Nuestro lema

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viernes, 29 de junio de 2012

¿PARA DÓNDE SALIMOS? AH, SENCILLO, A DONDE JUAN B


Hace mucho, pero mucho, mucho tiempo –es mejor que recalque esto, por el bien de mi salud– tuve una novia, que era muy particular, cuando llovía se mojaba como todas las demás; pero el que no era particular era yo, porque apenas estaba aprendiendo a conocer a las mujeres, entonces  era muy querido, me pasaba de buena gente y le daba lo que me pedía y le decía cosas bonitas, ya saben, como cuando uno no sabe cómo son las mujeres. Ahora no, ahora la cosa es distinta, porque en esa época todavía no conocía la técnica de la tabla de la cama, si no pregunten, para que se den cuenta de que en mi casa, mandó yo… pero cuando Marcela no está. En fin, me desvié de la idea inicial, la novia ésta, recuerdo que una vez estábamos todos románticos y entonces le empecé a decir:

–Mamita rica con sabor a pollo, yo por usted escalo el Everest.
–¿De verdad mi amor?
–Claro mi potranquita. Es más, yo por usted, motilo un león.
–¿En serio mi vida?
–¡Ufff! De verdad que sí mi turrón cocudo. Vea pues, por usted me atravieso a nado el Amazonas.
–Ay que rico papi, ¿o sea que eres capaz de hacer cualquier cosa por mí?
–Obvio mí caldito e’ pollo, lo que sea, lo que sea.
–Qué rico pa’ mí, y ¿vas a venir mañana?
–¡Ah! Si llueve no, mi amor.  Hasta ahí me llegó el noviazgo, quedé listo por lengüilargo, pero es que entiéndanme, en esos tiempos tenía moto, por tanto era gripa fija y no aguantaba.

Valle del Cocora
Esta remembranza de eras pasadas, fue la excusa que encontré para hablar de los días lluviosos. En general, las personas relacionan los días grises con la tristeza, con depresión, con estados de ánimo bajo, pero para mí, desde siempre, me han parecido todo lo contrario. Me gustan. Me encanta ver llover y tengo la creencia de que por el contrario, cuando llueve, la naturaleza está de fiesta. Aunque esta teoría me la pueden rebatir muchos colombianos que viven en las riveras del Cauca.


Desayuno en familia
En fin, para cerrar la serie de entradas correspondiente al paseo al Quindío, un día antes de regresar a la realidad, decidimos cerrar con broche de oro, por tanto dejamos la visita al Valle del Cocora para ese momento del viaje. El amanecer nos sorprendió con una muy baja temperatura y la ausencia total de “Jaramillo” –el sol, para los paisas–. Ese tipo de clima iba en contra de los planes, o por lo menos de uno muy específico: tomar una cabalgata por el Valle. Pero para mí era perfecto, porque me gusta este tipo de clima y porque no soy amigo de contribuir con la lordosis equina.

Como siempre, un buen desayuno para empezar el día, el clásico servido por don Fernando Botero en la hostería “Las Nubes”. Arepa de maíz blanco, huevo revuelto con jamón, mantequilla, chocolate, una sonrisa y un “muy buenos días”. Desde ese punto en adelante, ya se sabe que lo que se viene, es ganancia.

Con Pepa Pombo
Con calma, sin prisas, dejamos que la mañana transcurriera sin muchas pretensiones. Leer un rato, conversar tomándose un buen café, disfrutar del silencio, en fin, rascarse la barriga era lo más extenuante que se tenía planeado. Hubo quien tuvo esperanzas de que “Jaramillo” saliera, pero no.

Florecitas del Valle
Salimos hacia el Valle a eso de las once de la mañana. En un principio la idea era buscar un guía, conseguir algunos caballos y hacer la excursión por el camino ecológico de herradura, pero apenas nos montamos al carro se dejó venir el agua. Fue muy gracioso porque la coronela aseguraba que de cualquier forma se montaría en un caballo y haría el paseo, pero tan sólo con llegar y ver qué unos turistas regresaban a lomo de táparo, escasamente cubiertos con unos impermeables, untados de barro hasta la conciencia, pero eso sí, con cara de satisfacción, sólo ahí, le dio por mirar para otro lado y decir: “Vé, esas arepitas de choclo se ven como buenas”.  Y como en mi casa se hace lo que yo… obedezco, ni corto ni perezoso, nos fuimos por unas arepitas de choclo. Adiós animales de dos pisos.

