes del municipio se han encargado de semidestruir los avisos informativos. Aprovechando el caos que se forma por el tránsito no lineal que tiene Montenegro, que implica una ruta intrincada y llena de giros para llegar al parque de diversiones, entonces los niños en bicicleta se ofrecen como guías no legales y, “braviados”, los turistas deben soportar que uno o dos se adelanten y los hagan seguirlos; al terminar la ruta, se pegan del carro y cuasi obligan a darles dos mil o tres mil pesos por la guianza. Hace poco vi en un noticiero cómo el alcalde se había metido en problemas, precisamente porque un turista caleño le pasó por encima a uno de estos niños con su camioneta. Esto lo cuento porque hay que tener más cuidado y responsabilidad y en mi concepto, no alcahuetear este tipo de actividades en las que, como en el caso expuesto en el reportaje del que les hablo, estos niños son incluso obligados por sus padres.

Desde el Teleférico vista del parque
Ahora sí entremos en materia. El Parque Nacional del Café tiene un concepto muy atractivo, pues todo gira, como su nombre lo indica, al rededor del café. En una enorme finca cafetera, unos visionarios tuvieron la idea de convertir su vida habitual en una atracción turística. Así entonces la producción del café, desde el sembrado, pasando por la cosecha, hasta la experiencia misma del consumo, con una atracción mecánica allí, una atracción con animales de granja allá, un show músico teatral por acullá, hicieron de una antigua finca cafetera, uno de los lugares más atractivos para ir en familia a pasar un día inolvidable.

Llegamos al parque pasadas las nueve de la mañana. Cabe anotar que los parqueaderos se llenan rápido, pero hay muchas y variadas alternativas antes y después de la entrada oficial, así que no hay problema. Nosotros alcanzamos plaza adentro por la que hay que pagar al ingresar. Los ingresos peatonales son varios y organizados. Primero se paga por el pase que se identifica con una manilla de colores vivos que cada quien debe llevar en todo momento en la muñeca de la mano. Estos pases tienen diferente valor y te dan entrada limitada o ilimitada según tu preferencia o alcance del bolsillo. Lo mejor de todo es que dejan entrar a las mascotas, siempre y cuando tu concepto de mascota no sea tener un cocodrilo, de resto, ¡no hay problema¡

Desde que se entra se sabe que la experiencia va a ser algo de otro mundo, y lo digo con el entusiasmo de un niño chiquito. Y es que todo está concebido para admirar, para impactar. Los jardines, las construcciones en guadua, los monumentos, las alegorías al café, en fin.

La primera decisión “difícil” que hay que tomar es, ¿bajamos a la sección de atracciones mecánicas en teleférico o telesillas? Aunque también lo podés hacer por el senderito empedrado que atraviesa los cafetales, pero ¡ah! ¿Quién en nombre de la diversión tomaría esa opción?

Estación del Tren del café
Abajo, el parque se divide en dos secciones, cada una tiene una surtida cantidad de actividades para realizar y entonces sí se hace difícil tomar decisiones, en especial porque casi de inmediato, te das cuenta de que no va a alcanzar el día para hacerlo todo, es más, ni siquiera para realizar todo lo que te gusta.

Gertru gozandose el Tren
En nuestro caso decidimos ir a la estación de trenes y subirnos a uno muy bonito que da un paseo súper agradable para llevarte sobre rieles a la segunda sección del parque. En el recorrido se atraviesa la cultura del café, con maquetas y maniquíes te la recrean y se disfruta de un paseo lento y muy agradable. La que más se la gozó fue la loca poseída de la Gertru, que aprovechó que el tren no tiene puertas y se refrescó los cachetes sacando la cabeza incluso en los puentes.
Enojada porque no la dejaron subir
a los carros chocones

Como dije antes, el parque tiene atracciones de todo tipo qué pueden disfrutar desde las mascotas, pasando por los abuelitos, hasta los más aventureros y osados. Aquí les hago un breve recuento de las atracciones que alcanzamos a difrutar.

Lanchas “choconas”, en realidad no recuerdo si se llaman así, pero son muy apetecidas y hay que hacer fila un buen rato. Las lanchas tienen un pequeño problema, y es que son muy pequeñas, por tanto, las personas de buena estatura se ven algo…  incómodas.

Rueda Chicago, Atracción romántica que se usa en todas partes del mundo para darse picos en las alturas. muy suave, permite ver el parque desde arriba y desde abajo, desde arriba y desde abajo... se goza bastante, para qué les digo que no, si sí.
Carros “chocones”, a quien no le gustan, son divertidos, fáciles de manejar y te permiten sacar ese “Merlano” (conductor irresponsable) que todos llevamos dentro. Yo por ejemplo aproveché para cobrarme unas cuantas que le tenía guardadas a…  nadie, a nadie, no me paren bolitas.

