Nuestro lema

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martes, 31 de enero de 2012

ME LA MONTARON ¿Y SABEN QUÉ? ME ENCANTÓ. SALÍ A MONTADITOS

Imagínense la siguiente escena: Diez de la mañana, está a punto de terminar el descanso en un colegio cualquiera de varones  clase media de la ciudad de Medellín. Rodaba el año 1990. Un niño de 12 años de edad, de complexión delgada, de cabello crespo, gafas “culoe’botella”, la camisa del uniforme metida entre el pantalón, los zapatos impecablemente lustrados, tímido al trato, decide entrar antes de que comience la siguiente clase al salón, para organizar los implementos que necesitará. Tener todo dispuesto en el pupitre le dará la posibilidad de comenzar antes que sus compañeros y así disfrutar de más tiempo para entregar su proyecto de estética al finalizar la clase. Mientras organiza el compás, los lápices, borrador, sacapuntas, tijeras, pegamento y la cartulina enrollada, no se da cuenta de que Freddy, un neo-neandertal hiperdesarrollado por pertenecer a las divisiones inferiores del Deportivo Independiente Medellín y jugar todos los días fútbol, que además se ve más grande que los demás compañeros del curso por tener 15 años, y que repetía por segunda vez séptimo grado, se le acerca sigiloso por la espalda mientras planea su nueva jugada. Al llegar Freddy, el abusador del grupo, se sienta con una sonrisa frente al pequeño y le dice amablemente a la vez que toma la cartulina:
Nerd a la vista
-¿Cómo es que vos hacés con esto?
Desconfiado, el pequeño “gafufo” pregunta, asombrado de que el “matón” del curso le dirija la palabra:
-¿Hago cómo?
El futbolista se acerca el tubo de cartulina a la boca y trata de hacer el sonido de un elefante y dice:
-Es que vos sos el que sabe hacer bacano, a mí no me sale… dale, hacé que vos si sabés hacerle.
El pequeño nerd, agarra con entusiasmo el tubo, y feliz, esperando satisfacer y entablar algún tipo de relación amistosa con el tipo más grande y temido del salón, lo que le garantizaría “protección”, de él mismo por supuesto, toma aire y se lleva la cartulina a la cara, dispuesto a darle al mundo la mejor imitación del sonido de un elefante que jamás se haya escuchado. Tan solo comenzar con su onomatopeya, el gigante levanta la mano derecha y la descarga violentamente contra el otro extremo de cartulina. Una carcajada del gigante hace que la de los demás alumnos que ya estaban entrando al salón estallen en risas y burlas, en especial al ver que la boca del nerd del salón, luce colorada e hinchada.
-Me lo merezco- se decía el “cuatrolámparas” mientras se sobaba para alivianar el ardor alrededor de la boca y comprobaba que efectivamente estaba sangrando.
-Se la montaron por “bolsón”,  vió.
Y efectivamente, desde ese día, me la montaron. Sí, el nerd era yo y esa vez no fue la primera, ni la última. Yo tuve mi “abusador”, mi “Nelson” casi todos los años escolares.  
En Antioquia, solemos usar una expresión para referirnos a ciertos personajes o situaciones en las que se percibe un cierto encono, saña u ojeriza en contra de otro. Cuando esto pasa, los paisas decimos, “es que me la tiene montada”, o “ese profe me la montó”, en lo personal esa palabrita no me gusta mucho, pero desde que fui a Montaditos en el Mall de San Lucas, ya no me “choca” tanto.

Es más, voy a decir lo siguiente totalmente convencido y que quede constancia, hasta ahora, ha sido una de las mejores experiencias gastronómicas que he tenido. Resulta que teníamos que celebrar algo, no recuerdo qué, probablemente sean los años…    ¡ufff¡ qué inteligente y no hay nadie aquí para ufanarme. En fin, era una fecha especial y mi costilla, o debo decir mi ricostilla, me invitó a un lugar muy especial, pues desde hace mucho tiempo, yo venía con el cuento de que tenía ganas de “irme de tapas”, pues bueno, nos llegó la hora y ya Marce tenía el ojo puesto en un lugar. 