El frío que estaba haciendo era de los buenos y les voy a decir algo, sinceramente no pensé que estábamos a punto de crear uno de los mejores recuerdos del paseo. Justo al frente del restaurante del que les hablé, hay un pequeño negocio construido en madera, es un “chucito” con techo de tejas de lata que siempre está lleno. 
La mejor arepa de choclo
Tiene dos o tres mesas, la cocina que deben compartir tres personas no creo que tenga más de dos metros cuadrados y sin embargo hay magia en los pocos productos que ofrecen. Pedimos cuatro arepas de choclo –tortas de maíz dulce asadas– con queso, que se convirtieron en siete, y cuatro “aguapanelas” calientes. La generosa tajada de queso te la entregan en un platito aparte, así qué, queso para la arepa, queso para la aguapanela y a poner a chirriar los dientes. ¡Qué delicia! Cada vez que podemos, nos acordamos y añoramos esa experiencia.

Como los muchachos no habían visto nunca una palma de cera, nos fuimos a tomarnos las respectivas fotografías con ellas de fondo, abrazándolas, en fin. La tarde estaba para… moza, perdón, paramosa, es decir muy fría, como de páramo –cálmate gorila– y la lluvia no daba tregua.  Así que decidimos no dar más largas al negocio que veníamos a concretar: entrar al restaurante “Donde Juan B” a comer trucha. Elegimos una buena mesa afuera, bajo una carpa, justo al lado del lugar que tienen dispuesto para los shows musicales con los que terminan de redondear el ambiente campestre familiar.

Vino caliente en Donde Juan B
Hicimos nuestro pedido, y mientras esperábamos a que llegara a la mesa, optamos por beber un delicioso vino caliente para avivar el espíritu. Esta bebida tiene un encanto particular, en especial cuando hace frío; no sé si me entiendan pero el sabor dulce del buen vino tinto, más la canela con la que te decoran la copa y que se suma al sabor de la bebida cuando la llevas a los labios, más la compañía y si a eso le sumamos el espectáculo que más atención atrae de todos los que propone el restaurante, pues bueno, tal vez me entiendan.

Arriero paisa y su Mula consentida
La presentación de la que les hablo es la del arriero paisa, en este caso, un señor vestido como un antiguo arriero junto con un hermoso ejemplar mular, cuenta la historia de la arriería, del atuendo, de cómo se construyó todo un país a lomo de mula y gracias al tesón de estos hombres a los que le debemos tanto y que poco a poco estamos olvidando. 
Gertru en primera fila
Parece una viejita... me refiero
a Gertrudis por supuesto
Un dato curioso por ejemplo que aprendí en esa charla, es que todos conocemos a “Palomo” el caballo blanco en el que Simón Bolívar libertó a Colombia, ese en el que siempre lo pintan o sobre el que está montado en todas las plazas principales de las ciudades y los pueblos del país, pero lo que no todo el mundo sabe, es que “Palomo”, era el animal para mostrar, el que le daba presencia al libertador, pero en realidad, quien cargó sobre su lomo en las campañas de libertad al prócer, fue una mula que se llamaba “Zaina” y él decía: “Tráiganme y ensillen a la niña de mis ojos”. Es tan buena la presentación que ni siquiera Gertrudis, se la quiso perder y pidió asiento en la primera fila.

Entre historias, asombro y orgullo, comenzó a llegar la comida. La entrada, es un pocillo de consomé de trucha con limón, es reconfortante, tiene todo el sabor del pescado pero no es penetrante, tiene el equilibrio perfecto de sal y el limón le da ese toque ácido que tanto gusta en este tipo de comida.

El acompañamiento a los platos principales es una ensalada de verduras frescas que incluye una fruta. Tiene repollo morado, lechuga común, zanahoria y trocitos de mango maduro. Verán, el único que se comió la ensalada, fui yo, a nadie más le gustó, bueno, a mí tampoco es que me haya gustado, es decir, no es nada del otro mundo, y es que, en realidad pierde mucho gusto al encontrarse al lado de los poderosos platos principales.

Ir al Valle del Cocora y no comer Trucha, es como no ir al Valle. Bueno esa es la premisa que les propongo deben practicar cuando vallan. Yo quería comerme la famosa trucha al ajillo de Donde Juan B, porque en un viaje anterior, me había decepcionado de la que nos ofrecieron en otro restaurante. Pero nos encontramos con la sorpresa de que ese tipo de plato, no lo estaban ofreciendo porque su cocción es a fuego lento, por tanto, un día cómo el que fuimos, en el que había tanta gente, no es conveniente por cuestión del tiempo. Así que me tocó convertir la desilusión en algo positivo: me dieron una excusa para ir otra vez ¿no?

Marcela pidió una deliciosa “trucha con camarones”. Esta viene servida sobre un inmenso patacón, mucho más grande que el plato. El pescado viene al parecer sofrito y lo bañan con una salsa de camarones cuya base es leche de coco y que contiene una buena cantidad de ajo. Al servir ponen la trucha sobre el plátano pisado muy delgadito, frito y muy crocante, la bañan con la salsa y espolvorean cebollín finamente picado sobre los camarones. El veredicto: ¡Bundabah!

