Nuestro lema

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jueves, 23 de junio de 2011

¡TRUCHA que vamos a comer TRUCHA¡ Restaurante Palmas del Cocora

Comer pescado es una de esas cosas que se consideran especiales en todas las culturas. Tiene su encanto y hasta algo de romance pensar en un buen espécimen escamoso, cocinado a fuego lento, con hierbas y una buena compañía. Es más hoy en día hay una canción de Jorge Villamizar que comienza con esta situación: “Si vinieras a cenar esta noche conmigo, yo compraría un pescado y una botella de vino”.
Siempre lo he dicho, yo no parezco un virgo, mi relación con el agua es muy especial y sobre todo cuando de comida se trata; la disfruto mucho, me encanta y cuando tengo oportunidad pues, la aprovecho. Por eso desde que el Valle del Cocora apareció en el horizonte del paseo una de las primeras cosas que me llegaron a la mente fue ¡TRUCHA Andrés que vamos a comer TRUCHA¡
Gertu revisando el Facebook

Días antes de emprender el viaje vi en el programa de televisión “Con todo el gusto” un reportaje sobre un restaurante del Valle que se llama “Donde Juan B”. En él mostraban como se prepara el especial de la casa: Trucha al ajillo; y para describirles gráficamente la impresión que me causó,  entre Gertrudis, mi Bulldog, y yo, no se sabría cuál tenía más hecha agua la boca; en ella es normal, pero en mí… bueno también.
Así que los planes incluían ir “Donde Juan B” a buscar lo conocido por esos lares como comida típica, que aclaro, es típica desde hace poco tiempo, porque un alemán que se enamoró (no lo culpo) de la región por allá en los años setenta, cuando se trajo los corotos para vivir en Salento, no se dio cuenta de que en un bolsillo del pantalón venía una trucha de la especie “Espinatranka garganta” y entonces no le quedó más remedio que montar negocio con ella, le sacó crías y sin pensarlo transformó una cultura completa.
(Lo de la especie de la trucha es un chiste, pero la historia, palabras más palabras menos, es verdad)
Entrada al restaurante

Cuando le entregamos las llaves a don Fernando para irnos a abrazar palmas de cera, él, como quien no quiere la cosa nos preguntó sí sabíamos donde almorzar; le dijimos que por supuesto y entonces, con esa mirada pícara que lo caracteriza, como quien sí quiere la cosa nos dijo que no fuéramos al restaurante mencionado, que él nos recomendaba el lugar en el que nació el concepto de la trucha al ajillo, el restaurante Las Palmas del Cocora. Así que allá llegamos ni cortos ni perezosos, teniendo en cuenta el éxito de su recomendación de la noche anterior.
Calientitos al lado de la chimenea

Estaba lloviendo cuando entramos y hacía mucho frío. El restaurante estaba vacío y por eso pudimos elegir un lugar cercano a la chimenea; más acogedora no podía ser la situación.
Canelazo para entrar en calor
Para entrar en calor, no dejarle toda la responsabilidad a los leños y viendo que era muy temprano para almorzar, decidimos experimentar pidiendo algo que nunca habíamos tomado, un canelazo. Esta bebida caliente se hace con agua de panela y aguardiente, que para el momento, adornado con un colibrí en la ventana justo al frente de nuestra mesa, fue perfecto. 
Roncito rico

No puedo dejar por fuera la buena idea de mi esposa de pedir para cada uno una copita con cara de doble de ron viejo de caldas ocho (8) años. Estaba bueno, para qué, ese trago que baja quemando toda la flora bacteriana que tenga uno en la boca, faringe, laringe, esófago y estómago, saben qué, aunque yo soy muy malo para el licor, me supo rico, rico. 
Carta del restaurante
En cuestión de segundos y casi sin darnos cuenta, justo a la hora de almorzar, ya no había una sola plaza del restaurante vacía. Increíble, fue como estar solo, cerrar los ojos por un segundo y por arte de magia estar rodeados por un mar de gente hambrienta que prometía acabar con las existencias de comida del restaurante. Teniendo en cuenta esta perspectiva, nuestra reacción fue hacer traer la carta de inmediato. Ya saben, no quería correr el riesgo de terminar comiendo patacón con pollo.

