Nuestro lema

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viernes, 29 de junio de 2012

¿PARA DÓNDE SALIMOS? AH, SENCILLO, A DONDE JUAN B


Hace mucho, pero mucho, mucho tiempo –es mejor que recalque esto, por el bien de mi salud– tuve una novia, que era muy particular, cuando llovía se mojaba como todas las demás; pero el que no era particular era yo, porque apenas estaba aprendiendo a conocer a las mujeres, entonces  era muy querido, me pasaba de buena gente y le daba lo que me pedía y le decía cosas bonitas, ya saben, como cuando uno no sabe cómo son las mujeres. Ahora no, ahora la cosa es distinta, porque en esa época todavía no conocía la técnica de la tabla de la cama, si no pregunten, para que se den cuenta de que en mi casa, mandó yo… pero cuando Marcela no está. En fin, me desvié de la idea inicial, la novia ésta, recuerdo que una vez estábamos todos románticos y entonces le empecé a decir:

–Mamita rica con sabor a pollo, yo por usted escalo el Everest.
–¿De verdad mi amor?
–Claro mi potranquita. Es más, yo por usted, motilo un león.
–¿En serio mi vida?
–¡Ufff! De verdad que sí mi turrón cocudo. Vea pues, por usted me atravieso a nado el Amazonas.
–Ay que rico papi, ¿o sea que eres capaz de hacer cualquier cosa por mí?
–Obvio mí caldito e’ pollo, lo que sea, lo que sea.
–Qué rico pa’ mí, y ¿vas a venir mañana?
–¡Ah! Si llueve no, mi amor.  Hasta ahí me llegó el noviazgo, quedé listo por lengüilargo, pero es que entiéndanme, en esos tiempos tenía moto, por tanto era gripa fija y no aguantaba.

Valle del Cocora
Esta remembranza de eras pasadas, fue la excusa que encontré para hablar de los días lluviosos. En general, las personas relacionan los días grises con la tristeza, con depresión, con estados de ánimo bajo, pero para mí, desde siempre, me han parecido todo lo contrario. Me gustan. Me encanta ver llover y tengo la creencia de que por el contrario, cuando llueve, la naturaleza está de fiesta. Aunque esta teoría me la pueden rebatir muchos colombianos que viven en las riveras del Cauca.


Desayuno en familia
En fin, para cerrar la serie de entradas correspondiente al paseo al Quindío, un día antes de regresar a la realidad, decidimos cerrar con broche de oro, por tanto dejamos la visita al Valle del Cocora para ese momento del viaje. El amanecer nos sorprendió con una muy baja temperatura y la ausencia total de “Jaramillo” –el sol, para los paisas–. Ese tipo de clima iba en contra de los planes, o por lo menos de uno muy específico: tomar una cabalgata por el Valle. Pero para mí era perfecto, porque me gusta este tipo de clima y porque no soy amigo de contribuir con la lordosis equina.

Como siempre, un buen desayuno para empezar el día, el clásico servido por don Fernando Botero en la hostería “Las Nubes”. Arepa de maíz blanco, huevo revuelto con jamón, mantequilla, chocolate, una sonrisa y un “muy buenos días”. Desde ese punto en adelante, ya se sabe que lo que se viene, es ganancia.

Con Pepa Pombo
Con calma, sin prisas, dejamos que la mañana transcurriera sin muchas pretensiones. Leer un rato, conversar tomándose un buen café, disfrutar del silencio, en fin, rascarse la barriga era lo más extenuante que se tenía planeado. Hubo quien tuvo esperanzas de que “Jaramillo” saliera, pero no.

Florecitas del Valle
Salimos hacia el Valle a eso de las once de la mañana. En un principio la idea era buscar un guía, conseguir algunos caballos y hacer la excursión por el camino ecológico de herradura, pero apenas nos montamos al carro se dejó venir el agua. Fue muy gracioso porque la coronela aseguraba que de cualquier forma se montaría en un caballo y haría el paseo, pero tan sólo con llegar y ver qué unos turistas regresaban a lomo de táparo, escasamente cubiertos con unos impermeables, untados de barro hasta la conciencia, pero eso sí, con cara de satisfacción, sólo ahí, le dio por mirar para otro lado y decir: “Vé, esas arepitas de choclo se ven como buenas”.  Y como en mi casa se hace lo que yo… obedezco, ni corto ni perezoso, nos fuimos por unas arepitas de choclo. Adiós animales de dos pisos.