Daniel pidió una “trucha gratinada con camarones”, es casi el mismo plato anterior, sólo que la gratinan al horno con un poco de queso rallado. Muy sabrosa, el término de la carne es perfecto, y el sabor es realmente bueno, porque el sabor de la trucha es auténtico, al parecer solo la salpimientan y luego le aportan los sabores con los otros productos también perfectamente cocinados.

Alejandro y yo pedimos el plato recomendado por el Chef: “Trucha mar adentro”. Este “bedacitos de alegrías” como diría Ápu el de los Simpsons, te lo traen a la mesa envuelto en una bolsa de aluminio que se ve inflada por los vapores de la cocción del plato. Esta presentación le da un toque de misticismo, de curiosidad, porque no importa cuántos comensales haya en la mesa, y tampoco importa que éstos ya tengan su plato servido, cuando la mesera le clava el cuchillo a la bolsa, con mucho cuidado de no quemarse y asegurándose que no te quemés vos, todo el mundo se paraliza y no encuentra otro lugar para mirar, distinto al de la sorpresa que guarda este paquete de delicias. Hummm, muéranse de envidia, ustedes no… bueno ustedes también, porque luego de que se disipa la nube de vapor que oculta a primera vista el plato, se puede justificar el ¡oh! Casi involuntario que emana de la boca de todos.

Déjenme decirles, que no tengo palabras que puedan hacerle justicia a la fiesta que tuve en el paladar. La trucha es majestuosamente rellena con una salsa que bien podría llamar cazuela de mariscos, porque tiene frutos del mar, cocidos en leche de coco, con ajo, y algo que sabe un poco dulce, no pude identificarlo, pero por el color, bien podría tener algo de tomate o pimentón. Al lado de la trucha viene una papa cocida sin piel y al ser todo cocido en esa bolsa de aluminio, hace que esté jugoso y muy tierno. Pero como si fuera poco, en un plato aparte, te traen un plátano más grande que el plato, aplastado, frito y crocante, para que completés el panorama.

A tu salud
Qué más les puedo decir, Salí en familia a comer trucha al Valle del Cocora en un restaurante que se llama “Donde Juan B”, la experiencia no pudo ser mejor, vimos palmas de cera, escudriñamos el pasado de Colombia al lomo de unos espléndidos animales, aguantamos frío, pero pasamos “más bueno que un verraco”, pero comimos mejor todavía, por eso se puedo decir a vos también, Salí, no podés dejar de comerte una trucha en el Valle de Cocora, no podés dejar pasar la oportunidad de comerte un patacón pisao más grande que el plato en el que te lo sirven. Salí a Salento, en familia, con la media naranja o con la naranja completa, con los niños, en plan romántico, en fín, pero Salí y te aseguro que si me cojés ejemplo, no te vas a arrepentir.
Si no las has visto, no dejes de ver las entradas anteriores del valle del Cocora y los videos de Salí. 

domingo, 17 de junio de 2012

SALÍ AL PARQUE DEL CAFÉ Y NO ME TOMÉ NI UN TINTO, NI DOS…


Recuerdo que alguna vez, el “amigo” de una tía —imagino que tratando de conquistarla— quiso ganarse unos puntos demostrando que era bueno con los niños. Contaba yo con unos ocho años, andaba armando un rompecabezas de quinientas piezas en el suelo de la sala de la casa de mi abuela. El hombre de mostacho generoso, moda muy acostumbrada por los jóvenes de la década de los ochenta, se sentó en el suelo conmigo y mientras cogía una de las piezas del rompecabezas para buscar su lugar en el armado, empezó una conversación haciendo las acostumbradas preguntas estúpidas con las que un adulto siempre intenta acercarse a un niño: “Y… ¿te gustan mucho los rompecabezas? Y… ¿si vas a ser capaz de armarlo solito? Y… ¿tú sabes sí tu tía tiene novio?  A todas estas preguntas, recuerdo, le contesté con la misma claridad y capacidad intelectual con las que las formuló: “claro”, “Obvio” y “no sé”, pero cuándo se dejó venir con la siguiente, yo ya estaba desesperado y con ganas de que se fuera a hacerle mejor las preguntas a mi tía, así que tenía que tratar de aburrirlo para que me dejara como me quería, solito.
Y entonces se dejó venir con la peor: “Y… ¿Qué quieres ser cuando seas grande?" Lo pensé un poco, y me dejé ir con la siguiente respuesta: “Pues… cuando sea grande, voy a querer volver a ser pequeño”. Todavía recuerdo la expresión del galán de pueblo ese; una risita pendeja, un nuevo intento fallido por poner la pieza del rompecabezas, misma que le quité para ponerla en el lugar correcto y un “bueno Andrés, espero que termines tu proyecto”. Con esa lo reventé por dentro.

