Nuestro lema

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sábado, 28 de abril de 2012

“YABA DABA DUUUUU”, Salí a Crunch y BBQ en Envigado


Los Picapiedra de Hanna y Barbera
Costillas de brontosaurio ¡mmmmm!
Aún en las noches despierto con esa pesadilla… esperen un momento, no, no es una pesadilla, es un sueño recurrente que me atormenta: “Estoy trabajando, suena la sirena que indica que ha terminado la jornada, la felicidad me agobia, grito muy fuerte de la alegría y me lanzo por un tobogán para caer dentro de mi automóvil, aplico el acelerador, voy a recoger a mi esposa, a mí bebita, al gato y a mi perro; luego recojo a un amigo, su esposa y su bebé y nos vamos al auto cinema. Cuando termina la película tengo mucha hambre y quiero comer algo especial, así que vamos a un lugar donde venden las mejor comida de la ciudad, pido para mí unas costillas, me froto las manos y entonces aparece la niña con el pedido, me pone las costillas en la ventanilla del carro y ¡PUM¡ el carro se voltea porque las costillas son demasiado grandes…” es ahí cuando despierto bañado en sudor, agitado, hambriento y mordiendo la almohada desesperado… ¡ahhhhh demonios! ¿Por qué no existen las costillas de brontosaurio? ¿No sería una locura?
Discreta entrada de Crunch
Hace algunos días, una muy buena fuente me contó de un restaurante al que le gusta ir a una gran parte de los empleados de la administración de la Alcaldía de Envigado. Mi fuente, a la cual voy a proteger reservándome el nombre y su relación conmigo me dijo: “amor, estoy antojada de ir a un lugar al que han ido todos los del trabajo y dicen que venden unas costillas de maluquera, me deberías de llevar en plan romántico de esposos”. Desde ese momento me atormenta el mismo sueño, bueno, aunque se me calmó un poquito luego de ir a Crunch y BBQ, sin embargo me encontré con la terrible realidad de que allí tampoco venden costillas de brontosaurio, bueno, al menos no de ese tamaño.
La ocasión se presentó porque teníamos dos cumpleaños que celebrar, el de mi hijastro Daniel y el de un hombre muy especial en la vida de mi familia, Germán Pablos, el sacerdote catecúmeno que nos casó a mi fuen… perdón a mí esposa y a mí. Sí ya sé lo que están pensando, ¿cómo se me ocurre celebrarle el cumpleaños a ese man? Es más, ¿Cómo es que le hablo todavía?  Tranquilos, la respuesta es simple, yo soy un hombre que no tiene memoria, soy un hombre que no guarda rencores… (Hoy me toca llamar a mi mamá para que me reciba, porque ni en la sala me van a dejar dormir). En fin, de todas maneras nos sirvió para celebrar y despedirnos, porque a Germán lo trasladaron a otra ciudad y estuvo esa vez con nosotros a modo de despedida.
Otra de las razones por la cual elegimos este restaurante es que Germán Pablos es oriundo de León una provincia de Castilla, España. Este antecedente, más el de saber que es un tanto exigente con la comida, nos obligó a pensar en llevarlo a un buen lugar, por lo menos a uno, del que tuviésemos las mejores opiniones.
Mapa para llegar a Crunch
Lo primero que puedo decir es que llegar es un tantito complicado, pues Crunch está ubicado en un nuevo sector de unidades residenciales que hace unos años no era un barrio sino una vereda de casas finca del municipio de Envigado. Por tanto, se necesita de que alguien que haya ido te lleve o de un mapa, claro que si eres bueno con las direcciones, pues, suerte. Con todo y esto, luego de que llegas y lo descubres, es inevitable tener la sensación de que vale la pena, es más, una analogía correcta sería decir que si llegaste por mapa, la comida es un tesoro.
La entrada incluso parece oculta, si no es por el colorido pendón que indica la ubicación exacta, creo que no hubiera dado nunca con el secreto mejor guardado de los comensales que lo conocen. Hay que subir unas discretas escalas hasta la construcción y entonces te das cuenta de que el lugar tiene su magia. Parece una casa finca reformada para albergar aventureros hambrientos. La cocina queda afuera, bajo techo pero no dentro del edificio. Las mesas están distribuidas en cuatro ambientes diferentes.
Ambiente del patio
El primero, que fue el que elegimos nosotros, queda en bajo el mismo alero de la cocina, así que se siente como estar al aire libre o en un balcón.
El segundo ambiente es en un patio trasero que tuvo que ser cubierto con lonas transparentes para proteger de la lluvia a los comensales, aunque no siempre fue así, la lona la pusieron porque un día recibieron una queja de una señora que se demoró tres horas para tomarse una sopa; dicen que salió contenta, pero muy llena y emparamada por el aguacero.
Ambiente interno
El tercer ambiente es más íntimo ya que está dentro de la construcción y lo divertido es que se sale de lo convencional, pues, aunque hay mesas para poner los platos, se puede elegir entre sofás o sillones para sentarse. La decoración es entonces muy acogedora y tiene un estilo ecléctico entre una fonda de arrieros y el bar de “friends”.
