Nuestro lema

Nuestro lema

jueves, 25 de agosto de 2011

SALÍ A JARDÍN CON LA BRUJA, PERDÓN... DONDE GRABARON "LA BRUJA"

¿Qué es ser un romántico empedernido?
Decir cursilerías cómo: “tus ojos son dos luceros… que alumbran los basureros, tus patas son dos estacas para amarrar unas vacas”.  Lo hago, Pónganme un punto.
Dedicar canciones con letras espectaculares que pongan a vibrar hasta el más sensible, bueno, yo dedicaría un vallenato que dice: “Yo soy tu sábana y tú mi almohadita”… o ese otro que dice: “Quisiera ser un Miguel Ángel con pincel en mano y hacer de ti una Monalisa y decir que tienes la misma mirada”…  Claro que me pone a pensar un poco sobre si fue Michelangelo o Da Vinci quien la pintó y también que la Gioconda o Monalisa es famosa por la sonrisa, aunque la mirada de pícara y de, sé algo que tú no, también vale, en fin, de todas maneras la dedico, lo que cuenta es la intención. Pónganme otro punto.
Decirle poemas a la mujer amada que te mira con cara de ponqué desde un balcón, también lo hago, con uno que dice así con inspirado acento: “Dame lo que te pido, que no te pido la vida, lo de abajito del ombligo y lo de la rodilla para arriba”. Con eso las mato, pónganme otro punto.
Rosal en flor, parque de
Jardín
Regalar flores de todos los colores… ¡uff!, ahí si me pelé, no hay puntos, no soy capaz, lo siento. Eso de regalar un cadáver recién cortado y entregárselo a la mujer que amas para que se le pudra en la casa no me suena; me parece que va mejor con los funerales. En cambio, para la dama de tus sueños, tiene más sentido, me cala más darle un retoño sembrado en tierra, que haya que echarle agua, consentirlo, hablarle dulcemente, ponerlo al sol, luego a la sombra y ver como de a poco se abre, disfrutar de sus colores VIVOS y oler los suaves aromas que despide una flor palpitante. Eso se me parece más al amor ¿o no?

Este pensamiento tan polémico ha hecho que al departamento de quejas y reclamos de la sagrada institución del matrimonio de la que hago parte, le dé uno que otro infarto por denuncias presentadas. Con estoicismo he tenido que soportar pullas, indirectas, directas, insidias y me ha sobrado cantaleta de la buena. ¡Nadie sabe lo que yo he sufrido!
Jardín
Así pues que un día de esos, de los que uno amanece con ganas de desquitarse, “agarré mi maleta, cargué a mi china, cojí la flota y me fui para Aposentos Tuta, mi pueblo”… (no lo pude evitar, esta frase era de Josefa la empleada del servicio de los Vargas, un personaje de un programa de televisión muy famoso de los ochenta que se llamaba “Dejémonos de vainas”).
Ahora si en serio, para que me dejaran de echar cantaleta (por lo menos un rato, chiquito, pero valioso) porque no le daba flores, me llevé a la media costilla para un jardín.
¿Dije un jardín? Perdón, quise decir, para Jardín, un pueblo del suroeste Antioqueño que queda por demás decir, que es ¡hermoso!
Cerro Tusa / Venecia Antioquia
El viaje es muy ameno, sobretodo porque además de ser una región de tierras fértiles y formaciones montañosas especiales, como Cerro Tusa, me trae muchos recuerdos de la infancia cuando mis abuelos me llevaban a la finca cafetera en Betania, “un pueblito de crepúsculos arrebolados”, donde nació mi mamá. Este viaje se demora unas dos horas y media, tres con la parada rigurosa a comer torta de pescado en Bolombolo.
Al llegar, un sábado por la tarde, nos recibió palpitante el pueblo que por su belleza y exotismo fue la locación de grabación de una serie que acaban de pasar por televisión nacional con mucho éxito llamada “La bruja” (hacer click). Propios y extraños inundaban las calles del pueblo haciendo que conducir fuera una actividad más lenta y cuidadosa y no faltó el folklore al ver un Willys cargando un trasteo. ¡Viva Colombia!

Preguntando llegamos hasta el lugar escogido para pasar el fin de semana, La posada de los Sierra, un buen hotel escogido sabiamente por el método del “tin marin” en las páginas amarillas. Sólo bastó una llamada para confirmar las comodidades, en especial si el cuarto tiene agua caliente, precio por el fin de semana, número de cuenta para consignar por adelantado y listo.

