Nuestro lema

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lunes, 9 de octubre de 2017

#SalíAVivirLaNochePampeana - Salí a vivir mi primer evento gastronómico

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Un día tuve un sueño…  así, con esta frase empezó uno de los discursos más emblemáticos de la humanidad y hoy me la quiero apropiar para comenzar con esta entrada, qué, declaro, es una de las que más emociones me produce escribir. En muchas ocasiones he comenzado programas de radio y otras entradas para este blog, haciendo alusión a que el mundo es de aquellos que se arriesgan, de los que sueñan y luchan por que sus ilusiones se hagan realidad, hoy quiero volver a tocar el tema pero desde adentro, sintiéndome protagonista. Pues bien, desde que comencé con esta locura de contar sobre mis aventuras gastronómicas y luego sobre las historias de los restauradores, aventureros y en general de los amantes de la buena vida, mi perspectiva con respecto a mi papel en el mundo se ha ido modificando. Si bien al principio parecía que este era un simple hobbie con el que me divertía al doble o al triple, pues en un principio simplemente iba a un lugar, comía bien, la pasaba genial y luego volvía a divertirme al recordar para escribirlo, y de nuevo, me volvía a divertir al ver que una, dos tres y hasta mil personas terminaban leyendo y disfrutando de eso que yo había vivido y compartía, e incluso, inspiraba a otros para hacer lo mismo que yo, pues, parecía que eso era suficiente para sentirme satisfecho. Pero luego de hacer esto por varios años ya, después de haber tenido la oportunidad de tocar tantas vidas y de sentir ese contacto profundo con otros espíritus libres, soñadores, grandes, amantes de la vida, pues empecé a sentir que podía y que quería ir un poco más allá. 
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Y entonces tuve un sueño. Resulta que es muy normal que a mi número de teléfono móvil me lleguen llamadas de familiares y conocidos para pedirme un consejo sobre qué lugar ir a comer un día cualquiera de la semana. En una llamada de cinco o diez minutos termino tratando de averiguar cuáles son los gustos de los comensales, si tienen un apetito aventurero o les gusta ir a la fija y entonces termino dando dos, tres y hasta cuatro nombres de restaurantes o incluso de hoteles para ir a visitar un fin de semana. Otras veces me encuentro por ahí con algunos que me han expresado su gusto por organizar un día cualquiera una salida a la que les gustaría ir conmigo, así como plan, de hacer un recorrido o algo así por uno o varios lugares en los que podamos disfrutar de unos buenos platos recomendados por mí.

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 Alguna vez entonces me levanté con la idea en la cabeza de buscar un lugar de tantos que conozco y proponerle al dueño o al administrador que me acolitara una locura: yo invitaría a unos cuantos amigos un día a su restaurante y él lo único que tendría que hacer es lo de siempre pero con una pequeña locura adicional, que nos regalara a los que fuéramos a su restaurante, un poquito más de atención. Siempre me ha parecido que una experiencia gastronómica se multiplica cuando he tenido la oportunidad de que el cocinero o el dueño del lugar se sientan conmigo en la mesa y satisfacen mi curiosidad natural, siempre he sido un Juanito preguntón. El sólo hecho de saber un poco sobre la preparación del plato que me he comido, conocer la historia de quien la hizo, profundizar un poco más en las razones por las que el sitio existe, hace que lo que te has comido tenga un sabor adicional, pues me da la sensación de que esa información es un sazonador especial. Lo intenté una o dos veces y la verdad no encontré mucho feeling. No me desanimé, simplemente creí que no era el momento, que tal vez, la idea era buena pero no había llegado el “loquito” que necesitaba.

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Y entonces aparece Esteban Páez, un periodista argentino que se vino a Colombia a probar suerte, que terminó en un restaurante de Medellín como administrador y tuvo la suerte de que al invitar a la marca para la que trabaja, fuera propuesto como el vocero que me acompañaría en la realización de uno de mis programas de radio. Sí, hicimos entonces el programa Salí a La Pampa Parrilla Argentina y fue un éxito. Adicional a esto, este ciudadano austral es un ser humano muy especial, tiene una energía vital arrolladora, su personalidad es muy atractiva y ama el mundo de las comunicaciones, por tanto sentí que tal vez, había llegado la hora de volver a poner a prueba mi sueño aquel de vivir una experiencia especial con varios amigos… sólo tuve que sugerirlo, la idea cobró vida de inmediato al entrar en su cabeza. Nos pusimos manos a la obra.

Hoy pues les estoy participando del éxito rotundo, me atreveré a calificarlo así porque me animaron varios de los asistentes a hacerlo, del primer evento gastronómico que se me ha ocurrido realizar, con el apoyo de mi amigo argentino Esteban Páez y una de las marcas más prestigiosas y destacadas de la ciudad de Medellín: La Pampa Parrilla Argentina.
La cita fue el 7 de junio a las 7:30 de la noche. Escogimos un miércoles como el día perfecto para realizar el evento pues es uno de esos días en que el personal del restaurante estaría casi a nuestra entera disposición. Esteban se encargó con su equipo de armar un menú especial para la ocasión, que constó de tres momentos deliciosos y particulares muy propios de la marca y que ofrecería a los comensales una experiencia redonda con entrada, plato fuerte y postre tradicional típicos de la república Argentina. Un especialista en vinos nos acompañaría para enseñarnos a maridar perfectamente con vino cada platillo, Esteban y su grupo de trabajo nos contaría sobre la comida y su tradición en su país, y por supuesto, todo esto en medio del espléndido y acogedor ambiente que ofrece el local en el que realizaríamos el evento, que es el más joven de la familia La Pampa, pues es el punto de venta que está a una cuadra y media del segundo parque de Laureles y que tiene unos pocos meses de haber sido abierto.
Se llegó el día y la hora del evento. Uno a uno fueron llegando las veinte almas sibaritas llenas de expectativas y con los ojos brillantes. Mi sonrisa no podía ser más amplia, mi corazón no podía latir más fuerte, estaba rozagante y ansioso. Salí a la noche pampeña fue un evento cerrado previa reserva para veinte personas, pues así se planeó desde un principio para poder tener todo bajo control. A las ocho de la noche se dio inicio oficialmente con una bienvenida por parte de la administración del restaurante, por supuesto en manos de Esteban, se me dio la oportunidad a mí de expresar mi profunda alegría de tener el honor de contar con la presencia de los asistentes y entonces el sommelier Daniel García, un destacadísimo y muy reconocido enólogo de la ciudad, que vino en representación de Productos Patagonia, inició con su exquisita cata de vinos.

