Nuestro lema

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sábado, 9 de julio de 2011

Comida de Carretera: Recordando sabores en Bolombolo

La palabra “Restaurante” siempre me ha llamado la atención y por cuestiones históricas propias e intransferibles, la he relacionado íntimamente con la comida de carretera. Y es que recuerdo los viajes de niño, muy niño, con mi abuela materna, doña Esneda Betancur Restrepo, que me llevaba en las temporadas de vacaciones escolares para la finca cafetera familiar en Betania, “hermoso pueblito de crepúsculos arrebolados” del suroeste antioqueño y cuyo viaje, entiéndase el tiempo de transporte, odiaba desde mis entrañas –literalmente- y necesitaba de una semana de preparación mental para emprenderlo, pues para esa época se tardaba alrededor de seis horas, de las cuales unas tres o cuatro eran por una carretera primitiva, destapada, llena de polvo, precipicios y sobretodo de historias de vehículos caídos al río Cauca que nunca se encontraron. Sin embargo ese no era el problema, ni siquiera era el de llegar como cucarachas de panadería, es decir, repletos de polvo de pies a cabeza. 
Pasando el río Cauca

El verdadero meollo eran las entrañas… las mías por supuesto, porque de niño era de estómago débil y me tocaba verlas, o mejor dicho lo que contenían, unas tres veces como mínimo en el viaje. Desde esa época, llamar a los dioses de la rumba es una cosa traumática y dolorosa. En fin, este Blog trata de comida, de cómo se ve antes de comérsela, no después así que continúo con mi relato. En todo caso, a la hora de hacer la parada de rigor en un pueblo de paso que se llama Bolombolo, que queda a riveras del río Cauca y que se afectó bastante con la última temporada invernal, nos deteníamos en un lugar que lograba restaurarme con un delicioso y frío jugo de mandarina y lo terminaba acompañando con una torta de pescado seco, que indefectiblemente volvería a ver antes de llegar a la finca.
Bolombolo
Pues bien, hace poco, en un viaje que hice a Jardín, Antioquia, reviví la sensación de llegar a este pueblo y recordé los sabores de restauración que ofrece en uno de sus concurridos restaurantes. El lugar del que hablo es Pollos Mario de Bolombolo. La carretera ya no es un problema, pues está completamente pavimentada y llegar desde Medellín hasta allí solo toma una hora y media. Eran las dos de la tarde y el restaurante estaba a reventar despachando aún almuerzos.   
Caldo de bagru
Mi pedido: Un caldo de pescado, en este caso bagre, una torta de pescado y un jugo de naranja agria. Me dejé tentar por la vendedora porque me dijo que el de mandarina no estaba tan bueno como éste.
El caldo de pescado, acompañado por arepa redonda, estaba como para levantar muertos. El toque del limón para cortar la grasa fue necesario, pero el sabor de la carne magra del animalito de río estaba delicioso. La torta de pescado me revivió recuerdos, menos el que más estaba esperando, el de la ida al cielo con cada mordisco; porque, está bien que sea de pescado seco, pero eso no justifica lo reseca que estaba. Quien la cocinó se me distrajo seguramente a la hora de freírla y se le fue la mano. ¡Qué lástima!, sin embargo la salsa para acompañarla terminó salvando la situación.
El que terminó llevándose las ovaciones a la hora final, fue el jugo de naranja agria. Hummm, Habrá que probar el de mandarina porque ahora mi nuevo recuerdo es el de el sabor agridulce y refrescante de este buen jugo.
Salí por otra de las carreteras de Antioquia y probé de nuevo los sabores que tienen para ofrecer sus restaurantes de paso. Recordé algunos, otros no me satisficieron y sumé al ranking unos nuevos, lo que me hace muy feliz. Por eso tengo la licencia para decirte a vos también: salí, recorrete el mundo, viví como te lo merecés, porque cada día es una oportunidad de generar nuevos buenos recuerdos.

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