Base del Teleférico para bajar
Ahora en retrospectiva, me doy cuenta de que tenía toda la razón, hoy, quisiera volver a ser pequeño. ¿Usted no? No me extenderé en razones personales y obvias, pero cuando se tiene una niñez bonita, se puede asegurar que esa es la mejor etapa de la vida. Pues bien, de eso se trata esta entrada, de volverse niño otra vez, pues el Quindío tiene una de las mejores opciones que he conocido para regresar a la tierna edad, sin importar con cuántas canas, arrugas, kilos o complejos demás se tengan: “El parque Nacional del Café”.

Desde Salento, base de nuestro viaje, hasta el parque hay unos cuarenta minutos de recorrido. El mejor consejo que puedo darles es que hay que llegar lo más temprano posible. Éste abre a las nueve de la mañana y a esa hora ya hay una fila de cuadras.

El municipio en que se construyó este divertido lugar se llama Montenegro; es un pueblo grande, de calles desordenadas y construcciones informes. Llama la atención el hecho de que bulle de gente desde temprano, sin duda porque el parque atrae una enorme cantidad de turistas y eso hace que la actividad comercial de Montenegro sea una locura desde horas tempranas. Sin embargo hay una actividad muy particular, que me conmovió y hasta me disgustó. Quindío cómo siempre lo he dicho cuenta con una muy buena señalización vial; si se está atento se puede llegar a dónde se quiera con los avisos informativos viales. Pero en este municipio se comienza a notar un vandalismo selectivo en contra de dichos avisos. La respuesta está en cada esquina en la que se gira. Un ejército de niños en bicicleta se te interpone en el camino, literalmente, mientras que uno o dos se te acercan a la ventana y se pegan del carro arriesgando su integridad física y hasta su vida. “paisa, sígame que yo lo llevo al Parque del Café”, me decían, mientras evitaban a toda costa que los adelantara. Me tuve que enojar, y como esos niños nunca han visto a “un indio crespo” me tuvieron que dejar tranquilo.

Estación del Tren del café
El negocio es sencillo, los habitantes del municipio se han encargado de semidestruir los avisos informativos. Aprovechando el caos que se forma por el tránsito no lineal que tiene Montenegro, que implica una ruta intrincada y llena de giros para llegar al parque de diversiones, entonces los niños en bicicleta se ofrecen como guías no legales y, “braviados”, los turistas deben soportar que uno o dos se adelanten y los hagan seguirlos; al terminar la ruta, se pegan del carro y cuasi obligan a darles dos mil o tres mil pesos por la guianza. Hace poco vi en un noticiero cómo el alcalde se había metido en problemas, precisamente porque un turista caleño le pasó por encima a uno de estos niños con su camioneta. Esto lo cuento porque hay que tener más cuidado y responsabilidad y en mi concepto, no alcahuetear este tipo de actividades en las que, como en el caso expuesto en el reportaje del que les hablo, estos niños son incluso obligados por sus padres.

Desde el Teleférico vista del parque
Ahora sí entremos en materia. El Parque Nacional del Café tiene un concepto muy atractivo, pues todo gira, como su nombre lo indica, al rededor del café. En una enorme finca cafetera, unos visionarios tuvieron la idea de convertir su vida habitual en una atracción turística. Así entonces la producción del café, desde el sembrado, pasando por la cosecha, hasta la experiencia misma del consumo, con una atracción mecánica allí, una atracción con animales de granja allá, un show músico teatral por acullá, hicieron de una antigua finca cafetera, uno de los lugares más atractivos para ir en familia a pasar un día inolvidable.

Llegamos al parque pasadas las nueve de la mañana. Cabe anotar que los parqueaderos se llenan rápido, pero hay muchas y variadas alternativas antes y después de la entrada oficial, así que no hay problema. Nosotros alcanzamos plaza adentro por la que hay que pagar al ingresar. Los ingresos peatonales son varios y organizados. Primero se paga por el pase que se identifica con una manilla de colores vivos que cada quien debe llevar en todo momento en la muñeca de la mano. Estos pases tienen diferente valor y te dan entrada limitada o ilimitada según tu preferencia o alcance del bolsillo. Lo mejor de todo es que dejan entrar a las mascotas, siempre y cuando tu concepto de mascota no sea tener un cocodrilo, de resto, ¡no hay problema¡

Desde que se entra se sabe que la experiencia va a ser algo de otro mundo, y lo digo con el entusiasmo de un niño chiquito. Y es que todo está concebido para admirar, para impactar. Los jardines, las construcciones en guadua, los monumentos, las alegorías al café, en fin.