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Hay que destacar que este joven sommelier tiene una manera muy especial de acercar a sus conferenciados al mundo del vino. Es absolutamente descomplicado, fresco, didáctico y dinámico. Entre chiste y chanza te hace saber todo lo que necesitas con respecto a la bebida más consumida del mundo. Te cuenta de su lugar de origen, de la forma correcta de mirarlo, olerlo y saborearlo, te hace sentir muy cómodo con la idea de maridar un vino rosado con una empanada argentina, luego un tinto con la carne de cerdo asada y por último un blanco con un postre de alfajor argentino y helado. Los asistentes se rieron, interactuaron con Daniel, le preguntaron, expresaron sus temores, quisieron saber si podrían tomar vino en la casa con sus comidas normales, le preguntaron sobre precios, tabúes, paradigmas, cepas, colores, marcas, corchos, tapas… en fin. La noche avanzó rápido, se quedó corta para disfrutársela completa, al final de todo no pude ver más que rostros iluminados por sonrisas sinceras, paladares satisfechos pero con ganas de más, de más conocimiento, de más experiencias enriquecedoras, de más espacios como este para pasar con amigos.

Esteban nos contó a los asistentes sobre los tres platos que consumimos, las empanadas argentinas, rellenas de sabor y de historia que acompañamos con un vino rosado joven del norte de Argentina se encargó de abrir el apetito. Luego vino el plato fuerte, una deliciosa y perfectamente asada bondiola, que es un corte de cerdo, es la punta del lomo, su textura es firme y a la vez suave al ponerse en contacto con el paladar, su presentación era muy bella pues estaba muy bien grillada, muy bien sazonada; venía acompañada de papa al vapor con crema agria o con un puré de papa suave y cremoso, además traía una salsa demiglasé potente y sabrosa que puesta sobre el trozo de carne o mezclada con el puré, te hacía estallar las papilas gustativas en sabores para recordar toda la vida. El vino tinto con que se maridó, también argentino, sorbo a sorbo con cada bocado, se encargó de potencializar la experiencia y elevar la noche hasta puntos insospechados. Luego se vino el momento del postre, un alfajor envuelto en chocolate, combinado con un cremoso y suave helado. La cara de los comensales lo decía todo, en especial la de ellas, las mujeres, que sin miedo a equivocarme, me atrevo a decir que sintieron que las estaban consintiendo. Este postre se maridó con un vino blanco suave, exquisito, que redondeó la noche con sus aromas afrutados y seductores.

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Como si fuera poco, La Pampa nos tenía un regalo adicional a todo lo que teníamos ya, pues nos ofreció alimento para el alma también con la presentación de un grupo musical oriundo de Argentina, que nos deleitó con tangos y milongas interpretadas en vivo, con un sabor muy propio y sentido y que sin decir menos, nos llevó hasta al país de Eva Perón, de Carlos Gardel y de Tita Merello, aquella que cantó esa canción que conocimos todos aquí por la novela Betty La Fea, esa que dice; “se dice de mí, se dice que soy fea, que camino a lo malevo, que soy chueca y que me muevo con un aire compadrón”.

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A eso de las nueve y media de la noche, cuando ya todo se hubo consumado, se empezaron a dejar venir para mí los verdaderos frutos de la noche. Me despedí de todos agradeciendo haber aceptado la invitación a compartir conmigo esta velada maravillosa y entonces se rompió la noche en aplausos, que no tomé para mí, sino para ellos por haberse dejado seducir, sí, se estaban aplaudiendo a ellos mismos porque estaban felices, plenos, satisfechos. Claro, aplaudieron a La Pampa Parrilla Argentina por su impecable presentación y por ofrecernos la posibilidad de vivir un momento tan digno de VIP, de personas muy importantes. Seguí cosechando pues esa noche al ver que al despedirse, todos y cada uno de los veinte asistentes quisieron venir a despedirse con besos, abrazos, espaldarazos y apretones de manos muy sinceros y profundos. Escuché agradecimientos de todo tipo y en especial peticiones, expresiones de la necesidad de continuar con la realización de eventos de este tipo en el que se ofrezca la oportunidad de acercarse a la buena gastronomía, al vino, a las marcas importantes de la ciudad y a otros amigos que persiguen la satisfacción de los sentidos, guiados y acompañados por otros espíritus libres, soñadores y aventureros.

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Entonces sí, un día tuve un sueño, otro día lo hice realidad y hoy quiero seguir soñando y realizando más de este tipo. Me he dado cuenta de que esta será una muy buena oportunidad para ustedes y para mí de crecer y profundizar en un mundo en el que no hay forma de perder por ningún lado. Quiero hacer crecer esta comunidad, deseo que más y más amigos se unan a estas oportunidades de hacernos felices juntos a través de la noble satisfacción de los sentidos. Vamos a vivir la vida como nos la merecemos, vamos a decir juntos entonces #Salí a comer, a viajar, a vivir.
 

P.D. No sé si he sido lo suficientemente justo con la cantidad y forma de agradecimientos que tengo para con el equipo de trabajo de La Pampa Parrilla Argentina. A Esteban, a Elio, al equipo de cocina, a los meseros, a los administrativos, a los amigos de los demás puntos de venta, Gracias por mil y mil bendiciones, empresas como la de ustedes, marcas como la suya hacen grande a la ciudad de Medellín, a Colombia y por supuesto a su hermoso país Argentina. 


jueves, 14 de septiembre de 2017

TOCADO POR LAS ALAS DE UN ÁNGEL – SALÍ AL SALTO ÁNGEL EN VENEZUELA

Eso de cumplir un sueño que se ha abrigado por muchos años no es cosa de todos los días, y cuando es hora de cumplirse, pues te modifica por dentro y por fuera. Mi estancia en Venezuela ya llevaba seis días (Mira las anteriores “salidas” de mi blog si quieres saber más) y para el amanecer del sábado 17 de diciembre de 2016 la ansiedad apenas me dejó dormir. Antony, el guía responsable de mi persona en el Parque Nacional Canaima me pidió que estuviera en el comedor de Excursiones Kavak, hotel en el que me hospedaba, a las 6:20 am para desayunar y además me dijo que debía llevar todo mi equipaje conmigo pues luego de arribar de la excursión al Salto Ángel al día siguiente, llegaríamos casi directos al aeropuerto.

El reloj de mi celular siempre marcó la hora colombiana, así que por la diferencia horaria puse la alarma a las cuatro de la mañana y me pasé toda la noche mirando a cada rato el bendito aparato, impulsado por un temor infundado a no escuchar la señal. Tal vez les parezca inentendible, es más, ahora para mí lo es, pero el grado de ansiedad en ese momento era tal que dormir era casi imposible.