Don William Sierra el propietario es quien nos recibió. Un señor de aspecto bonachón (qué más se puede decir de alguien que ama a los gatos) con el apellido que otrora fuera uno de los más importantes de la región, nos dio la bienvenida y nos advirtió que no nos fuéramos a perder el desayuno por andar durmiendo.
Luego de instalarnos y de comprobar que las tablas de la cama estuvieran firmes, como mínimo para soportar el famoso salto del escaparate, hicimos el recorrido de rigor por las instalaciones del hotel.
Dictamen: sencillo, pero muy bonito, decorado típicamente y con buen gusto, con mucha madera en los apliques lo que hace que el ambiente, por lo menos a la vista sea muy cálido, porque todo hay que decirlo, en Jardín hace un frío el verraco.

De ahí en adelante la experiencia se limitó a caminar por las calles del poblado, a disfrutar de un paisaje colonial cuya primera impresión es qué Jardín es un pueblo en el que los habitantes viven una sana competencia, en la que se pretende determinar quién es el dueño de la casa más bonita y cuál tiene más flores como adorno.

Ahí sí que le di gusto a “aquella”. ¡Tenga pa’ que vea flores carajo!, le dije, “dese gusto con esas hortensias”, que son las que más le gustan. “Mire esas orquídeas, claveles, rosas… mire lo que quiera mamita”.
Estaba feliz… estábamos, hasta que me dijo: quiero que me siembres una de cada una por favor. Desde ese día estoy haciendo un ahorrito.

La intención fue desde un principio alejarse del mundanal ruido de la ciudad y respirar aire puro; conocer el pueblito en el caso de mi esposa y reconocerlo en el mío, aunque fue hace tantos años que fui a Jardín que ya no recordaba casi nada. Lo primero que hicimos fue ir a la iglesia a pedir los tres deseos a los que por tradición se tiene derecho por entrar a una iglesia nueva.

La basílica menor de la Inmaculada Concepción es muy hermosa por dentro, no por nada el cabezote de la serie de la que les hablé lo grabaron en ella y por fuera es bella todavía más, pues su arquitectura neogótica de piedra labrada es muy llamativa por el contraste que producen los colores de los materiales de su construcción, por las imponentes torres y por los apliques y estatuas en mármol de carrara que la adornan. 

Caminando por una calle secundaria y por curiosidad, llegamos a un lugar en el que comenzamos la etapa más importante de todo viaje que yo haga, la gastronómica. Este sitio no tiene avisos que adviertan de los maravillosos secretos que en él se guardan. Aquello que lo expuso a nuestra curiosidad fue que a través de una ventana, pudimos ver una estantería con frascos de vidrio llenos de conservas.
Al entrar nos dimos cuenta de que además vendían pandequesos y unos panecillos fritos que nos llamaron especialmente la atención. Confieso que al preguntar y saber que se llaman tornillos de soya me dieron ganas de comerme uno, sólo por probar, pero jamás imaginé que me iba a comer tres y hasta cuatro.

Nunca creí que me fuera a gustar algo hecho de soya, pero sí, me gustaron mucho y no sólo los tornillos sino también los pandequesos hechos por supuesto de soya. Al otro día, antes de salir del pueblo, volví a comprar varios de ambos para llevar, unos frasquitos de conserva y además dos paquetes de diez arepas del tamaño del volante de un camión, cada uno.
Empanada de carne de diablo
La noche llegó rápido, la temperatura bajó bastante y la lluvia le ayudó. ¡No hay problema! Eso no son penas cuando hay Ron Medellín añejo para calentar la tubería.

