Nuestro lema

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martes, 14 de diciembre de 2010

Estuve en el “último lugar del mundo”



Si, si, este Blog tiene que ver con experiencias de tipo gastronómico, con todo lo que se puede uno comer en diferentes sitios y situaciones. Sin dudar me pareció que un concierto también tiene cositas para aportar desde este aspecto. Pero, voy a ser muy franco, ya ustedes saben que yo no tengo ningún problema con “mandarme la mano al dril” a la hora de disfrutar de un bocadito, siempre y cuando, el bocadito aparente por lo menos el valor que por él están pidiendo, es más, mínimo que uno no intuya por su aspecto que conllevará a una amebiasis muy costosa, porque es que la verdad también hay que decirla, una disentería amebiana barata por comerse una “cochinadita” en la calle…  hasta regalada, pero sentarse en el trono, de cuenta de una comidita maluca y ¡bien cara¡ Qué rabia… ¿o no?
Por eso, de esta salida no quedará sino el recuento de lo bueno que se pasó en el “concierto para enamorarse” porque de lo gastronómico, nanai cucas pelao, nada que ver.


Les confieso que yo le tengo una especie de fobia a las multitudes. Este tipo de salidas me generan un temor basado en la desconfianza por la “inteligencia” de la masa bruta, que en varias ocasiones es lo suficientemente fuerte como para que rehúya y decida a última hora no asistir a eventos masivos. En este caso había varios alicientes, el primero es que la música que iba a escuchar me gusta mucho, otro es que Ricardo Montaner es… bueno es Ricardo Montaner y además el cumbambón de Andrés Cepeda me la solla. Otro es que hay que “sacar a ventiar a la costilla” y el último pero no menos importante es que “regalado hasta un purgante” y yo no le iba a decir que no a una invitación de mi amigo Jorge y a su esposa.
El concierto constaba de cuatro presentaciones; Siam, los ganadores del Factor X abrieron el concierto, nunca los había escuchado y me quedaron ganas de seguirlos escuchando. Muy buenos de verdad, felicitaciones a la pareja. Luego, sin más preámbulos el plato fuerte. Ricardo Montaner nos cantó una hora y cuarenta minutos, nos sacó disfónicos, el tipo es brutal para manejar público, tocó con uno de sus hijos que estaba cumpliendo años ese día y hasta happy birthday le cantamos.

La experiencia no se improvisa y el hombre es un maestro. Hasta ahí todo iba maravillosamente bien, la felicidad me recorría las venas, no me había dado cuenta de que estábamos sentados en las graderías de cemento de la plaza de toros la Macarena, estaba cómodo, contento, hasta con ganas de comerme una enfermedad intestinal de las que le pasaban a uno por las ñatas cada treinta segundos. Pero tuvo que terminar Montaner, lo bueno no dura, y le entregó el escenario al tercer show, que digo show, a la tortura, a un anestesiólogo que se llama Santiago Cruz.
A este sujeto no le falta sino salir con un par de jeringas gigantes llenas de cloroformo y a repartir aguja se dijo, el hombrecito es el sopor en pasta parado en dos patas. El apellido le cae como anillo al dedo, esa fue una cruz más dura que la del matrimonio. Uff, me van a disculpar, pero el hombre se encargó de que me acordara en donde estaba sentado, de que mis pobres nachas sintieran el rigor inclemente del frio pavimento, de que estaba muy lejos de casa, de que tenía hambre, frío, me hizo sentir totalmente enfermo, con ganas de vomitar. Tanto que para reponerme, aunque no lo crean, me dormí.  Dios mío, la tortura china de los bambú debajo de las uñas fueron una añoranza, eran cosquillas para lo que estaba padeciendo, para acabar de ajustar, el tipo tiene nada más veinte canciones y se las cantó todas, ¡que dolor¡ Casi que no se acaba.
Lo peor fue darme cuenta de que las diez mil “viejas” que estaban allá –porque eso sí, Medellín lucía desocupado, el man que salió ese día a ver qué se levantaba, se tuvo que poner a hablar con el barman porque todas las brujas de Medellín, que digo, del área metropolitana estaban allá– todas toditas todas, se sabían las canciones del tipo, y eran tan descaradas que le gritaban “tocate otra papitooooo”.  


Casi que no se acaba y a eso de la media noche, salió el propio. Andrés Cepeda. Traje y corbata, zapatos rojos, motilado, de lentes oscuros y una energía la verraca. Me alivié, se me quitó todo, me sentí bien, en paz conmigo mismo, tan contento estaba que decidí perdonar al anterior… muchacho. Ese flaco desgarbao tiene su tumbao, ¡qué artista! Eso sí es música, con acordes distintos, con instrumentos varios y no tres nada más, con coristas, con swing, con ángel, con maestría. Me voy a atrever a decir, que en cuanto a show superó al maestro Montaner, el tipo se recorrió el todo el escenario, por ponerse de loco montándose a unas cajas cerca de la tarima casi se cae, tomó y pidió aguardiente todo el que quiso, se recorrió la zona VIP saltando de silla en silla como un niño chiquito, se abrazó y se besó con la gente y cuando ya todo había terminado como a la una y media de la mañana, cuando la gente ya estaba saliendo por las puertas, a este loco le dio por empezar a cantarse otra y nos hizo devolver.
Jorge (Cala) y Luisa
Finalmente Salí, me fui para un concierto, pasé bueno un 100%, porque mi abuelita me decía que maluco también es bueno y a la experiencia hay que sumarle lo malo, traté de comer alguito, di con un pedazo dizque de pizza que compró mi amigo y que muy amablemente me convidó, eso sí, soltó la carcajada cuando mordí, no sé si por la cara que hice, o porque se sitió vengado y tranquilo al saber que eso no lo iba a soportar él solito. Pase muy bueno, disfruté, canté y grité, compartí con amigos y mi esposa de un buen espectáculo. Me atreví y no me arrepiento.



Ahh, y si sos seguidor de Cruz, discúlpame si te ofendí, espero que sigamos siendo amigos y que te acordés que gracias a Dios todos somos distintos y nos gustan diferentes cosas.

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