La primera decisión “difícil” que hay que tomar es, ¿bajamos a la sección de atracciones mecánicas en teleférico o telesillas? Aunque también lo podés hacer por el senderito empedrado que atraviesa los cafetales, pero ¡ah! ¿Quién en nombre de la diversión tomaría esa opción?

Estación del Tren del café
Abajo, el parque se divide en dos secciones, cada una tiene una surtida cantidad de actividades para realizar y entonces sí se hace difícil tomar decisiones, en especial porque casi de inmediato, te das cuenta de que no va a alcanzar el día para hacerlo todo, es más, ni siquiera para realizar todo lo que te gusta.

Gertru gozandose el Tren
En nuestro caso decidimos ir a la estación de trenes y subirnos a uno muy bonito que da un paseo súper agradable para llevarte sobre rieles a la segunda sección del parque. En el recorrido se atraviesa la cultura del café, con maquetas y maniquíes te la recrean y se disfruta de un paseo lento y muy agradable. La que más se la gozó fue la loca poseída de la Gertru, que aprovechó que el tren no tiene puertas y se refrescó los cachetes sacando la cabeza incluso en los puentes.
Enojada porque no la dejaron subir
a los carros chocones

Como dije antes, el parque tiene atracciones de todo tipo qué pueden disfrutar desde las mascotas, pasando por los abuelitos, hasta los más aventureros y osados. Aquí les hago un breve recuento de las atracciones que alcanzamos a difrutar.

Lanchas “choconas”, en realidad no recuerdo si se llaman así, pero son muy apetecidas y hay que hacer fila un buen rato. Las lanchas tienen un pequeño problema, y es que son muy pequeñas, por tanto, las personas de buena estatura se ven algo…  incómodas.

Rueda Chicago, Atracción romántica que se usa en todas partes del mundo para darse picos en las alturas. muy suave, permite ver el parque desde arriba y desde abajo, desde arriba y desde abajo... se goza bastante, para qué les digo que no, si sí.
Carros “chocones”, a quien no le gustan, son divertidos, fáciles de manejar y te permiten sacar ese “Merlano” (conductor irresponsable) que todos llevamos dentro. Yo por ejemplo aproveché para cobrarme unas cuantas que le tenía guardadas a…  nadie, a nadie, no me paren bolitas.

La Cumbre, una torre de unos cuarenta metros en los que vos haces el papel de piedra en una cauchera gigante, entonces te sentás como si nada y te suben despacito, para que admirés el paisaje y cuando menos lo pensás…   ¡ZUAZZ! Te dejan caer a velocidad de “nies”. Creo que todos me entienden el término, si no, me refiero a aquella sensación que le da a uno en un lugar muy particular que ni es “aquello” ni es “aquellito” en situaciones de extrema velocidad o bajada.

Los rápidos, esta atracción fue la que más le gustó a Marcelita, tanto que se subió tres veces y quería más. Consiste en un circuito de aguas tumultosas que se hace en un bote al que le caben unas diez personas. Es un Rafting seguro, en el que seguro te mojás hasta el último pelo. Porque si no son las olas causadas por los hidroimpulsores del recorrido, lo hacen los chorros y las cascadas dispuestas para que te emparamen en el recorrido. Es divertidísima.

Montaña acuática, Esta atracción es una montaña rusa cuyo componente de diversión es hacerte atravesar a toda velocidad en un carrito con forma de tronco un charco de “caldo de gente”, es decir, de agua sucia. Aunque es muy divertido, quedé con la sensación de que me debía bañar lo antes posible, sin embargo la diversión me hizo olvidar rápido esa sensación, que recordé de nuevo cuando me descubrí en la noche un brote extraño en los brazos…   jajaja, mentiras, no pude evitarlo, y eso que deben agradecerme que no hago la primera analogía que se me vino a la cabeza al ver la forma y color de los carros y el color del agua en la que uno cae desde arriba.  Dejemos así.

Montaña Rusa, Esta atracción me encantó por la velocidad que se desarrolla. La espera en la fila es de casi cuarenta minutos, pero vale la pena, pues esta montaña se precia de ser la más larga construida hasta ahora en Colombia. La subida hasta la torre principal en caracol es el preámbulo de lo que se viene después. Es tan rápida que se le puede aplicar sin ningún miedo esa frase célebre de “me despeluqué” si no, mírenme el peinado en la foto.

El Ciclón, ¡jummm¡ Esta atracción es “pa’ machos” ¡qué loqueta!, si son de estómago sensible, si tienen poca tolerancia a la velocidad “nies”, si se marean “voleando un poncho”, no les recomiendo que se suban a la centrífuga gigante esta. Les digo una cosa, yo estoy acostumbrado a volar en cometa, a las alturas y a la velocidad, pero esta “vaina” me tocó límites que yo no me conocía. Al final dejé de luchar contra la sensación de la gravedad que no te deja mover las manos y te pega el “pecho del asiento” porque la espalda no se siente, y me la gocé. Ah y me reí con los que gritaban desde los otros carritos “amá, amaaaaaa, ¡bajenme de aquí! Pero en serio, la atracción no es para cualquiera, si no les cuento, que Alejandro casi se daña el paseo, se recuperó a la hora y todavía estaba temblando.

