Nuestro lema

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jueves, 27 de diciembre de 2012

KOKORIRECUERDOS. SALÍ A KOKORIKO


Qué raro, uno de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia gira en torno a la comida. Lo puedo vivir en imágenes muy nítidas… tendría yo unos ocho años, estudiaba en un colegio de monjas “Nuestra Señora de Chiquinquirá”, un buen colegio, buenos recuerdos, buenas profesoras, en fin. Un día cualquiera, mi mamá nos recogió al medio día a mi hermanita y a mí, hasta ahí nada anormal, lo extraño era que mi papá también nos esperaba, en el carro, una tartanita que se tenía por nombre “Caliche”, porque mi progenitor tiene la costumbre de nombrar los muchos vehículos que han hecho parte de la familia. Lo que realmente era raro en todo esto, es que no nos dirigimos hacia la casa, sino que comenzamos a atravesar la ciudad. ¿A dónde vamos? Le preguntábamos y con una sonrisa, mi papá nos decía que era una sorpresa, mientras que mi mamá, que cargaba a Camilo, mi hermanito menor que para ese entonces contaba con unos dos años de edad, levantaba los hombros y lo acolitaba en su actitud. 
Recuerdo que hicimos una estación, nos quedamos esperando todos en el carro, mientras él compraba algo… ese algo, es tal vez el producto que más marcó mi infancia, porque siempre que nos quería consentir, don Carlos nos compraba un pollo Kokoriko. El sabor, el olor del mejor pollo asado del mundo están marcados a fuego en mi memoria; muchas fueron las oportunidades en las que por sorpresa se aparecía con el empaque más maravilloso que jamás he visto, una caja de cartón cuya forma me hacía querer guardarla, de hecho eso hacía y mi mamá las terminaba botando a escondidas. 
Era hermosa, tenía más cintura que una reina, y con tremendas curvas adelante y atrás. El logo era una K con cabeza de gallo, con un gorro de chef, los colores amarillo, rojo y blanco la adornaban y la hacían parecer la caja de un juguete, ¡absolutamente maravillosa!, lástima que ya no venga así. En fin, mi padre subió de nuevo a “Caliche” y traía dos cajas y además dos Coca colas de un litro, que para ese entonces solamente venían en envase de vidrio. Continuamos el viaje y terminamos almorzando al borde de la carretera que conduce a un pueblito llamado Belmira. Era una tarde muy fría, tanto que recuerdo sentir miedo porque no se veía a más de cinco o seis metros por la neblina. Aun así encontramos un buen lugar en el que mi mamá tendió un mantel debajo de un árbol. Nos sirvió gaseosa en vasos desechables, puso los dos pollos todavía calientes en el centro del mantel con las papas saladas y las arepas redondas, y comimos pollo Kokoriko con Coca cola, que se me antoja una combinación perfecta e infaltable. Sin duda uno de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia, una tarde perfecta, con viaje sorpresa, la mejor comida para mí en esos días que podía tener, reunido en familia y sin tener que hacer tareas.

Hoy en día, cada vez que veo o escucho la marca Kokoriko evoco esos recuerdos; una neurona muy vieja allá en mi cabeza se activa y me hace salivar como si tuviera en frente uno de esos pollos maravillosos y lo pudiera oler y degustar. Reconozco que no lo como tan seguido como quisiera, y es porque en cierta forma me tocó vivir una especie de involución en la marca y en el producto. Kokoriko no es hoy lo que fue, el producto sigue siendo bueno, sin embargo varios años de competencia que ellos catalogaron como desleal y poco competitiva, melló su imagen y su participación en el mercado. Se tomaron mucho tiempo en reaccionar y ese tipo de errores de mercadeo no se perdonan en un mercado tan dinámico como el de las comidas rápidas. Se preguntarán por qué hablo con tanta propiedad del tema, pues bien, en la universidad, le dediqué un año de investigación a la marca, generamos con algunos compañeros un documento muy valioso que terminamos exponiendo a las directivas y que no quisieron tomar en cuenta, probablemente porque éramos apenas unos estudiantes, y aun así, hoy veo que todo lo que les dijimos, todo lo que nuestra investigación arrojó, estaba completamente acertado y terminaron acatándolo, diez años después y por sugerencia de alguien que seguramente ya no era estudiante y les cobró como profesional.

