Nuestro lema

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viernes, 23 de septiembre de 2011

"¡APÁ, APÁ, EL ARCA ESTÁ HACIENDO AGUAS¡" SALÍ A COMER TRUCHA EN JARDÍN

Dios le dijo a Noé que construyera un navío tan grande, que debería poder guardar en él una pareja de cada especie de animal que habitara la tierra.
-¿Para qué? Y ¿Por qué yo señor?
-Para preservar a las especies que viven sobre la tierra, pues en unos días, haré que llueva sin cesar durante cuarenta días y cuarenta noches. El agua cubrirá la tierra y todo lo que no esté en tu nave perecerá. Por eso la embarcación que construirás se llamará “Arca”.
-Pero aun no contestas mi otra pregunta- dijo Noé con cara de preocupado. -¿Por qué yo?
Y Dios le contestó.
-Por tres razones únicas, personales e intransferibles.
-Y ¿cuáles son esas señor?
-Porque quiero, porque puedo y porque no me da miedo. (Esto si me lo inventé yo, pero es que cómo se le ocurre a Noé preguntar pendejadas ¿no?) En fin, hizo Noé lo que Dios le dijo, y sin excepción subió a una pareja de cada especie para guardarlas de perecer en el diluvio.
Estando en esas, un día cualquiera después del aguacero, vino corriendo a Noé una de sus hijas y muy preocupada le dijo:
-Apá, apá, esta verraca cosa tan grande ¿y a vos no se te ocurrió hacerle un baño?
No mentiras, no le dijo eso, le dijo algo más preocupante todavía, le dijo:
-¡Apá, apá, el arca está haciendo aguas!
-¡Bruta!- respondió Noé. ¿Y eso por dónde mija?
-Por un montón de huequitos- Le contestó la hija.
-¿Y en que parte del barco?
-En el piso de abajo.
-¿Y qué tenemos guardado en el piso de abajo?
-Pues apá lo que vos me dijiste, todas las aves, las especies con plumas.
Rascándose la cabeza Noé pensó un rato y con cara de preocupado le preguntó a su hija:
-Mija, ¿Usted dónde guardó a los pájaros carpinteros? 
Esta historia con la que inicio la entrada, una especie de chiste, me sirve para compensar un poco el abandono en que los he dejado mis amigos lectores, ¡casi un mes para volver a publicar! Pero les pido comprensión, porque es qué cuando escribir es, como en mi caso, una afición, le pasa lo que le pasa a todos los “quereres” cuando se enfrentan a los deberes, por la fuerza de las circunstancias, se posterga.
Para lo otro que me sirve esta historia es para abrir una experiencia, que cómo un “todo” se puede clasificar como muy buena, pero qué al reducirla a lo meramente gastronómico se le pierde mucho del encanto.
En la entrega anterior dije que el viaje a Jardín había sido maravilloso y que dejaríamos para cerrar con broche de oro con la visita a un lugar que nos recomendaron, la truchera el Arka, por eso me pareció conveniente la historia de Noé y su “arca” para introducir, pero no sólo por el nombre.
Todo prometía. Ya saben, comer “pescadito”, en el mismo lugar donde lo cultivan, del agua a la sartén y de la sartén a tu boca. Sin embargo me pasó como al protagonista de la historia, esperando el arco iris, la nave hizo aguas.
Nos despedimos pues del amable don William prometiendo volver, porque eso es lo que uno hace cuando se siente bien atendido. Cumplimos otra de esas promesas hecha el día anterior en “la casa del abuelo de Jardín”, donde compramos arepas, tornillos y pandequesos de soya y unas conservas. Preparados para el camino, nos dispusimos ahora sí a buscar el lugar que queríamos visitar para almorzar.
Luego de unas sencillas indicaciones que la gente amable del pueblo nos dio, llegamos a una angosta carretera destapada; aquí empezó otra experiencia que vale la pena destacar sola, por eso ésta entrada.
Y es qué desde que la naturaleza se le venga a uno encima con todo a darle la bienvenida, ya se sabe que el paseo no ha terminado, por el contrario, se siente como si estuviera empezando otro.
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Luego de andar unos minutos más, poquitos pero eternos, por el río seco, perdón, por la carretera que conduce al Arka, después de unas canas más y unos metros de intestino menos por la fuerza que hice por cada golpe debajo del carro, por fin llegamos.
La truchera queda empotrada en un cañón formado por una quebrada de aguas heladas, es más, es tan fría el agua que un día una modelo famosa se bañó ahí y no tuvo que volver al gimnasio en un mes, quedó linda, linda, lindaaaa.
El lugar tiene su encanto, el dueño parece enrazado con japonés porque aprovechó bastante el terrenito. Las truchas conforme avanzan en su crecimiento pasan de estanque en estanque y estos van descendiendo a modo de terrazas, lo que además de bonito es muy bueno para oxigenar el agua don las caídas de nivel a nivel.
Yo quiero ¡ete!
Los estanques tienen por uno de los costados un vidrio que permite ver a los peces nadando y esto me animó, porque confieso que me imaginé que tenían en el restaurante el  sistema ese de señalar el pez que uno quiere ver después en el plato, pero no.