Desayuné junto a mi nuevo amigo italiano, Marco Passini y estuvimos en el embarcadero a eso de las ocho de la mañana. En esta aventura nos acompañarían también Carlos, el caraqueño y la ciudadana francesa Marie, que estuvieron con nosotros en la excursión del día anterior a los saltos en la laguna Canaima (Ver aquí). Los guías tardaron más o menos media hora en cargar la curiara con nuestras maletas, implementos para nuestra alimentación y comodidad en el viaje, las hamacas para la dormida en el campamento río arriba y un misterioso paquete muy pesado que tuvieron que subir entre dos, del cual pude saber su naturaleza e imperiosa necesidad, luego.

Varias veces durante mi estadía en el Parque se me dijo que estábamos en temporada de verano y que por tanto el nivel del agua de los ríos estaba bajo, así que iba a ser muy probable que en varias ocasiones a los hombres del paseo, nos iba a tocar bajarnos de la curiara para cargarla en aquellas partes por dónde no pudiera navegar. Cuando te lo dicen y al ver la gracia y agilidad con la que la nave surca las aguas del río Carrao y de la laguna Canaima, tu reacción normal es: “pa’ las que sea, no problem, cuenten con eso”. Pero entonces, a la hora de partir nos piden que ayudemos a empujar el bote para desatascarlo de la playa y emprender el viaje; entonces, comienzas a calcular lo que se te viene pierna arriba.

Estas embarcaciones que miden entre siete y diez metros de larga, por uno y medio de ancho, están hechas de un solo tronco de madera del árbol de Laurel, pues este material es el único lo suficientemente duro para resistir los golpes que recibe de las piedras del lecho del río en sus viajes. Pues bien, ya cargada la curiara con el equipaje, la verdad, esa cosa de que de pronto habría que “cargarla” varias veces en el viaje cobra otra dimensión. Me explico contando que, el capitán de la lancha estaba en su lugar junto al motor, tres indígenas parte del equipo junto con Antony empujaban con el agua hasta las rodillas o hasta la cintura ayudados por Carlos, Marco y yo, y el último del equipo de guías, para completar cinco, un pemón pequeño en estatura pero con un torso inmenso, que era el encargado de la navegación e iba sentado en la punta de la curiara para indicar el camino más seguro, estaba apalancando con un remo robusto de unos metro y cincuenta centímetros de alto tallado en Laurel, que por cierto tenía un peso ridículo para una pieza de madera de esas dimensiones, hundiendo la punta de la pala en la arena y empujando desde la quilla, y aun así, a pesar de todas las fuerzas aplicadas que he mencionado, la “verrionda” lancha se negaba a moverse. Casi que no logramos ponerla a flotar en las aguas del río. Desde ese momento no hice más que preguntarme ¿Cuánto podría pesar la embarcación, solita, sin cargar? Si el remo cuyo peso pude comprobar en una parada técnica que hicimos luego río arriba pesaba lo que pesaba, ¿de cuántos kilogramos podríamos estar hablando al referirnos a ese solo tronco? No ¿Y cuánto podría pesar cargada con todo lo que llevaba? Pero en lo que no podía dejar de pensar era en ¿Qué diablos íbamos a hacer en esos lugares del río en el que había que bajarse para cargarla?

Arrancó el viaje que se me antojó mágico desde el principio. El ronroneo de motor, las chispas de agua levantadas por el corte de la quilla de la nave y empujadas al rostro por el viento, el ancho, oscuro y vivo río Carrao que se veía como una cinta tirada de cualquier manera en medio de llanura y selva, el sol en un cielo amable con algunas nubes que nos protegían de una casi segura insolación si no hubiesen estado ahí, pero en especial el suspenso con el que comienzan a aparecer en la lejanía las montañas más antiguas de la superficie del planeta, en especial la más esperada, el gigantesco Auyantepuy, un coloso de piedra con más de 700 kilómetros cuadrados que genera sus propias nubes y que gracias a la cantidad de lluvia y de la capa vegetal que cubre su superficie, tiene su propio río, cuyo curso termina precipitándose por una de sus paredes verticales y termina creando  la caída de agua más alta del planeta: 982 metros desde el tope hasta el lugar en el que se convierte de nuevo en un rio que va a confluir en el río Churrún y éste termina desembocando en el río Carrao que es el que remontamos desde el puerto del Parque Canaima.

Un tepuy es una montaña rocosa que está en pie porque su dureza pudo soportar la erosión mejor que su entorno, por eso su forma particular, pues parecen unos enormes pedazos de pastel hechos por capas de diferentes sabores; verlas con mis propios ojos me producía una extraña sensación de estar mirando hacia el pasado…  a veces, confieso, esperaba que en cualquier momento apareciera por encima de los árboles, el cuello alargado de un brontosaurio. No por nada se eligieron estas selvas y sus estepas para filmar la película Jurassic Park.

El viaje aunque divertido y lleno de sorpresas, fue algo largo pues de tres horas más o menos que dura hasta el salto, el nuestro tardo unas cinco, ya que el motor comenzó a fallar a eso de una hora de haber zarpado. Eso nos obligaba a detenernos cada cierto tiempo para que los cinco hombres pemones que iban con nosotros desarmaran el motor, limpiaran el carburador, armara y volvieran a poner a funcionar la máquina. Esto nos pasó varias veces. Con respecto a tener que bajarnos para empujar o cargar la canoa, en realidad fue necesario dos veces, pero sólo una nos bajamos todos para caminar y vadear unos rápidos que la curiara superó con el conductor, la carga y el navegante, mientras los demás nos adelantábamos para subirnos de nuevo más adelante y seguir. Nos detuvimos otra vez en una isla llamada Orquídea, muy bella, de arena rosada, en la que se hace siempre una parada para descansar, estirar las piernas y en la que hay posibilidad de bañarse en el río, cosa que ninguno de nosotros hizo, la verdad estábamos cansados, con el culo plano por la tabla en la que íbamos sentados y ansiosos por ver el salto. Una hora antes de llegar nos detuvimos de nuevo para almorzar un par de sánduches de jamón y queso con jugo de durazno Shake it, y para descubrir que el paquete misterioso y pesado que habían subido en el puerto era otro motor. Con ese logramos llegar por fin.

No sé cómo calificar el sentimiento que me produjo ver por primera vez el Karepakupay vená, que traduce: Salto desde lo profundo, porque los indígenas que siempre han habitado estos parajes, creían que el salto era una puerta a otro mundo. Aunque siempre estuve pendiente de su aparición y lo esperaba luego de cualquier curva del río, cuando finalmente apareció ante mis ojos, no pude evitar dar un grito de emoción. Ya faltaba poco para estar a sus pies, para bañarme en sus aguas.