Gertru es el Arlequin
En fin, esta experiencia comienza con una actividad familiar en la que la figura principal es Gertrudis. La llevamos al centro comercial San Diego a una reunión solo de perritos bulldog, organizada por un club llamado Bulldog Medellín. La idea era llevar a los amiguitos peludos a interactuar con otros de sus congéneres, pero disfrazados. 
Por el solo gusto de verlos humanizados y disfrutar de su aparente “no incomodidad”. Luego de reírnos un rato, caminar por el centro comercial en una masa de perritos, unos tiernamente disfrazados otros graciosamente, otros no tanto, terminamos con, ¿cómo lo explico?  Hambre. Sin embargo teníamos la aparente desventaja de estar caminando con la Gertru, lo que nos disminuía las opciones de comida, así que camino del parqueadero vi el nombre del que tanto les he hablado en la zona de comidas del segundo piso del centro comercial. 
Marcelita ni corta ni perezosa, al verme “los ojitos cargados del ayer”, aunque en realidad fue más por el “goro goro” que emitió mi barriga, se acercó a un vigilante y le preguntó si podríamos acceder a la zona de comidas con la Gertru incluida, y el hombre nos dio la grandiosa noticia de que en las mesas que se encuentran en las afueras de la zona es posible sentarse con la mascota.

Bien, como tenía algunos días con el “antojo” de probar uno de los nuevos productos de Kokoriko, los “Big Pollo Snack”, se presentó la oportunidad perfecta. Elegimos una mesa y fui a pedir una cajita para cada uno, pero mi instinto me advirtió de algo, aunque debería de atribuirle todo a la neuronita vieja amiga mía, que me hizo caer en cuenta de que había que aprovechar la oportunidad para “hincarle el diente” a un muslito de pollo. Y así fue.
Los recuerdos volvieron, el pollo estaba tal y como lo recordaba… bueno, tal vez no, porque antes me parecía que las presas eran más grandes, quizá porque antes era un niño y todo era más grande, o bueno, yo era más pequeño, En fin. Hasta la papá estaba donde tenía que estar, delicioso.

Le llegó el turno al nuevo producto, los trocitos de pechuga apanada con las “famosas” nuevas papas apanadas de Kokoriko, que hasta ahora probaba. Estaba rico, no obstante no me gustaron lo suficiente como para crear un nuevo recuerdo imborrable, es más, si quisiera comer trocitos de pollo apanados y por un lado estuviera éste producto y por el otro tuviera la oportunidad de comprar unos “Pop Corns” de Kentuky Fried Chicken, no lo dudaría, me iría con el viejo Coronel.

Salí pues a llevar a mi pequeña Gertru a conocer amiguitos peludos disfrazados y terminé sucumbiendo a la tentación de comer pollo que me creó una vieja neurona, recuerdo de sabor y olor que tengo desde chiquillo. Le hinqué el diente a un muslo de pollo Kokoriko y me quité el antojo de unos Big pollo Snack. Me gustó, los disfruté pero no me encantaron, aunque son una buena opción para comer pollo apanado en pequeñas proporciones. Te invito a vos entonces, Salí, comete un pollo Kokoriko, recordá, si te tocó como a mí la época divina de la marca, si no, de todas maneras estoy seguro de que estarás conmigo en que el producto es muy bueno.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Salí a torear... y Óleeee

 Hace muchos años escuché una frase que Facundo Cabral usaba en sus presentaciones y se me quedó grabada a fuego en el alma; reza así: 

"Aquel que trabaja en algo que no ame, aunque trabaje todo el día, es un desocupado".


Mi trabajo, bueno, uno de mis trabajos, es construir historias en video. Grabación, edición, locución, realización de guiones, en fin. Y me gusta mucho porque tengo la oportunidad de sumergirme un mundos completamente ajenos y distantes los unos de los otros, pero que me enriquecen y me llenan con cada exploración que hago para poder abordarlos.


Un día aprendo de construcción de edificios, al día siguiente sobre conservación de especies en vía de extinción, el que viene sobre producción de lácteos, luego sobre balances generales de compañías de seguros...  y así se construye mi mundo, a pedazos de los mundos de otros y   eso me encanta. Jamás podría trabajar encerrado en una oficina, siempre en el mismo lugar, viendo a las mismas personas jornada tras jornada... 
Lamento tanto haber tenido
que montarme sobre este
caballito. Le pedí disculpas
todo el tiempo por tener que
cargar con el peso de mi
inutilidad.

Sí, amo mi trabajo y por eso no soy un desocupado, no tengo tiempo para estarlo.


Hoy, estoy aprendiendo sobre la ganadería. Una empresa agroganadera me ha contratado para realizarles un video de sus ganados (aprovecho y hago la cuñita, los invito para que vayan a una exposición que andan organizando en la subasta de Puerto Berrío este primero de diciembre, de Agroganadera Montenegro).  Pues bien, fui a grabar unos de los toros sementales con los que cruzan sus ganados y cuando le llegó el turno a un espécimen que se llama Carajo, creí que me había llegado el turno a mí, pero de presentar listas en el cielo, porque a este carajito le dio por jugar conmigo y me pegó un susto ¡del carajo!