El cuarto ambiente consta de dos o tres mesas apartadas en un extremo de la construcción, que parece un mezzanine con vista a la ciudad, aunque la vista se hace cada vez más escasa, porque este sector de Envigado se está poblando rápidamente con más y más unidades residenciales.
Al sentarnos fuimos muy bien recibidos por una mesera que se convirtió en objetivo de “burla” de Germán Pablos, quien goza de un excelente humor y gracia. Decidirnos por qué pedir fue una odisea, nadie se atrevía, todo se veía y sonaba tan bien, que no se quería correr el riesgo de arrepentirse.
Aros de cebolla para la entrada
Finalmente nos decidimos, primero una entrada de aros de cebolla fritos con  una salsa cremosa muy sabrosa, que tiene mucho ajo.
Costillas Jumbo BBQ
El ojimeniado, perdón el homenajeado ibérico pidió las Costillas de Cerdo en salsa barbecue y maracuyá, la especialidad de la casa, plato por el que se decidió también mí esposa. Me hubiera encantado que le vieran la expresión de gozo en el rostro a Germán, en especial porque parecía un oso, untado de salsa por toda la cara. Marce me dio unas cuantas, muy poquitas, porque no quería compartir, le encantaron y a mí me parecieron deliciosas también, muy tiernas, dulces, en su punto. Las costillas vienen acompañadas de papitas fritas, arepa y ensalada.
Chorizo beaf - Crunch
El otro homenajeado, Daniel, pidió un Chorizo Beaf asado al carbón, un trozo de carne muy grueso y jugoso que chisporroteaba todavía en la plancha en que fue traido a la mesa. Este plato viene acompañado de una papa al vapor y una nutrida ensalada con maicitos.
Filet Mignon
Alejandro, mi otro hijastro pidió nada más ni nada menos que un filet mignon, este plato se ve tan bien, como suena; es decir, suena a alta cocina francesa y así es. Consta de dos cortes de carne asados al carbón, los bañan en una salsa reducida en vino tinto y especias, lleva tocineta y champiñones, lo acompañan igual que el Chorizo Beaf, con papa y ensalada.
Para mí, un plato que me dejó totalmente satisfecho. Aunque en un principio se suponía que iba a comer costillas, por aquello del sueño, con mi esposa tenemos un trato, siempre que vamos a un lugar nuevo, pedimos platos distintos y compartimos por mitades, así cubrimos más menú. Sin embargo, en esta oportunidad, en algún momento, por cualquier motivo desconocido, el trato no entró en vigencia. Una de las partes, no voy a decir cual, pero no fui yo, se “amarró” y me hizo “deditos”, pero saben que, hasta mejor, porque los escalopes de pollo que pedí para mí, fueron en mi opinión, el mejor plato de la mesa. Es en serio, porque aunque las costillas son muy ricas, y el trozo de baby beaf que me dio para probar Daniel, en mi opinión, no le ganaron en sabor a mi plato.
Miren y juzguen ustedes; filetes de pollo marinados en finas hierbas con vino, los rellenaron con queso mozarella, luego son envueltos en tocineta y los bañan en salsa de la casa. Los acompañan con papitas fritas y ensalada… ¿ah? ¿Qué me le opinan? ¿No son acaso dos trozos de cielo con papas fritas?
Terminamos de comer y cuando fueron a retirar los platos, nuevamente la mesera se tuvo que enfrentar a un Españolete satisfecho, con la barriga llena y el corazón contento y nuevamente cayó en sus garras, porque no se quiso quedar con las ganas de decirle a la niña, que las costillas estaban ricas, pero que tenían más hueso que carne (claro que esa es la broma) así que por tanto exigía o más costillas o que le restaran del valor, el peso del hueso. Creo que con la descripción de esta situación, dejo en claro el nivel de satisfacción que lograron en nosotros en Crunch.
El restaurante no ofrece en su carta, postres. Mi esposa pidió uno y la respuesta fue negativa, pero imagínense que en cuanto el chef, dueño del lugar lo supo, vino hasta nuestra mesa y se disculpó personalmente, alegando que antes los tuvo, pero que nadie los pedía, así que optó por sacarlos del menú. Me pareció un detalle de buen servicio.
Así pues que Salí con mi familia y un hombre muy especial a Crunch y BBQ, un restaurante en Envigado que promete en su slogan “La mejor costilla de la ciudad” y que por producto y calidad del servicio, me atrevo a asegurar. Pasé una tarde genial entre buena comida, risas, burlas, Dios, buenos consejos, mejores consejos, mucho amor, demasiada amistad, en resumen, FELICIDAD.
Comí bien, me recomendaron un muy buen libro para leer, que ya leí y se los recomiendo a ustedes “Los asesinos del Emperador” de Santiago Posteguillo y viví una de las mejores tardes de mi vida. Por eso te puedo decir a vos, Salí, comete unas costillas, unos escalopes, un trozo de carne, tomate un vino, un aguardiente, lleváte a los que querés y te aseguro que como mínimo, vas a salir satisfecho y con ganas de volver.