No nos alcanzó para más, queríamos ver al menos uno de los tres shows de teatro que tienen y “no hubo forma mono”, queríamos montar en otras cuatro o cinco atracciones y el tiempo simplemente no alcanzó, porque como ya les había dicho en la entrada anterior, “el tiempo es muy corto cuando se goza”.

La comida no es un punto por el cual se sufra tampoco, hay muchas opciones en el parque, se puede comer desde un pollo frito de marca, hasta un almuerzo casero con colores de otra región, como la opción que escogí yo, en uno de los restaurantes dispuestos en una de las muchas plazas de comida que hay, me pedí un caldo de pescado y una sobrebarriga con ensalada y arroz. Muy buena, muy barata y muy reconfortante, hecha por manos santandereanas “mano”.
Así que Salí al Parque Nacional del Café en el hermoso departamento del Quindío, qué les puede decir este niño para que entiendan lo que siente incluso recordando. La experiencia es maravillosa no sólo por el hecho de volver a ser niño y poder subirse a unos “carros chocones”, o a la “Rueda Chicago”; es la mezcla de sensaciones que hacen de la experiencia, una mezcla de sentimientos totalmente placenteros. Es estar con la familia, es sonreír porque te nace desde muy profundo, es disfrutar desde del sol que te baña, hasta la sensación de vértigo de una máquina que te da y te da vueltas. Por eso te digo a vos con toda convicción, Salí, date un gusto, llevá a tu familia, a tu novia, a tu mamá, a tu mascota, date el placer de volver a ser niño, disfrutá de la vida porque a la final, sin importar a qué horas tengamos que pasar revista, nadie, “nos va a poder quitar lo bailao”.

sábado, 9 de junio de 2012

SALÍ POR NUEVOS MEJORES RECUERDOS, VOLVÍ A SALENTO

ALBERT EINSTEIN 
Un señor muy cabezón hace algunos añitos ya, cien pasaditos, propuso una teoría física que hoy aplican hasta las viejitas chismosas en las conversaciones coloquiales: ¡ay mija, todo depende de dónde se le mire, eso es muy relativo!
Y aunque no podamos viajar a la velocidad de la luz para comprobar que el tiempo no es constante, si nos podemos dar cuenta de qué dependiendo del punto de vista que tengamos de algo, todo es muy bueno, muy malo, muy rápido, muy lento, es decir: “todo es relativo mono”. Es más, podemos comprobar que el tiempo se hace largo para el que sufre y corto para el que goza –con esa me hubieran dado el Nobel a mí-  Los que saben de física me deben de estar odiando por ignorante, pero denme crédito, la frase está buena, aunque tampoco es mía…  bueno, la idea es esa.

Mi punto, apoyado en el pensamiento de Einstein, es que, repetir viaje, volver a dónde ya se había ido puede parecer aburrido, una bobada, un desperdicio, sabiendo que se pueden conocer lugares nuevos. Pero no, y es que todo viaje así se haga al mismo lugar, siempre va a ser diferente. ¿Por qué? Porque todo depende… de la época, de la compañía, de la edad. La construcción de nuevos recuerdos en un lugar conocido va a estar atenido a la medida del tiempo. Me explico, cuándo se termina un viaje de éste tipo, el concepto que se tenga de éste, ya saben, de si fue un buen o un mal viaje, depende de la cantidad de tiempo que se fue consciente de que pasaba el tiempo.

