Nuestro lema

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lunes, 28 de mayo de 2012

CAMINÉ POR EL CORREDOR POLACO. SALÍ A MANIZALES


El que es caballero, repite, por eso repetí. Cuando a uno lo tratan bien, vuelve, y por eso volví. Cuando uno queda antojado y con ganas de más, le pega otra mordida al pastel y eso fue lo que hice. Repetí el recorrido por el triángulo del café y ¿saben qué? Quedé con ganas de más, otra vez. Sí, me declaro un enamorado de esa región del país y no creo que me canse de ir y de volver y de hacerlo de nuevo.  La razón fue que Marcela desde que fuimos la primera vez quedó con el “dele que dele” que quería llevar a los niños, entonces apenas vimos la oportunidad, figuró… digo, aprovechamos. ¿Será que me calenté? No, mentiras, el paseo fue de lo mejor que hemos hecho en familia y la pasamos ¡bomba! Con los muchachos.

Pero tranquilos, no pienso repetir información, ¡qué pereza!, no, les voy a contar de una que otra experiencia nueva que les recomiendo porque valen mucho la pena.
Esta vez antes de subir al Nevado del Ruiz, para evitar cansancios, dormida en la carretera, incomodidades, dolor de cabeza, nausea, en resumidas cuentas soroche, decidimos irnos de día para llegar a Manizales en la tarde, dormir donde unos familiares de Marcela y salir a eso de las cinco de la mañana rumbo hacia las nieves perpetuas, que de perpetuas tendrán a lo sumo diez años según los expertos.
Pues bien, así fue, empacamos equipaje para cinco, terciamos todo en la maleta del carro, ¿Quién creyera? Ahí como ven, un Twingo se ve pequeñito pero qué sorprendente aparatico resultó, porque cargó las maletas, mecato, sánduches para el almuerzo, agua, té helado, los cien kilitos que conforman la minúscula humanidad de este servidor, a Marcelita, a dos güaimaranes de uno con ochenta (1.80 m) el más chiquito y a la perruna humanidad de la Gertrudis, que por supuesto, “no se pierde la corrida de un catre”. Salimos de Envigado a eso de las once de la mañana, viajamos cómodos, sin afanes, admiramos el paisaje, despellejamos prójimo, almorzamos en carretera y a eso de las cinco de la tarde estábamos ingresando en el caos organizado que conforman las calles de una de las ciudades intermedias más reconocidas de Colombia.
Esquina de Manizales
Llegar tan temprano a la casa de personas que no conoces, me pareció que era muy incómodo, así que había que inventarse cositas para hacer: Propuesta, vámonos a caminarnos las calles de Manizales, admiremos el paisaje, pasemos el tiempo como buenos turistas yendo a donde va Vicente –ésta es una frase célebre que quiere decir, ir a dónde va la gente, “¿para dónde Vicente?, pues para dónde va la gente”– hagamos tiempo, comamos algo y luego, cuando sea hora de dormir, vamos a incomodar a los parientes lejanos.
Carrera 23 "Tontódromo"

