Nuestro lema

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viernes, 15 de julio de 2011

SALÍ DE UN RINCÓN A OTRA PARTE

La escena es típica. Un restaurante semivacío. Por la luz que entra a través de una generosa ventana con el logo del restaurante pintado en el vidrio, se puede deducir que es media tarde. Cortinas y manteles a cuadros, generalmente rojos y blancos. Un hombre gordo, de edad media, con manos velludas, vestido con una camisilla blanca que deja ver que también tiene pelo en pecho; los pantalones hechos a medida sostenidos por cargaderas, con un sombrero “Borsalino” en la cabeza; está sentado a la mesa, descuidado, disfrutando de un generoso plato de comida humeante, con mucha salsa de la casa, que está por demás decirlo, deliciosa, porque nada más de lo que ocurre a su alrededor logra distraerlo. Para eso están los dos hombres que lo cuidan, vestidos con blazer a rallas y peinados de manera impecable, cada uno con el sombrero en la mano, quienes en un momento se giran para ver cómo la hija del dueño del restaurante, una hermosa muchacha de cabellos negros, cuyo delantal deja entrever su figura voluptuosa, limpia desdeñosa otra mesa del restaurante. Justo en ese instante, un Cadilac Town se detiene abruptamente frente a la ventana, cuatro hombres armados con ametralladores Thomson de tambor se bajan y a través de la ventana apuntan al hombre que come, quien suelta la cuchara a medio camino de la boca, manchando de salsa su camisa. A esta altura, el hombre gordo sabe que esa mancha es la que menos le preocupará a su esposa al finalizar la tarde.
Típica para Hollywood por supuesto, este tipo de escenas no hacen otra cosa que representar la forma en la que muchos capos de la mafia italiana, fueron “astutatus” (eliminados) en la vida real: Comiendo.
Y es que la comida italiana siempre ha sido considerada como una de las mejores del mundo. Famosa por sus salsas, distinguidas por las diferentes regiones de Italia o por la época del año en las que se cocinaban, se granjeó un prestigioso lugar en el ranking de preferencia de los que saben de comida internacional.
Sin embargo, la cruda realidad es que en América sabemos poco de ella. Por lo general creemos que comida italiana es pizza y espaguetis. No falta la suegra orgullosa que invita al yerno a comer y qué para descrestarlo con un toque internacional le hace espaguetis con salsa rosada y salchicha Zenú. O el novio romántico qué, convencido de que por el estómago es que la va a poner a sus pies, invita a la novia a una cena romántica con velas, manzana postobón y pizza hawaiana, invento grotesco y peligroso por demás, por la ignorante combinación del ácido de la piña con el componente graso del lácteo del queso.
En fin, verdadera comida italiana, aquí, creo que pocos han podido disfrutar y con esa ilusión, les sugerí a unos amigos ir a conocer un lugar en Medellín en donde la propuesta básica es disfrutar del verdadero sabor italiano. El Rinconcito Italiano, que está ubicado sobre la famosa Avenida 80 entre las avenidas 33 y 35, en sentido norte sur.
El viejo horno
Eran las ocho y media de la noche de un sábado y el lugar estaba semivacío. La decoración es muy acogedora y trata de enmarcar al país en forma de bota con los colores de la bandera, un mapa en relieve, los manteles a cuadros rojos y blancos y una luz bajita en intensidad que acompañaba muy bien el ambiente amarillo quemado de las paredes. Ya la experiencia me estaba animando.
Pizza "sin límites"
La atención fue rápida para darnos la bienvenida y entregarnos el menú muy amablemente. En la mesa comenzamos a discutir qué pedir. Las opciones, aunque variadas, no llamaron en especial la atención de ninguno. Confieso que las pastas no son mi debilidad y en lo particular, me gustan más cocidas de lo recomendable. Lasagna, si no es de la que se hace en casa, no me gusta porque siempre quedo insatisfecho con la porción. 
Camilo y Paula también son
seguidores de Salí.

Quedaban entonces la carne asada o el pescado de la casa que era lo que más me llamaba la atención y cuando había elegido mis compañeros propusieron que comiéramos lo mismo todos. Terminamos pidiendo lo de siempre: pizza –gracias a Dios no había hawaiana en el menú- y la que más nos llamó la atención fue la “Pizza sin límites”, apellido que no se merece en mi opinión porque se me antojó bastante limitada. 
¿Una mordida?

El sabor estaba rico, pero no delicioso, me atreveré a decir que era casi lo mismo de siempre. La diferencia entre la pizza italiana y la americana es que tiene mucha pasta de tomate para que no se reseque el pan, o para que el gusto al comerla no sea muy seco, en especial cuando lleva pollo (muy escaso en este caso) que tiende a absorber mucha humedad de donde sea, cuando lo hornean. El queso hay que destacar era lo mejor porque era semigraso y en trozos grandes, no rallado y además su sabor salado combinaba muy bien con los otros. El jamón le ganó al peperonni que no sentí. Pero los límites verdaderos los vi en los champiñones y los camarones tigre, que no alcanzaron ni a cachorros. De estas dos especies, vi tres o cuatro ejemplares de cada uno. No sé. 
!No se ve tan mal!
Lamento la crítica no tan favorable, tal vez no pedí lo que debía, debí seguir mi corazón, y sin embargo, a mí fue al único que le gustó –aunque sea un poquito– la comida, porque mis compañeros no piensan ni siquiera en darle otra oportunidad al lugar. La experiencia tipo Mafia Italiana, me refiero a olvidarse del mundo hasta el punto de ser presa fácil, porque la comida lo amerita, la vamos a tener que dejar para otra ocasión.
De la casa museo Otra Parte Click aquí
Para el desagravio, porque así me lo hicieron saber, tuve que reparar la noche llevando a mis compañeros a otro lugar que terminó salvándome. El café de Otra Parte en Envigado. Aquí la cosa fue distinta porque el ambiente ya estaba listo; era noche japonesa y entre música y poesía oriental ya el lugar estaba cargado de buena energía. Casi que no encontramos lugar, pero con la diligencia de uno de sus empleados nos pudimos acomodar en una buena mesa.
El concepto es maravilloso, en especial para los que hemos apreciado de una manera u otra al maestro Fernando González Ochoa, filósofo y escritor antioqueño, considerado como el mejor pensador de Latinoamérica. 
El menú de Otra Parte

El menú ofrece variadas bebidas hechas con café y licores, pasando por tés, y granizados, llegando hasta comida sencilla tipo gourmet. Todos los productos tienen nombres de personajes importantes de las obras del maestro.
Las bebidas son deliciosas, recomendables y disfrutables no sólo por el sabor, sino por el ambiente y la atención. Recomiendo el Manjarrés y el Padre Ripol.
Una vez más Salí con amigos una noche en busca de aventuras gastronómicas; me metí a un rinconcito que no me satisfizo y termine feliz en Otra Parte. Todo cuenta, todo suma, todo son experiencias y sólo por eso valen la pena. Por eso te invito, salí, animate a buscar otro rinconcito de la ciudad para que también te sorprendan y podás decir al final tranquilamente que no eres “un gran hombre incomprendido” como Manjarrés el maestro de escuela de Fernando González Ochoa.

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