Y no se puede estar más consciente del tiempo que cuando se sufre, o cuando se está aburrido. Por eso me parece que puedo comenzar este relato por esa parte, por la cuota de sufrimiento qué  está ligado a un tormento también antes descrito, pero esta vez compartido. ¿Les suena la palabra SOROCHE?, porque a mí sí, y me suena retumbándome en la cabeza, y revolviéndome la tripamenta… claro que a mí solito, NO.
Para resumir el cuento, fuimos al nevado del Ruíz los cinco, muy bien abrigados, incluso la Gertru que lució más arropada que nunca. La nena, que para ser un Bulldog inglés es más bien malita para el frío, sólo subió hasta los cuatro mil cien (4.100) metros de altura. Se quedó en el refugio muy bien cuidada por el personal del parque que ya están acostumbrados a estas situaciones y tienen guacales para proteger a las mascotas de aquellos que no concebimos los viajes en familia sin un miembro tan importante.
Encima de las nubes
El ascenso estuvo bueno, calmado, hasta que las minúsculas venas que irrigan los “dos kilogramos de estopa” que tengo en la cabeza, me recordaron que eso de la subida a los cinco mil trescientos (5.300) no es para “nenitas mantequeras” y me obligaron a quedarme en el “Valle de los Muertos”. 
Tocando nieve
Ahora que lo pienso, qué nombre tan apropiado, porque así era como me estaba sintiendo, sobre todo porque tomamos la decisión de dejar que los muchachos terminaran de subir y cumplieran su sueño de latino tropical promedio “tocar nieve”, mientras que Marce y yo nos quedábamos “retozando” a cuatro mil seiscientos (4.600) metros sobre el nivel del mar. Lugar en el que me tuve que despedir de mi dignidad y de mis gafas Ray ban, porque cuando se está en un estado tan deplorable y con tan poquito oxígeno para respirar, se olvidan fácil las cosas y todo lo dejé en la carpa de uno de los guardaparques.
¡Qué bonito!, ellos felices de la moña
y nosotros muriéndonos con Soroche
En fin. Luego de veinte minutos de espera por los muchachos, Marcelita ya no estaba en condiciones tampoco. Ambos sentimos en lo profundo de nuestras almas que las casi dos horas  mientras bajábamos de la montaña hasta Manizales, fueron una tortura que nos dejó, con un dolor de cabeza “ni el macho”, algo mareaditos, con el tracto digestivo limpiecito, los abdominales cómo los de un modelo de pantalonetas narigonas, bueno, tal vez no se veían así, pero les juro que sentía cada uno de los “musculitos” del abdomen, la garganta adolorida y un saborcito de boca, más bien “maluquito”, por lo demás, bien, bien, gracias.

Agotados después de un largo día
Ese día llegamos a la hostería Las Nubes en Salento, ya entrada la tarde; nos recibieron como a unos familiares que llegan a la finca del abuelo Botero. Don Fernando y Pepa Pombo se encargaron de hacernos sentir así, incluso la Gertru tuvo su bienvenida perruna. Por el malestar en el que nos encontrábamos Marce y yo, decidimos tomar un baño comer ligero y acostarnos a dormir, para estar preparados e iniciar nuevas aventuras al día siguiente.  
Salento en atardecer
Me declaro un enamorado del Quindío, ¡qué tierra tan linda!, ¡qué gente tan amable! ¿Qué buena opción para ir de vacaciones! ¡Qué rica comida la que se encuentra!
El primer día en Salento salimos a almorzar sin ninguna pretensión. Sin embargo sí nos guiamos por los consejos de don Fernando, quien nos dijo que nos recomendaba un restaurante de la plaza del pueblo, propiedad de una mujer con manos de oro, que trabajó con él en la hostería. Ni cortos, ni perezosos, corriendo un poquito de la lluvia, terminamos sentados en el restaurante de Somy.

En restaurante SOMY
Este sitio es uno de esos típicos que se encuentran en cualquier calle colombiana. Alguna vez fue una casa habitada por alguien importante del pueblo eso sí, pero que por el auge turístico o cualquier otra circunstancia, dejó de ser un hogar habitable para convertirse en un local comercial. Está  bajo el nivel de la calle, por tanto el acceso es “dificilongo” pero se le perdona todo, el espacio interior es muy pequeño, pero así es más sencillo notar que la gente sonríe en todas las mesas, y eso es garantía de calidad.  Como no cabíamos en el interior nos sentamos en una mesa que tenían instalada bajo una carpa en la calle, justo al frente.

Arepa frita con hogao
Con la carta, nos trajeron unas arepitas fritas con hogao. ¡Qué buen recibimiento! No joda, así es como me gusta que me reciban, con la arepa caliente, bien aceitosa y lista para echarle algo encima. Bueno, en realidad no fue un regalo de la casa, pero ustedes me entienden, este tipo de analogías no las puedo dejar escapar.
Cañón a la plancha y papitas
Hicimos un pedido acorde con las hambres y el tamaño de los comensales, la niña de la mesa se pidió un cañón de cerdo asado con papas a la francesa. La carne, deliciosa, suave y de muy buen sabor. A la final, Marce se fue a la fija.
Trucha gratinada
Alejandro, pidió una trucha con champiñones en salsa de queso, gratinada. No la probé, pero según el aspecto del plato, el olor que despedía y el silencio sepulcral del muchachón éste, contando con que habla hasta por los codos, pues bueno, no creo que haya mejor referencia al respecto.
Bandeja Paisa
Daniel y yo nos fuimos por la montañerada y pedimos una bandejita, pero ojo, una por cada uno. Me parece importante aclarar porque aunque probablemente nos debemos de ver muy tiernos dándonos cucharaditas el uno al otro, ese no fue el caso. ¡Cómo se te ocurre!