martes, 17 de abril de 2012

VÁMONOS A "PUEBLIAR". SALÍ A JERICÓ


Yo soy un hombre religioso. ¡¿Qué?! ¿Por qué se extrañan? Que no me vean con el escapulario en la mano o en misa cada domingo no quiere decir que no lo sea. Lo que pasa es que la devoción es una mantilla que se lleva por dentro… ¡Qué frase!, a veces me sorprendo a mí mismo.
Río Cauca
Siento, y esta es una posición muy personal, que hay que temer a aquel que no cree ni en lo que se come tanto como en el que es capaz de matar por lo que cree. Mi ética y mi moral son producto de los recuerdos guardados en lo profundo de mí, que tienen relación con lo bueno y lo malo, aprendido siempre de la mano de algo superior.
Sin embargo cuando escucho que al viajar existe la posibilidad de escoger el turismo religioso, bueno, lo confieso, no es mi preferida, tampoco es la que más me atraiga, pero es una opción, una más. Tal vez sea mi formación como publicista, o quizás esa costumbre arraigada que traemos en los tuétanos los montañeros, la de verlo lo bueno a todo y ésta modalidad de viaje también lo tiene. Por eso cuando tomamos la determinación de viajar a uno de los municipios antioqueños más religiosos, lo primero que pensé fue:

—Mija, empacá las rodilleras— y ella me dijo:
—¿Y es que vamos a rezar mucho? — y yo le dije:
—No, pero te van a hacer falta.