En el Mall de San Lucas, como para continuar con una “especie de serie” del lugar, hay un restaurante que llama la atención por el ambiente que ofrece. No sé como explicárselo pero en eso es en lo que radica el éxito, ese no sé qué que tiene el lugar, es como el alma del sitio, la decoración por supuesto es muy importante, pero al ver el sitio, al sentarte en una de sus mesas, te das cuenta de que algo te atrapa. La especialidad son las tapas, a las que ellos bautizaron como montaditos, porque sobre una base de pan, te montan lo que pidas de la carta. 
Búquenle el alma
La historia de las tapas es muy bacana, pues cuentan los que cuentos cuentan, que alguna vez un rey fue a comer a un lugar cerca de la playa, para esperar la comida, pidió por supuesto una copa de vino, pero como hacía mucho viento y se estaba levantando la arena, un sirviente le puso una tajada de jamón sobre la copa para “taparla” y evitar que se llenase de arena. El rey se la comió y pidió otra “tapa” pero distinta, entonces le llevaron una tajada de queso, luego una de pan y así dicen que nacieron las tapas.
Deliciosa sangría Montaditos
Bueno, de eso se trata la experiencia en Montaditos, pedir una sangría que estaba maravillosa, y a modo de chisme les cuento que la pueden pedir de vino blanco y de vino rosado, una locura, pero parece que deliciosa, habrá que probarla. En nuestro caso pedimos vino tinto y sin miedo a equivocarme, estaba perfecta, pues la cantidad de frutas en la jarra era generosa y en trozos pequeños, el jugo con el que la mezclaron, delicioso y el vino… espectacular.  También pueden pedir cerveza que es lo más habitual para acompañar los montaditos.
 
La atención no la podría calificar mejor, es excelente, en cuanto nos sentamos muy sonriente, una niña nos explicó en qué consiste la experiencia. Nos entregó sendos menús, los cuales son personalizados, y con esto me quiero referir a que cada menú funciona sólo una vez, porque uno debe marcar con lapicero su pedido, así que luego de utilizado, ya no funciona más.
Nuestro pedido fue muy variado, quisimos explorar todas las opciones y optamos por pedir para comenzar doce montaditos. Esperamos un poco, no mucho, pero suficiente para dejarnos atrapar por el lugar, música suave, gente muy agradable a nuestro alrededor, la noche estaba fresca y serena y por supuesto la compañía inmejorable.
En fin, cuando llegó a la mesa el pedido, me dio escalofrío, cada bocado tiene como base pan baguette cortado en tajada y le montaron: a uno chorizo antioqueño con queso, otro con queso mozzarela, jamón y champiñón, otro más con lomo de cerdo y tocineta, uno con tres tipos de queso distinto, uno más con pescado en salsa de parmesano, otro con solomito, tomate y albahaca, uno más con camarones en salsa verde, otro con albóndigas, otro con jamón serrano, pero el mejor fue el de pescado en salsa… no me acuerdo de más, pero ¿Qué más quieren? 
Cada bocado fue especialmente llenador, y me refiero a que llenaba todas las expectativas. Cada una de las papilas gustativas se dan por bien servidas, la ternura de las carnes, el olor de los quesos, el sabor de cada salsa… se los juro, esta ha sido una de esas veces en las que me he sentido en otro lugar, pero hablo de otro estado de la mente, me fui para un lugar al que no quería volver. Las porciones fueron perfectas, pero pedí más, cuatro más, porque sentía que me lo debía, que no tenía por qué dejarme ir con cargo de conciencia por no explorar un poquito más y ataqué cumbre con otras delicias. Uno traía queso frito con tomate cherri, otro era salchichón cervecero con queso, y los otros dos traían algo de lo que más me gusta, camarones en salsa de calamar, y langostino con ajonjolí y salsa soya. Me dan ganas de gritar de placer al recordarlos, los amo, les declaro amor profundo y sincero…   