El frío que estaba haciendo era de los buenos y les voy a decir algo, sinceramente no pensé que estábamos a punto de crear uno de los mejores recuerdos del paseo. Justo al frente del restaurante del que les hablé, hay un pequeño negocio construido en madera, es un “chucito” con techo de tejas de lata que siempre está lleno. 
La mejor arepa de choclo
Tiene dos o tres mesas, la cocina que deben compartir tres personas no creo que tenga más de dos metros cuadrados y sin embargo hay magia en los pocos productos que ofrecen. Pedimos cuatro arepas de choclo –tortas de maíz dulce asadas– con queso, que se convirtieron en siete, y cuatro “aguapanelas” calientes. La generosa tajada de queso te la entregan en un platito aparte, así qué, queso para la arepa, queso para la aguapanela y a poner a chirriar los dientes. ¡Qué delicia! Cada vez que podemos, nos acordamos y añoramos esa experiencia.

Como los muchachos no habían visto nunca una palma de cera, nos fuimos a tomarnos las respectivas fotografías con ellas de fondo, abrazándolas, en fin. La tarde estaba para… moza, perdón, paramosa, es decir muy fría, como de páramo –cálmate gorila– y la lluvia no daba tregua.  Así que decidimos no dar más largas al negocio que veníamos a concretar: entrar al restaurante “Donde Juan B” a comer trucha. Elegimos una buena mesa afuera, bajo una carpa, justo al lado del lugar que tienen dispuesto para los shows musicales con los que terminan de redondear el ambiente campestre familiar.

Vino caliente en Donde Juan B
Hicimos nuestro pedido, y mientras esperábamos a que llegara a la mesa, optamos por beber un delicioso vino caliente para avivar el espíritu. Esta bebida tiene un encanto particular, en especial cuando hace frío; no sé si me entiendan pero el sabor dulce del buen vino tinto, más la canela con la que te decoran la copa y que se suma al sabor de la bebida cuando la llevas a los labios, más la compañía y si a eso le sumamos el espectáculo que más atención atrae de todos los que propone el restaurante, pues bueno, tal vez me entiendan.

Arriero paisa y su Mula consentida
La presentación de la que les hablo es la del arriero paisa, en este caso, un señor vestido como un antiguo arriero junto con un hermoso ejemplar mular, cuenta la historia de la arriería, del atuendo, de cómo se construyó todo un país a lomo de mula y gracias al tesón de estos hombres a los que le debemos tanto y que poco a poco estamos olvidando. 
Gertru en primera fila
Parece una viejita... me refiero
a Gertrudis por supuesto
Un dato curioso por ejemplo que aprendí en esa charla, es que todos conocemos a “Palomo” el caballo blanco en el que Simón Bolívar libertó a Colombia, ese en el que siempre lo pintan o sobre el que está montado en todas las plazas principales de las ciudades y los pueblos del país, pero lo que no todo el mundo sabe, es que “Palomo”, era el animal para mostrar, el que le daba presencia al libertador, pero en realidad, quien cargó sobre su lomo en las campañas de libertad al prócer, fue una mula que se llamaba “Zaina” y él decía: “Tráiganme y ensillen a la niña de mis ojos”. Es tan buena la presentación que ni siquiera Gertrudis, se la quiso perder y pidió asiento en la primera fila.

Entre historias, asombro y orgullo, comenzó a llegar la comida. La entrada, es un pocillo de consomé de trucha con limón, es reconfortante, tiene todo el sabor del pescado pero no es penetrante, tiene el equilibrio perfecto de sal y el limón le da ese toque ácido que tanto gusta en este tipo de comida.

El acompañamiento a los platos principales es una ensalada de verduras frescas que incluye una fruta. Tiene repollo morado, lechuga común, zanahoria y trocitos de mango maduro. Verán, el único que se comió la ensalada, fui yo, a nadie más le gustó, bueno, a mí tampoco es que me haya gustado, es decir, no es nada del otro mundo, y es que, en realidad pierde mucho gusto al encontrarse al lado de los poderosos platos principales.