Ya hablando en serio, Jericó es un pueblo del suroeste antioqueño, uno de esos que hace parte también del pasado de mi familia, pues allí mi abuelo fue gerente de la Federación de Cafeteros y en ese lugar nació mi tío Juan, el que le va a ayudar a la FLA a conseguir plata este año, ¿lo recuerdan? La última vez que fui fue hace muchos años, tendría unos ocho o nueve y es muy extraño sentir tan familiar un lugar que creía desconocido. El parque es muy bonito, por supuesto que no es igual a hace quince años…  —bueno, bueno, veintitantos, casi treinta pues—,  pero no pude evitar sentir que lo conocía.

La catedral en la cabecera de la plaza es imponente, construida en ladrillo es el edificio con mayor altura del pueblo, sin embargo, algo que noté es que la mayoría de las construcciones de la plaza, en un intento fallido, no por imposibilidad, sino por consenso, compiten entre sí por alzada; cuatro y hasta cinco pisos alcanzan a tener, eso sí, los poderosos árboles que hacen parte del paisaje de  la plaza, al menos por ahora, permanecen invictos y sus copas son las que atrapan los primeros rayos del sol por encima de los tejados.


Al llegar, Jericó nos recibió sonriente. El sol brillaba con la intensidad que acostumbra en el suroeste de Antioquia a las tres de la tarde. La llegada al parque es laberíntica pero como dice el dicho “preguntando se llega hasta Roma” y cómo el hotel que elegimos para quedarnos queda en el marco de la plaza principal, no fue difícil llegar. Algo curioso de lo que me di cuenta al regresar del paseo fue que, según mi mamá, la casona en la que funciona el hotel, fue la casa donde ella vivió cuando mi abuelo gerenció la Federación.

El almuerzo fue la otra forma de bienvenida que nos dio el pueblo. Tan pronto nos registramos e instalamos, salimos a caminar para buscar algo de comer. Queríamos hacerlo bien, y a esto me refiero a que no esperábamos una pizza o un pan con un café con leche. Yo quería… —aquí siento que no les voy a dar nada nuevo, pero es que no puedo negar al antioqueño arraigado que llevo dentro, el de alpargatas, el del zurriago, el de los fríjoles con garra. Perdónenme ésta y otras dos mil más—. Sí, un típico paisa con todo, que le sobre “nada”, que me dejera “full tanque”, que me obligara a usar una respiración conocida como bronquial, por la imposibilidad de llenar los pulmones completos con aire, por unas dos horas.

Las recomendaciones nos llevaron hasta “El  Balcón” el de “siempre la mejor sazón” un restaurante que queda en un edificio alto de la plaza, en el que elegimos sentarnos justo en el espacio que le da su nombre sonoro, desde allí, al llegar la comida, muy buena por cierto, en sabor y cantidad, pudimos disfrutar como si estuviéramos al aire libre y con la vista amable de un pueblo, que nos demostró por mucho, por qué es considerado uno de los más vistosos del departamento.


Hay algo que se nos antojó a Marce y a mí, muy particular, y es que en Jericó, hay un ejército de niños y jóvenes ansiosos por enseñarte de su población. Son guías, todos entrenados por un programa escolar que les ha entregado las herramientas necesarias para ser amables, respetuosos y muy bien instruidos sobre la historia del pueblo y de cada uno de sus sitios turísticos oficiales. 

Entonces, para iniciar nuestra experiencia “religiosa”, decidimos bajar los “frijolitos” conociendo el museo religioso que queda en uno de los sótanos de la catedral. Ahora que lo recuerdo, sí que bajaron los frijolitos, sobre todo con el susto que nos dio al entrar en el lecho en el que murió uno de los padres más queridos de la parroquia, y también su mamá y también su papá… hacía tanto frío allí, que no pude evitar acordarme de “Sexto sentido”. 
Para agarrar más calor caminamos por las callecitas del pueblo. Cada vez que se dobla una esquina te encuentras con una iglesia, hay 17, unos más bellos que otros, pero cada uno con su encanto. Aquí es donde me atrevo a asegurar que a todo hay que encontrarle su punto y el que yo les recomiendo es: No vayan a Jericó sin una cámara.
La arquitectura de los templos, las callecitas angostas, la enorme cantidad de estatuas y bustos de personajes importantes, los parques aleatorios alegóricos a conceptos tan profundos como “las madres”, la casa de la Madre Laura, en fin, suficiente para una tarde sin afanes, sin mayores pretensiones que la de dejarse llevar y disfrutar de la compañía y del ambiente.
La noche llegó lenta pero segura y se nos ofreció en forma de mil canciones a la vez. Quizás eran menos, pero retumbaban con notas de vallenato unas, guascarrilera otras, Giovanni Ayala aquí, “soy un hombre soltero” por allá… 
terminamos sentados, tomándonos una cerveza en donde se escuchaba “la maldita primavera” y saben qué… fue perfecta. Unos vasitos de Vodka con limonada para despedir el día, luego la noche entrada en horas y a la camita.