 Para terminar la experiencia, resulta que como estábamos celebrando algo especial, nos regalaron el postre y me hicieron pasar una vergüenza que, por estar en plena satisfacción y caminando entre nubes, me voy a permitir pasárselas por alto. Pero si no están celebrando nada y van a este lugar, pídanlo, que aunque parezca muy común, créanme, en Montaditos nada es común. Brownie caliente con helado, uno muy rico, delicioso y yo no soy de los que no come postre.
En fin, Salí a celebrar y terminé celebrando el haber conocido un lugar espectacular. Me han dado un gusto de “P. madre” como dicen los españoles, comiendo al estilo español.
Me encantó el lugar, tanto que si lo pudiera calificar le pondría un “cinco admirado”, comí y bebí de lo mejor, con lo mejor y me sentí de lo mejor, por eso te invito, no, no te invito, te recomiendo, es más estás obligado desde hoy… Salí a Montaditos, comé, bebé, escuchá música, “enamoráte”, no podés dejar de vivir lo que te ofrecen en este lugar. Hace poco mi hermano me pidió que le recomendara un lugar, un buen lugar para celebrar con su novia los meses que llevan juntos, me dijo, mandame para el mejor sitio y los mandé para Montaditos, saben que me dijo al otro día:

-Mano, tenías razón.

domingo, 1 de enero de 2012

MES AMIS AU REVOIR. SALÍ A LA PARÍS

Por allá en el siglo XVIII se inventaron el mejor “emboba bobos” que existe. Estoy seguro de que muchos no van a estar de acuerdo conmigo en el concepto que expongo y que van a defender a capa y espada a este bocadillo que se convierte hoy en el tema del Blog, pero eso no hará más que confirmar mi idea. Sin embargo no quiero ser malinterpretado, no les estoy queriendo decir bobos ni mucho menos a los que no estén de acuerdo conmigo, para nada, es más, yo en este caso soy un aficionado a ser “embobado”, me “embobo” a mí mismo constantemente con este tentempié; en lo que probablemente no me van a acompañar es en que para mí, un sánduche o Sandwich o emparedado, no es “una comida”… es un refrigerio, un aperitivo.
Para hacerme entender, los invito a imaginar la siguiente situación: acabas de terminar un largo día de trabajo, para ajustar, tenés que ir a recoger a la “señora” porque  hay que ir a resolver dos o tres cosas, “hacer vueltas” como decimos los paisas; aguantaste pacientemente trancones, taxistas ventajosos, motociclistas faltos de instinto de conservación, calor, ruido, caos y lo peor de todo, HAMBRE. Llegás a la casa con ganas de quitarte los zapatos, de empiyamarte, de comer, y cuando te llaman para ir a la mesa, te salen con un sánduche de comida…  ¡no joda! A mí me late que me están embobando ¿o no?
Ya sé, este concepto es de un montañero de pura cepa, levantado a punto de sopa, con arroz y mínimo un huevo frito para la comida, y eso que no pido frijoles todas las noches como mi abuelo materno Jesús María Carvalho, que no aceptaba sino unos “boñuelos” y dos empanadas con chocolate los domingos, eso para dejar descansar a la “pitadora” un día (olla a presión u olla atómica como le decía mi abuelita en la que se hacen los frijoles). Pero eso sí, “demalas” si mañana es festivo, “frijoles para la comida mija me hace el favor”. Por eso, cuando me dan emparedado para la comida, me toca hacerme una sopita más tarde.
Pero denme crédito, la idea de sánduche a la que me acostumbraron desde pequeño es un tanto sencilla, es más, raya con la frugalidad. Mi mamá me mandaba para el colegio con un tipo de estos refrigerios que es conocido como “sánduche de pobre”, cuyos ingredientes son, pan blanco tajado, untado con mantequilla, quesito, mortadela en lonja delgada, y nuevamente untado en mantequilla en el exterior para que se dore al asarlo en una sartén especial con mangos de madera, que lo comprime, lo deja delgado y crocante y le hace unos surcos que me saben a mamá. Es delicioso, pero se tiene que hacer con quesito, no con queso, ojo.  
Atención, este tipo de sánduche no es igual al “sánduche de estadio”, denominado de esta manera porque lo venden en inmediaciones de estas instalaciones deportivas y/o en eventos masivos como conciertos, corridas de toros o reuniones religiosas masivas. La diferencia entre estos dos tentempiés radica en unos pequeños e insignificantes detalles, por ejemplo, ambos se hacen con pan blanco tajado, sólo que el del estadio puede presentar cierta dureza en los bordes y coloración verduzca en algunos lugares la cuál es en ocasiones arrancada a pellizcos. Ambos llevan mantequilla en el interior, sólo que la del estadio parece un rastrillón de los que queda cuando uno está limpiando el cuchillo para lavarlo. En algo que coinciden también es en la lonja de mortadela, sólo que la del estadio a primera vista parece ser más generosa, pues se nota como se “desparrama” por un borde, este detalle es el que te anima en definitiva a comprarlo. Y finalmente, el quesito, o queso, que es inexistente en el bocadillo que te venden en los eventos masivos. Éste, por cierto, viene envuelto en servilletas y luego re envuelto en plástico de cocina; son dos o tres vueltas en este material, la razón de este procedimiento me imagino, es para que luego de pagarlo, te demores suficiente tiempo en destaparlo y darle ocasión al vendedor de desaparecerse entre la multitud, para que no puedas reclamarle, cuando te des cuenta al separar los panes, que la mortadela viene cortada por la mitad y la han puesto de esa forma para que se vea por un costado de manera generosa. ¿ingenioso o no? Pero como dice el Suso, ¡Qué maldita ira!  