Aunque hay una opción que me parece más divertida: alquilar una caña de pescar y sacar el espécimen que te vas a comer; el problema es que este sistema es igual a una lotería, es como ir a un baile donde hay muchas, muchas, pero muchas mujeres, y a uno le toca elegir nada más una, por supuesto le apuntas a la más bonita y termina picando la bigotuda con las piernas peludas.
Por eso en nuestro caso, decidimos ir a la fija y buscar una mesa. Escogimos un lugar en el comedor del tercer piso, que está construido con guadua, aunque hay muchas opciones en los kioskos individuales y mesas con sombrilla, distribuidos por todo el terreno para los que busquen algo más de privacidad.

Nos sentamos al lado del balcón desde donde se escuchan las caídas de agua de la quebrada y de los estanques, el canto de los pájaros nos arrullaban y un canto no tan arrullador, gracias a Dios bajito, de un personaje que no tiene nada que ver con los pájaros, pero sí con el ambiente rural en que nos encontrábamos, ya saben, es inevitable ir a un sitio de estos y no almorzar al son de Giovanny Ayala y su “de rodillas te pido, te ruego, te digo, que regreses conmigo, que no te he olvidado, que te extrañan mis manos, que muero de ganas, por volverte a besaaaaar”
Si, es muy difícil pedir otra cosa, pero como digo todo hace parte de la experiencia, todo suma, todo cuenta y le pone “salero” a la situación.
Guandolo, bebida fría

Llegó la hora de pedir y al ver la carta, no se me pasó ni siquiera por la cabeza ese dicho de mi abuelita, “con ver el desayuno, ya uno sabe lo que va a ser el almuerzo”, no, yo estaba animado, con ganas de ser sorprendido y como sabía que quería trucha, pues bueno, de las cuatro opciones que había, escogimos las dos más suculentas, trucha rellena de jamón y queso y trucha al ajillo. Para esperar, un guandolo, que es agua de panela fría con jugo de limón.
Pajaro Barranquero
Mientras soñábamos con la sorpresa y recordaba la trucha al ajillo que comiera mi cuñada en Salento – Quindío, que me dejó con ganas del desquite, pues esperaba que en el Arka si le metieran ajo como debe ser, nos sorprendió un pájaro de la región que por su belleza y tamaño parecía de mentiras. Espero no exagerar al decir que cada uno de estos pájaros a los que les dicen “barranqueros” puede ser más grande que una gallina.
Trucha rellena con jamón y queso
Finalmente la espera culminó y llegó el pedido. Una mirada a mi esposa y supe lo que pensaba. Un punto menos por presentación, la trucha rellena lucía… no sé si es "triste" la palabra que estoy buscando, sin embargo triste si fue como se sintió mi esposa cuando la cortó y se dio cuenta de que por dentro, estaba completamente congelada. Muchos puntos menos para el Arka. La mala presentación se pasa por alto cuando el producto en sabor supera las expectativas, pero ir a un lugar en el que la esperanza es encontrar comida fresca y darse cuenta con el primer bocado que ha estado congelada… bueno.

Trucha al ajillo
Ahora vamos con mi plato, la trucha al ajillo, el aspecto, igual. Creo que le ayudó un poco más que no me estaban mirando desde el plato porque le quitaron la cabeza, pero se veía seca, nada jugosa, no muy fresca y aunque el sabor era auténtico a pescado, se notaba que había estado congelada. Pero he de anotar lo más importante, porque vuelve y juega el concepto de “al ajillo”, en este caso me encontré con que al ajillo en el Arka, significa freír el pescado con ajo, pero muy poquito, porque no lo sentí. 

-¡Apá, apá, la nave está haciendo aguas! 
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A mi esposa la pusieron a esperar otros quince o veinte minutos más mientras le cocinaban un nuevo plato, el mismo sabor, pero nuevo. Buen detalle, un puntico para el Arka por cambiar el plato, pero la espera…  bueno, como les dije al principio, estábamos tan contentos de haber tenido un fin de semana para nosotros, de estar en el suroeste antioqueño, de escuchar a la naturaleza, con Giovanny o con los Chiches Vallenatos en segundo plano, pero no importa, al fin y al cabo lejos del mundanal ruido de la ciudad, que todo pasó sin mayores tropiezos para la experiencia completa. Me desquité de la comida trayendo cuatro truchas para cocinarlas yo mismo a mi antojo y esta vez sí con mucho ajo y pimentón y terminó sumándose a la experiencia completa vivida en Jardín Antioquia.

Por eso te puedo decir, Salí a comer al Arka en Jardín, no fue genial, pero fue muy bueno, la pasé de locos y por eso te puedo decir a vos también, Salí, viajá, comé, viví, no importa lo que sea o como sea, porque como decía mi abuelita, “maluco también es bueno” y es mejor decir: lo viví a ¿Cómo hubiera sido? ¿O no?

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