Se llega a un recodo del río en el que te hacen descender de la curiara y comienzas a caminar por una selva muy tupida pero que por el tránsito constante de personas ya tiene un camino definido. La vegetación es increíblemente abundante, verde de todos los tonos, con hojas de todos los tamaños y formas, y no me creerán esto pero, durante todo el camino pisé raíces, es decir, el piso es en un enorme porcentaje, vegetal. Eventualmente mientras caminábamos se sentía que comenzaba a llover y de repente se detenía, luego comprendí que eso que sentía no era lluvia, sino que era agua de la caída que se esparcía por la selva que la circunda. Verán, el salto es tan alto que el agua mientras cae se particulariza por cuenta del viento y entones se esparce como lluvia varios kilómetros a la redonda.

Cuarenta minutos de caminata más y por fin llegué a la razón de todo lo que propició este maravilloso viaje. El último tramo antes de llegar al mirador oficial a pies del salto es un acenso en el que a veces toca casi que escalar, asiéndote de las mismas raíces que conforman el suelo. Mi compañero de viaje Marco, que iba delante de mí se desvió en un recodo del camino y no siguió al grueso del grupo, descubrió un caminito que me invitó a seguir con él para descubrir un balcón VIP exclusivo para dos personas desde el cual pudimos ver, admirar, maravillarnos, disfrutar y enloquecernos con la visión más esperada y soñada por mí, toda mi vida.

Es más de lo que pensé, más de lo que imaginé, mucho, mucho más de lo que esperé. Allí me deleité e hice varias fotos y videos para la posteridad. Cuando llegué al mirador oficial me encontré con otras tres excursiones, así que en total éramos unas cuarenta personas de todas partes del mundo y sin embargo no encontré en los ojos de nadie más, una conexión profunda con lo que yo estaba experimentando. Todos estaban desesperados por tomarse la foto pal Face, así que estaban más pendientes de tenerlo a sus espaldas y en sus fotografías. Yo no podía, no quería dejar de mirarla. Mi mandíbula colgaba, los ojos abiertos como si se me quisieran salir, el cuello estirado y la nuca arrugada para sostener mi cabeza en la posición que me exigía para poder seguir viéndolo. Me lo quería grabar a fuego en la mente, para poder disfrutar de esa visión siempre. Imagínense que una nube de lluvia llegó y lo cubrió todo, comenzó a llover copiosamente en minutos. Todo el mundo corrió a esconderse del agua, yo llevaba un poncho impermeable que me permitió quedarme solo, ahí, sentado, embobado, meditando, dándole gracias a Dios por su creatividad y generosidad al crear semejante lugar, pero en especial, dándole gracias a ese niño de hace treinta años por haberse hecho esa promesa de algún día conocer este lugar y al yo de ahora por haber hecho todo lo posible y necesario para estar ahí, ese día, a esa hora, mojándome con las aguas del Salto Ángel… me sentía tocado por algo especial, era en ese momento y lo soy desde ese momento justo, la persona más especial del planeta.
Cuando salí del trance bajé al pozo que se forma en la base del salto; es increíble el caudal que tuve la oportunidad de ver. En primer lugar, se suponía que había comenzado la temporada de verano, así que habría menos agua y hasta los guías estaban desconcertados con la cantidad, tanto que no tuvimos que bajarnos ni una sola vez a empujar como lo tenían presupuestado, y en segundo lugar, al mirar hacia arriba, a un kilómetro de distancia de dónde yo estaba, se veía el agua comenzar a caer en caudal, pero a medida que bajaba se deshacía y se convertía en un velo de agua, casi como vapor, y justo en la base de la piedra no se ve un solo hilo de agua, y aun así yo estaba en ese momento asustado, rogando por no resbalar y caer en una corriente muy fuerte que amenazaba con llevarme río abajo.

¡Qué lugar mágico! Qué increíble, ¡Qué maravilla!
Luego de unas dos horas bajamos caminando para deshacer lo andado y regresar al río en donde nos esperaban los guías para llevarnos al campamento donde pasaríamos la noche. Un recinto construido casi a pie del salto, cruzando el río desde el lugar en el que se comienza la caminata para llegar a él; es un complejo conformado por cuarto estructuras, dos casas con muros y puertas en las que quedan los baños, una bodega para guardar cosas importantes como las bombas de agua y los generadores de electricidad a diesel bajo llave y la cocina. Las otras dos estructuras conformaban un techo en forma de una enorme “L”, sin paredes y con muchos travesaños que se usan como techo del comedor y la otra como techo para las hamacas donde pasaríamos la noche.

Cuando llegamos, nos dieron la oportunidad de bañarnos y de ponernos ropa seca. En un rato nos llamaron a la mesa y tuve la fortuna de comprobar que a los pemones les gusta mucho comer porque la cena fue en “opípara pitanza”. El platillo de esa noche consistió en arroz cocido, ensalada de vegetales frescos, dos presas de pollo “extraterrestre” que debían de tener el tamaño de un pavo, muy bien asadas, pan tajado y piña para el postre.
Estábamos cansados, pues nos fuimos a dormir tan pronto terminamos de comer. Los guías nos lo sugirieron en todo caso porque al día siguiente saldríamos a las 5:30 de la mañana para alcanzar a desayunar en el Parque Canaima y abordar el avión de salida. Eso de dormir en hamaca es toda una experiencia. Yo lo había hecho en otras ocasiones y sabía lo que me esperaba. Para mis nuevos amigos Marco el italiano y Marie la ciudadana francesa no fue tan “Cool” un par de horas después, cuando la espalda ya no encuentra forma de acomodarse y mucho menos, a eso de la media noche, cuando la temperatura descendió a unos doce grados centígrados. Aunque nos dieron unas frazadas para cubrirnos, créanme que no fue fácil superar la noche. Hay que ponerse medias en los pies, pantalones largos, un saco y taparse la cabeza con algo más, ya sea la chompa del saco o un gorro.

A las cinco de la mañana sentí hablar a los guías en su lengua pemón y supe que era la hora de levantarse. Estaba oscuro todavía, tuvimos que desarmar campamento, cambiarnos de ropa y ordenar maletas a la luz de las linternas y cuando apenas despuntaba el alba ya íbamos río abajo, dejando a nuestras espaldas ese salto de agua con el que soñé toda mi vida y con el que seguiré soñando hasta el fin de mis días, sólo que ahora con mis propias imágenes, las captadas por mis propios ojos en la más grande aventura que he emprendido en mi historia personal.