Conde de Sandwich
Tomada de un
Blog recomendado de comida
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Pero hoy les voy a contar sobre sánduches distintos, tanto que me hicieron hasta cambiar un poquito de opinión. Parece que mi idea sobre esta comida estaba algo desenfocada, y todo por falta de mundo, vuelve a salir el montañero que hay dentro de mí. Resulta que un señor que era adicto al juego, por allá en mil ochocientos setenta y algo, un tal John, conde de Sandwich hambriento, en medio de una partida de cartas, le pidió a uno de sus sirvientes que le llevara el almuerzo a la mesa de juego, al ver que era un generoso pedazo de roast beef (algo así como carne rostizada) con ensalada de lechuga, el conde, para no complicarse la vida, tomó un pan, lo cortó por la mitad, puso la carne en medio, le sumó las ensalada y ¡Voila!, comida de calidad, rápida y que no ensucia los dedos para poder seguir cogiendo las cartas. Fue tan buena esa idea, que no le faltaría en sus partidas de naipes, además el conde escribió en su testamento que le heredaba a la humanidad, el “SANDWICH”.
De allá, hasta acá, por todo el mundo se han creado versiones de todo tipo, con la más variopinta clase de ingredientes, es más, este tipo de comida ha llegado a ser incluso indispensable para algunas culturas. Hace poco escuché de un estudio que determinó que tan solo en Inglaterra, unos trece mil millones de sánduches son consumidos al año.
Pues bien, hace poco, luego de algunas maniobras evasivas,  mi esposa logró convencerme de ir a comer sánduche a un lugar especializado: La París. En esta ocasión fui convencido porque el local se encuentra en el Mall comercial San Lucas, del cual les conté en la entrada pasada y siempre pensé que si la oferta de sánduches no me convencía, habría otras opciones.
Esa noche había un partido de fútbol importante, no tengo idea de cuánto, ni de qué equipos se disputaban qué, en todo caso, todos los restaurantes tenían las pantallas dispuestas para verlo y en una de las mesas a mi lado estaba “el profesor Maturana” con otros dos señores, que según me dijo mi esposa, eran dueños de equipos, o eran importantes en ese mundo de taches, escupitajos, agarrones de escroto frente a las cámaras y uno que otro gol. En fin, eso no era lo importante, lo realmente importante era, dejar contenta a “Margarita”, y no tener que llegar a la casa a hacer sopa más tarde. Mi esposa, que conocía previamente el tipo de comida que sirven, me recomendó un emparedado que se llama, París especial, mientras que para ella pidió un París tradicional. Dos gaseosas completaron el pedido y como lo hicimos directamente en la caja, al pagar la niña que nos atendió nos pidió que esperáramos en la mesa, porque allá  nos llegarían con el servicio.
En tanto, nos sentamos a conversar. Juro que traté de ser la mejor compañía esa noche para mi esposa, conté chistes, propuse temas de conversación inteligentes, luego otros no tanto, hasta que llegamos al prójimo, despellejar prójimo es sabroso, no me vayan a decir que no, hasta el profe Maturana cayó ahí; como está de viejo, que está muy canoso, que es igualito a la mamá, en fin. Les digo que traté de ser buena compañía, porque era eso, o ver fútbol. ¡Carajo!, tenía que ser buena compañía. Imaginen cuánto pudimos hablar, que me tocó ver fútbol; un ratico, hasta que me desesperé, un buen sánduche puede ser muy bueno, pero no creo que para hacerlo se demoren lo que se demora el primer tiempo de un partido. Mi esposa se fue a averiguar, sobretodo porque yo le dije que veía al “maestro sanduchero” muy relajado, viendo el partido, hablando por celular…  resulta y sucede que se les había olvidado nuestro pedido. ¡Qué belleza!   