El pedido fue una trucha criolla para este pechito, una trucha oriental para mi esposa y que no faltara en la mesa, una trucha al ajillo para Paula. La espera fue larga, tal vez no tanto, pero los veinte minutos fueron eternos para ver llegar el servicio. Sin embargo, al ver el tamaño de los platos se le perdonó a Cronos que nos hubiera bajado la velocidad del reloj. Sinceramente, es primera vez que me da susto al ver lo que me ponen en frente. 
Trucha Criolla (en ponchera)
¡Dío mío!, entiéndanme, lo primero que vi fue una bandeja del tamaño de la ponchera en la que me bañaba mi mamá cuando era chiquito, sólo que esta vez lo que contenía era una trucha bañada en cebolla, varias especias, entre ellas laurel con toda seguridad, pimentón y mucho tomate, que estoy seguro no era de la especie larga vida, porque la salsa estaba un tanto dulce – agria (ojo, no agridulce); sinceramente la hubiera preferido con un tomate más neutro o más maduro. 
Trucha ¡hummm!
El detalle que menos me gustó de toda la experiencia, sin dejar de decir que el plato estaba bueno, es que no tenía sal, lo que hizo que los primeros bocados fueran un tanto desabridos y decepcionantes. Sin embargo, luego del toque personal de la cantidad de sal al gusto en la mesa, la cosa cambió para bien. El arroz, acompañante sólo de mi plato, me pareció un detalle innecesario, sobre todo para aquellos que no son tan buenos comilones como yo, porque en otras mesas lo que vi, fue a la gente dejarlo a un lado, incluso hasta la ensalada es apartada en la mayoría de los casos.Pero el patacón amigos míos… ¡ese patacón¡ se las lleva todas después del pescado. El tamaño es francamente animador, la crocancia es perfecta, mejor dicho, no me quedó faltando sino un litro de suero costeño para acompañarlo y quedar listo.

Trucha Oriental
Obviamente no me quedé con las ganas y probé los otros dos platos. Igual ambos sin sal, aunque la trucha oriental gracias al gratín no la necesitó. Fuera de eso, los camarones y los calamares ayudaron un poquito para que a la hora de calificar el mejor plato de la mesa se lo llevara éste. No queriendo generar una atmósfera negativa en torno al plato típico especial de la región, debo decir que lo más decepcionante de todo fue el sabor de la trucha al ajillo. Me imagino que el alemán aquel, cuando preparó las primeras las hizo como debe ser, a la europea, con mucho ajo, con tanto como para quedar sudando amarguito dos días de cuenta del plato. 
Trucha al Ajillo

Pero como los colombianos somos más bien simplones para la comida, estoy seguro de que la receta varió bastante y sobre todo en cuanto a la cantidad de esta especie. Y preciso me tocó probar esta trucha degradada de generación en degeneración a mí. En total, la trucha al ajillo no me supo a ajo, con eso voy a decir todo.
Luego del almuerzo decidimos bajarlo caminando un rato, sobretodo porque no había hamacas a la mano; ya saben a qué me refiero, después de ese montón de comida la razón y el corazón no piden otra cosa distinta pero si similar. 
Ancestro arriero paisa

Entonces pasamos un rato abrazando palmas de cera, admirando el valle en su esplendor en una tarde para moza… paramosa, es decir fría; y terminamos, por curiosidad al ver que tantas personas entraban y salían, en el restaurante Donde Juan B. Es claro ver que el negocio está muy bien montado, parece de un paisa (efectivamente lo es), tiene música en vivo, shows típicos que incluyen a nuestros ancestros arrieros, juegos para los niños desde columpios hasta camas elásticas y sobretodo un parqueadero inmenso para poder acoger a tanta gente qué, según hablamos con un visitante viene incluso desde Cali a modo de paseo nada más que a almorzar.

Vino caliente

Brindis por el mejor paseo
Terminamos la tarde en un kiosko que hace parte del restaurante, especializado en cocteles. Nos pedimos como para variar un vino caliente, distante la receta de éste del de la Mojitería, y he de decir que distante también en sabor; muy bueno, pero no tanto. Como emprendíamos viaje a la mañana siguiente decidimos que lo preciso era brindar por lo vivido, lo comido y lo bailado en el paseo y yo le sumé un brindis por la especie humana, extraños entre la belleza natural del valle, sobre todo por los decibeles de los parlantes del restaurante. (se notó la ironía).
 
Un gran final, para un gran viaje.
Finalmente salí, me di el paseo de la vida y todavía me queda mucho por descubrir. Me comí un plato típico de Salento Quindío y quede satisfecho, experimenté muchas cosas nuevas que me van a llenar por toda la vida y por eso me siento en la posición de decirte a vos, salí también, a viajar, a comer a vivir todo lo que el mundo tiene para darte, como el nevado del Ruiz, como Salento, como el Valle del Cocora y como la trucha.

Gracias Salento, ¡que viva Colombia! y bendito alemán.

lunes, 13 de junio de 2011

Video. Salí al Valle del Cocora

Esta vez vivirán conmigo la experiencia en el Valle del Cocora, lugar mágico dónde se puede comulgar con la palma de cera el árbol emblemático de Colombia. Además disfrutamos de una almuerzo muy especial y del que después de este video, haré tema central de la última entrega de este viaje maravilloso al parque de los nevados y a Salento - Quindío.
Espero que lo disfruten tanto como yo.