El viaje no había terminado, otra cosa sorprendente que terminó de redondear la experiencia me pasó antes de llegar al parque, pero eso es material de otra entrada.
Yo #Salí a cumplir mi sueño, salí a ser tocado por las alas de un Ángel, Salí a saltar desde lo más profundo de mis ideales a la más bella de mis realidades. Conocí, me bañé en las aguas del Salto Ángel y ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Todo gracias a Marilyn Moscoso y a su agencia de viajes Publitravel. Si te animás te propongo que la busqués y vivás esto mismo que yo viví. Salí a Venezuela a conocer una de las maravillas naturales del planeta, porque a todos nos gusta salir a comer, a viajar, a vivir.

Mira el video de la experiencia aquí:

lunes, 21 de agosto de 2017

MENOS MAL QUE TENÍA HAMBRESITA – SALÍ A LA CALLE DEL HAMBRE – VENEZUELA


“Genio y figura hasta la sepultura”, esa frase la usaba mi abuelita para referirse a esos rasgos de la personalidad de alguien, que le destacan y de los cuales no puede escapar ni aunque tratase de ocultarlos. Pues bien, uno de los míos es el de mi relación con la comida. Yo soy grandecito así que el hecho de que tenga una corporalidad abultada sumada a que me encanta hablar de comida, por supuesto hace deducir a cualquiera que me conozca que soy un comilón, es decir, que me gusta comer rico y en grandes cantidades. Y no…  no lo dude, porque eso es completamente cierto y esa es la razón principal por la cual existe este blog.

La anterior imagen de tequeños fue tomada prestada de la página: https://www.clasf.co.ve/pasapalos-mini-teque%C3%B1os-pastelitos-25-unid-en-venezuela-2897903/
Pues bien, cuando llegué a Venezuela y comencé a conocer a todas esas personas maravillosas que hicieron parte de mi experiencia, por su puesto en nuestras conversaciones se hizo obvio el tema de la comida. Mi naturaleza preguntona atacó por todos los flancos con el ánimo de saber sobre la comida típica, las plazas de mercado, los restaurantes y ofertas gastronómicas, el concepto mismo de comer, si se hace solo, en familia, entre amigos, en pareja, sobre la comida del día a día, del mecato que en Puerto Ordaz es conocido como “bala fría”, mientras que en otras partes de Venezuela se le conoce como “pasapalos”, y pregunté muy especialmente por el concepto de comida callejera, porque andaba antojadísimo de un producto que a mi modo de ver, tenía inundada la ciudad. Para que se hagan una idea de a qué grado está ese producto presente en la vida de los guayaneses: es como si alguien viniera a Medellín y empezara a ver como en cada vitrina, en cada tienda, en cada esquina, hay empanadas. Allá en Venezuela, el producto que se merece esta comparación se llama: “Tequeño” que es un envuelto en masa frita y que por dentro trae en especial, queso, pero también dulce de guayaba, o pollo, o carnes frías, incluso vi unos “tequeños sofisticados” rellenos de carne de cangrejo. Voy a decir algo para que me entiendan más fácil pero que bien me podría estar haciendo merecedor de un “calvazo” de mi amigo Carlos Placencia, el alcahuete gastronómico que fue quien más me ilustró en ese ámbito en mi estancia en Puerto Ordaz, y estoy seguro de que a él no le gustaría mucho mi comparación, porque es muy diferente, pero que me parece válida a modo de ilustración. El tequeño a simple vista, parece un humilde palo de queso –aquí vendría el calvazo- pero no lo es, aunque te pongan mermeladas para disfrutarlo. La masa es diferente porque aunque es frita no es tan grasosa y el queso que trae por dentro es el queso guayanés, que como ya se los dije en un post anterior, es de allá y punto.

En una de esas conversaciones con Carlos, no sé, tal vez al verme tan curioso y deseoso de saber más de su cultura y además, como yo finalmente en la Posada Merú tenía el desayuno cubierto, pero el almuerzo y la comida no, pues, a modo de solución me ofreció la oportunidad de matar dos pájaros de un solo tiro y se ofreció como guía y acompañante para llevarme a conocer un lugar que me gustó mucho y me impactó, al que se va a comer sólo comidas rápidas; y el nombre que tiene está que ni pintado pues me iba a llevar a conocer “La calle del hambre”.

Fuimos a mitad de la semana, un miércoles, así que asumo que los fines de semana este lugar ha de ser un completo hit. Don Marcelino, el señor encargado de transportarme por la ciudad, nos llevó a eso de las siete de la noche. El lugar queda en medio de un sector residencial, está rodeado por todos los flancos de urbanizaciones de todo tipo; a primera vista es un inmenso lote pavimentado del tamaño de una cuadra. No está encerrado por mallas ni nada que se le parezca, sólo lo enmarca la acera que lo circunda y eso sí, tiene un solo punto de entrada y de salida por la calle principal. En todo el marco interno hay ubicados una variopinta suerte de foodtrukcs con ofertas simples y complicadas. Al frente de cada propuesta hay un espacio bastante amplio destinado para mesas y sillas, muchas, no supe si lo que se pone al frente pertenece a cada puesto de comidas o eso está destinado por la administración del complejo, sin embargo al cálculo, asumo que al frente de cada carro restaurante hay entre veinte y treinta mesas plásticas con suficientes bancas para sentar a un batallón.

Imaginen pues un lugar como este del tamaño de una cuadra, cuyos bordes externos tienen foodtrucks con propuestas de hamburguesas, perros, sánduches, pollo frito, tequeños, comida tex mex, comida china, sushi, wafles, en fin, una segunda línea interna marcada por mesas y sillas para los comensales, la tercera línea es para la circulación de los vehículos en una sola dirección, y el centro del lugar está destinado para el parqueo. El concepto lo confieso no lo conocía, me gustó y según me contaron, no es sólo de esta ciudad, sino que “calles del hambre” en Venezuela, hay muchas… (por supuesto, estoy hablando del concepto).

Ese miércoles que me llevaron, el sitio estaba muy concurrido. Al llegar le quise dar una vuelta al lugar, a pie, para poder dimensionar todo. Como toda esta aventura comenzó conmigo preguntando por la comida típica y las costumbres de los lugareños, el sitio indicado para esta incursión gastronómica era por supuesto el foodtruck de sushi… — ¿Ya frunciste el ceño? Si no, es porque no estás prestando atención—. A ver, el puesto obvio era el que ofrecía la comida rápida típica venezolana: Sorry Fast Food, un foodtruck muy colorido, decorado con el tricolor amarillo, azul y rojo, pero no sólo de la bandera venezolana, sino también de la colombiana, porque el dueño es un paisano. Tuvimos que hacer fila y conseguir mesa luego, aunque no fue difícil, tampoco fue cuestión de escoger el lugar que más nos gustaba, si no el que más se acercara a nuestro gusto.

