Nuestro lema

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martes, 17 de abril de 2012

VÁMONOS A "PUEBLIAR". SALÍ A JERICÓ


Yo soy un hombre religioso. ¡¿Qué?! ¿Por qué se extrañan? Que no me vean con el escapulario en la mano o en misa cada domingo no quiere decir que no lo sea. Lo que pasa es que la devoción es una mantilla que se lleva por dentro… ¡Qué frase!, a veces me sorprendo a mí mismo.
Río Cauca
Siento, y esta es una posición muy personal, que hay que temer a aquel que no cree ni en lo que se come tanto como en el que es capaz de matar por lo que cree. Mi ética y mi moral son producto de los recuerdos guardados en lo profundo de mí, que tienen relación con lo bueno y lo malo, aprendido siempre de la mano de algo superior.
Sin embargo cuando escucho que al viajar existe la posibilidad de escoger el turismo religioso, bueno, lo confieso, no es mi preferida, tampoco es la que más me atraiga, pero es una opción, una más. Tal vez sea mi formación como publicista, o quizás esa costumbre arraigada que traemos en los tuétanos los montañeros, la de verlo lo bueno a todo y ésta modalidad de viaje también lo tiene. Por eso cuando tomamos la determinación de viajar a uno de los municipios antioqueños más religiosos, lo primero que pensé fue:

—Mija, empacá las rodilleras— y ella me dijo:
—¿Y es que vamos a rezar mucho? — y yo le dije:
—No, pero te van a hacer falta.

Ya hablando en serio, Jericó es un pueblo del suroeste antioqueño, uno de esos que hace parte también del pasado de mi familia, pues allí mi abuelo fue gerente de la Federación de Cafeteros y en ese lugar nació mi tío Juan, el que le va a ayudar a la FLA a conseguir plata este año, ¿lo recuerdan? La última vez que fui fue hace muchos años, tendría unos ocho o nueve y es muy extraño sentir tan familiar un lugar que creía desconocido. El parque es muy bonito, por supuesto que no es igual a hace quince años…  —bueno, bueno, veintitantos, casi treinta pues—,  pero no pude evitar sentir que lo conocía.

La catedral en la cabecera de la plaza es imponente, construida en ladrillo es el edificio con mayor altura del pueblo, sin embargo, algo que noté es que la mayoría de las construcciones de la plaza, en un intento fallido, no por imposibilidad, sino por consenso, compiten entre sí por alzada; cuatro y hasta cinco pisos alcanzan a tener, eso sí, los poderosos árboles que hacen parte del paisaje de  la plaza, al menos por ahora, permanecen invictos y sus copas son las que atrapan los primeros rayos del sol por encima de los tejados.


Al llegar, Jericó nos recibió sonriente. El sol brillaba con la intensidad que acostumbra en el suroeste de Antioquia a las tres de la tarde. La llegada al parque es laberíntica pero como dice el dicho “preguntando se llega hasta Roma” y cómo el hotel que elegimos para quedarnos queda en el marco de la plaza principal, no fue difícil llegar. Algo curioso de lo que me di cuenta al regresar del paseo fue que, según mi mamá, la casona en la que funciona el hotel, fue la casa donde ella vivió cuando mi abuelo gerenció la Federación.

El almuerzo fue la otra forma de bienvenida que nos dio el pueblo. Tan pronto nos registramos e instalamos, salimos a caminar para buscar algo de comer. Queríamos hacerlo bien, y a esto me refiero a que no esperábamos una pizza o un pan con un café con leche. Yo quería… —aquí siento que no les voy a dar nada nuevo, pero es que no puedo negar al antioqueño arraigado que llevo dentro, el de alpargatas, el del zurriago, el de los fríjoles con garra. Perdónenme ésta y otras dos mil más—. Sí, un típico paisa con todo, que le sobre “nada”, que me dejera “full tanque”, que me obligara a usar una respiración conocida como bronquial, por la imposibilidad de llenar los pulmones completos con aire, por unas dos horas.

Las recomendaciones nos llevaron hasta “El  Balcón” el de “siempre la mejor sazón” un restaurante que queda en un edificio alto de la plaza, en el que elegimos sentarnos justo en el espacio que le da su nombre sonoro, desde allí, al llegar la comida, muy buena por cierto, en sabor y cantidad, pudimos disfrutar como si estuviéramos al aire libre y con la vista amable de un pueblo, que nos demostró por mucho, por qué es considerado uno de los más vistosos del departamento.


Hay algo que se nos antojó a Marce y a mí, muy particular, y es que en Jericó, hay un ejército de niños y jóvenes ansiosos por enseñarte de su población. Son guías, todos entrenados por un programa escolar que les ha entregado las herramientas necesarias para ser amables, respetuosos y muy bien instruidos sobre la historia del pueblo y de cada uno de sus sitios turísticos oficiales. 