La noche avanzó y llegó la hora de ir a buscar chucherías para dale gusto a Margarita –Ya saben, la serpiente de diez metros arrollada en el intestino que tengo que alimentar- así que la decisión ejecutiva fue darse una vuelta por las casetas del centro de la plaza y de entre tantas opciones, escoger la más llamativa.
Terminaron siendo tres, ya me conocen, empezamos por el aperitivo: empanadas de carne de diablo, como el diablo no existe, entonces no tenían carne. 
Con los motores ya calientes fuimos por el plato fuerte, una longaniza, que es un embutido de carne molida con especias, algo así como una salchicha tamaño familiar picosita, acompañada de arepa y dos papas cocinadas con sal. El otro pedido, un chuzo de pollo acompañado igual que la longaniza. Qué puedo decir, la comida callejera tiene su encanto, ha de ser por eso de comer incómodo y porque no llena, pero el sabor estuvo delicioso, especialmente el del chuzo, además la atención fue genial, porque la señora que nos atendió nos cuidó como a unos niños pequeños y se volteaba a preguntar a cada momento, si estábamos bien y nos había gustado.
Deliciosa la arepa que_suda
Mordida aquí, mordida allá y para terminar de llenar el tanque, el postre, una arepa que suda, perdón, una arepa quesuda, es decir, de queso con leche condensada, combinación perfecta y equilibrada entre sal y dulce, rica, pero hay mejores.
En medio del romance que produce caminar bajo la lluvia a temperaturas cercanas al punto de congelación, nos sentamos en una banca del parque un rato a tomarnos una botella de vino blanco chileno Santa Rita. Qué curioso, los vasos por más que tomábamos no bajaban de nivel y el vino cada vez sabía menos a vino y más a agua, no vuelvo a tomar vino bajo la lluvia. (Chiste pendejo, el que lo entendió, lo entendió).

El frío nos mandó rápido para la cama. Pasé una muy buena noche porque tenía una cobija nueva encima y una vieja debajo. Lo bueno de la tierra fría es que es excelente excusa para dormir “entrepiernado”. A la mañana siguiente se vino lo mejor, el desayuno. A eso de las nueve de la mañana, el comedor y las áreas sociales del hotel estaban a reventar. Escogimos las mesas bajo techo, al lado de la cocina dónde las manos mágicas de tres mujeres nos preparaban el desayuno. Ni siquiera pensamos en irnos a las mesas del patio, “de pronto va y llueve y nos demoramos toda la mañana tomándonos el chocolate”.

Arepa de tela, tajada de quesito campesino, huevos con salchicha o con “hogao” (tomate y cebolla) o revueltos solos, mantequilla, chocolate en taza y lo mejor, “calentao” de frijoles con arroz. Con razón nos dijo don William que no nos lo fuéramos a perder, ¡que orgulloso me siento de ser paisa! Amén a las abuelas que se inventaron tremendo tentempiés.


Para completar la mañana nos fuimos a realizar unas actividades que habíamos dejado para despedir el paseo. Subir a un cerro muy bonito separado por un cañón de un río que queda a un costado del pueblo, desde donde se puede ver en su esplendor todo el casco del asentamiento urbano. Lo “bacano” del asunto es que la subida es en telesférico.

Arriba se pueden ver tantas flores como abajo, y se puede brindar, como lo hicimos nosotros por la fortuna de tener en Antioquia, un lugar tan bonito y tan acogedor como Jardín; donde hay opciones para todos los gustos, incluso para los deportistas extremos del vuelo libre. Aunque no vi lugares claros para aterrizar en ala delta, los parapentistas si pueden hacerse un vuelo muy interesante desde un buen lugar.
La otra actividad que dejamos para despedirnos fue ir a recorrer algunas de las locaciones donde grabaron “La bruja”, vimos un corredor espectacular donde hicieron una escena muy erótica entre el malo de la serie y la amiga de Amanda, que resultó ser una de las salidas de emergencia de la iglesia –me muero de ganas por saber qué habrá dicho monseñor cuando la vio-. Este corredor, me enteré, lo hicieron a modo de salida de emergencia después de un terremoto muy potente que casi destruyó la iglesia.

Vimos el club “los negritos”, famoso en la serie porque lo compra el malo del cuento y lo convierte en su centro de operaciones. Obvio, nos tomamos la respectiva foto al frente.
Pero lo que más me llamó la atención fue que justo en la acera de la supuesta casa de Amanda, la protagonista de la serie, está la respuesta de porqué Jardín, se llama así. Nos encontramos un hidrante bebé, que está estudiando en el kínder garden, es decir, en el jardín, para que cuando sea grande, pueda apagar incendios como un hidrante mayor. ¡Qué ternurita!

Esta vez Salí a Jardín Antioquia. Me encantó vivir esta experiencia que recomiendo se hagan en pareja, a modo de escapada romántica. La infraestructura colonial del pueblo, declarada patrimonio cultural de Colombia vale toda la pena del mundo. Las flores que adornan el parque, las fachadas y los patios centrales de las casas, son inspiradoras y lo llenan a uno de alegría y de ganas de tener una casa igual. Hay opciones para hospedarse hasta para tirar para arriba, a muy buenos precios y con distintas comodidades. La comida me gustó y se suma positivamente a la experiencia. Por eso te digo a vos, Salí, empacá tus maletas y agarrá a tu china o a tu chino y andate para Jardín, te prometo que por A o por B, no te vas a arrepentir.