Ir al Valle del Cocora y no comer Trucha, es como no ir al Valle. Bueno esa es la premisa que les propongo deben practicar cuando vallan. Yo quería comerme la famosa trucha al ajillo de Donde Juan B, porque en un viaje anterior, me había decepcionado de la que nos ofrecieron en otro restaurante. Pero nos encontramos con la sorpresa de que ese tipo de plato, no lo estaban ofreciendo porque su cocción es a fuego lento, por tanto, un día cómo el que fuimos, en el que había tanta gente, no es conveniente por cuestión del tiempo. Así que me tocó convertir la desilusión en algo positivo: me dieron una excusa para ir otra vez ¿no?

Marcela pidió una deliciosa “trucha con camarones”. Esta viene servida sobre un inmenso patacón, mucho más grande que el plato. El pescado viene al parecer sofrito y lo bañan con una salsa de camarones cuya base es leche de coco y que contiene una buena cantidad de ajo. Al servir ponen la trucha sobre el plátano pisado muy delgadito, frito y muy crocante, la bañan con la salsa y espolvorean cebollín finamente picado sobre los camarones. El veredicto: ¡Bundabah!

Daniel pidió una “trucha gratinada con camarones”, es casi el mismo plato anterior, sólo que la gratinan al horno con un poco de queso rallado. Muy sabrosa, el término de la carne es perfecto, y el sabor es realmente bueno, porque el sabor de la trucha es auténtico, al parecer solo la salpimientan y luego le aportan los sabores con los otros productos también perfectamente cocinados.

Alejandro y yo pedimos el plato recomendado por el Chef: “Trucha mar adentro”. Este “bedacitos de alegrías” como diría Ápu el de los Simpsons, te lo traen a la mesa envuelto en una bolsa de aluminio que se ve inflada por los vapores de la cocción del plato. Esta presentación le da un toque de misticismo, de curiosidad, porque no importa cuántos comensales haya en la mesa, y tampoco importa que éstos ya tengan su plato servido, cuando la mesera le clava el cuchillo a la bolsa, con mucho cuidado de no quemarse y asegurándose que no te quemés vos, todo el mundo se paraliza y no encuentra otro lugar para mirar, distinto al de la sorpresa que guarda este paquete de delicias. Hummm, muéranse de envidia, ustedes no… bueno ustedes también, porque luego de que se disipa la nube de vapor que oculta a primera vista el plato, se puede justificar el ¡oh! Casi involuntario que emana de la boca de todos.

Déjenme decirles, que no tengo palabras que puedan hacerle justicia a la fiesta que tuve en el paladar. La trucha es majestuosamente rellena con una salsa que bien podría llamar cazuela de mariscos, porque tiene frutos del mar, cocidos en leche de coco, con ajo, y algo que sabe un poco dulce, no pude identificarlo, pero por el color, bien podría tener algo de tomate o pimentón. Al lado de la trucha viene una papa cocida sin piel y al ser todo cocido en esa bolsa de aluminio, hace que esté jugoso y muy tierno. Pero como si fuera poco, en un plato aparte, te traen un plátano más grande que el plato, aplastado, frito y crocante, para que completés el panorama.

A tu salud
Qué más les puedo decir, Salí en familia a comer trucha al Valle del Cocora en un restaurante que se llama “Donde Juan B”, la experiencia no pudo ser mejor, vimos palmas de cera, escudriñamos el pasado de Colombia al lomo de unos espléndidos animales, aguantamos frío, pero pasamos “más bueno que un verraco”, pero comimos mejor todavía, por eso se puedo decir a vos también, Salí, no podés dejar de comerte una trucha en el Valle de Cocora, no podés dejar pasar la oportunidad de comerte un patacón pisao más grande que el plato en el que te lo sirven. Salí a Salento, en familia, con la media naranja o con la naranja completa, con los niños, en plan romántico, en fín, pero Salí y te aseguro que si me cojés ejemplo, no te vas a arrepentir.
Si no las has visto, no dejes de ver las entradas anteriores del valle del Cocora y los videos de Salí. 

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