El día siguiente comenzó temprano y a lo campeón. Entramos a desayunar a un lugar que tiene mucha historia pegada de las paredes. 
La casona Jericoana es un restaurante de manteles de cuadros que a muy buenos precios ofrece comida típica. Por tanto el desayuno no pudo ser distinto a lo más típico.

De ahí en adelante nos dedicamos a recorrer un Jericó que hervía en gente. El domingo es el día de mercado en el campo y todos estaban atendiendo la cita. No había por donde caminar, había ruanas y carrieles de todos los tamaños, y eso nos recordó que estábamos en el pueblo que se es reconocido por hacer los mejores carrieles del mundo.

Así que nos fuimos a brujear y terminamos de “shoping”, comprando un carriel femenino para mi suegra, que causó sensación en Miami donde vive, y una billetera de excelente manufactura en cuero para mi mamá.
Luego compramos unas golosinas de cardamomo, en una tiendecita muy particular en la que un niño se puede enloquecer. Por mi parte, aproveché para comprar un dulce que no veía desde que tenía diez años. Se llama “gaucho” y es un dulce duro, que al morder se las arregla para clavarse como cemento en las fisuras y grietas de los dientes y te pega las mandíbulas. Este dulce se conoce como “arrancamuelas” también y pregúntenme si todavía lo tengo guardado en un cajón del escritorio. Es tan dulce y tan duro, que no se lo han querido comer ni las cucarachas. Mentiras que en mi casa no hay cucarachas… desde que traje ese dulce y lo metí en el cajón.

El resto del día y del viaje transcurrió en una silla de la plaza, y sentarnos a ver pasar jericoanos, palomas, nubes, uno que otro telesférico y las horas, hasta que llegó el momento de almorzar. 
Lo hicimos en el mismo lugar en que desayunamos, y todo porque al despedirnos en la mañana, el dueño del local nos amenazó con un mondongo. 

Panza, bonete, librillo y cuajar, “los cuatro fantásticos paisas”, con arroz, aguacate, ensalada, banano y un guarapo para bajar la media bobadita. Con eso quedamos listos para el viaje de regreso.


Un fin de semana Salí a pueblear y terminé en Jericó Antioquia, un pueblito del suroeste famoso por su fervor católico y por ofrecer opciones para todos los gustos en turismo. 
Me la gocé, descansé, tomé fotos y hasta recé, o por lo menos me arrodillé, ante el carisma de su gente, la belleza de sus paisajes, la pasión con la que sus jóvenes hablan de su municipio y me enamoré; de su comida, de sus postres y de los nuevos recuerdos que guardaré para siempre. 
Sabiduría popular
Por eso te puedo decir a vos también, Salí, te invito a pueblear a Jericó, un fin de semana cualquiera, un solo día y no te arrepentirás, porque Jericó, por mucho, es uno de los pueblos más bonitos que tenemos en Antioquia.

lunes, 9 de abril de 2012

“Cómase alguito mijo”. Salí a La Casita de mi Abuela


Sentirse en contacto con las raíces, reconocerse en la historia de tus ascendentes, descubrir en tus rasgos personales aquellas peculiaridades que te hacen propio de una región, de una cultura, creo que es el tesoro más grande que posee cualquier ser humano. En este aspecto me siento muy afortunado porque pude disfrutar de mis abuelos en la niñez y aprender de mis precursores todo aquello que me hace reconocerme como un paisa orgulloso de sus costumbres, arraigado en su cultura, un antioqueño de pura cepa y de arepa en la mano.