La bandeja Estaba muy buena, y la pedí, en lo personal, porque fue don Fernando el que me dijo que no dejara de medirle la sazón a Somy con los fríjoles, que cómo comprobé, son sublimes. Y nada que decir acerca del huevito, el aguacate, el chorizo, el chicharrón, la carnita molida, la tajadita de plátano maduro, el arrocito…  deje así más bien. Totalmente recomendable.

Salento es un pueblito que se nos clavó en el corazón. Caminar por sus calles es encontrarse con cualquier tipo de sorpresa. Lo mejor de todo es que soy capaz de asegurar que la mayoría de la gente anda con una sonrisa en el rostro, o por lo menos así lo recuerdo porque así es cómo me siento, cuando pienso en este poblado quindiano.

En el mirador del Valle del Cocora
No me canso, y creo que volveré, por supuesto que sí. No me aburro de la calle real, de sus propuestas artesanales, de sus balcones, de sus bancas para descansar o comerse un helado, del mirador, de las ciento “no sé cuántas” escaleras del viacrusis, del Valle del Cocora, de las palmeras de Cera… ¡qué vuelvo, vuelvo! Se los prometo.

Salí de nuevo a la Mojitería
Para despedir esta entrada quiero contarles qué no me quedé con las ganas, de desquitarme de una que me quedé debiendo de mi primera visita. Yo no me quedo con nada, lo que prometo lo cumplo.

Tomando Mojito
Y es que volví a La Mojitería y esta vez, sí me tomé un mojito; mi veredicto: “COSA MÁS GRANDE CABALLERO”. Delicioso, la hierba buena, estaba más buena que otra más buena, el azúcar más dulce que el melao de caña y bueno, el palito de RON, era tremendo tronco. Ah y me lo adornaron con un carambolo, ¡carambolas!

Otra de las novedades, por lo menos para mí, fue que se nos apareció Duffman, el de los Simpson y nos ofreció una cerveza Duff. Es gracioso, yo no sabía que ya se podía usar esa marca, bueno, todavía no lo sé, pero ¿adivinen de dónde es?: made in Medallo papá. Ya me imagino este link en el Facebook de Matt Groening con un “Me gusta”  ¡yyy,  uffff!

Para esperar la comida pedimos una entrada deliciosa que cumplió muy bien con su cometido, abrirnos más el apetito. Unos deliciosos crostinnis de tomate, queso fundido, pimienta, orégano, bañados en aceite de oliva. Juzguen ustedes. ¿Y saben qué? Hace poco atendí una visita inspirado en este plato y quedé cómo un príncipe.

Ensalada César
La Mojitería cuenta con una cheff muy buena –por favor entiéndase este comentario en el ámbito gastronómico, por aquello de que voy bien, todavía no me he calentado con la coronela- y la comida es muy gustosa y de muy buena calidad. Sólo para comentarles, el pedido esta vez fue una deliciosa ensalada César para Marcelita. Fresca, sabrosa, con queso y pollo en su punto.
Crepé Oriental

Alejandro se pidió un crepé tentación, del que ya les había hablado en una entrada anterior (ver entrada LaMojiteria
Crepé Tentación
Daniel se pidió un crepé oriental que se llevó un buen puntaje en sabor y presentación, aunque para el gusto de Daniel, estaba algo picante, pero eso sí, no dejó ni la lechuga con la que lo decoraron.
Medallones de cerdo
Para mí, pedí unos medallones de cerdo con cebolla caramelizada y queso fundido. Apetitosos, bien presentados, olían espectacular y sabían mucho mejor. La carne de cerdo estaba tierna, jugosa, el queso estaba simplemente maravilloso y la pimienta que trae por encima le da un toque… internacional, porque es de pimienta gruesa molida sobre el plato. El acompañamiento fueron unas crujientes papas a la francesa y ya. ¿Qué más quieren?

¡qué vidita!
Salí en familia a Salento, repetí viaje, pero con la confianza y seguridad que da volver a donde lo cuidan a uno cómo si fuera de la casa. Fui consciente del tiempo, poco tiempo, es decir, que de un viaje de varios días, estar consciente unas cuantas horas, significa qué “relativamente” ¡pasé más bueno que un verraco! Y todavía no les he terminado de contar todo sobre el viaje, porque tengo dos entradas especiales de experiencias que valieron mucho la pena y que ya les contaré. 
Con patas de Monstruo, un recuerdito
Por eso, te puedo decir a vos con toda tranquilidad: Salí, visitá el nevado del Ruiz, porque quien sabe por cuánto tiempo se podrá disfrutar de esa belleza natural, si no conocés a Salento, ¿qué estás esperando? Y si ya lo conocés, hay que volver, siempre se pueden tener nuevos mejores recuerdos.