La Cumbre, una torre de unos cuarenta metros en los que vos haces el papel de piedra en una cauchera gigante, entonces te sentás como si nada y te suben despacito, para que admirés el paisaje y cuando menos lo pensás…   ¡ZUAZZ! Te dejan caer a velocidad de “nies”. Creo que todos me entienden el término, si no, me refiero a aquella sensación que le da a uno en un lugar muy particular que ni es “aquello” ni es “aquellito” en situaciones de extrema velocidad o bajada.

Los rápidos, esta atracción fue la que más le gustó a Marcelita, tanto que se subió tres veces y quería más. Consiste en un circuito de aguas tumultosas que se hace en un bote al que le caben unas diez personas. Es un Rafting seguro, en el que seguro te mojás hasta el último pelo. Porque si no son las olas causadas por los hidroimpulsores del recorrido, lo hacen los chorros y las cascadas dispuestas para que te emparamen en el recorrido. Es divertidísima.

Montaña acuática, Esta atracción es una montaña rusa cuyo componente de diversión es hacerte atravesar a toda velocidad en un carrito con forma de tronco un charco de “caldo de gente”, es decir, de agua sucia. Aunque es muy divertido, quedé con la sensación de que me debía bañar lo antes posible, sin embargo la diversión me hizo olvidar rápido esa sensación, que recordé de nuevo cuando me descubrí en la noche un brote extraño en los brazos…   jajaja, mentiras, no pude evitarlo, y eso que deben agradecerme que no hago la primera analogía que se me vino a la cabeza al ver la forma y color de los carros y el color del agua en la que uno cae desde arriba.  Dejemos así.

Montaña Rusa, Esta atracción me encantó por la velocidad que se desarrolla. La espera en la fila es de casi cuarenta minutos, pero vale la pena, pues esta montaña se precia de ser la más larga construida hasta ahora en Colombia. La subida hasta la torre principal en caracol es el preámbulo de lo que se viene después. Es tan rápida que se le puede aplicar sin ningún miedo esa frase célebre de “me despeluqué” si no, mírenme el peinado en la foto.

El Ciclón, ¡jummm¡ Esta atracción es “pa’ machos” ¡qué loqueta!, si son de estómago sensible, si tienen poca tolerancia a la velocidad “nies”, si se marean “voleando un poncho”, no les recomiendo que se suban a la centrífuga gigante esta. Les digo una cosa, yo estoy acostumbrado a volar en cometa, a las alturas y a la velocidad, pero esta “vaina” me tocó límites que yo no me conocía. Al final dejé de luchar contra la sensación de la gravedad que no te deja mover las manos y te pega el “pecho del asiento” porque la espalda no se siente, y me la gocé. Ah y me reí con los que gritaban desde los otros carritos “amá, amaaaaaa, ¡bajenme de aquí! Pero en serio, la atracción no es para cualquiera, si no les cuento, que Alejandro casi se daña el paseo, se recuperó a la hora y todavía estaba temblando.

No nos alcanzó para más, queríamos ver al menos uno de los tres shows de teatro que tienen y “no hubo forma mono”, queríamos montar en otras cuatro o cinco atracciones y el tiempo simplemente no alcanzó, porque como ya les había dicho en la entrada anterior, “el tiempo es muy corto cuando se goza”.

La comida no es un punto por el cual se sufra tampoco, hay muchas opciones en el parque, se puede comer desde un pollo frito de marca, hasta un almuerzo casero con colores de otra región, como la opción que escogí yo, en uno de los restaurantes dispuestos en una de las muchas plazas de comida que hay, me pedí un caldo de pescado y una sobrebarriga con ensalada y arroz. Muy buena, muy barata y muy reconfortante, hecha por manos santandereanas “mano”.
Así que Salí al Parque Nacional del Café en el hermoso departamento del Quindío, qué les puede decir este niño para que entiendan lo que siente incluso recordando. La experiencia es maravillosa no sólo por el hecho de volver a ser niño y poder subirse a unos “carros chocones”, o a la “Rueda Chicago”; es la mezcla de sensaciones que hacen de la experiencia, una mezcla de sentimientos totalmente placenteros. Es estar con la familia, es sonreír porque te nace desde muy profundo, es disfrutar desde del sol que te baña, hasta la sensación de vértigo de una máquina que te da y te da vueltas. Por eso te digo a vos con toda convicción, Salí, date un gusto, llevá a tu familia, a tu novia, a tu mamá, a tu mascota, date el placer de volver a ser niño, disfrutá de la vida porque a la final, sin importar a qué horas tengamos que pasar revista, nadie, “nos va a poder quitar lo bailao”.

4 comentarios:

  1. Master y Friend, saludos y mis respetos! duro la licuadora humana jejejeje

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  2. Gracias Milo. Es muy reconfortante encontrar tu coetario en mi Blog.

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  3. Felicitaciones por este blog tan ameno. Verdaderamente, dan ganas de seguirles los pasos. Gracias por eso.

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  4. Graaaaaciiaaassssss Alamo, ¡Ese comentario me ha arrancado una sonrisa! Bienvenido a Salí. Bùscanos en Facebook y entérate de más cositas. De nuevo, gracias.

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