El menú ofrece unos treinta platos, aunque muchos son simples variaciones de otros, todos eso sí, reconocibles o medianamente reconocibles porque también en eso somos muy parecidos. Carlos quería que yo probara de todo y bueno, casi me mata porque si bien no fue todo, cosa por demás imposible, si se pidió lo más grande y bastantudo de todo.

Pagamos en la caja unos $19.000 BVs y a la mesa llegó:
Una hamburguesa de carne de res y de pollo. Este “pequeños pedacitos de alegrías” como diría Apu el de los Simpsons, no era pequeña, tenía unos muy buenos pedazos de carne de res asada, ojo, en filete, no era molida y el de pollo era igual; muy bien condimentados y jugosos, venían metidas entre una deliciosa ensalada de repollo, zanahoria y piña, traía tomate en rodajas y por supuesto queso, pero rayado y un buen pan dorado con sus respectivas y características semillas de ajonjolí. Me la comí con ganas, estaba rica y era de buen tamaño, cosa que agradecí pero no tanto porque la hamburguesa —que no sé si debería llamarse así, o sí sería más apropiado llamarla sánduche— era apenas el aperitivo de esta experiencia.

El plato fuerte era un Pepito de 80 cms. Confieso que no conocía el concepto y sin embargo me es familiar, ya ustedes juzgarán. La base del producto es un pan alargado, como una baguette, te lo venden de 40 cms, 80 cms y hasta de un metro; está abierto por encima, como un perro y te ponen adentro una ENORME cantidad de cosas deliciosas. Carlos por supuesto pidió el más completo de todos que a la final, parecía una picada de carnes con ensalada y salsas metida en un pan. Traía carne de res, de cerdo y de pollo cortadas en trozos, cebolla blanca picada, tomate picado y lechuga, traía tocineta y salsas de combate…  estaba ¡de infarto! Literal y figurativamente hablando. Muy sabroso, en verdad os digo hijos míos, sin embargo, combinado con la hamburguesa quedé casi que de hospital. He de confesar que primero me comí sólo la mitad, por supuesto, compartí con mi anfitrión, no faltaba más, segundo, me lo comí todo con gusto, como di no me hubiera comido antes otra cosa, y tercero, que la sensación del pan no me pareció la correcta, porque es de corteza dura y me hacía sentir inseguro al dar el mordisco, me dio miedo al comerlo de que me lastimara las encías o el paladar.

El banquete lo pasamos con té de dispensador, ya saben, por aquello de que hay que cuidar la línea, y con una bebida en la que Carlos insistió mucho que tenía que probar, es una bebida gaseosa nacional, esa que es característica de los venezolanos, mejor dicho, la que a ellos es, como la Colombiana a nosotros… No, y no es la Maltín Polar, que era la que yo pensaba que los representaba, la que me tomé se llama Frescolita, es roja, burbujeante y tiene un sabor muy parecido a la Kola Román que se toma en la costa caribe colombiana.

#SalíAComer a la #CalleDelHambre en Puerto Ordaz Venezuela, y prometo que esa experiencia se va a quedar en mi memoria hasta que esté viejito. Los sabores fueron muy pero muy buenos, el concepto del lugar me ha gustado y me impactó por el tamaño, pero en especial, me ha gustado porque ha sido mi primera experiencia de comida callejera internacional y como las primeras veces no se olvidan…  sin embargo la compañía que tuve también hizo de esta experiencia algo único, porque hice un amigo, Carlos Placencia, para toda la vida. Bueno, yo #Salí a Venezuela y tuve una deliciosa, llenadora y gastronómicamente alocada experiencia, ahora te toca a vos, salir a comer, a viajar, a vivir.

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domingo, 13 de agosto de 2017

¡NO TE PERDÁS EL PRÓXIMO EVENTO! #SALÍ A VIVIR LA NOCHE ITALIANA

¿Cuál es el estilo de vida que quieres vivir?

#SalíAComer este miércoles 16 de agosto conmigo en el próximo #EventoSalí.
Esta vez disfrutaremos lo mejor de la comida italiana en el restaurante El Graspo de Uva.
El menú propuesto por don Giorgio, un natural de Verona Italia, está ¡de rechupete!
Primera entrada: dos porciones de pizza: capricciosa y marghuerita.

Segunda entrada: Carpaccio de res (láminas finas de carne de res, queso parmesano, rúgula y aceite de oliva)
Plato fuerte: Penne a la Cubana. (Unas pastas cortas con una salsa de tomate y un poco de picante deliciosa)

Postre: Salami de chocolate (láminas deliciosas de un rollo de chocolate y helado)

Pero eso no es todo, don Giorgio nos tiene a los asistentes un regalo gastronómico, tendrás que ir para saber de qué se trata... así que no serán cuatro momentos, tal vez sean cinco.
Cada plato será maridado con un vino diferente, seleccionado por él, que es un experto y Jorge Betancourt Tobon de productos Patagonia, la experiencia será redonda.
Además don Giorgio nos contará sus mil y una aventuras al rededor de la gastronomía y el vino. 

Haremos amigos, habrá regalos y bonos de descuento, disfrutaremos juntos de una noche sin igual y ¡deliciosa!
Esta experiencia gastronómica mediterránea maravillosa sólo por $65.000
Haz tu reserva ya mismo por Facebook o Instagram, me encuentras como @salidaacomer o en el Whatsaap 311 361 4273
Fecha: Miércoles 16 de agosto de 2017
Lugar: El Graspo de Uva Calle 9 No. 43B-55 Media cuadra abajo del Parque del Poblado
Hora: 7:30 pm

Mira el video en este link de Salí en Facebook:

sábado, 1 de julio de 2017

DE SALTO EN SALTO, SALÍ A CUMPLIR UN SUEÑO – SALÍ AL PARQUE CANAIMA

Desde que tenía ocho o nueve años, abrigué el sueño de conocer y mojarme en las aguas del salto más alto de todo el planeta. Lo vi en un libro de los Guinness Records mundiales y me prometí a mí mismo verlo con mis propios ojos. Unos treinta años después, le pude cumplir la promesa a ese niño y todo, gracias a una alegre coincidencia que cada vez se me parece menos a eso, y más a una jugada maestra del juego de ajedrez de Dios que es nuestras vidas.