Entonces, para iniciar nuestra experiencia “religiosa”, decidimos bajar los “frijolitos” conociendo el museo religioso que queda en uno de los sótanos de la catedral. Ahora que lo recuerdo, sí que bajaron los frijolitos, sobre todo con el susto que nos dio al entrar en el lecho en el que murió uno de los padres más queridos de la parroquia, y también su mamá y también su papá… hacía tanto frío allí, que no pude evitar acordarme de “Sexto sentido”. 
Para agarrar más calor caminamos por las callecitas del pueblo. Cada vez que se dobla una esquina te encuentras con una iglesia, hay 17, unos más bellos que otros, pero cada uno con su encanto. Aquí es donde me atrevo a asegurar que a todo hay que encontrarle su punto y el que yo les recomiendo es: No vayan a Jericó sin una cámara.
La arquitectura de los templos, las callecitas angostas, la enorme cantidad de estatuas y bustos de personajes importantes, los parques aleatorios alegóricos a conceptos tan profundos como “las madres”, la casa de la Madre Laura, en fin, suficiente para una tarde sin afanes, sin mayores pretensiones que la de dejarse llevar y disfrutar de la compañía y del ambiente.
La noche llegó lenta pero segura y se nos ofreció en forma de mil canciones a la vez. Quizás eran menos, pero retumbaban con notas de vallenato unas, guascarrilera otras, Giovanni Ayala aquí, “soy un hombre soltero” por allá… 
terminamos sentados, tomándonos una cerveza en donde se escuchaba “la maldita primavera” y saben qué… fue perfecta. Unos vasitos de Vodka con limonada para despedir el día, luego la noche entrada en horas y a la camita.





El día siguiente comenzó temprano y a lo campeón. Entramos a desayunar a un lugar que tiene mucha historia pegada de las paredes. 
La casona Jericoana es un restaurante de manteles de cuadros que a muy buenos precios ofrece comida típica. Por tanto el desayuno no pudo ser distinto a lo más típico.

De ahí en adelante nos dedicamos a recorrer un Jericó que hervía en gente. El domingo es el día de mercado en el campo y todos estaban atendiendo la cita. No había por donde caminar, había ruanas y carrieles de todos los tamaños, y eso nos recordó que estábamos en el pueblo que se es reconocido por hacer los mejores carrieles del mundo.

Así que nos fuimos a brujear y terminamos de “shoping”, comprando un carriel femenino para mi suegra, que causó sensación en Miami donde vive, y una billetera de excelente manufactura en cuero para mi mamá.
Luego compramos unas golosinas de cardamomo, en una tiendecita muy particular en la que un niño se puede enloquecer. Por mi parte, aproveché para comprar un dulce que no veía desde que tenía diez años. Se llama “gaucho” y es un dulce duro, que al morder se las arregla para clavarse como cemento en las fisuras y grietas de los dientes y te pega las mandíbulas. Este dulce se conoce como “arrancamuelas” también y pregúntenme si todavía lo tengo guardado en un cajón del escritorio. Es tan dulce y tan duro, que no se lo han querido comer ni las cucarachas. Mentiras que en mi casa no hay cucarachas… desde que traje ese dulce y lo metí en el cajón.

El resto del día y del viaje transcurrió en una silla de la plaza, y sentarnos a ver pasar jericoanos, palomas, nubes, uno que otro telesférico y las horas, hasta que llegó el momento de almorzar. 
Lo hicimos en el mismo lugar en que desayunamos, y todo porque al despedirnos en la mañana, el dueño del local nos amenazó con un mondongo. 

Panza, bonete, librillo y cuajar, “los cuatro fantásticos paisas”, con arroz, aguacate, ensalada, banano y un guarapo para bajar la media bobadita. Con eso quedamos listos para el viaje de regreso.


Un fin de semana Salí a pueblear y terminé en Jericó Antioquia, un pueblito del suroeste famoso por su fervor católico y por ofrecer opciones para todos los gustos en turismo. 
Me la gocé, descansé, tomé fotos y hasta recé, o por lo menos me arrodillé, ante el carisma de su gente, la belleza de sus paisajes, la pasión con la que sus jóvenes hablan de su municipio y me enamoré; de su comida, de sus postres y de los nuevos recuerdos que guardaré para siempre. 
Sabiduría popular
Por eso te puedo decir a vos también, Salí, te invito a pueblear a Jericó, un fin de semana cualquiera, un solo día y no te arrepentirás, porque Jericó, por mucho, es uno de los pueblos más bonitos que tenemos en Antioquia.

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