Fue así como terminamos caminando por la carrera 23, una calle que es conocida por los manizaleños como “el tontódromo”. Ésta calle, es sin lugar a dudas la más transitada de la ciudad, por tanto es rica en transeúntes, historias, comercio y opciones gastronómicas; sin embargo, tal vez por pertenecer a la cultura paisa, no encontré nada distinto o digno de resaltar.
Caminamos un rato por la plaza de Bolivar. No se nos olvidó tomarnos la foto que creo todo turista que va a Manizales se tiene que tomar con la Catedral de Nuestra Señora del Rosario a las espaldas, y nos buscamos cómo no, la segunda foto que creo que  no puede faltar, con la estatua de Rodrigo Arenas Betancur, artista plástico antioqueño, “Bolivar Cóndor”. 
Pasando por uno de los costados de la catedral, nos dimos cuenta de que un grupo de turistas estaba entrando en una especie de recorrido guiado, así que nos acercamos a preguntar y terminamos comprando la entrada para una atracción conocida, como el recorrido del “Corredor Polaco”. Lo mejor de todo, es que la siguiente visita era a las siete de la noche, lo que le daba un especial aire a la experiencia.
Cómo todavía nos quedaba algo menos de una hora, continuamos caminando descubriendo maravillas arquitectónicas de la ciudad. Los caserones y edificios que hacen parte del marco de la plaza son muy atractivos y tienen una arquitectura muy hermosa y digna de ser admirada. Terminamos pues, haciendo una caminata hasta un parque secundario a unas seis o siete cuadras de la plaza y visitando otra iglesia muy reconocida en la ciudad, punto de referencia, porque hace muy poco inauguraron un nuevo centro comercial muy importante para el sector.
A las siete estuvimos puntuales en la entrada lateral de la Catedral y le dimos comienzo a una experiencia de turismo religioso muy intensa y digna de recomendar.
En una primera instancia, un guía le hace una muy divertida introducción a la experiencia, comentando entre chistes y chanzas la historia de Manizales. Ahí me dí cuenta de que el nombre de la ciudad proviene de una roca volcánica llamada Maní. Yo siempre pensé que era por la semilla que le gusta comer a los elefantes, porque déjenme decirles, les gustará a los elefantes y de pronto a usted, pero a mí ¡ni poquito, querido!
Fotografía de incendio
Estas historias te las cuentan en un espacio creado en el segundo piso de los alerones de la iglesia, desde dónde puede verse todo el templo con una perspectiva muy bonita. 
En la pared de este lugar hay unas fotografías que cargan la historia de Manizales desde hace más de un siglo y destacan unas muy fuertes, que relatan dos acontecimientos muy duros: un incendio que consumió casi el setenta por ciento de la ciudad, todo por una veladora, y un terremoto que destruyó gran parte de la ciudad, pero en especial que casi desapareció a la catedral en la que nos encontrábamos.
Fotografía terremoto
Hay una foto en especial que causa mucho interés, porque muestra al cristo que corona la cúpula de la catedral y si se mira bien, se nota que le falta la cabeza. Según cuentan la historia, ésta, terminó incrustada en un sanitario de una de las cantinas del marco de la plaza.
El recorrido es intenso porque te llevan por un camino, al que llaman el “corredor Polaco”, la caminata es en ascenso por unos pasadizos angostos y llenos de escaleras en caracol, que te llevan a la parte más alta de la torre de la cúpula. 
Hacerlo de noche fue muy especial porque te hacen caminar por estos lugares llenos de historia, a la vez que te la van contando, es más, el guía, que nos hizo fiesta al saber que éramos los únicos “de Medellín papá” en un grupo de casi cuarenta personas, me contó que tienen la propuesta sobre la mesa, de hacer este recorrido, sin que a los guías se les vea la cara, todos van a estar cubiertos con mantos y van a tener unas lucernas en las manos. Será una locura cuando lo implementen, en especial porque le cuentan a uno historias de que, algunos aseguran que en la Catedral hay un curita sin cabeza que se aparece a veces en el recorrido, o que si uno se queda mirando fijamente a algunas de las estatuas de los santos que hay en ciertas partes del templo, éstos terminan siguiéndote.
El  corredor polaco
Terminamos caminando en el lugar más alto de todo Manizales, bueno, de la Catedral de Nuestra Señora del Rosario; una tarea un tanto agotadora luego de subir casi mil escalones, algunos incluso al aire libre, cómo los de un pasadizo que tiene unas escaleras tan inclinadas que hay que subirlas o gateando o agarrándote de los barrotes con los que los cubrieron para evitar accidentes, pues este angosto pasaje está a unos ochenta metros de altura.
Plaza desde la cúpula de la Catedral
Ver la ciudad desde esta perspectiva me gustó mucho, seguro que de día se debe tener otra nueva, pero en todo caso valió la pena el vértigo que da caminar en la cúpula y sentir que una delgada capa de cemento te sostiene a una altura que te hace ver a las personas como juguetitos y que te pone a pensar un poco, luego de que te lo han contado unos setenta metros más abajo, que Manizales es una de las ciudades de Colombia dónde más temblores de tierra se registran.
Bolívar Cóndor reflejado en edificio
Finalmente salí a pasear a Manizales, una ciudad acogedora en la que aprendí varias cosas, la primera es, y que conste que esto que voy a decir lo estoy repitiendo porque lo escuché allá mismo por parte de sus habitantes; aprendí que el que maneja carro en Manizales, puede manejar en cualquier parte del mundo. Aprendí que en la carrera 23 no se puede pitar, porque nadie anda con afanes y al que pite para acosar, lo chiflan y lo abuchean, no lo hice, por tanto no me queda constancia. Aprendí que en Manizales, hay poca gente gorda, porque es una ciudad muy “falduda”, es decir, se construyó en laderas de montañas, por tanto, si un gordo se cae, termina rodando varias cuadras abajo. Aprendí que en Manizales, sobre todo en las partes donde hay faldas más inclinadas, existen las mesas de dos patas. Pero lo que más me gusta de lo que aprendí en Manizales, es que es un lugar muy bonito de Colombia, que hay que ir a conocer y a disfrutar. Por eso te digo a vos con toda tranquilidad y convicción, Salí, visitá Manizales, a hacer turismo religioso como yo, visitala a principio de año en plenas fiestas, andá a que te enseñen a bailar un pasodoble o viajá a lo que querás y te prometo que no te arrepentirás.