Para finales del año 2015 me invitaron a un evento turístico en la ciudad de Pereira, estuve allí con un grupo de agentes de viajes, periodistas y blogueros para realizar un Famtrip, en el que tuve la fortuna de conocer a Marilyn Moscoso, una venzolana que tiene su agencia de turismo en Medellín y que ¡Oh coincidencia! Promueve, organiza y ejecuta, viajes a conocer el Parque Nacional Canaima, lugar que tiene como uno de sus principales atractivos “El Salto Ángel”. No necesité más señales, desde que la conocí, puse en marcha la realización de mi sueño. Un año después me estaba embarcando en un avión para Venezuela. La “Puerta al cielo” se llama Ciudad Guayana, así es conocida por ser el puerto al que se llega para salir a conocer los lugares más bellos del oriente venezolano.

En esta ciudad tuve algunos días de espera para poder viajar en avioneta al resguardo. Me hospedé en la Posada Merú, lugar que les recomiendo visitar si lo que quieren es ser tratados como si estuvieran en casa y disfrutar de la gastronomía local, hecha por las maravillosas manos de dos mujeres que gozan de la sabiduría y sazón ancestrales de estas tierras para cocinar.

(Para saber más sobre las aventuras y experiencias vividas en este viaje, lee más de este blog)

La aeronave que me llevó al Parque Nacional Canaima fue un Jetstream de dos hélices con capacidad para 20 pasajeros. El vuelo se tarda unos treinta y cinco minutos y se sobrevuela una selva tupida llena de ríos de todos los tamaños, y un cuerpo de agua inmenso que se tarda casi la mitad del tiempo sobrepasar que se llama el lago de Guri, que hace parte del proyecto hidroeléctrico de esta parte del país. Al llegar al parque a eso del mediodía, pasé por un control de la Guardia Nacional para revisar mi equipaje y por un puesto de los indígenas Pemones, nativos de la región, quienes tienen el control, derecho y reconocimiento de la protección y preservación del parque, para pagar un “impuesto” de $1.800 Bvs. y que para los extranjeros no latinoamericanos es de $2.000 Bvs. Allí me dieron la bienvenida y los representantes del campamento Excursiones Kavak me subieron a su transporte para llevare al complejo. Me instalaron en una habitación muy amplia con tres camas, baño independiente y un ventilador tipo “hélice de avioneta” para refrescarme del inclemente clima, cuyo servicio ensordecedor fue muy necesario y reconfortante. Cuando llegué estaba solo, no había ms huéspedes que yo, por tanto, esa tarde completa me la dieron para disfrutar a mi antojo y por mi cuenta, pues al día siguiente llegarían las personas que me acompañarían en mis aventuras en el parque.

Me refresqué, me puse mi ropa de río y pasé al comedor para almorzar. Allí llegué a varias conclusiones importantes: la primera, que la comida que me dieron me era reconocida a un cien por cien, mi plato constaba de arroz, ensalada de tomate, lechuga, pepino y cebolla, carne de res, asada. La segunda conclusión es que a las personas de esta región les gusta comer mucho, porque las porciones eran realmente generosas. Otra conclusión es que el encargado de la cocina, sabe lo que hace, es un cocinero pemón que siempre estuvo pendiente de si me gustaba todo o de si quería más de algo; y la última y más importante conclusión es que yo tenía hambre, porque no dejé ni un granito siquiera. Lo que mejoró la experiencia sin duda alguna es que como estaba solo en el hotel, una empleada, la encargada de logística, se sentó conmigo a comer y me acompañó siempre sonriente, amable y me acogió desde ese momento, hasta que me fui, de una forma absolutamente entrañable, su nombre; Begonia Pinares.

Luego de ese buen recibimiento, con la calma y paz que se siente en el alma cuando estás de vacaciones en un lugar remoto y natural, me fui a conocer los alrededores del lugar. Así que caminé y disfruté de la laguna Canaima con toda su exuberancia. Su agua proviene principalmente del río Caroní, y llega a la laguna descendiendo por una cantidad enorme de caídas de agua. El sapo, el sapito, el Hacha, Golondrinas, Salcantai y un sinfín más de las que apenas recuerdo el nombre. Las arenas de sus playas son de color salmón y siempre me llamó la atención esto. Por observación concluí, luego de caminar por los alrededores el porqué de este color. Verán el parque hace parte de un enorme monolito conocido como el macizo guayanés; por tanto, todo lo que ves es roca, lo tepuyes, el lecho del río, el suelo es de un tipo de roca que al erosionarse, se convierte en un polvo blanco grisáceo. Esa arena al tener contacto con el agua de los ríos, que es rojiza por los taninos producto de la descomposición de la materia vegetal, tiñen la arena y por eso se ve rosada. El efecto visual es absolutamente precioso. Caminé, me bañé, leí, escribí, escuché música y hasta dormí en la ribera del lago.

Al día siguiente debía esperar a que llegaran mis supuestos compañeros de excursión; lo harían al igual que yo a eso de las once de la mañana, por tanto, luego de mi desayuno tenía un par de horas para recorrer el asentamiento y descubrir nuevos tesoros del lugar;  y así fue. Caminé a la parte más alta del asentamiento, hacia el lugar en el que queda el embarcadero en donde se inicia el remonte del río para llegar al Auyantepuy, el tepuy del Salto Ángel. Lo que me encontré fue un lugar en el que un fotógrafo profesional se enloquecería; para donde se mirara había un paisaje digno de una postal. A mí derecha el sol brillaba en un cielo azul profundo, las nubes blancas como de algodón, el río creaba un remanso en el que se reflejaba el cielo, la sabana en donde se filmó parte de Jurassic Park al fondo; el remanso se forma justo antes de violentarse gradualmente, en una caída escalonada hasta llegar a convertirse a unos pocos metros en el salto Saicaima, esa hermosa caída que se ve desde la playa de la laguna y que crea ese ambiente único y característico.

Los locales me contaron que cuando el río está más bajo, con un verano un poco más avanzado al día en el que estuve, se puede pasar por las piedras hasta un atrio natural desde el que se puede obtener una visión sin igual de la laguna y por supuesto de las caídas del agua. Subí un poco más hasta el embarcadero y logré un par de buenas fotografías de las curiaras. Estas embarcaciones son hechas de un solo tronco de árbol de laurel. Me contaron que son, han sido y seguirán siendo así, porque esta madera es la única lo suficientemente resistente para recibir los golpes del lecho rocoso del río al navegarlo. Han intentado llevar lanchas de otros materiales sintéticos, y ni siquiera el comprobado como el más resistente, ha logrado soportar un solo viaje completo.