650 kilogramos de puro músculo se me dejaron venir de frente y yo tenía para defenderme, nada más que la cámara que pesa un kilogramito y medio y mi pobre humanidad. Menos mal que me defendieron y lo detuvieron a tiempo, antes de que se me montara sobre los hombros como acostumbra  hacerlo. 


Ahí les dejo el video para que se lo gocen, o mejor, para que gocen conmigo... o me gocen a mí.

domingo, 28 de octubre de 2012

“MAJITOS QUERIDOS”, SALÍ A TABÚN Y ME FUE MÁS BIEN QUE UN “BABUTAS”


click aquí para ir al lugar
Mientras escribía el título, no me lo van a creer, me reía y mucho, porque me acordé de un chiste de infancia ¿se lo saben? El de ¡ay babutas! ¿No?, se los cuento: Un árabe regresa a su tierra luego de un viaje por Colombia. Sus amigos, reunidos, le piden que les cuente de su experiencia y él, luego de los pormenores, les dice que lo mejor del viaje, fue cuando lo llevaron a jugar “babutas”. Emocionados los amigos le piden que les cuente más sobre el juego. Él les explica así:  “ay majitus queridus, el joego se hace en unas salones con muchas, muchas bersonas, tudas tienen unas cartuncitos con letras y números. Un baisano con un megáfonos gomienza a decir un letras y un números y todos deben revisar si en sus cartunes están esos mismos. Entonces se van tabando los números con otros cartunes más bequeñitos. El que los tabe toditus es el que gana majitus queridos. Entonces de un momento a otros alguien grita como un loco ¡bingo! Y todu el mundos tira los cartones bara arriba y grita ¡ayyyy Babutas!

Ahí está la justificación del título, ahora la justificación de esta entrada; la experiencia gastronómica más completa, gustosa, llenadora –entiéndase desde el plano espiritual, no del estomacal– deliciosa, exitante… podría darle muchos más adjetivos pero no quiero cansarlos y sin embargo no puedo dejar de darle el último, ¡la más esperada! 
Hace mucho rato me hablaron del restaurante Tabún, y este año especialmente, me he encontrado con más personas, blogs, páginas web especializadas, programas de televisión y reportajes de prensa, que me indicaban insistentemente que mi cita con ese destino, no se podía aplazar más.

Mi cuñada Paula en septiembre me llevó para mi cumpleaños a un muy buen lugar anteriormente relacionado en este Blog, Sushi light, así que tenía la obligación gastronómica/moral de llevarla a uno igual de bueno para celebrar el suyo en octubre; sin embargo, creo que la superé, porque no sólo fuimos a consumir comida étnica, sino que pareció como si hubiésemos viajado al mismísimo Medio Oriente, o mejor aún, como si hubiésemos estado en el pasado, disfrutando de una de esas cenas que se recrean en las historias de los libros o las películas, de reyes, emperadores o conquistadores en las que plato a plato van desfilando una enorme cantidad de delicias exóticas, mientras un grupo de mujeres vestidas con velos y faldones de monedas clinclineantes se agitan en sus generosas caderas.

Tabun es un restaurante de comida árabe e hindú que tiene dos sitios en Medellín. Uno en el centro comercial El Tesoro y al que fuimos esta vez que queda en el Poblado, en la carrera 33 con la calle 7, detrás del hotel Plaza Rosa. Tabún es el nombre que recibe el tipo de horno de ladrillos en el que cocinan en el medio oriente, de ahí el nombre para este bonito lugar. Para ir, me recomendaron que hiciera reservación porque goza de una muy buena y merecida popularidad y no quería correr el riesgo de no encontrar mesa. Fuimos un sábado, llegamos a las ocho de la noche y pudimos escoger una mesa en la segunda planta. Sin embargo, yo me imaginaba comiendo sentado en el suelo en una sección que ofrece esa posibilidad, con mesas bajitas y cojines mullidos dispuestos sobre una alfombra. Pero no, no me lo permitieron y confieso que eso me decepcionó un poco, sin embargo, la decepción no me duró mucho porque el lugar que nos dieron estaba bien y con la atención que recibimos, más la comida, más el baile colorido y sensual… bueno.

El ambiente es mágico, todo estaba a media luz y los colores de las paredes con sus tonos cálidos, rojos y naranjas nos hicieron olvidar que era una noche lluviosa. La música que se escuchaba cuando entramos era del medio oriente, no sabría decirles si era árabe o de Israel, pero eso sí, era moderna. Luego de un rato, la música se tornó más hindú y los bailes que nos regalaron cada media hora, tal vez cada cuarenta minutos, eran de esa parte del mundo.