Tradicional con pan danés
Yo ya estaba algo molesto, pero un poquito nada más; tenía hambre, me habían ignorado por más de cuarenta minutos, no estaba muy convencido del tipo de comida que iba a ingerir, pero lo peor era que me habían obligado a ver fútbol, y eso, para mí, es imperdonable. Cuando me paré indignado a pedir la devolución de mi dinero, mi esposa, que estaba conversando con la administradora, vino hacia mí y me dijo que estaban muy apenados y dispuestos a resarcir su falta, no cobrándome el sánduche más costoso, es decir, el mío. Yo ni siquiera había escuchado la oferta, pero al ver la cara de mi esposa, quien quería que la experiencia de comer sánduche fuera distinta para mí, pues, lo consideré y acepté.
Especial con pan focaccia
Unos pocos minutos después, llegaron los tan esperados sánduches. Aunque ya la experiencia había comenzado mal, parece que el maestro sanduchero, se esforzó un poco más de lo normal y con solo el primer mordisco mi semblante se transformó.
Seis carnes, tres quesos
El París especial, mi pedido, estaba conformado por pan focaccia; ese es el que escogí de las tres opciones que te dan al armar tu pedido. Lleva seis tipos de carne, tres tipos de queso, lechuga crespa, tomate y una salsa de la casa que untan en el pan. Que les puedo decir, estaba delicioso, tanto que me entregué a la experiencia. La química comenzó a surtir efecto y me transformó todo en gozo, tanto que se me olvidó el fútbol. El pan es maravilloso, tiene especias, es esponjoso, suave. Las carnes y el queso son muy sabrosos, cada mordisco es distinto, porque a veces hay más de uno que de otro, pero siempre son generosos, por tanto, no hay forma de aburrirse. Lo recomiendo. En serio.
Tradicional con roast beef
El París tradicional también es riquísimo, la carne es roast beef, creo, aunque trae una salsa que la hace más jugosa y más apetitosa. El pan que mi esposa eligió para su sánduche es el danés, este pan es cuadrado y esponjoso, sabe a pan, y hago esta apreciación porque el mío además estaba aliñado con especias, lo que le daba un sabor adicional. Como la carne es generosa, cada mordisco se siente lleno de sabor en la boca. La carne es jugosa y combina muy bien con la ensalada y la salsa de la casa. En general, es una muy buena opción.
 Por fin salí a comer sánduche, le hice caso a mi esposa y aunque en un principio la experiencia no pintaba bien, terminé con una idea transformada de lo que significa este tipo de comida. Siempre pensé que un sándwich iba a ser algo metido entre dos panes, que va a saber a lo mismo mordisco a mordisco, pero no.
Siempre pensé que para tener la sensación de comer una cosa distinta entre dos panes, me iba a tocar comerme uno preparado por Paty y Selma, las tías de Bart, que hacen uno muy entretenido en el capítulo en el que cuidan a los sobrinos: un sánduche de lengua. Pero no, estuve en La París y me gustó. En un principio me dije a mí mismo: "Mí mismo, muy rico y todo, pero no volvemos…" y saben qué, ya tengo ganas de volver. Así que te invito, salí y comete un sánduche de verdad, bueno, uno distinto de verdad, sabroso, jugoso, que sabe muy bien y te prometo que con toda seguridad, no te toca esperar un rato tan largo como a mí y no te vas a arrepentir.