Aunque la salida no termina aquí, dejaré la última experiencia gastronómica, con la que pretendíamos cerrar con broche de oro, para otra entrada. El almuerzo en la truchera “El Arca”. O sea que esta historia… continuará.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Salida con amigos.

Esta mini-entrada será un homenaje a los amigos.
Un tiempo tuve en que la devoción por ellos fue tal, que su amistad se antepuso sobre tantas cosas importantes, sin importancia.
Anduvimos el mundo embebidos de amistad, embriagados de risa, rebosados de juventud.
Sin un peso en el bolsillo muchas veces llegamos hasta el fin del mundo y no necesitamos más...
o tal vez sí, necesitamos de una que otra canción a flor de piel, para gritársela a nadie... y a todo el mundo a la vez.

A mis amigos les adeudo tantas cosas, entre otras... la vida.


Luis Fernando regresó de España, donde vive hace varios años, y le celebramos el cumpleaños reuniéndonos, comiendo torta y uno que otro pedazo de marrano.


Excelente oportunidad para vernos, recordarnos y sentir que cuando hay lazos tan fuertes, por más tiempo que pase entre la grieta de los años, nada puede hacer para lograr separarnos.

Salí con mis amigos.

sábado, 6 de agosto de 2011

Rindiendo culto al santo más querido de Colombia… ¡SANCOCHO BENDITO!