El menú ofrece una variedad de platos muy interesante, por eso esta vez quise ir preparado y escogí lo que quería comer desde antes. Ya mis dos compañeras de aventura estaban advertidas, yo quería comer lo que comieron en la película “Indiana Jones en el templo de la perdición” ¿lo recuerdan? De entrada caldo con ojos, luego una boa rellena de sanguijuelas vivas, escarabajos rellenos de crema verde y de postre sesos helados de mono capuchino ¡hummm delicioso! La respuesta de Marcela y de Paula… bueno ya se la imaginarán.

Hablando en serio, al llegar, Lady nuestra mesera se encargó de darnos la bienvenida y de explicarnos muy amablemente el concepto del restaurante en el que nos encontrábamos y nos ofreció el menú para que eligiéramos primero unas bebidas y luego nuestro plato fuerte, que tuvimos la precaución de elegir en casa antes de salir, visitando su página web.

Límonada árabe y Mejaseq
El exotismo es el principal ingrediente del concepto del lugar. Las bebidas que escogimos así lo confirman, porque hasta la limonada que pedimos tenía especias deliciosas. Si no, juzguen ustedes: Para Marcela una Limonada Árabe, que traía zumo de limón, con su cáscara rallada, mezclado con hierba buena. El sabor es fuerte por el ácido del limón y suave, hasta sensual por el sabor de la hierba buena. La dulzura es perfecta y la sensación de frescura que proporciona a cada sorbo, especial. Para mí pedí un Mejaseq, que es un jugo hecho de Maracuyá, banano, mango, mezclados en jugo de melón. ¡Jummm! Es increíble, la mezcla que me pareció en un principio atractiva por lo exagerada, resultó ser perfecta, y para Paula, una Manzana… Postobón, que en este caso resultó exótica porque ella cuando la pidió dijo que quería una “manzana potobón”.

El plato fuerte que habíamos visualizado desde antes era un Mixto Hindú Grande para cuatro personas, lo pedimos porque en realidad yo quería comer cordero, pues este tipo de carne que hace parte del plato aún no la había probado y consideré que esta era la oportunidad perfecta para hacerlo.

Pues bien, cuando empezaron a llegar las cosas a la mesa, comenzó la diversión. En un plato gigante te ponen un pan naan, un tipo de pan hindú que tiene el aspecto de una hojuela gigante con un sabor muy agradable a harina sin levadura. Este pan lo cocinan pegándolo a las paredes del horno hasta que se infla y se dora. Alrededor del pan te ponen ocho platos pequeños cada uno con ensaladas y salsas distintas para comer con el naan. Las combinaciones son alocadas y exquisitas, hay cebollas, tomates, hierba buena, menta, pepino, zanahoria, jengibre, queso crema, perejil, chilis picantes, cilantro, papaya, curry, berenjenas, pimentón, crema de leche, pimienta y quien sabe cuántas cosas más que se me escaparán de la memoria y del gusto. Se supone que el plato es para cuatro personas pero, y esta no es sólo mi apreciación personal, porque las otras dos brujas fueron las que le pusieron voz a mis pensamientos, ¡eso es muy poquito pan para tanta delicia!
Samosas, Makkas con carambolo

Cuando ya habíamos determinado pedir otro pan para terminar con lo que quedaba de las ocho ensaladas, nuestra servicial Lady nos trajo a la mesa otras delicias. Quiero comentar que siempre que nos traían algo esta niña nos explicaba el origen del plato, la forma en la que se come o algún dato importante a tener en cuenta con los sabores. Así que en esta ocasión nos explicó que nos traía tres samosas de verduras, que son unas especie de empanadas hindúes triangulares con un relleno suave vegetariano. 
Son crujientes, la masa parece hojaldre y el interior es blando y muy sabroso, un sueño para los que no comen carne. El plato trae otras tres samosas de pollo, kurma muttan, que son unas empanadas de pollo con vegetales en una masa más consistente, como de empanada chilena, deliciosas y delicadas en el sabor. Las otras tres empanadas se llaman makkas, que son empanadas vegetarianas de masa de maíz, muy parecidas a las nuestras. El plato se completa con las salsas llamadas chutney de mango y menta. Les confieso que eso de empanada con mango me sonaba a arepa con arequipe, sin embargo, estos hindúes para combinar sabores están solos y me encantó, porque la salsa es dulce y picante a la vez y la de menta es todo, menos refrescante, es… magnífica.

Faltaba el plato fuerte, qué para mis compañeras comensales llegaba tarde porque ya estaban casi satisfechas, mientras que yo no veía la hora de enfrentarme a más locuras de sabor. Y entonces nuestra guía, nos trajo el grosso de la locura, cuatro platos más: curry de cordero, el que tanto estaba esperando… bien, creo que mis expectativas eran otras, pues, creo que esperaba que la carne me supiera a algo distinto, me soñaba un sabor a… pero no. Voy a explicarme siendo justo. El plato es bueno, muy bueno, la salsa tiene canela como especia dominante, tiene pimienta seguramente porque también era picante, y la carne estaba jugosa y tierna; sabía bien, muy bien, pero me supo a carne… es decir, pudieron ser de vaca y me hubieran sabido igual ¿no sé si me explico?

El segundo sabor se llama yaru curry de pollo en durazno, su contraste dulce y salado fuerte por el curry es óptimo. El pollo viene en bolitas y está envuelto en una masita. Estas bolitas deben ser fritas o cocidas antes de mezclarlas con la salsa. La combinación es magistral, el paladar se debate entre los dos tonos, un lado de la boca te dice que es dulce, el otro que es salado y tu cerebro te dice que te la goces.

El tercer plato es puro condimento, curry de pollo guara kiji, la impresión es que es fuerte, salado sin tener sal, porque eso si lo quiero dejar claro, ninguno de los platos parece tener sal. En su sabiduría, aquellos que crearon estos platos hace miles de años, no dependían de este mineral para cocinar, por eso fue tan importante y se disputaron tantos imperios la famosa “ruta de las especias”, porque te permitían darle sabor a las comidas sin tener que usar la sal, fuera de eso también servían para hacer perfumes, medicinas, pigmentos, en fin. Este tercer plato, en mi humilde opinión fue el sabor ganador. El más gustoso, el que me hizo viajar hasta lo más profundo de esta cultura medio oriental. Y no fui el único con esa percepción, coincidimos los tres. ¡Qué pollo tan gustoso y delicioso¡ nos encantó, nos dejó con ganas de más.

Para completar el cuadro el cuarto plato traía un acompañamiento de papas madarasi y arroz basmati. El arroz estaba suelto, pero se sentía distinto, entre blando y consistente entre ligero y pegajoso. Las papas estaban simples, pero entiéndase nos simplonas, sino, de sabor tímido, no tenían sal, se saborizaban con el curry tenue que también les daba color. Sin embargo, al combinar todo con los otros sabores, en especial con el curry de pollo, se complementaban y se convertían en eso que te hace asentir complacido con la cabeza con cada bocado.

Estos tres platos tienen una razón de ser, al venir juntos cumplen con una intención por parte del chef, y es ahí donde uno se da cuenta de que “el que sabe, sabe” y por eso es el que manda. El cordero aporta un sabor amargo, el curry de durazno, el sabor dulce, el curry de pollo guara kiji nos entrega el sabor salado y el arroz y las papas, un sabor neutro que limpia las papilas para volver a hacer la ronda. ¡Maestro, me le quito el sombrero!

Terminaré con contarles que al terminar con todo esto, nos dimos cuenta de que muchas de las ensaladas y salsas que nos habían puesto en la mesa, todavía estaban ahí, mirándonos desdeñosas desde sus platos, no invictas, pero si desafiantes, entonces, como si fuera poco, le pedí a Lady que me trajera otro pan naam para acabar de una vez con ese asunto. Yo con esa no me quedaba. Y así fue, “vino el pan, y las salsas que se van”.

Al final, le pedí a Lady que se tomara una foto conmigo, porque me encantó el servicio y quiero resaltar su disposición, amabilidad y sentido servicial, y también le pedí que nos trajera además tres tazas de té de frutas con hierbabuena, que me pareció un bajativo de lo más efectivo, porque no fue si no pagar la cuenta y dirigirme a la salida para que me dieran ganas, todavía sin salir, de volver.
¡Qué ojos tan bonitos! ¿No?

El lugar es muy especial, el ambiente, la música, la comida, la bailarina (que aquí entre nos, está como le da la gana) cuya manera de bailar es uno de sus mayores atractivos, y los ojos, eso sí, los ojos son muy bonitos y expresivos… en fin, el servicio, los mismos comensales que pareciera fueran en su mayoría extranjeros; todo, todo lo que compone Tabún, hace que esta experiencia gastronómica haya sido una de las más impresionantes y sensitivas de las que he realizado hasta ahora.

Así pues que Salí a celebrarle el cumpleaños a mi Cuñis en Tabún y encontré un lugar donde me sentía como un aventurero, como si estuviera viajando por tierras muy lejanas, porque sin dudar lo aseguro, eso logra este restaurante del que les hablo. Así era como me imaginaba todo, me sentí en las riveras del Bramaputra, al lado del río Ganges… se los dejo así, sentí el Kama Sutra en la boca: Una orgía milenaria de sabores contemplada en un plato. Quedé como un "principe" pero hindú, o como un Majaraja Árabe, por eso me siento con toda la propiedad de decirte a vos: Salí a Tabún, tenés que ir, no dejes de ir, porque si te gusta viajar, si te gusta que te sorprendan, éste es un lugar al que no podés dejar de ir. Te aseguro, te lo aseguro, que no te arrepentirás.


domingo, 14 de octubre de 2012

Video Salí a la Casablanca

Ahora le voy a dar gusto a los que disfrutan de un buen video... lástima que no se han inventado todavía el video con olor, porque así sería completa la experiencia.
Gócencelo, aunque mejor sería que se fueran para el restaurante ya mismo y comprobaran lo que les estoy diciendo. 
Espero que les guste y si pueden, coméntenlo, me gusta mucho saber de ustedes.
Aquí lo tienen pues:

miércoles, 3 de octubre de 2012

NO ME FALTÓ SINO CONOCER A OBAMA… PERO NADA. SALÍ A LA CASABLANCA


¿Han oído hablar de las cabañuelas? Ya saben, esa costumbre ancestral que dicta que dependiendo del clima que haga en los primeros doce días de enero, así será el clima del mes que le corresponde por orden. Es decir, que si el quinto día llueve por la tarde, entonces en mayo, después del día quince, va a llover. Ahí tienen, hablando de misticismo, y aún son muchos los que creen en esta costumbre. En fin, basándome en este concepto, el día del cumpleaños dependiendo de cómo pase el día, creo que así va a ser el año.

Según las cabañuelas de este año, voy a comer más bueno que un verraco, o mejor dicho, a almorzar, porque este cumpleaños Marcelita desde temprano me amenazó con llevarme a un lugar que me iba a dejar “loquito”. Y así fue. Ya están advertidos, este año va a haber material para este Blog por cargas industriales y para acabar de ajustar, me voy a enloquecer… bueno, otro poquito.

El lugar que escogió mi esposa para celebrar almorzando mi cumpleaños este 2012 fue la Casa Blanca. Pero calma, calma, probablemente ustedes piensen que gracias a este Blog yo ya soy tan importante y famoso como para almorzar con Barack y Michelle, y se los agradezco de corazón,  pero no, no, lamento tener que aterrizarlos a una realidad un tanto más… “realista”. La Casa Blanca a la que me refiero es al restaurante que queda en la variante al aeropuerto José María Córdoba.

Ya hablando en serio, este restaurante está ubicado en un Mall comercial que se llama Indiana, que está justo en la glorieta de la vía Las Palmas que reparte el tráfico para el aeropuerto y el Retiro. Esto es a unos diecisiete kilómetros desde San Diego. Este restaurante es lo que en el mundo del mercadeo se conoce como una “extensión de línea” de la marca Casa Blanca; nombre posicionado en la mente de los consumidores de Medellín, como una excelente carnicería. 
Este negocio ha avanzado en varios aspectos, hoy por hoy ya no es sólo un lugar en el que se puede comprar carne fresca, eso sí, tipo gourmet, sino que ampliaron su concepto hacia los embutidos, con una marca propia conocida como “Carnelly”; las charcuterías, lugares para disfrutar al calor de un buen vino de carnes maduradas y/o ahumadas, quesos y embutidos; y el restaurante del que les hablo hoy, en el que se puede disfrutar de los mejores productos que tiene la marca, preparados por expertos chefs y cocineros.

El restaurante es de un nivel medio alto. Los comensales habituales son por lo generaly esta es una hipótesis personal­  familias que sin duda viven en la parte alta de las lomas de Envigado y El Poblado, y de las casa-fincas de El Retiro. Claro, contando con los que transitan hacia o desde el aeropuerto para brindar una despedida o una llegada “de lujo” a los viajeros y, a aquellos sibaritas que van en busca de una buena dosis de placer gastronómico.

La experiencia, que tendré que calificar de maravillosa desde el punto de vista gastronómico, comienza con nuestra llegada al restaurante a eso de las dos y media de la tarde de un domingo. La entrada por la que accedimos es la que ofrece el Mall desde su interior. Me refiero a que el restaurante tiene dos, tal vez tres entradas. Dos laterales, a las que accedes desde el primer piso en el que dispusieron una charcutería y para ingresar, debes hacerlo por la fachada imponente que te ofrece el Mall hacia la glorieta. Estas entradas se hacen por unas escalas que desde la tienda te hacen llegar a dos puntos centrales del restaurante, pero, hay una más que es la que consideraría como la principal, por esa ingresamos nosotros, que te da acceso bajando unas escaleras desde el parqueadero interno.

En esta entrada han dispuesto un grupo de niñas muy bonitas, todas con radioteléfonos para darte la bienvenida. Ellas se encargan de saber el número de comensales que deben atender y de acuerdo a la disponibilidad de mesas, te hacen pasar o aguardar en una muy cómoda sala de espera dispuesta a la derecha de la puerta de entrada y junto al bar. El lugar estaba a reventar cuando llegamos y nos tocó esperar unos minutos, los que aprovechamos para “asombrarnos” de las instalaciones: bellas, de buen gusto, agradables, refinadas; para “admirar” el ejército de empleados que hacen que todo ese barullo marche ordenado y fluido; y para “aumentar” la ansiedad por que te den una mesa pronto para comenzar a disfrutar de las delicias que ofrecen en el lugar.

La disposición arquitectónica del lugar es en sí un “descreste” porque ofrece un ambiente que impacta cada uno de los sentidos. Al entrar ves a tu izquierda una terraza en la que dispusieron varias mesas para comer al aire libre, obviamente protegidas del sol y del agua por sendos parasoles; pero lo llamativo es que si sigues hacia la derecha, es decir hacia el interior, vas a ver un gran hoyo en el centro del restaurante protegido con barandas que te permite mirar hacia abajo, hacia la charcutería, y en medio del hoyo, en una isla flotante, hay un piano de cola espectacular que estoy seguro, ha de hacer las delicias de los comensales en las noches de vino, quesos y carnes. Las mesas entonces están distribuidas en torno al gran hoyo y una de las mesas que está junto a las barandas nos tocó a nosotros.

La organización del restaurante es realmente buena. Todos los engranajes del servicio parecen muy bien aceitados porque a unos minutos de llegar, ya nos tenían una mesa asignada y con tan sólo sentarnos se nos acercó un mesero muy amable, de esos que sonríen no porque le hayan dicho que lo tiene que hacer, si no porque le nace, y nos pidió un segundo para traernos la carta.
El librillo por supuesto está a la altura del lugar. Verlo inspira elegancia y buen gusto, parece más un catálogo de una galería que una carta de menú, es más, osada pero acertadamente, en la tapa reza una frase que compromete la filosofía del restaurante, comparando su oficio con el arte: “En Casablanca pensamos que la buena mesa es todo un ritual estético en el que se comprometen los cinco sentidos, y es esto lo que la convierte en arte…” Cuando me llevé el primer bocado a la boca, lo confirmé.

Elegir no fue fácil, pero tampoco difícil. Me demoré con la carta en las manos y le pedí un poco más de tiempo al amable mesero, sólo porque el menú me pedía a gritos que lo mirara, lo leyera, lo disfrutara, porque cada página trae una o dos “perlas” literarias de regalo, todas apartes de libros o poemas conocidos inspirados en la comida o en el acto de comer. El pedido lo hicimos convencidos de no ser decepcionados y créanme, tan solo con recordar, justo en este momento, mientras escribo de estos recuerdos, se me hace agua la boca y el estómago se me retuerce en sonoros “gorogoros”. Borborigmos pues para los entendidos.  

Antes de hacer el pedido del plato fuerte, pedimos que nos trajeran una jarra de deliciosa sangría en vino tinto. Fría, reconfortante, sabrosa, refrescante, con frutas frescas recién cortadas. Ya juzgaran por las expresiones faciales de absoluta felicidad nuestro dictamen al respecto.  

Filet Mignon
De plato fuerte Marcelita se pidió un jugoso Filet Mignon al término tres cuartos, que viene acompañado de una ensalada compuesta por una hoja de lechuga crespa, romana o Batavia, y unas rodajas de tomate. Papas, las cuales te las ofrecen en tres presentaciones, fritas en cascos, al vapor con crema agría o en puré. 
Ella las quiso en cascos. La presentación: sobria, elegante. Dos cortes de unos doscientos gramos cada uno, a un término que creo puede ser el único punto reprochable en el servicio, pues al parecer al pedido de Marce le dieron término medio, el término que pedí para el mío y a mí me lo trajeron tres cuartos. Sin embargo, la carne es de tal calidad y la cocción tan mesurada, que ella no quiso hacer el pedido de la cocción hasta los tres cuartos. El Filet Mignon es la mezcla perfecta entre la res y el cerdo, porque la carne viene envuelta en unos deliciosos trozos de panceta ahumada de la casa. Los jugos que suelta la carne en tanto entra en contacto con la boca, son maravillosos, evocadores. La suavidad de la carne es increíble. El sabor, auténtico, delicioso, pues la carne de cerdo ahumada combinada con la textura y sabor de la carne de res solamente salpimentada es… excelso.

Mi pedido, unos medallones de solomito en salsa Roquefort. Nada más con el nombre ya ustedes pueden anticipar el goce que me produjo por la calidad misma de los ingredientes. El plato trae dos cortes gruesos, al término tres cuartos, aunque como ya les dije, los pedí al término medio por la naturaleza del corte, sin embargo, estaban asados a la perfección y no encontré reparo alguno. El plato viene acompañado de ensalada y las papas las pedí al vapor con crema agria. Es una delicia, no hay otras palabras para describirlo. 
Es carne, del mejor corte que tiene la res, asada por un “mago” que sabe de lo que hace, solo salpimentada, lo que le da esa propiedad auténtica, y para completar viene, no bañada, sino sobre una cama de salsa de queso Roquefort, que para contarles sólo algo, es uno de los quesos más costosos y apetecidos del mundo, porque es hecho con la leche de cuatro especies distintas de ovejas y no se puede madurar sino en un lugar específico del mundo, en unas cavernas de Francia, que reúne las condiciones de oxigenación y humedad perfectos y únicas para el hongo que madura el queso. No creo que tenga que decirles más. O bueno sí les voy a decir algo más, esa comida, esa carne, con esa salsa, logró impactarme tanto, que me ha creado un recuerdo gustativo imborrable, uno de esos con los que uno puede relacionar ciertos puntos de la vida, ya saben a qué me refiero, es un nuevo recuerdo para toda la vida.

Marcelita come algo más despacio que yo, por tanto cuando yo estaba ya casi terminando, ella apenas iba a comenzar su segundo corte, por tanto ya no tenía una temperatura agradable para el término en el que estaba, así que le pidió a nuestro amable mesero, que lo calentaran un poquito más y ¡qué buena estrategia! Le trajeron el corte con más ensalada y una papa al vapor con crema agria… estoy jugando, eso se llama servicio y te hace sentir que te dan más, por lo mismo. Me pareció un buen detalle para comentarlo.

Luego de dar cuenta de nuestra maravillosa comida, a Marcela le dio por dejar de ser princesa y convertirse en sapo y por gritar a los cuatro vientos que yo andaba de cumpleaños, así que el mesero nos dejó quietos cuando apareció con el postre, invitación de la casa, que consistía en dos trozos de torta negra envinada con frutas secas, bañadas en salsa de chocolate y con dos rojas, dulces y maduras cerezas. Fino detalle de coquetería.

Al terminar el almuerzo conmemorativo, unas dos horas después, porque el tiempo aunque parecía que estaba detenido por el placer de la comida y sobre todo por el de la compañía, rodaba sin clemencia, tuvimos el acierto de bajar por una de las escaleras laterales hacia la charcutería. 
¡Otra locura! Una "caverna" perfecta para la ejecución del sibaritismo más descarado, porque además de la exhibición de los productos de la marca hermosamente dispuestos en unas vitrinas de un gusto exquisito, de la cava climatizada en la que guardan las carnes curadas “consentidas”, hay un espacio en el que dispusieron de unas mesas y cómodas poltronas para sentirse como un césar primus maximus, para regodearse en los placeres más mundanos, para engordar el ego y alegrar el alma con una o 
unas de las botellas de vino que exponen las estanterías que te rodean y “atarugarse” de quesos, carnes curadas y embutidos de las mejores presentaciones. Se las pongo así: ya tengo el lugar en el que me gustaría quedarme atrapado el día del juicio final, ese en el que se acaba el mundo; ¿ustedes se imaginan? Que se venga lo que sea.

¿Por qué se murió el muertito?
por falta de... !Salud!
Salí con mi esposa a celebrar mis treinta y cinco años a la Casablanca, no conocí a Obama, pero ni falta que me hizo, no le habría parado bolas por andar masticándome la mejor carne del mundo. ¡Hombe!, que no es la Casablanca de Washington, sino  Casablanca el restaurante de las Palmas, y saben qué, tengo que darle gracias a Marcela por regalarme un delicioso recuerdo para toda la vida, porque me impactó la comida, la calidad en el servicio y el ambiente del lugar. Por eso te puedo decir a vos, Salí al restaurante Casablanca, date ese gusto, un gusto que todo sibarita debería de darse cuando quiera comer carne bien preparada. Salí para una ocasión especial o simplemente porque te querés dar el gusto de la vida y te aseguro que no te vas a arrepentir.