San Calletano Bendito
De mi abuela paterna aprendí que un diciembre no se puede dejar pasar sin hacer tres o cuatro dulces caseros distintos, sin moler queso costeño por cantidades industriales para hacer buñuelos y sin batir natilla en paila grande con mecedor de madera; ¡ah! Y a comer hojuelas con mermelada. A las dos abuelas les aprendí que cuando uno se casa se tiene que tener un “bultico de San Calletano” para que no falte el mercado en la nevera. Pero fue la abuela Lucero, la mamá de mi papá, la que me enseñó que si éste se distraía y faltaba alguna cosa en la alacena, había que meterlo debajo de la llave del agua un rato; esto para que le de frío y se ponga atento, así, seguro que lo que falta llega rápido. Lo más verraco de todo, es que a ella le funcionaba como un relojito y aunque no lo crean, yo tengo mi santico en la cocina.

A los abuelos maternos les debo el amor al campo. A entender con hechos que “al que madruga Dios lo ayuda”. Muchas vacaciones de mi niñez las pasé en la finca cafetera del abuelo Jesús Carvalho. La abuela Esneda me levantaba con “los tragos” a las cinco de la mañana; así es como se le dice en el campo, a una “aguapanela” con pan, quesito y huevo revuelto que parece desayuno, pero que todavía no es, y que se come antes de ir a “jornalear”. Luego, a lomo de mula, nos íbamos a recorrer la plantación. Ahí aprendí que al cafeto hay que consentirlo, hablarle, a veces cantarle, confiar en él, cuidarlo para que produzca cerezos perfectos, así se le llama al fruto de café maduro, para que después de despulparlo, beneficiarlo y secarlo, se convierta en el mejor café del mundo, en el Café de Colombia. ¿Y por qué al que madruga Dios lo ayuda? Bueno, desde mi perspectiva, porque a eso de las diez, todos volvíamos a la finca, allí nos estaba esperando el desayuno de verdad, ese que tiene chocolate, arepa, quesito, huevo revuelto, “calentao” de fríjoles con arroz, carne frita o chicharrón y a veces un chorizo. Ahí está, Dios te ayuda porque el que se quedaba en la cama hasta tarde, le daban aguapanela con pan de desayuno y no más... bueno, eso era lo que me decía la abuelita, claro que nunca me quedé para verificarlo… ¡juemadre! Qué abuelita tan didáctica la mía, me enseñó a madrugar dándome por donde me dolía.

Otra de esas cosas de la abuela, es que te saludan con las frases más dulces que puedes escuchar: ¿Mijito, ya comió alguito?, Cómase alguna cosita mientras tanto. ¿Le preparo alguito? ¡Ahhh! Las abuelas son la verraquera ¿o no?

Por eso cuando descubrí hace muchos años un lugar, cuyo propósito es hacerte sentir como en la casa de la abuela, y que tiene aspecto de casa de abuela, porque hay fotos antiguas en las paredes, llaveros para colgar esas llaves de hierro pesadas y negras, faroles encendidos simulando esas lucernas viejas con las que se iluminaban las fincas de antaño, no dejo que pase mucho tiempo sin ir a recordar a los abuelos.
Un lugar donde te sirven mujeres uniformadas con unos atuendos que las hacen ver y con toda seguridad sentirse como auténticas antioqueñas de un tiempo anterior y tal vez, en muchos aspectos mejor. Un lugar que además de tener la capacidad de transportarte a recuerdos preciados y añorados, te ofrece una experiencia gastronómica digna de repetir, cuantas veces sea necesario y de compartir con tanta gente sea posible.

