Nuestro lema

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lunes, 9 de abril de 2012

“Cómase alguito mijo”. Salí a La Casita de mi Abuela


Sentirse en contacto con las raíces, reconocerse en la historia de tus ascendentes, descubrir en tus rasgos personales aquellas peculiaridades que te hacen propio de una región, de una cultura, creo que es el tesoro más grande que posee cualquier ser humano. En este aspecto me siento muy afortunado porque pude disfrutar de mis abuelos en la niñez y aprender de mis precursores todo aquello que me hace reconocerme como un paisa orgulloso de sus costumbres, arraigado en su cultura, un antioqueño de pura cepa y de arepa en la mano.

San Calletano Bendito
De mi abuela paterna aprendí que un diciembre no se puede dejar pasar sin hacer tres o cuatro dulces caseros distintos, sin moler queso costeño por cantidades industriales para hacer buñuelos y sin batir natilla en paila grande con mecedor de madera; ¡ah! Y a comer hojuelas con mermelada. A las dos abuelas les aprendí que cuando uno se casa se tiene que tener un “bultico de San Calletano” para que no falte el mercado en la nevera. Pero fue la abuela Lucero, la mamá de mi papá, la que me enseñó que si éste se distraía y faltaba alguna cosa en la alacena, había que meterlo debajo de la llave del agua un rato; esto para que le de frío y se ponga atento, así, seguro que lo que falta llega rápido. Lo más verraco de todo, es que a ella le funcionaba como un relojito y aunque no lo crean, yo tengo mi santico en la cocina.

A los abuelos maternos les debo el amor al campo. A entender con hechos que “al que madruga Dios lo ayuda”. Muchas vacaciones de mi niñez las pasé en la finca cafetera del abuelo Jesús Carvalho. La abuela Esneda me levantaba con “los tragos” a las cinco de la mañana; así es como se le dice en el campo, a una “aguapanela” con pan, quesito y huevo revuelto que parece desayuno, pero que todavía no es, y que se come antes de ir a “jornalear”. Luego, a lomo de mula, nos íbamos a recorrer la plantación. Ahí aprendí que al cafeto hay que consentirlo, hablarle, a veces cantarle, confiar en él, cuidarlo para que produzca cerezos perfectos, así se le llama al fruto de café maduro, para que después de despulparlo, beneficiarlo y secarlo, se convierta en el mejor café del mundo, en el Café de Colombia. ¿Y por qué al que madruga Dios lo ayuda? Bueno, desde mi perspectiva, porque a eso de las diez, todos volvíamos a la finca, allí nos estaba esperando el desayuno de verdad, ese que tiene chocolate, arepa, quesito, huevo revuelto, “calentao” de fríjoles con arroz, carne frita o chicharrón y a veces un chorizo. Ahí está, Dios te ayuda porque el que se quedaba en la cama hasta tarde, le daban aguapanela con pan de desayuno y no más... bueno, eso era lo que me decía la abuelita, claro que nunca me quedé para verificarlo… ¡juemadre! Qué abuelita tan didáctica la mía, me enseñó a madrugar dándome por donde me dolía.

Otra de esas cosas de la abuela, es que te saludan con las frases más dulces que puedes escuchar: ¿Mijito, ya comió alguito?, Cómase alguna cosita mientras tanto. ¿Le preparo alguito? ¡Ahhh! Las abuelas son la verraquera ¿o no?

Por eso cuando descubrí hace muchos años un lugar, cuyo propósito es hacerte sentir como en la casa de la abuela, y que tiene aspecto de casa de abuela, porque hay fotos antiguas en las paredes, llaveros para colgar esas llaves de hierro pesadas y negras, faroles encendidos simulando esas lucernas viejas con las que se iluminaban las fincas de antaño, no dejo que pase mucho tiempo sin ir a recordar a los abuelos.
Un lugar donde te sirven mujeres uniformadas con unos atuendos que las hacen ver y con toda seguridad sentirse como auténticas antioqueñas de un tiempo anterior y tal vez, en muchos aspectos mejor. Un lugar que además de tener la capacidad de transportarte a recuerdos preciados y añorados, te ofrece una experiencia gastronómica digna de repetir, cuantas veces sea necesario y de compartir con tanta gente sea posible.