Regresé justo al medio día para almorzar y conocer a quien se convertiría en mi compañero de aventuras: Marco Pasini, un joven italiano de tan solo veintiséis años, cuya sed de aventura lo ha llevado a conocer unos cuarenta países del mundo. Marco salió de su natal Italia a los 14 años para hacerse profesional en administración de negocios turísticos en Canadá. Trabajó casi un año en una compañía turística encargada de crear planes exclusivamente de buceo en toda Latinoamérica, así que guiando a personas de todo el mundo, pero en especial europeos y medio orientales, se hizo un mapa mental de América Central y del Sur. Apenas hubo recolectado suficiente dinero, renunció y comenzó un viaje de seis meses primero en el norte de Italia en las Dolomitas, luego pasó a España y saltó de ahí al Caribe para recorrer Dominica, Martinica, Guyanas, Brasil y me lo vine a encontrar en Venezuela, donde planeaba conocer la Gran Sabana de Roraima, de ahí pasó a Canaima a conocer el Salto Ángel junto conmigo, y de ahí, se iría a conseguir un barco a Boa Vista Brasil, que lo llevaría por el río Amazonas hasta Iquitos Ecuador, pasando por supuesto por Leticia, Colombia, para luego ir a Quito, Montañitas, Bogotá, Santa Marta, Cartegena, Medellín, Turbo, de ahí pasar a Panamá, Guatemala, Nicaragua, México, sur de Estados Unidos y ahí sí, volver a Vancouver, Canadá, donde vive actualmente, con la idea de buscar un trabajo, que le dé de nuevo dinero suficiente para emprender su próxima aventura. Así ha conocido parte de Europa, Asia, Oceanía y Norteamérica.

¡Qué gran filosofía de vida! Qué extraña – para mi mente latinoamericana- pero maravillosa forma de pensar y de ver la vida. Qué diferentes somos, qué rico sería ser así, bueno, haber sido así y haber comenzado hace veinte años a hacer lo mismo que él. Igual, allí estábamos, conociéndonos, preparándonos para esa gran aventura.

Los guías decidieron entonces que al haber llegado sólo uno de los tres turistas que estaban esperando esa tarde, pues no iríamos al Salto, sino que haríamos la excursión a la laguna y a los saltos que forma el río al caer a la laguna. Así pues que nos pidieron que nos cambiáramos para ir a navegar y para bañarnos en el río. A esta aventura se sumaron dos nuevos amigos que al igual que nosotros, eran los únicos que se encontraban en el hotel al cual llegaron, así que por logística los cuatro: una ciudadana francesa, un caraqueño, un italiano y un colombiano, seríamos el grupo para hacer las excursiones.

El Tour por los saltos es una actividad de ensueño pues te suben en una curirara y te llevan por la laguna a conocer esas impresionantes caídas de agua que tienen la capacidad de maravillarte de manera escalonada. Por ser la más cercana, obviamente la primera que ves es el salto Saicaima, que es la que ves desde la playa, pero que cobra otra dimensión completamente distinta al tenerla de frente, en especial cuando el lanchero enfrenta la curiara y se va contra la furiosa caída, que pareciera la boca espumosa de un monstruo gigante que te quiere tragar. Confieso que en varias ocasiones, si no fueron todas, tuve bastante miedo, pues te acercan tanto que tienen que girar de manera brusca, lo que me hizo sentir varias veces en las “perdedoras”. Justo al lado hay dos caídas más, muy parecidas en tamaño y caudal que son conocidas como Las Golondrinas y una más pequeña llamada Wadaima.

Después nos llevaron a una isla rocosa para caminar por unos veinte minutos en ascenso, con el fin de llegar al Salto Sapo (Poporá vená o Poporá Merú) Alex, el guía me explicó que merú o vená significa “salto” y su pronunciación depende de la región Pemón que venga, pues algunas palabras varían en su lenguaje dependiendo de la tribu que venga.
El salto Sapo es hermoso, incluso en épocas de verano pues así se puede apreciar la increíble estructura que sustenta a una cascada tan poderosa en invierno, que incluso, ya sea por la impresión o por la imposibilidad de respirar normalmente por la enorme cantidad de agua que flota en partículas en el ambiente, muchas personas deciden no pasar por el corredor natural que se forma por debajo, o simplemente, se les olvida respirar y se desmayan. El tour consiste en pasar por debajo de la caída por un corredor natural y luego subir hasta el salto El Sapito para disfrutar de un refrescante baño en un pozo natural ideal para este fin. Luego por estar en verano, puedes caminar justo por encima del poporá merú. La belleza del paisaje es literalmente de otro planeta. El leco del río es de piedra maciza negra; el agua se encargado de pulirla con el paso de los siglos de tal forma que parece la superficie de marte o algo así. En serio, me maravilló la caprichosa manera en la que se ven las capas de roca, pues parecen piedras planas, de esas perfectas para jugar “sapitos” en la superficie del agua; se ven como si estuvieran ordenadas una sobre la otra, como para lanzarlas en orden, eso sí, hecho por un gigante, porque cada loseta es del tamaño de un carro y debe pesar el doble de lo que pesa una camioneta.

Para completar el paseo nos llevan en la curiara al salto Wakú merú o Salto Hacha, que tiene más o menos las mismas características del Sapo, sólo que esta caída tiene agua incluso en las épocas más secas, pues queda en más directa en el curso del río, mientras que el Sapo y el Sapito quedan en un recodo. Los guías turísticos tienen un dicho que aplicó para nosotros en esta época: “en verano, el Hacha, salva al Sapo”.

Lo que puedo decir para resumir la experiencia es que, en este lugar pude tomar las fotografías más “bacanas” de todo el viaje. Si así se ve en temporada seca, no me puedo imaginar cómo es en invierno con el caudal a máxima potencia. El sendero que se forma detrás de la cortina de agua parece hecho por humanos, y la verdad es completamente natural. Sólo se le han puesto unos pasamanos para disminuir la peligrosidad de una caída por lo resbaloso de las piedras. Aquí quiero hacer notar algo: las fotografías en este lugar, hay que tomarlas de tal forma que no se te vean los pies, porque todo el mundo tiene puestos calcetines o medias, y bueno, una mujer o un hombre, por atléticos y bellos que sean, por más costoso y bien diseñado que sea el traje de baño, pues bueno, no se ve muy estético que digamos con medias. La razón, es que estas prendas de vestir se hacen indispensables pues aumentan el coeficiente de fricción. Esta inteligente medida no la había visto en ninguna otra parte, fue la solución que encontraron los nativos para disminuir el número de caídas y cabezas rotas que se pueden presentar.

Agua, viento, sal, nuevos amigos de otras partes del mundo, aventura, estar en otro país y la satisfacción personal de sentir que había tomado la mejor decisión de mi vida al realizar este viaje a cumplir mi sueño de conocer al Salto Ángel, expedición que me esperaba al siguiente día, me da la potestad para decir: Salí a cumplir mi sueño, de salto en salto; ahora te toca vos, salir a comer, a viajar, a vivir.

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Mira el video de esta aventura: