Nuestro lema

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domingo, 11 de diciembre de 2011

SALI AL FESTIVAL AÉREO DE LA FUERZA AÉREA COLOMBIANA

En mi casa se aman los animales, la “Gertru” puede dar fe de ello. Es más, nos gustan casi cualquier tipo de animales, tanto que dejamos entrar a mi cuñada sin decirle nada y hasta agüita le damos (de nada Pao), bueno, casi todos, porque los bichos no son muy bienvenidos que digamos, en especial las cucarachas y las moscas, aunque, se me ocurren dos o tres comentarios para decir que algunas cucarachas sí, pero este blog trata nada más sobre comida, ¡caray¡ vuelve a ocurrírseme una analogía nada conveniente. En fin, estaba tratando de explicar que las cucarachas de seis patas no son bienvenidas porque mi esposa les tiene fobia, no exagero, FOBIA, de esas que rompen tímpanos, de las que entierran uñas, de las que son inexplicables e inentendibles para los que no la padecen.  Los otros bichos que no se permiten en mi casa son las moscas; por qué, se preguntarán, pues es muy simple, porque en mi casa, el único que vuela, soy yo.
Este soy yo, despegando en Matasanos
Richard Back, en su libro “puente al infinito”  cuenta una historia de cuando fue cadete de la fuerza aérea de los Estados Unidos, relata él, palabras más, palabras menos, que uno de sus instructores le dijo:
-De ahora en adelante Cadete, cada vez que vea una mosca usted la saludará como me saluda a mí. ¿No piensa preguntarme por qué, Cadete?
-¿Por qué, señor?-preguntó Richard.
-Pues porque ella ya tiene alas, y usted no.
En pleno vuelo, libre.
Me impactó mucho ese pasaje, que leí siendo un preadolescente. Para esa época, mi sueño de volar era casi una obsesión. Lo extraño es que en vez de respetarlas, lo que me causó fue una especie de fruición, de envidia. Desde ese entonces me convertí en un cazador de moscas empedernido. No sé cuantas habrán caído bajo mi furioso matamoscas, por lo menos hasta que leí unos años más tarde a Lobsang Rampa , quien me convenció de que toda forma de vida merece vivir y morir de manera natural. Aunque confieso que se me ha olvidado un poco. De eso pueden dar fe las moscas que han caído en los últimos días en mi no tan furioso, pero sí muy activo matamoscas eléctrico. Seguro Lobsang no estaría muy orgulloso de mí.
Cuando cabía en el arnés Moyes
Todo esto ha sido para contarles que adoro el aire. Volar, fue una de esas pocas cosas que me han creado obsesiones en la vida, por eso me hice piloto en cuanto la vida me lo permitió hace unos años atrás. Pero esperen, no vuelo aparatos con motor, aún, por ahora sólo soy piloto de “ala delta”, ese será tema de este blog alguna vez. Desde chiquillo he amado las cosas que vuelan, desde las aves, hasta los aviones, helicópteros, aeroplanos, en fin. La mayoría de mis juguetes de niño, eran aviones o naves espaciales. Mi súper héroe favorito era Súperman, pero no porque era fuerte, sino porque podía volar a voluntad. Sin exagerar, hoy por hoy, recuerdo casi todos los sueños oníricos, es decir, de esos que se tienen cuando se duerme, desde cuando era niño, hasta hoy, en los que he volado. Hasta allá llega mi amor por el aire.

En Antioquia, como en muchas partes del planeta, tenemos una muestra realizada por la fuerza aérea en la que se lucen los artefactos con que cuenta el país para proteger el espacio aéreo y combatir al terrorismo. Cada dos años, en el aeropuerto José María Córdova de Rionegro, se lleva a cabo este evento que convoca a los amantes del vuelo y de los aviones y helicópteros bélicos. Hasta ahora sólo me he perdido una de estas exposiciones. Este año, 2011, se realizó la quinta versión, de la que puedo decir, ha sido para mí la más emocionante, pues siempre la he presenciado de una manera poco convencional, pero muy efectiva y divertida: desde  uno de los potreros aledaños al aeropuerto, acostado en un mantel a cuadros, haciendo picnic.
Ésta, ha sido la más emocionante porque, como decía mi abuelita, “el mundo es un pañuelo” (gran frase, aunque mi abuelita se murió antes de que le pudiera preguntar, sí eso es el mundo, ¿nosotros qué venimos siendo?) en fin, es tan pequeñito el mundo, que uno de los mejores amigos de Alejandro, uno de mis hijastros, pertenece a la fuerza aérea y nos regaló entradas para presenciar la feria, nada más y nada menos, que desde la base militar aérea de Rionegro.

La aventura fue aún más especial porque mis padres me pudieron acompañar. Lo primero que debo decir es que no pudo haber mejor invitación para mi papá, quien se muere por los helicópteros y  no pudo desaprovechar la más mínima oportunidad para tomarse una foto junto a uno de estos aparatos. Aunque confieso que yo tampoco.
La idea de este plan era disfrutar de un domingo, el último día de la muestra, de las exhibiciones aéreas, la música en vivo que se dispuso en una tarima, del aire puro de Rionegro mezclado con los residuos de la gasolina de alta pureza de los motores de los aviones, del sol de tierra fría y por supuesto de buena comida.
De ida, como fue temprano, tuvimos que hacer una "parada técnica" en un lugarcito muy acogedor que queda subiendo hacia el aeropuerto. Este restaurante tiene un nombre muy sugestivo, “El cebadero” que hizo su intento por cebarnos con un desayuno clásico de carretera para todo buen paisa, un delicioso y espumoso chocolate caliente con leche y una suculenta arepa de choclo (maíz amarillo dulce) con unas buenas tajadas de quesito. Aunque los demás la pidieron con cuajada.

En la tarde, cuando Margarita empezó a pedir lo suyo, no fue difícil escoger con qué darle gusto. (Margarita, ya saben, es la serpiente arroyada de diez metros que tengo en el intestino) Para escoger no había mucho, y que me prometiera satisfacción, menos. Dimos unas vueltas por la zona de comidas dispuesta, en la que había como opciones:
Asado, Punta de anca.
Una carpa cuya especialidad eran las bebidas es decir, gaseosas, agua y nachos con queso derretido. Importante, no había guacamole. En otra carpa, hamburguesas de carne de búfalo, apetitosas pero no suficientes.  En la siguiente, pizza, que no es más que un mecato para la hora del almuerzo, bueno, esa es mi opinión personal. Una carpa más, ofrecía carne asada, que aunque algo costosa, valía la pena porque la porción era generosa y en la última, típico antioqueño.
Este pechito se dejó llevar por el montañero que lleva adentro y se pidió un típico, que vale la pena decir, era proporcionado por un restaurante de carretera muy famoso que se llama “el palacio de los frijoles”. Cómo ya se ha hablado de sobra de este tipo de comida, no pienso ahondar más en su descripción, me supeditaré a decir que estaba muy completo y muy bueno. Soy montañero de pura cepa que más me pueden pedir.
El otro plato, que compartí con mi esposa, fue un delicioso corte de carne asada que en Antioquia conocemos como “punta de anca”, un corte de carne de res, que tiene una capa de grasa en la superficie muy suculenta que al asarse lubrica la carne y la enternece. Este corte es costoso y se tiene la creencia de que es “carne para gente acomodada” es decir, para personas de buen poder adquisitivo, mejor dicho, como quien dice: “un bocadito de rico”. La carne venía acompañada por ensalada, papa cocida y arepa. Lo que les puedo decir de este plato es, que los ricos tienen como buen gusto para la comida, aunque no siempre, porque en el “foie gras” se descachan.
Sin embargo la comida en esta salida pasa a un honroso segundo plano, porque el plato principal lo tienen los aviones y los helicópteros de nuestra gloriosa Fuerza Aérea Nacional. El espectáculo es sobrecogedor. El orgullo le hincha el pecho a cualquiera que ame el tricolor colombiano. La sangre corre con ahínco por las venas al ver las formaciones en el aire hechas por los aviones Tucano, las acrobacias de los súper Tucano, el vuelo del avión supersónico k-fir de la fuerza aérea nacional.
No se puede dejar de reconocer, que a la hora de ver la exhibición del avión de la Fuerza Aérea norteamericana, el Viper F-16,  le deja a uno una leve sensación de inferioridad tecnológica. No es para menos, en todo caso, el caza norteamericano tiene casi el doble del tamaño que el del caza colombiano de fabricación israelí, y la potencia del motor, bueno, pareciera tener una muy buena cantidad de caballos de fuerza y de decibeles por encima. Sin embargo, y lo digo con toda tranquilidad, Lo que tiene Colombia en equipamiento es digno de las mejores fuerzas del mundo y los pilotos son reconocidos por su pericia y valentía.
El cierre de la jornada no pudo ser más emocionante. Los helicópteros Arpía, Black Hawks montados con armas aire tierra, hicieron una exhibición que arrancó gritos de euforia en todos y cada uno de los espectadores. Fue una locura llena de majestuosidad. Vuelos rasantes, el ruido de los rotores, las luces de las bengalas de señuelo, los soldados suspendidos con las banderas de Colombia y de Antioquia en posición de defensa con sus armas apuntando hacia abajo, en serio que es indescriptible lo que se siente al ver a esos héroes de la patria, a los que tanto hay que agradecerles, exhibiendo su valentía y compromiso con nosotros. Mejor dicho, se me salió el patriota de la ropa: ¡Que viva Colombia!
Esta vez Salí a sentirme orgulloso de ser colombiano. Comí rico, claro, pero me llené de otras cosas: de orgullo, de alegría, de euforia, de patria. Por eso te puedo decir a vos también, Salí, a donde querás, recorré Colombia, viajá por ella, porque gracias a estos muchachos, a los soldados de mi patria, lo podés hacer con la tranquilidad que te da el saber que te están cuidando. ¡Que vivan los héroes de mi patria! Carajo.

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