lunes, 14 de mayo de 2012

DESAYUNÉ COMO TODO UN TOROMBOLO. SALÍ A DESAYUNAR A ARCHIE’S



Estoy seguro de que muchos me seguirán en una apreciación personal, y ésta es que la niñez de todos ha sido marcada por ciertos programas de televisión. Si le preguntamos a alguien entre los cuarenta y los cincuenta años, nos dirá que recuerda “Rauzán” por ejemplo. Otra persona entre los treinta y los cuarenta nos dirá que “Concéntrese, para que no se le olvide”. Yo recuerdo mucho “Plaza Sésamo o Dejémonos de Vainas” y alguien entre los quince y los veinticinco años de edad diría por ejemplo, “Dragón Bolsetas”, perdón, “Dragon Ball Z”. (Bolsetas era cómo me decía mi abuela cuando cometía cualquier tontería: ¡Éste es mucho bolsetas¡).


creados por el publicista/editor
 
John L. Goldwater ,
dibujante Bob Montana.
Sin embargo un programa de televisión en especial me marcó mucho en la época de los primeros años de colegio cuando comencé a tener amiguitos, y lo hizo de manera negativa. Era una serie que se llamaba Los Archie’s, que contaba historias divertidas de un grupo de adolescentes norteamericanos que eran amigos en la escuela y que tenían un grupo musical de rock and roll. Recuerdo los nombres de algunos de los personajes, el protagonista Archie, que le da el nombre a la serie, era el líder de la banda, tocaba la guitarra y cantaba. Recuerdo a Betty, una de las niñas de la banda porque bailaba moviendo las caderas pegándose con una pandereta. Recuerdo a Gorilón, que era el puro músculos, cuya nobleza lo hacía muy dulce, pero el que más recuerdo, es el que me hace amarga la memoria: Torombolo y ¿saben por qué lo recuerdo amargamente? Porque era el idiota del grupo, aunque indispensable porque tocaba la batería, la asociación que hacían mis “amiguitos” con el personaje y mi apellido, me relacionaba con el mismo concepto que tenía la palabra “bolsetas”, para mi abuelita, y eso era inadmisible. Perdonen el borrón pero no pude evitar la lagrima que me ha causado el recuerdo. ¡Es que me da una rrrabiecita ola!

Torombolo comiendo, cualquier
parecido con la realidad...
Todo esto ha sido para contarles que a modo de celebración, creo que por haberme cortado el pelo, fuimos a tomar el desayuno a Archie’s, un restaurante que se ha posicionado en Medellín como una pizzería gourmet. No dejo de relacionar este restaurante con los dibujos animados (perdonen la voz quebrada por el nudo en la garganta) pero es que recuerdo que a Torombolo le encantaba comer en grandes cantidades y sobretodo le gustaba la pizza y era en una pizzería donde se reunían los Archie’s. En fin, Los desayunos son una de esas comidas del lugar que han logrado trascender fronteras, porque ya he escuchado a más de un ejecutivo exitoso, asegurar que sus desayunos de trabajo son mejores cuándo los han hecho en Archie’s.

Bueno, ahora me congracio, estábamos celebrando los cuatro años de matrimonio y decidimos que fuera de una manera poco convencional. La ocasión lo ameritaba, en vez de una comida, un desayuno, ¿nada menos convencional que eso? Además, tenía que ser especial, así como los cuatro años de matrimonio que han parecido cuarenta segundos… debajo del agua. ¿Será que me congracié?


Escogimos el establecimiento de San Fernando Plaza, el complejo comercial que queda en la avenida el Poblado. Llegamos a eso de las nueve de la mañana. Había pocas mesas ocupadas y por eso, como siempre, nos atendieron rápidamente. Nos llevaron la carta de desayunos y comenzó la pelea. Cómo les explico…  cómo hace uno para explicarle al montañero interno que se olvidara de la arepa con quesito para desayunar; que hay otras opciones distintas al huevo revuelto con hogao. Pero saben qué, ¡oh sorpresa! Porque en el menú, hay arepitas con mantequilla, también chocolate y no habrá huevo revuelto con hogao, pero hay unas cuantas delicias con las que lo acompañan que te podés ir de para atrás.

Espero que entiendan que lo del montañero es sólo una excusa para contarles cosas divertidas, porque para la comida me gusta tener la mente abierta, pero lo que me fascina tener abierta es la boca.

Lo de las arepitas es verdad, sí las pedí, pero porque me pareció que mi pedido original debía tener un acompañamiento más sólido. 
Entiéndanme, un omelette Archie's solo no me parecía suficiente, aunque el que elegí viene con prosciutto que es un jamón curado en lonjas delgadas, peperonni, que es un embutido de carne seca picante, salami, muy parecido al peperoni pero no es picante, jamón y queso mozzarella. Déjenme decirles que fue un placer cada bocado, siempre que se parte se le descubren cosas ricas adentro y el huevo estaba esponjocito. Aquí entre nos, me dio por hacerme el loco con la etiqueta, y me atreví a abrir una de las arepitas para untarle la mantequilla por dentro para que se derritiera y… ¡qué delicia! Todo lo acompañé con un Milo espumoso -Milo es una bebida achocolatada muy apetecida en especial por los niños- cualquier parecido con la realidad...

Mi esposa pidió unos pancakes con miel de maple, a ella le fascinan y unos huevos benedictinos que se compone de dos huevos semiduros, a los que se les llama poché, que se hacen en agua y vinagre, es decir, huevos escalfados, éstos son colocados sobre un pan muffin inglés, con lonjas de jamón y luego todo esto lo bañan con una salsa de queso.
Además le dan un toque verde que le agrega más vida al plato, la salsa de queso viene con cebollín y a un lado te ponen dos espárragos cocinados al vapor. Este desayunito Marcelita lo pasó con un jugo de mandarina.

El desayuno estuvo a la altura, logró sacarme varias sonrisas, pero sí de calificar se tratara, le daría un puntaje mayor al omelette. El porqué, es simple para mí: es más sólido, la textura del huevo esponjado me es más agradable al paladar que la de los huevos escalfados, sin dejar de reconocer que son muy buenos y que la salsa de queso le dan mucha vida. Pero las carnes que vienen mezcladas con el huevo y encima, se me antojan más atractivas. Una cosa que creo importante  recalcar es que era la primera vez que comía espárragos. 
Y entendí un poco la metáfora de ir a freírlos. Los espárragos se marchitan fácilmente, para cocinarlos hay que hacerlo rápido porque si no se ponen muy amargos. Pues bueno, estos parece que estaban bien cocinados y aun así, no pude dejar de recordar esas tardes de mi infancia en la que me metía espigas de hierba en la boca y las masticaba mientras miraba hacia el cielo azul. El sabor es muy “clorofílico” y aunque no es malo, creo que su consumo es más cuestión de costumbre adquirida.

Así pues que Salí un día cualquiera a desayunar algo rico y diferente y me encontré con una propuesta muy internacional en un restaurante de comida rápida gourmet. Me divertí, me la gocé, me di un respiro antes de sumergirme otros cuarenta segundos en el maravilloso mundo del matrimonio y encontré una salida deliciosa a un amargo recuerdo de la infancia. Por eso te puedo decir a vos también, Salí, un desayuno con los huevos escalfados es una opción que no te podés perder, a lo mejor te gusta tanto como a mí y luego de comer en Archie’s podes decir que sos como yo, todo un Torombolo.