Las posibilidades en el menú son exquisitas, deliciosas una a una. En mis varias visitas las he probado casi todas y no le he encontrado “peros” a ninguna. Lo más curioso de todo es que el menú está ofrecido en un tono muy particular; las frases con las que te ofrecen los productos están construidas de la manera en la que te las ofrecería la abuela.

Hoy voy a hablarles de una visita a tomar el “algo” un domingo por la tarde, es decir, la cuarta comida del día, esa que va entre el almuerzo y la cena, aquella que no se puede dejar pasar, la que va por costumbre con “parva” (productos de panadería) y un chocolate con queso… supongo que ya saben a qué me refiero ¿o no? ¿O eso será otra de esas enseñanzas didácticas de mis abuelas?

Una tarde de un domingo cualquiera, de uno de esos en los que hacer nada es la mejor opción, pero en los que el hambre de una “cosita especial” te mueve los pies casi de manera involuntaria, terminamos sentados en una de las mesas de “la casita de mi abuela”, un restaurante que queda en Sabaneta, yendo desde Envigado por “la carretera vieja” es decir, por la 43A, justo en el giro para salir hacia Mayorca.

El servicio siempre ha sido muy bueno, pues es de esos lugares en los que, aunque todos estén muy ocupados, alguien se acerca para darte la bienvenida y decirte que en un momento están contigo. Esta vez el lugar estaba vacío, por tanto nos entregaron las cartas del menú al llegar. Elegir es algo difícil, sobretodo porque por más antojado que se esté de algo específico, al ver las opciones te antojas de otras cosas.

Algo Especial y Algo Carolina
El pedido: Un Algo Especial de mi abuela y un Algo Carolina. Aquí se empieza a recordar. En pocos minutos en la mesa estaban poniendo dos chocolateras de bronce llenas de chocolate espumoso y burbujeante todavía por el calor. La mesera te sirve la taza y aún queda para otra más en el recipiente metálico, que te tapan para que no se enfríe. Ponen al frente de cada comensal una canastita que trae envuelta la parva más suave y deliciosa, en versión miniatura. Este plato es común a todos los Algos, trae un mini pan campesino redondo, un pastelito de guayaba, un pandebonito, una almojabanita, un pastelito de arequipe y un mini croisant. Estas dos versiones tienen en común también una arepita de choclo (maíz dulce), con una bolita de quesito.

El Especial trae un tamalito que aunque parece pequeño, es muy engañador, y al desenvolverlo, siempre terminas preguntándote, ¿dónde carajos le cabe tanta cosa rica a esto tan pequeñito? Porque tiene varios tipos de carne, papa, masita de maíz, arepa redonda… ¡delicioso!

El Carolina tiene un plato que llaman pruebita de fríjoles, además viene con un chicharrón veinte patas con arepa, patacón y limón. Nada que hacer, hay que entregarse de lleno a la tarea de dejarse consentir por la abuela y terminar con la barriga llena, el corazón más que contento y la cabeza volando hacia un nuevo recuerdo acabado de concebir.
Salí a La casita de mi abuela y me comí un algo que me llevó a la Antioquia de antaño, a esa que recuerdo gracias a los cuentos de mis abuelos, aquella que viví en sus historias, algunas también contadas por sus abuelos, los que arriaban mulas o marranos por los caminos de herradura, los que recogían café para que algún día llegara a ser el mejor del mundo. Salí y sentí la magia que tiene la comida bien preparada y un rollo bien armado a su alrededor para hacerte vivir un cuento más allá del simple hecho de ingerir alimentos. Por eso te puedo decir a vos, Salí, tomáte un algo parviado, cométe un chicharrón patudo junto a un chocolate con queso y dejáte llevar a ese lugar que te hace ser lo que sos, a ese tesoro insondable que habita en tu ser… si sos paisa, si no lo sos, te invito a beber de nuestras raíces y a conocer más a fondo nuestra cultura, la cultura paisa antioqueña. Te invito, "a comerte alguna cosita mijo".