Escrito por:
Gertrudis Toro Carrasquilla

Hasta para ser perro se necesita tener suerte, y yo soy uno muy suertudo porque vine a parar a un hogar en el que definitivamente he contado con mucha. Vivo como una princesa con todo lo necesario y hasta un poquito más. Yo Gertrudis María Toro Carrasquilla, soy lo que se puede llamar un perrito paisa, es decir que cuando ladro digo: “guau pues” o “eh ave maría guau”.
Paisa, según entiendo, es como se les llama a los que vivimos en el departamento de Antioquia, sin embargo, hay otros lugares de Colombia en los que también se les llama paisas (apocope de paisanos) a quienes viven en él. Esto es porque los antiguos habitantes de Antioquia, reconocidos desde sus inicios como grandes negociantes y aventureros, se fueron expandiendo y colonizaron una extensa región que se conoció como Antioquia la grande, que comprendía este departamento y los que hoy se llaman Caldas, Quindío, Risaralda, parte del Tolima y parte del Valle del Cauca.
Ser un perrito paisa implica comer concentrado…  pero bien concentrado sin mirar para otro lado porque me quitan los frijoles con arroz, las tajadas de plátano maduro, carne molida, el chicharrón…
A esto le llamo Viajar
Quienes me conocen, al menos un poquito, saben lo que significa realmente “vivir a lo perrito”. Es decir, nada que ver con eso de: “Nos fue como a perros en misa” o “pasé una tarde de perros”, frases que utilizan para referirse a malos momentos. Vivir a lo perrito señoras y señores significa vivir a lo grande, sin preocupaciones, con mucho tiempo para dormir, juguetes para morder y de vez en cuando… salir a pasear. Pero no al parque para hacerle regalitos a la naturaleza, no, ya saben a lo que me refiero.
Un gran paseo que me gusta hacer es ir con mis papás, mis hermanos y generalmente con algunos amigos a San Carlos, un pueblo del oriente antioqueño. En este lugar cambia mucho mi rutina, pues de dormir mucho, paso a hacer toneladas de ejercicio.
Esto implica caminatas diurnas y nocturnas por el pueblo, de las cuales, lo que más disfruto es cuando mis papás hacen una que otra parada para comer chucherías.
Por ejemplo arepas de queso de “milqui”, de mil quinientos pesos, aunque a mí me toca muy poquito, generalmente lo que se cae al suelo. Ese delicioso sabor saladito del queso, mezclado con harina de maíz, mantequilla derretida, combinado con el dulce de la leche condensada… humm que rico.
Pero como mi papá dice que esa arepita le cabe en una muela, entonces hay que ir a “repelar” (terminar de llenar el estomago con migajas) a otro lugar donde venden empanadas de iglesia. Mi papá dice que esas empanadas son muy ricas pero que el problema es que son muy aseadas… porque no tienen ni un mugre de carne.
¿Será que me dan una?
Estas empanadas se encuentran casi en todas las esquinas de los pueblos y ciudades antioqueñas. Se venden muy bien, y solamente los fines de semana. Son baratas y las mujeres paisas las venden por ser una muy buena opción para mejorar la economía del hogar. La combinación perfecta para este bocadillo paisa es el ají, un encurtido hecho con ají dulce o picante, cebolla, pimentón y naranja agria, aunque la receta puede variar según la región, pues los hay hasta con zanahoria.
Sin embargo lo que más me gusta de este paseo, es cuando se va a practicar la religión más importante para los seres humanos que habitan estas tierras. Todos se ponen como locos, los invade una euforia extraña desde antes de comenzar el rito. Gritan, ríen, saltan y se frotan las manos hablando del ritual que  se celebrará. Van y vienen trayendo cosas que se ofrendarán a nombre de un santo. Este elegido divino debe ser muy importante, porque todos deben cargar recipientes con mucha comida, que se llevan a un lugar muy especial, creo que lo llaman templo o santuario natural, en fin, este rito se llama paseo de olla.
El ritual inicia con la búsqueda de un buen lugar. En lo personal me encanta, porque en general tiene hectáreas de baño… es decir, hay mucho pasto y una gran cantidad de arbolitos. Es muy importante que el sitio elegido tenga sombra y esté cerca de un río. En San Carlos hay un espacio acondicionado para la práctica de esta religión, que se llama el Parque Lineal de San Antonio.
Lo hicieron al lado de un río de aguas cristalinas al que le construyeron unas piscinas a las que nombran charcos, y hay kioskos donde los humanos se pueden resguardar del sol o de la lluvia, sentados cómodamente en mesas de madera.
Como todo gran ritual, éste también implica fuego, ya saben, ¡cosas de primates! Mi papá y algunos amigos se encargan de iniciar una hoguera, mientras se toman una refrescante “chevecha”, o algo así es que se llama.
Esto de hacer fuego debe ser muy trascendental, porque mientras lo hace, llora mucho, tanto que se le enrojecen los ojos. Seguramente recuerda que es un primate que ha jugado con fuego y por eso se hizo hombre.
El santo al que se le hacen tantos honores debe ser un santo gordito. A leguas se ve que es un glotón porque la cantidad de comida que se le echa a la olla en su honor es sinceramente impresionante. Yo no podría comerme todo eso ni en un millón de años, es más, con solo velar me duele la barriguita.
A la olla, que tiene mucha agua le adicionan, papas, yuca, plátano, mazorca, arracacha, hojas de repollo, zanahoria, carne de cerdo, carne de res, pollo, todo esto con aliños licuados que tienen tomate, cebolla larga, cebolla blanca, ajo, pimentón rojo, pimentón verde, cilantro, color (achiote) y sal. Todo esto se revuelve y se deja hervir por un largo rato.
Constantemente todos los que participan en el ritual pasan a revisar, se frotan las manos y revuelven para que no se queme. Mientras tanto, yo me dedico a explorar los alrededores, o me invento un juego novedoso que consiste en hacer que un humano lance una ramita lo más lejos que pueda para ir a buscarla y entregársela de nuevo.
Otra actividad que me gusta mucho es meterme al río a nadar, porque siempre que lo hago alguien grita: “Sancocho listo”. Ahí, es cuando todos salen corriendo hacia la olla. Mis papás son paisas y por eso no tienen un pelo de tontos. Hacen esto en una olla grande para que el santo ese no se pueda comer todo y así nos toque un poquito a cada uno. Ahí es cuando gritan que ya el santo comió, y quedó listo, entonces se sirve para cada uno un buen plato de caldo con todo lo que quedó en la olla, además le echan arroz, aguacate y una deliciosa ensalada para complementar.
Yo lo único que tengo que hacer es ser paciente y esperar y entonces me toca la mejor parte. Un buen hueso de espinazo de marrano… ¿para qué papa, para qué aguacate?, a mí no me den caldo, con mi hueso tengo para quedar contenta.
Que rico es pasear, salir a disfrutar en familia y vivir rico la vida. Como yo qué  Salí con mis papás y unos amigos y la pasé de maravilla a hacer un paseo de olla y venerar al santo más querido de todo colombiano, a ¡San Cocho bendito! Por eso te invito a que lo hagas amigo perruno, cuando tus papás te inviten a hacer cosas de primates, como eso de ir a practicar su religión a santuarios naturales, aprovechá y Salí.
Te lo digo yo, y sé por qué te lo digo… porque me mando una vida de perrito.
Guau pues.