Las posibilidades en el menú son exquisitas, deliciosas una a una. En mis varias visitas las he probado casi todas y no le he encontrado “peros” a ninguna. Lo más curioso de todo es que el menú está ofrecido en un tono muy particular; las frases con las que te ofrecen los productos están construidas de la manera en la que te las ofrecería la abuela.

Hoy voy a hablarles de una visita a tomar el “algo” un domingo por la tarde, es decir, la cuarta comida del día, esa que va entre el almuerzo y la cena, aquella que no se puede dejar pasar, la que va por costumbre con “parva” (productos de panadería) y un chocolate con queso… supongo que ya saben a qué me refiero ¿o no? ¿O eso será otra de esas enseñanzas didácticas de mis abuelas?

Una tarde de un domingo cualquiera, de uno de esos en los que hacer nada es la mejor opción, pero en los que el hambre de una “cosita especial” te mueve los pies casi de manera involuntaria, terminamos sentados en una de las mesas de “la casita de mi abuela”, un restaurante que queda en Sabaneta, yendo desde Envigado por “la carretera vieja” es decir, por la 43A, justo en el giro para salir hacia Mayorca.

El servicio siempre ha sido muy bueno, pues es de esos lugares en los que, aunque todos estén muy ocupados, alguien se acerca para darte la bienvenida y decirte que en un momento están contigo. Esta vez el lugar estaba vacío, por tanto nos entregaron las cartas del menú al llegar. Elegir es algo difícil, sobretodo porque por más antojado que se esté de algo específico, al ver las opciones te antojas de otras cosas.

Algo Especial y Algo Carolina
El pedido: Un Algo Especial de mi abuela y un Algo Carolina. Aquí se empieza a recordar. En pocos minutos en la mesa estaban poniendo dos chocolateras de bronce llenas de chocolate espumoso y burbujeante todavía por el calor. La mesera te sirve la taza y aún queda para otra más en el recipiente metálico, que te tapan para que no se enfríe. Ponen al frente de cada comensal una canastita que trae envuelta la parva más suave y deliciosa, en versión miniatura. Este plato es común a todos los Algos, trae un mini pan campesino redondo, un pastelito de guayaba, un pandebonito, una almojabanita, un pastelito de arequipe y un mini croisant. Estas dos versiones tienen en común también una arepita de choclo (maíz dulce), con una bolita de quesito.

El Especial trae un tamalito que aunque parece pequeño, es muy engañador, y al desenvolverlo, siempre terminas preguntándote, ¿dónde carajos le cabe tanta cosa rica a esto tan pequeñito? Porque tiene varios tipos de carne, papa, masita de maíz, arepa redonda… ¡delicioso!

El Carolina tiene un plato que llaman pruebita de fríjoles, además viene con un chicharrón veinte patas con arepa, patacón y limón. Nada que hacer, hay que entregarse de lleno a la tarea de dejarse consentir por la abuela y terminar con la barriga llena, el corazón más que contento y la cabeza volando hacia un nuevo recuerdo acabado de concebir.
Salí a La casita de mi abuela y me comí un algo que me llevó a la Antioquia de antaño, a esa que recuerdo gracias a los cuentos de mis abuelos, aquella que viví en sus historias, algunas también contadas por sus abuelos, los que arriaban mulas o marranos por los caminos de herradura, los que recogían café para que algún día llegara a ser el mejor del mundo. Salí y sentí la magia que tiene la comida bien preparada y un rollo bien armado a su alrededor para hacerte vivir un cuento más allá del simple hecho de ingerir alimentos. Por eso te puedo decir a vos, Salí, tomáte un algo parviado, cométe un chicharrón patudo junto a un chocolate con queso y dejáte llevar a ese lugar que te hace ser lo que sos, a ese tesoro insondable que habita en tu ser… si sos paisa, si no lo sos, te invito a beber de nuestras raíces y a conocer más a fondo nuestra cultura, la cultura paisa antioqueña. Te invito, "a comerte alguna cosita mijo".

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